El musgo
Jiniva Irazábal / Filba
Martes 13 de enero de 2026
Ana Paula Maia escribió a partir de la instalación Paisajes, de Mondongo, en Art Haus, en el último Filba internacional.
Por Ana Paula Maia.
Caminaba tambaleándose entre los árboles. Respiraba con dificultad. Apoyaba las manos en las ramas más bajas, cubiertas de musgo, en un intento por mantener el cuerpo erguido. Había entrado en el bosque hacía pocos minutos. Caminó como de costumbre por el atajo que lo llevaba al otro lado. Dejó la camioneta estacionada a la entrada del bosque con sus dos ayudantes, ya que se dirigían a un campo a instalar unos postes. Lo que lo atrajo al bosque fue la presencia de un pecarí. Es común que se pierdan en el bosque y son deliciosos cuando se los asa.
Gritó a sus ayudantes, pero el eco de su voz se proyectó en dirección opuesta al grito. Recuperó el aliento y caminó un poco más. No pudo regresar a la camioneta. No pudo encontrar el atajo, ni la salida. Estaba atrapado.
Sintió un zumbido en la cabeza. La luz del sol invadía el bosque entre las ramas de los árboles. A pesar de la claridad del día, no lograba saber su ubicación. Caminó hacia adelante, pero tenía la sensación de que su cuerpo se movía hacia atrás.
Permaneció así durante horas. Escuchó que sus empleados lo llamaban. Respondió. Pero parecía que nadie lo escuchaba. El musgo le cubrió los pies y subió por sus piernas. Al amanecer, ya no era posible verlo. Estaba completamente cubierto por el manto verde del musgo. Si se mira con atención, aún es posible distinguir sus brazos como ramas de árboles y, sus piernas, como troncos. Ahora es parte del bosque.