Poéticas de lo diminuto y de lo pequeño
Miércoles 04 de noviembre de 2026
Vanesa Londoño reseña Donde el agua trabaja de David Silva, novela ganadora de la primera edición del Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat, acusada hace días de haber sido escritura con inteligencia artificial.
Por Vanessa Londoño.
Dice Manuel de Landa que cuando se acabaron en Europa los excedentes agrícolas que alimentaban a la población, la hierba usó a los europeos como vehículo para migrar de territorio hacia sus nuevas colonias trasatlánticas, de modo que el cardo, el plántago, el trébol y la ortiga se propagaron como forraje para el ganado después de que los cuadrúpedos se tragaran los pastizales. En Donde el agua trabaja, David Silva nos interna en la vida de dos trabajadoras de un monocultivo de uvas en el Ica peruano que conviven y se comunican con los residuos del lenguaje; se comunican con lo justo, con poco, con diálogos dichos como por detrás de la niebla o con palabras que, al igual que el agua de un regadío, simplemente gotea. Y es con esos retazos del que ocupa poco espacio en la silla o cuenta las monedas que deja la paga al sencillarse que Silva construye la gran poética de lo diminuto, la gran poética de lo pequeño. Aquí lo que hay es un ojo idóneo para encontrar la belleza más refinada en lo más humilde, en lo más deslucido, como diría Darío Jaramillo Agudelo, y por eso, mientras avanza, el lector se va preguntando si es que sigue internado en ese fundo en Ica o se ha trasladado con el poeta Watanabe a su lejano Laredo. Cosecha tras cosecha, las uvas van dejando de ser fruto para convertirse en algo domesticado de lo que fuera la vid o quizás su facsímil, porque las granjas son, después de todo, el lugar del destierro, el lugar de donde se expulsa a todas las demás criaturas a fin de optimizar las condiciones económicas de la siembra; y es allí cuando la novela pone en evidencia que, como a cualquier otro organismo viviente, este monocultivo ha desplazado también al lenguaje.

Me pregunto si es por todo esto que a los centros digitales donde se albergan millones de teléfonos celulares automatizados para producir reacciones en redes sociales, simular fenómenos genuinos y cultivar ataques con los que se manipula a los votantes, se les llama también granjas. Granjas de bots. La novela opera entonces como un recordatorio de que aquí en esta tierra hemos soportado todo tipo de granjas, todo tipo de colonizaciones, todo tipo de monocultivos de palma africana y café o aquellos que son ahora digitales desde donde se nos imponen el poder y la política. Pero, mientras leo, descubro que el revés del monocultivo de uva y de las granjas de bots es ese pequeño lugar que históricamente ha representado como símbolo al pensamiento: un jardín.
Quizás esta novela sea entonces eso, un jardín desde donde se contempla la granja.
Como trasplantes de piel, las hierbas -dice más delante de Landa-, se ubicaron sobre la carne quemada y lastimada, y auxiliaron a resanar las heridas que los invasores causaron a la tierra. En Donde el agua trabaja el lenguaje es musgo, es la hierba de ese pastizal autóctono que recubre por fin el territorio arrasado; esa retama que tanto pelechó en el lenguaje de José María Arguedas.