Lecturas

Una novela inmensa que contiene futuro

Gabriela Cabezón Cámara presenta la nueva novela de Valeria Luiselli, Principio, medio, fin (Feltrinelli): “Esta novela es una novela y es un ensayo y es una crónica y es ficción y es no ficción y es metaficción”.


Por Gabriela Cabezón Cámara.


“En el principio eran una madre y una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera —pies, piernas, torso, cuello— hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto”.

Esta novela de la que vamos a hablar es una inmensidad. Cuenta algo en principio chiquito: una madre y una hija tratando de empezar una vida nueva. Están viajando por Sicilia, Sicilia se prende fuego —el Etna y el Strómboli entran en erupción— leen a los clásicos —La historia natural de Plinio, la Odisea, Troyanas, la Eneida— intentan rutinas nuevas, deciden qué hacer con el mosaico de la cara de Proteo que la Nanna —bisabuela de la niña, abuela de la madre, madre de la abuela— se llevó desde esta misma isla en su migración a México. Y se hacen preguntas.

Como en los mitos —y la novela va a volver sobre esta cuestión porque para eso están los mitos, por eso están los clásicos, por y para que volvamos a preguntarnos lo que nunca debimos dejar de preguntarnos, lo que nos volvemos a preguntar una y otra vez— como en los mitos de origen, decía, algo se rompió, se partió en dos: ahí donde había una familia de cuatro, quedan una madre y una hija en una tierra que se prende fuego. Y una abuela que manda mensajes que son mezclas encantadoras de meteorología, astrología, anuncios de inundaciones irreversibles, ecorradicalismo y traducciones de, sí, también, Plinio. Y una bisabuela que nació y vivió sus dos primeras décadas en la tierra que están pisando.

Plinio que entra por todas partes y, con Plinio, la historia natural, la vida de la Tierra entra como en, qué cosa extraña, demasiado pocas novelas. Plinio es el autor de todos los títulos de todos los fragmentos que componen la novela: son el índice del primer tomo, o quizás del segundo, de su historia natural. Incluyendo el título del índice, llamado índice de contenidos.

Algo se partió en dos y la narradora, la madre acá, se pregunta: “¿Cómo lo reinvento todo: nuestras historias, nuestras vidas cotidianas, nuestras formas de estar en el mundo”. ¿Qué es una casa? ¿Qué es un principio, qué un medio, qué un fin?

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Entonces hay preguntas por el principio, el medio, el fin. Formuladas en el mundo: metidas en esta sensación liminal que tenemos en el presente, esta sensación de que algo se está terminando. Partiéndose en dos. Abriendo un hueco para empiece otra cosa, parafraseo acá a la madre respondiéndole a la hija cuando le pregunta por qué en los mitos siempre algo se parte en dos para empezar. Por ejemplo, el cielo se separa del océano. Como pocas, esta novela sabe lo que la mayor parte se obstina en ignorar: “Vivimos como si el paisaje y la geografía fueran el telón de fondo frente al cual se desplegaran las historias humanas, pero lo cierto es que nuestras pequeñas historias no son sino el trasfondo de la tragicomedia mucho más basta de la historia natural”.

Entonces hay preguntas por el principio, el medio, el fin: hay preguntas por el tiempo. En la novela y en la vida misma.

Esta novela es una novela y es un ensayo y es una crónica y es ficción y es no ficción y es metaficción. Es espiralada —hace un recorrido que vuelve, cada vez con un nuevo matiz, a los mismos puntos, las mismas preguntas, la enunciación de su trama, la madre la hija el viaje, el recomienzo. Esta novela es una historia íntima y una historia colectiva, es una historia de una madre y una hija y, en esa misma formulación, así nombradas por sus roles las protagonistas y ligadas a la abuela y la bisabuela, una historia sin fin, de la humanidad entera: una madre, una hija, una madre, una hija.

Esta novela es inmensa porque es bellísima. Porque es de una inteligencia extraordinaria. Porque está llena de ecos: “Leí alguna vez que la palabra eco viene del griego antiguo oikos, que significa casa. Y si eso es cierto, tal vez el eco y la pertenencia están más estrechamente ligados de lo que se suele pensar.” Porque reverbera en ecos: imágenes de lo mismo pero distinto —el ojo del pez espada, el ojo de Proteo, los ojos de la Nanna, los ojos del burrito con olor a pan caliente, el ojo redondo grande negro que refleja por primera vez el mundo— porque se llena de etimologías oráculos y fotos polaroid, historias antiguas y anécdotas cotidianas, porque se vuelve sobre sí misma y sobre el poder de la ficción, de la narrativa. Porque se pregunta por los principios, “en el inglés antiguo la palabra principio era beginnan y quería decir “intentar o llevar a cabo”. La raíz de la palabra venía del alto alemán antiguo, in-ginnan, que significaba cortar algo y abrilo, amputarlo”. Por la mitad: “una novela a la mitad, en el medio de la novela y a medio camino de las cosas. ¿O no es una novela sino un ensayo? Tal vez la mitad no quepa en la arquitectura apretada de las novelas, en el corsé de la trama. Tal vez tenga que ser un ensayo hasta que pueda volver a ser una novela”. Y por el fin, de sí misma y del mundo. Lo grita un personaje fugaz, omnes finis mundi: todos los fines del mundo. Y elige narrar, hacer ficción, del latin fingere, moldear, darle forma a la arcilla. Una novela inmensa que contiene futuro, que apuesta por el futuro: esa narrativa nueva; una ficción nuestra, nuestra de la humanidad.

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