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Sobre la historia natural de la destrucción

Otra columna desde España

"Arden las redes porque un autor recibió una notificación del grupo editorial donde sacó un libro en la que le informan de que van a destruir mil ejemplares no vendidos de su libro. Y se armó el drama".

 

Por Antonio Jiménez Morato.

 

Arden las redes porque un autor recibió una notificación del grupo editorial donde sacó un libro en la que le informan de que van a destruir mil ejemplares no vendidos de su libro. Y se armó el drama.

Gente compartiendo sus reflexiones en las redes sociales, artículos de prensa sobre el tema, lamento generalizado por esta nueva injusticia con la que el despiadado capitalismo sigue fustigando la pureza de la creación artística. Resulta complicado no bostezar ante el asunto, la verdad. Uno recibe notificaciones como esa todos los años. También recibe liquidaciones, o informes de liquidaciones, que le llegan de editoriales pertenecientes a grandes grupos o de editoriales pequeñas. Nunca, por cierto, he recibido notificación alguna de liquidaciones o destrucciones de mis libros por parte de las editoriales mexicanas, argentinas, costarricenses, uruguayas y bolivianas que los han publicado. Debo indicar como dato objetivo que no pretende juzgar, sino tan sólo informar de un hecho, que las editoriales que me notifican tanto las ventas como las destrucciones tienen sede en Cataluña, en concreto en Barcelona. Las editoriales españolas no catalanas que han editado libros míos se comportan en lo tocante a las notificaciones del mismo modo que sus pares latinoamericanas. A mí, quizás porque abrazo el pesimismo (siguiendo al definición más exacta de lo que es un pesimista: «un optimista informado»), me gusta que me tengan al tanto de lo que sucede con los libros que uno escribió. Tanto para bien como para mal. Debo decir, además, para ser honesto, que las noticias son, casi siempre, para mal. No news, good news. O sea, a día de hoy formo parte de la enorme mayoría de autores de libros: los que no venden nada, o casi nada, y jamás podrán vivir del dinero que generan sus libros.

En cambio, debo integrar también parte de un mucho más reducido grupo: el de los que conoce cómo funciona la industrial, y por lo tanto no cae en ciertos simplismos. Los voy a repasar con ustedes, si les parece bien.

Lo primero que se deduce del revuelo es que las multinacionales del libro son malvadas, y tratan los libros como mercancía. Sí, efectivamente, así lo hacen, como sucede con todo negocio relacionado con la cultura. Los libros, esos objetos que tienen los lectores entre las manos, son mercancía. Podríamos hablar largo y tendido sobre las singularidades de esa mercancía, pero no perderían su condición. Y como tales tienen mucho en común con los DVD y CD que también usamos, y por cuya destrucción nadie parece conmoverse. Son, también, equiparables a la entrada del cine, al boleto del concierto, al ticket del teatro: soportes tangibles e intercambiables que nos permiten acceder a otro bien, intangible, que es la experiencia estética, formativa o del tipo que sea, que es la parte mitificada de todo este asunto. O sea, cuando se destruyen mil ejemplares no se destruye el libro, se destruyen mil ejemplares no vendidos, como se destruyen los soportes digitales no vendidos, o se celebra una función en un teatro con butacas vacías. El mundo no se acaba por ello. Se da el caso de que las grandes corporaciones, precisamente por serlo, tienen volúmenes mayores de negocio, controlan más las existencias y las ventas (por lo que pueden tener informado al autor de un libro, cosa que no sucede muchas veces con las empresas más pequeñas que no tienen tiempo de inventariar muchas veces, aunque debieran hacerlo) y necesitan mayores espacios para almacenar sus libros. Pero el espacio no es infinito, y cada cierto tiempo, como sabe cualquiera que haya hecho limpieza de armarios en su casa, hay que tirar cosas para tener hueco en la casa.

Las multinacionales notifican que van a destruir esos libros, porque el autor tiene el derecho, por contrato, de comprar a precio de coste esos ejemplares. Vamos a hacer un poco de matemáticas para que nos entendamos. Un autor termina un libro, lo postula a un editor y este decide publicarlo. Firman un contrato por el cual el editor le paga al autor una cantidad a modo de anticipo de los derechos de autor que el libro genere en un futuro. Normalmente esa cantidad suele ser la mitad del total que podría generar la primera edición del libro, de ahí que en el contrato deban indicarse tres detalles al respecto: número de ejemplares impreso, porcentaje del precio de venta al público que el autor cobrará y el precio de venta al público del libro. Vayamos a los ejemplos hipotéticos que son, siempre, más fáciles de entender. Un editor le ofrece a un autor imprimir dos mil ejemplares de su libro, que pondrá a la venta por 10 pesos, de los cuales corresponderá al autor el 10% del precio. Así salen las operaciones más redondas: En caso de que el editor logre vender toda la tirada el autor cobraría 2000 pesos, un peso por cada ejemplar del libro vendido. Por lo tanto el editor le adelantará 1000 pesos en concepto de derechos de autor. Hay autores que son más astutos. Por ejemplo, uno de los mejores autores argentinos de los últimos cincuenta años, que sabía latín, negociaba condiciones diferentes con sus editores, jugaba, por así decirlo, a la bolsa. Muchas veces les decía que le dieran de una vez 1500 pesos, y los otros quinientos, si llegaban a venderlos, él los perdía, pero se llevaba más anticipo. Como era un autor que podía llegar a esos 2000 ejemplares solía conseguir ese anticipo más elevado, que a él le servía para tener el dinero antes y no depender de la trayectoria del libro.

