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El rayo lector: cómo empezó todo para Leonardo Sabbatella

¿Cuáles fueron los libros que convirtieron en lectores a los ecritores? ¿De qué se trató esa primera experiencia de lectura? ¿Qué los flechó? En esta nueva sección del blog, el autor de El pez rojo y Sobre un campeón póstumo (Mardulce) responde. 



Por Leonardo Sabbatella.



Descubrí dos veces la lectura. La primera vez llegué tarde, no fui un lector precoz ni prodigio, sino que por el contrario hubo que esperar hasta el último año de la escuela secundaria para que, acompañado por una amiga que estudiaba en el aula de al lado, la lectura se revelara como una forma de la exploración, del misterio, del desconcierto, hasta de la extrañeza. Había algo más por conocer o por vivir (provisorios sinónimos) y estaba en los libros. Al poco tiempo la lectura me da una especie de segunda vida. No hablo sobre mi predilección por la lectura; como si fuera algo demasiado importante o íntimo o secreto como para dejarlo caer así nomás en cualquier conversación. Con mi amiga intercambiamos libros en los recreos y llenábamos tardes enteras en hablar de lo que leíamos. Ese tiempo de hablar sobre los libros era casi tan bueno o sagrado como el momento de leer. Las lecturas eran amplias y abiertas y, sobre todo, azarosas. Leíamos lo que había en nuestras casas, lo que encontrábamos en librerías de viejo. Mi madre había sido socia del Círculo de lectores y en mi casa había muchos de esos libros, de tapa dura, que parecían antiguos y mágicos. Así se mezclaban clásicos y novelas con libros esotéricos o filosóficos. Ese año, sin una fecha precisa o un hecho fundante, sino más bien como un proceso o un entrenamiento, me convirtió en alguien que leía. Al revés de lo que quizás se puede suponer, la lectura no fue un pasaje a la adultez sino algo mucho mejor, un regreso a la infancia, porque leer es la forma secreta de mantenerse siempre criatura.

La segunda vez, en la cronología, fue antes, varios años antes, pero no lo descubrí hasta mucho tiempo después. A la edad en la que todos mis compañeros de colegio y amigos del barrio pasaban horas enteras jugando a la pelota en la plaza o practicando en los clubes, ejercitando sus drive en canchas de polvo de ladrillo o haciendo sus primeros porcentajes de campo en las canchas de basquet, yo estaba leyendo. Solo que en ese momento no consideraba que eso fuera leer. En vez de jugarlo, para mi el deporte era materia de lectura. Me pasaba las tardes, y a veces las noches, leyendo sobre la historia de los mundiales de fútbol y grandes equipos de la historia, sobre hazañas deportivas de medallistas olímpicos, sobre misteriosos ajedrecistas, sobre quintetos de básquet (acá las estadísticas, con cuadros complejísimos, eran mi debilidad) y, mi favorito, un libro con la historia de la fórmula 1. No creía que eso era leer, para mi estaba del lado del deporte. Era la continuidad del juego pero por otros medios. Hubo una escena que podría haberme revelado que ya entonces era alguna clase de lector, pero no me di cuenta. La escena es así. Mi padre se encuentra en el living haciendo un crucigrama, con los anteojos calzados en la punta de la nariz, cuando paso cerca suyo, voy desde mi habitación a la cocina, me pregunta: “¿El trece de Holanda en 1974?”, respondo a la pasada: “Neeskens, con doble ee”. Tengo once años. Mi padre comprueba la cantidad de letras con los casilleros disponibles y levanta la cabeza, sorprendido. Me dice: “si usaras esa cabeza para el bien”. Quizás no lo supe entonces debido a que ese mero dato podría haberlo aprendido en cualquier otro lugar o, tal vez, porque la lectura es una experiencia imposible de compartir, como sucede en ciertos estados de la locura.

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