Lecturas

Virginia Woolf, editora

Eric Schierloh rastrea la faceta editorial de la autora de Las olas en sus diarios y cartas. Leemos Cómo nace la idea, publicado por Editorial Alquimia.


Por Valeria Tentoni.


Cómo nace la idea fue publicado con selección, traducción y notas de Eric Schierloh en la colección “Umbrales de la memoria” de la editorial chilena Alquimia, y llega a Argentina vía Big Sur. En ese catálogo se publican rescates de textos escritos por autores y autoras como Gabriela Mistral, Albert Einstein, Vicente Huidobro o Mary Shelley, antologías alrededor de distintos temas compuestas a partir de crónicas, cartas, entrevistas o diarios, textos muchas veces considerados marginales. En estos tomos, la labor de edición es clave, “inventando”, en muchos casos, libros nuevos con textos antiguos.

La pieza que entrega Schierloh es uno de ellos, y extraordinario. Identificado con Woolf, probablemente, por compartir con ella su doble condición de escritor y editor artesanal, Schierloh –a cargo del sello Barba de abejas– rastrilla los once volúmenes de diarios y cartas de la autora de Orlando para encontrar aquellos momentos en los que se refiere a su experiencia en la Hogarth Press, proyecto que Virginia inició junto a su compañero Leonard en 1917.

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Al parecer, ella se ocupaba de la composición de los tipos móviles y la encuadernación mientras que su pareja operaba las máquinas de impresión, entintaba y compaginaba. “Produjeron unos libritos sencillos y hasta algo endebles, si se quiere, aunque igualmente modernos, llamativos y autogestivos”, dice Schierloh, con experiencia suficiente para juzgarlos. Las decisiones sobre el catálogo, que comenzó siendo muy acotado, eran compartidas, e incluyeron lanzamientos y rechazos históricos como los de Katherine Mansfield y James Joyce, respectivamente. Del Ulises, por ejemplo, Virginia escribió en una carta a Lytton Strachey: “Nos pidieron que imprimamos la nueva novela del Sr. Joyce. Todas las imprentas de Londres, y la mayoría en las provincias, se negaron. Primero hay un perro que caga, después hay un hombre que habla, y uno puede ser monótono incluso en ese tema; pero la verdad es que no creo que su método, muy elaborado, signifique mucho más que recortar las explicaciones y poner los pensamientos entre guiones. Así que no creo que vayamos a publicarlo”. Algunas páginas más adelante encontraremos un recorte de su carta (infinitamente más suave) a Harriet Weaver, principal mecenas del escritor irlandés (quien publicara Retrato del artista adolescente por entregas en la revista literaria que editaba, The Egoist): “Leímos los capítulos de la novela del Sr. Joyce con gran interés, y desearíamos poder ofrecernos para imprimirla. Pero por el momento la extensión es una dificultad insuperable para nosotros (...) A nuestro ritmo actual un libro de trescientas páginas nos tomaría por lo menos dos años”.

Acechados por la falta de dinero, la guerra y hasta la gripe (“hace estragos a nuestro alrededor y ha llegado a los vecinos”), al principio el entusiasmo de la pareja era suficiente motor para mantenerlos en marcha. Portadas, papeles, dedicatorias, tintas, almuerzos con sus autores, cartas de negociación, pruebas de imprenta, ilustraciones; todos estos asuntos colonizarían, seguramente, sus conversaciones: “Leonard está trabajando muy duro y pasa todo su tiempo libre en la imprenta, algo que se vuelve cada vez más fascinante. Estamos negociando para conseguir una minerva más grande que vamos a poner en el sótano”, escribe Woolf en otra carta. A Violet Dickinson, por ejemplo, le cuenta, con indisimulado entusiasmo: “Estamos floreciendo como editores y nos llueven manuscritos”.

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En Cómo nace la idea veremos a Virginia anotar en su diario los avances que hace como imprentera, la velocidad que levantan, paulatinamente, sus tareas, pero también los pequeños problemas que comienzan a aparecer, sutiles como aquella manchita blanca que brota del lomo de los ejemplares recién encolados de Preludio, el cuento de Mansfield que sería el segundo libro del catálogo de la Hogarth: “Los libros se venden muy lento. Parece que el mercado para estos productos es muy pequeño, infinitesimal”. O también: “El pobre Leonard, que trabajó como un esclavo con Tolstoi y Morgan, terminó por confesar que estaba cansado, al borde del colapso”.

Schierloh –autor de libros como M (Eterna Cadencia), Maotouying (Fadel & Fadel) y China ya no los quiere (Salta el Pez)– toma la decisión de incluir en este diario aspectos del cruce de la vida de editora con la de escritora de Virginia. “Es fatal no escribir lo que se quiere escribir en el momento que se quiere hacerlo”, encontramos de sus diarios. O el día en que Revista Granta la fulminó: "Dijo que estoy acabada, que Orlando, The Waves y Flush representan la muerte de lo que podría haber sido una gran escritora”. Por momentos estimulante, por momentos interruptiva, no debe olvidarse que la Hogarth Press fue, además de un proyecto que publicaba “obras valiosas a bajo precio, en prosa o poesía", la casa editorial que cobijó muchos de sus libros, como La señora Dalloway o Una habitación propia.

En Cómo nace la idea, Woolf se nos revela en su faceta laboriosa, víctima de problemas humanos, demasiado humanos, con una vida doméstica dominada por los libros, la lectura y la escritura. La ironía, la inteligencia, la sensibilidad y el magnetismo de sus textos personalísimos impregna todas y cada una de estas páginas. Es difícil no cerrar el libro sintiendo una profunda simpatía por la Virginia que se esconde detrás de las máquinas, quienquiera que haya sido, mientras escribía sus novelas: “En un artículo francés dicen que soy un hada. Es extraño lo mucho que trabajo para ser un hada”, anotó.

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