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Negativos y positivos

Colaboración desde España

"La presentación de un libro es un espectáculo en sí mismo, que lejos de ser tan solo una concesión al espectáculo, un desplazamiento del acto de la lectura, individual, al del evento, público y, se supone, compartido, tiene sus propias reglas. Las presentaciones de libros son, como dice el cliché turísticos sobre las iglesias, siempre iguales. Vista una presentación, vistas todas".

Por Antonio Jiménez Morato.

 

Cuando los años van pasando, y uno acumula unos cuantos en este mundillo de los libros, ha presenciado muchas presentaciones. La presentación de un libro es un espectáculo en sí mismo, que lejos de ser tan solo una concesión al espectáculo, un desplazamiento del acto de la lectura, individual, al del evento, público y, se supone, compartido, tiene sus propias reglas. Las presentaciones de libros son, como dice el cliché turísticos sobre las iglesias, siempre iguales. Vista una presentación, vistas todas. El presentador, normalmente alguien de prestigio, ya sea intelectual o mediático, dice cosas elogiosísimas sobre un libro que, en la mayoría de las ocasiones, no ha leído. Hay verdaderos especialistas de la presentación. En Madrid, por ejemplo, si no tienes a nadie que te presente un libro puedes llamar a Juan Cruz, que es capaz de llenar una hora con lugares comunes que dejan muy satisfecho a autor y editor, aunque sean siempre los mismos y parezca que las presentaciones son perfectamente intercambiables. Una presentación de Juan Cruz es siempre la misma, lo de menos es que el autor del libro sea Vargas Llosa o Isaac Rosa, dirá lo mismo de él, alabará el compromiso político del autor, el modo en que refleja la sociedad que nos ha tocado vivir, su virtuosismo formal, la exigencia de su escritura (no termina uno de entender qué quieren decir hoy con «exigencia» cuando se trata de libros diáfanos y simples como una columna de prensa, como este mismo texto, quizás hoy es exigente pedirle a un lector que transite por cien páginas). A mí, debo confesarlo, me incomodan enormemente las presentaciones, las de libros ajenos y las de libros míos, sobre todo las de los míos. Cuando alguien expresa más de dos elogios seguidos sobre mi persona tiendo a buscarme la billetera y asegurarme de que sigue en mi bolsillo, tanto para asegurarme de que no me la hayan quitado como de que tenga dinero para pagar las obligadas invitaciones cuando el tormento haya terminado. Llámenme neurótico, posiblemente lo soy, pero no termino de entender los ditirámbicos elogios con que se rodea la edición de un manuscrito. Si uno hiciera caso a las contracubiertas de los libros y a las presentaciones cada mes estaríamos trastocando de arriba a abajo la Historia de la literatura. Y en realidad casi todos los libros terminan saldándose por tres pesos en las librerías de oportunidades.

Todo esto me pasaba por la cabeza hace un par de días, en Madrid, mientras presenciaba el lanzamiento de la traducción de la más reciente novela de Valeria Luiselli. Espacio de lujo, con asientos de diseño, mil pantallas, un traductor a la lengua de los sordos (enfrentado al escenario, porque en realidad los sordos tienen que ver por streaming la presentación para poder disfrutar al traductor en pantalla) y un presentador de lujo: Vila-Matas. La presentación fue estupenda, obvio. Es una novela que cambiará el rostro de la literatura de nuestro tiempo, innovadora y atrevida, valiente y arrojada, y estupendamente escrita. Como lo son todas en las presentaciones. Acaso esta lo sea. A mí me gustó cuando la leí hace meses, en el original en inglés, algo sorprendido por leer a Luiselli en otra lengua, seducido por las cosas que la convierten en una novela distinta (es una novela con rasgos rompedores y una interesante construcción de voces, y un uso infrecuente de materiales visuales que son determinantes para el acabado del producto, merece la pena, sin duda, leer la novela, no quieran leer en mi ironía cosas que no he dicho).

No, lo que me resultó más fascinante, como siempre, es lo que tenía que ver con el formato «presentación», los tics del género. Por ejemplo, la periodista invitada a moderar el encuentro llevaba unas anotaciones, y las leía sin que importase que fueran o no pertinentes. Nadie había usado el término «archivo» en los primeros quince minutos del acto (y mira que es un término connotado a día de hoy tras la revisión de Derrida como para que pase desapercibida su mera mención), pero eso no fue problema para que lanzase una pregunta diciendo sin complejos «Se ha mencionado varias veces desde que hemos empezado la idea de archivo». Y todo para adelante. Nunca dejes que la realidad te estropee tu guion. Se había hablado de documentos, de documentalistas y documentólogos (diferencia creada por la propia novela y pertinente en este caso, pero nadie había hablado del archivo). Ni qué decir tiene que nadie mordió el anzuelo. Si no se había hablado antes de ello era innecesario indagar en ese tema.

