Alan Pauls: "Escribir es estar en una relación constante y múltiple con la materia del lenguaje"
Lunes 26 de enero de 2026
Por Anne-Sophie Vignolles.
El 14 de enero pasado, en pleno (y caluroso) verano porteño, tuvimos el gran placer de recibir en la terraza a Alan Pauls, el gran escritor argentino, de paso por Argentina. Hablamos de su métier de escritor, de su lenguaje, de su estar en el mundo, de su relación con la lectura, con el cotidiano, de los rituales, de las búsquedas varias y de sus temas de predilección.
Alan Pauls es escritor, ensayista y traductor. Publicó novelas como El pasado, la trilogía Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero (todos por Anagrama), y libros de ensayo como Temas lentos y La vida descalzo (ambos publicados por Random House). Su último libro, Alguien que canta en la habitación de al lado (Random House, 2025), es una recopilación de ensayos críticos que aborda las obsesiones narrativas de más de veinte escritores.
Alan Pauls vivió en París y actualmente reside en Berlín. Su obra explora con precisión obsesiva la experiencia, la memoria, la digresión y los efectos secundarios de las cosas.
En uno de los relatos del libro La vida descalzo aparece la escena de un chico enfermo leyendo. Parece un relato bastante autobiográfico, en el que quizás podemos entrever la semilla del futuro “Paul-escritor”. ¿Volverías a escribirlo hoy de la misma manera?
No, por supuesto que no. Pero más que la escena en sí, lo que me interesa es pensarla como una escena de iniciación. No sólo a la lectura, sino también a la enfermedad y a la oscuridad. Leer, enfermar, escribir: para mí, esas experiencias están muy ligadas. La enfermedad suspende el cuerpo y produce una sobreexcitación mental, imaginaria. Ahí aparece la lectura, y después la escritura.
Al principio de esta charla, te presenté como novelista, ensayista, periodista. ¿Te reconocés en esas categorías?
La vieja y legendaria palabra “escritor” sigue siendo suficiente. Me gusta pensarla como una palabra paraguas, porque engloba todo lo que hice: novelas, ensayos, diarios, guiones, reseñas. Escribir es estar en una relación constante y múltiple con la materia del lenguaje. No siento una esquizofrenia entre géneros; me interesa mucho, de hecho, la zona gris entre ellos.
¿Cómo convivís con esos distintos géneros al momento de escribir?
Los ensayos, en general, nacen de un encargo, de una demanda externa. La ficción es más privada, más nubosa. Pero hay mucho tráfico entre ambos mundos. Lo que pienso en un ensayo aparece en una novela, y viceversa. Por eso nunca sentí que tuviera que cambiar de “chip”: es una misma práctica con acentos distintos.
Se habla mucho del sufrimiento ligado a la escritura. ¿Qué lugar ocupa el placer para vos?
Muy temprano me di cuenta de que escribir me producía una experiencia única. No siempre feliz, pero sí incomparable. Hay días en que la paso muy bien y otros en que la paso muy mal. Pero las horas que paso escribiendo son como un trance: una suspensión del tiempo, algo cercano al éxtasis. Eso no excluye la oscuridad, el error o la catástrofe, pero emprender ese riesgo es invalorable.
¿Tenés rituales o una disciplina de escritura?
No creo en el “no hay día sin línea”. Lo que necesito es rondar lo que escribo. Hay días en que no escribís una palabra, pero tomás notas, releés, corregís, leés alrededor del proyecto. Incluso perder el tiempo puede ser productivo si se pierde alrededor de lo que estás escribiendo. Y necesito tiempo continuo: al menos tres horas. No puedo escribir entre dos compromisos.
En Temas lentos la lentitud aparece como una ética. ¿De dónde surge ese título?
Me interesaba reivindicar la lentitud como valor, en oposición a cierta aceleración que en ese momento parecía optimista. Además, “temas lentos” eran esas canciones de las fiestas adolescentes: momentos deseados y temidos a la vez, en los que había que poner el cuerpo. La lentitud tiene algo de reposo, pero también de vértigo.
Ese libro fue editado por Leila Guerriero. ¿Cómo fue ese trabajo?
Yo no quería editar mis propios ensayos. Me parecía que tenía que hacerlo otra persona. Le pasé a Leila un archivo con textos “posibles” y después cedí el control. Confiaba plenamente en su lectura. Ella seleccionó, ordenó, armó el libro. Fue un trabajo muy fluido y creo que la edición es extraordinaria.
¿Pensás en los lectores cuando escribís?
No. Me interesan mucho los lectores, pero justamente por eso no los represento. Mientras escribo, no hay destinatario. Es como hablar en lenguas. El lector aparece después, cuando el texto circula y produce encuentros que yo no puedo prever ni calcular.
¿Sentís que hay temas que vuelven una y otra vez en tu escritura?
Sí, hay ciertas insistencias: el malentendido, la experiencia amorosa problemática, los efectos secundarios, el azar, la digresión. Me interesa cómo las vidas —y los relatos— se desvían y qué pasa después. Pero no pienso eso como una “obra”. Prefiero pensar en el trabajo, algo en proceso, que incluso podría desbaratarse más adelante.
¿De qué hablamos cuando hablamos de ficción?
La ficción es una modulación de lo real. Yo empecé escribiendo cuentos a la manera de Bradbury, tomando escenas familiares y desplazándolas a estaciones espaciales. No inventaba desde cero: alteraba ligeramente lo real para que apareciera otra cosa. Eso sigue siendo, para mí, escribir.