Julián López: “La escritura es un misterio, una latencia constante"
Franco Dall'Oste
Viernes 23 de octubre de 2026
De cháchara, el ciclo de entrevistas literarias del Club Eterno, recibió al autor de Las iracundas, Julián López.
Por Anne-Sophie Vignolles.
Julián López nació en Buenos Aires en 1965. Es poeta, editor y autor de los libros de poesía Bienamado y Meteoro, así como de las novelas Una muchacha muy bella, La ilusión de los mamíferos y El bosque infinitesimal. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas, incluidos el francés, el inglés, el italiano y el neerlandés. También fue creador, junto con Selva Almada y Alejandra Zina, del prestigioso ciclo de lecturas llamado Carne Argentina.
En Las iracundas, su última novela, publicada por Random House, López nos embarca en una residencia de artistas que remonta el río Paraná. Es una travesía tan disparatada como conmovedora, narrada por una mujer que escribe cartas a una destinataria que nunca las recibirá. Entre el sarcasmo, la belleza y la insolencia, la novela se transforma, se deshace y se deja llevar por la corriente.
En una nueva edición del ciclo de entrevistas literarias del Club Eterno, conversamos con el autor sobre la ira, la literatura, los personajes que desaparecen y ese misterio que es ponerse a escribir.
Quisiera empezar por una pregunta sencilla: ¿te divertiste tanto escribiendo Las iracundas como nosotros leyéndola?
Sí, muchísimo. Primero estuve tres años padeciendo, como buen neurótico, porque no sabía qué iba a escribir. Pero cuando apareció, fue muy divertido. No es lo habitual: esta vez disfruté particularmente la escritura.
¿De dónde salió esta mujer iracunda, sarcástica, desinhibida, que se embarca en el Paraná?
De muchas partes. Quería reescribir El affair Skeffington, de María Moreno, pero enseguida entendí que era imposible. También me inspiró La operación Masotta, de Carlos Correas, una biografía maléfica que me conmovió mucho. Y después está la ira, claro. Es un sentimiento que estructuró mi vida. Yo mismo soy un iracundo.
Te escuché reivindicar que sos un porteño empedernido. ¿Qué te llevó al Paraná, ese río que se vuelve un personaje más de la novela?
Me parece que esa es la parte más insolente del libro. Existe una riqueza literaria extraordinaria en las provincias y yo, que soy porteño, quise meterme ahí. Necesitaba una novela zumbona, un personaje impune, para atreverme a entrar en esa tradición. El Paraná es una mole medio aterradora. No es extraño que sea fuente de tanta literatura.

La novela empieza siendo epistolar, pero enseguida se bifurca hacia el ensayo, el diario íntimo, la leyenda, la reflexión filosófica. ¿Fue una decisión consciente?
Sí. La pensé como una investigación formal. Quería una novela que se deshiciera de sus personajes, que fuera cambiando de forma hasta licuarse en el Paraná. La carta permite una amplitud de registros extraordinaria: la coloquialidad, la reflexión, la burla, el pensamiento tilingo. Y también una intimidad muy particular.
Tu narradora escribe cartas que sabe que nunca serán enviadas. ¿Cómo se sostiene esa escritura sin destinatario?
Eso era lo fundamental: un personaje que no puede dejar de escribirle a alguien aun cuando sabe que ese otro ya no existe. Pienso mucho en Emily Dickinson y en toda la literatura que debe de existir sin que nadie vaya a leerla jamás. Si tenés la fortuna de que te lean, buenísimo. Pero hay textos que están vivos en secreto entre nosotros.
Hay algo hermoso en esa idea de la inutilidad del arte. Y también en la disolución: los personajes desaparecen, el barco se deteriora, todo parece despedirse de algo.
Exactamente. Todos los sistemas de la novela empiezan con cierto ímpetu y terminan sumándose a la corriente del Paraná. Es una vieja que está despidiéndose de muchas cosas. Todo se va disolviendo hacia una idea de final.
Hablemos del oficio. Dijiste alguna vez que no querías ser escritor. Sin embargo, escribís desde chico. ¿Cómo se explica?
Tenía una imagen de los escritores que no me resultaba atractiva. Creo que por lealtad a mi padre, que había renunciado a sus ambiciones intelectuales para ser obrero. Pero llegó un momento en que entendí que, si escribís todo el tiempo, el costo de no ser eso que estás haciendo es altísimo. Y apareció mi primera novela Una muchacha muy bella. Fue una sorpresa total.
¿Y cómo aparece una novela? ¿Hay algo que la desencadena?
Nunca sé de antemano qué voy a escribir. Después miro hacia atrás y descubro que llevaba veinte años merodeando algo. La escritura es un misterio, una latencia constante. Percibís algo, te lo apropiás e intentás investigar qué hacer con eso.
Para terminar, ¿algún ritual o consejo para quienes quieren escribir?
Ninguno. No doy talleres, doy clínicas cuando la gente ya está metida en el problema. Si alguien no escribe, está bien. No hay por qué escribir. La escritura es un encuentro. También es un anhelo, una voluntad, pero no puedo enseñar a que suceda.