Pero, lo que me llamó poderosamente la atención fue que Vila-Matas, a raíz de esta invitación a hablar del archivo, o a pensar el archivo o, como suele suceder en una presentación en España, a decir lo primero que se le pasase por la cabeza al escuchar la palabra «archivo», porque en España la libre asociación sigue siendo una herramienta válida y por eso en España se crearon las muestras más interesantes del surrealismo, en concreto esa avalancha de escritores a los que se llamó Grupo poético del 27, citó a Godard. Eso despertó todas las neuronas de quien firma esto, siempre que alguien cita a Godard puede surgir algo bello, algo hermoso, algo interesante e inteligente, porque Godard es todo eso. Dijo Vila-Matas que en realidad la novela de Luiselli trata de «los negativos», es un «negativo» que, no sé, a juicio de Vila-Matas debe positivar o revelar el lector, y que como había dicho Godard el problema del cine de hoy, es que no se tiene el negativo, que ya sólo tenemos «el positivo». Suena muy bonito, da mucho lustre decir frases así, pero como sucede con la retórica siempre suelen tener mucha menos densidad de la que pareciera. Es obvio que cualquiera que haya leído la novela de Luiselli sabe que el comentario tiene que ver con la importancia de la imagen fotográfica en el libro, pero más allá de eso carece de verdadero sentido. Porque, claro, uno escucha eso y se queda un tanto extrañado. Al menos si uno sabe un poco de fotografía, cine y celuloides. Si habláramos de la fotografía analógica tradicional uno entendería sin problema la metáfora, pero es que el cine lleva usando película reversible desde hace casi cien años y el «positivado» al que tantas veces se alude en el mundo cinematográfico no es más que el proceso químico que estabiliza la imagen y permite visionarla primero y más tarde montarla. El cine, desde el invento de la película reversible, no ha tenido negativos, sino bruto, material filmado que se montaba o desechaba a gusto del montajista, director o productor del proyecto. Godard, por lo tanto, jamás habrá podido decir algo así, se habrá referido a la virtualidad de las grabaciones digitales de hoy, que solo en apariencia no ocupan espacio (otro cliché falso, como sabrá cualquier aficionado al cine que va acumulando discos duros con sus películas favoritas, no es que el cine digital no ocupe espacio, sino que ocupa «menos» espacio). Es muy posible que el director suizo, que sigue entregando una película como mínimo al año cargada de sentido y sugerencias, y que está ahora recuperando las grabaciones en vídeo (en su momento también se cuestionó el vídeo frente al celuloide por la falta de costumbre o su exceso de «verismo») para sus nuevos trabajos. De hecho hoy todo el cine es digital. Lo es el antiguo, escaneado para realizar tratamientos digitales que le den color o arreglen los defectos que el paso del tiempo le ha infligido, lo es el contemporáneo, que se rueda directamente en digital para evitar escaneados y ahorrar costes, y lo será en el futuro, porque el software de montaje ha reemplazado a las moviolas. Aún así, Kodak ha vuelto a hacer película en celuloide, y es más que posible que haya un reducido grupo de aficionados que regresen a las moviolas y los montadores manuales, por el placer anacrónico de mantener ese proceso vivo. Godard cualquier día puede decidir hacer una película en Super 8 ahora que de nuevo están disponibles, pero ese celuloide seguiría siendo «positivo», jamás negativo. Así que la frase de Vila-Matas solo lleva a una conclusión cierta: sabe muy poco de cine. Pero ve a Godard, así que piensa que sabe. En realidad, esa frase arroja mucha más información de la que parecería a simple vista, ya que se convierte en una resumen idóneo del gran problema de toda la escritura de Vila-Matas, que, con la literatura, como con el cine, se ha acercado a todos los grandes, pero o no los ha comprendido o no le ha lucido mucho el trato. Uno lee las columnas de Vila-Matas y siempre se pregunta cómo es posible que alguien con tan buenas lecturas tenga una escritura tan inane. Quizás todo esto se deba a que lleva un montón de años ofreciéndonos el negativo de su obra y hay que saber revelarla. Yo, de momento, no he pasado de obtener carretes velados.

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