El editor no se queda con 9 pesos de cada libro. Esos nueve pesos se reparten entre los libreros, los distribuidores y los editores. El editor con su parte de los diez pesos, lo más habitual es que sean 3 pesos, paga la impresión de los libros, el diseño de los mismos y su trabajo de promoción. Un editor serio y profesional tiene que hacer cálculos de tal modo que, como mínimo, haya cubierto sus gastos vendiendo la mitad de la tirada. Si puede debe intentar reducir ese umbral, pero no es mal negocio que cuando el 50% de los ejemplares se hayan vendido ya cada uno sea beneficio. Bien, en el caso que ha saltado a las redes se dice de forma clara que van a quemar (no se queman, se hacen pulpa) la mitad de la tirada. Ningún editor destruye todos los remanentes de un libro. Si van a destruir mil es que tienen, fácilmente, 1200 o 1300 en el almacén. Las destrucciones de libros siguen unos valores estadísticos donde se tienen en cuenta factores tales como: la tendencia en las ventas del título (normalmente van decreciendo a medida que pasa el tiempo), y las expectativas de venta frente a los costes de mantener los ejemplares. Los editores no han vendido ni siquiera los ejemplares necesarios para rentabilizar el libro, ven que no pueden seguir ocupando espacio en el almacén que necesitan para títulos que mantienen sus ventas a lo largo del tiempo o que son más recientes y deciden amortizar parte de las pérdidas vendiendo al peso los libros o consiguiendo un leve descuento en la compra de papel para imprimir nuevos libros. Los editores medianos y pequeños, normalmente, hacen tiradas más controladas, no necesitan de tanto almacenaje e imprimen libros con menor caducidad temática, de ahí que no se planteen hacer destrucciones de libros. De todos modos, por ley, el autor puede comprar esos libros a precio de costo, y hacer con ellos lo que quiera. En muchas ocasiones, los propios editores regalan algunos de esos ejemplares al autor antes de destruirlos para que pueda tener ejemplares de los mismos que facilitar a quien quiera. Todos los autores tenemos cajas de libros nuestros en algún rincón de la casa.

Todo esto es algo que un autor informado conoce. Se conoce que hay autores que no se informan. Esos autores no parecen haber sufrido por los libros que han destruido de otros autores antes de los suyos, ni por los que se destruirán, sino que sufren por los suyos en un caso de narcisismo desviado. No sufren por el editor que pierde dinero. Repitamos esto una vez más: nadie destruye libros por capricho, sobre todo porque nadie quema mercancía por capricho, intenta sacarle una rentabilidad. Tampoco sufren por los libreros que ocuparon espacio en su local con esos libros que no se vendieron, ni por los distribuidores que los transportaron al pedo. Es más, pretenden que la editorial emplee más dinero y recursos en regalarlos. No sufren tampoco por los libros que dejarían de vender los libreros ya que alguien no necesita comprar un libro aquella semana porque le han regalado uno. Tampoco sufren por los árboles que sí se cortarán porque no hubo pulpa reciclada aquel día en la papelera. O sea, el sufrimiento es selectivo, se restringe a los ejemplares de mi libro que van a destruir. No se trata, creo, de un enfoque generoso y redistributivo, como se pretende hacer ver, me parece más narcisista. Imaginemos que en los teatros dejen pasar a la gente gratis para ocupar las butacas vacías, o que regalemos los discos que no se venden en las tiendas. Y así con todo. Por un lado, sí, pensamos que hacemos una labor social hermosa, pero es más que probable que lo único que en verdad estemos haciendo es destruir el tejido de una industria, la cultural en este caso. Por descontado transportar esto a otros ámbitos nos produce pánico. Oiga, esta casa no tiene a nadie, ¿no le importa que me meta en ella a vivir?

Patricia Kolesnicov, en un acertado artículo escrito al hilo del asunto, tantea muchos detalles importantes sobre el mercado del libro, la necesidad de hacer tiradas grandes de ciertos títulos para darles visibilidad y traza una metáfora final que da en el blanco, pero que no quiere asumir hasta sus últimas consecuencias. No se trata tanto de que los libros fueran algo que atravesaba el tiempo y no caducasen (de hecho muchos libros nacen, voluntariamente, caducos, y no sólo los libros escolares, sino los concebidos al amparo de una circunstancia mediática, histórica o circunstancial, sirva como ejemplo el exitoso libro de Cristina, ¿realmente le interesará a alguien dentro de cincuenta años el libro de Cristina más allá de a algún historiador?), sino que es precisamente este el modo en que el mercado hace la selección misma de los libros que se convierten en perennes y los que no. Es algo que sabe muy bien quien sea aficionado al mercado de libro de segunda mano y viejo. En ese mercado no hay margen para la duda. Hay libros con precios elevadísimos y libros que no valen ni medio peso. Estos últimos son los que más abundan. Cuando un libro se destruye es porque ni siquiera puede ser vendido por ese medio peso. Y eso, amiguetes, es al final de cuentas lo que verdaderamente duele.

 

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