Alejandra Kamiya: "Lo que más me interesa es escuchar"
Franco Dall'Oste
Viernes 06 de noviembre de 2026
En una nueva edición del ciclo De cháchara, conversamos sobre la insuficiencia del lenguaje, la transformación y los misteriosos caminos de la escritura.
Por Anne-Sophie Vignolles.
Nacida en Buenos Aires, de madre argentina y padre japonés, Alejandra Kamiya trabajó durante más de treinta y cinco años exportando pescado a Japón. Fue alumna de los talleres literarios de Inés Fernández Moreno y de Abelardo Castillo. Es autora de tres libros de cuentos publicados por Eterna Cadencia: Los árboles caídos también son el bosque, El sol mueve la sombra de las cosas quietas y La paciencia del agua sobre cada piedra.
Quienes participaron de sus talleres conocen su manera singular de escuchar: atenta, pausada, generosa. Algo parecido sucede con sus cuentos, donde cada palabra parece haber encontrado su lugar exacto. La recibimos en una nueva edición del ciclo De cháchara y la conversación empezó, precisamente, por ahí.
Después de treinta y cinco años exportando pescado a Japón, ¿qué te llevaste de ese oficio a la escritura?
Lo primero que aprendí fue que tener razón en una discusión no era para nada importante. Más allá del comercio, se trataba siempre de relaciones humanas. Hablaba con gerentes de grandes empresas y con tripulantes. Era un entrenamiento de lo que me interesaba: conocer gente, conversar, escuchar.
Hay algo muy particular en tu manera de escuchar. ¿Qué significa para vos?
Una vez, traduciendo del japonés con mi papá, apareció un ideograma relacionado con la conversación. Sus componentes eran «oídos mutuos». Me pareció hermoso. Podemos pensar la conversación como discursos mutuos: yo hablo, vos hablás. Pero también como una escucha mutua. Y escuchar no es observar al otro desde afuera: es dejar que te modifique.
Tus descripciones son de una precisión extraordinaria. ¿Las imágenes preceden a las palabras?
A veces pienso en imágenes y otras en palabras. Calvino decía que la imaginación es un lugar donde llueve. Hay imágenes que me caen encima y otras veces es como si algo ya estuviera escrito. Pero más allá de las imágenes, un escritor trabaja con el lenguaje.
Leyéndote, una tiene la sensación de que llevás el lenguaje hasta un borde. ¿Qué buscás ahí?
Más que la peligrosidad, me interesa su insuficiencia. Anne Carson dice, hablando de traducción, que se trata de llegar al borde de una lengua, ver la orilla de la otra y no poder cubrir el espacio que las separa. Algo así me pasa.
Hay una palabra que se me apareció constantemente al releerte: fricción. ¿Reconocés algo de eso en tu escritura?
¡Es la palabra que uso siempre cuando me preguntan de dónde salen mis cuentos! De una fricción entre algo externo y algo interno. Creo que la escritura empieza en la incomodidad. Como decía Abelardo Castillo, si uno es feliz, se queda siendo feliz y no necesita escribir.
¿Pero escribir también da placer?
Es un placer que tiene bastante sufrimiento. Se parece a esos masajes que duelen y, al mismo tiempo, producen alivio. Trabajás con algo que te duele, sentís que conseguiste algo y después descubrís que sigue ahí. Entonces tenés que continuar.
Tus tres libros tienen títulos bellísimos y larguísimos. ¿Cómo aparecieron?
El primero me lo dio Abelardo Castillo. Leyó una frase de mi cuento «Partir» y dijo: «Ahí tenés el título». Me parecía demasiado largo. Después repetí esa forma sin darme cuenta. Y descubrí que los tres libros son una trilogía: Los árboles caídos también son el bosque trata sobre la muerte; El sol mueve la sombra de las cosas quietas, sobre el tiempo; y La paciencia del agua sobre cada piedra, sobre los vínculos. Son los tres temas que más me interesan.
¿Y qué estás escribiendo ahora? ¿Finalmente una novela?
Durante la pandemia miraba películas japonesas antiguas con mi papá y empecé a escribir una novela a partir de nuestras conversaciones. Se me rompió la computadora y perdí todo [hace silencio y sonríe]. Después empecé un ensayo sobre escritura, pero volvió mi papá y volvieron las películas. Ahora se están mezclando el ensayo y la autoficción.
Para terminar, ¿a qué personaje tuyo invitarías a cenar?
A Leiva. Quise escribir un personaje desagradable, gruñón, solitario, agresivo. Pero mientras lo escribía me fui encariñando con él. Porque, en el fondo, lo que hace es amor puro.