Editorial

Distraerse en el campo visual

Santiago Craig presenta el nuevo libro de cuentos de Jorge Consiglio: la conversación y la dispersión en circuito permanente para la puesta en crisis del sentido de realidad.

Por Santiago Craig.


Cada vez que hablamos con Jorge, hablamos de otra cosa. Quiero decir. Nos dispersamos. Y un poco nos intuimos cómodos en esa dispersión. Digo: Yo lo intuyo cómodo a él, creo que él a mí. Es habitual que nos pongamos a inventar escenas y escenarios, que dejemos para un rato después (un después que no llega jamás) lo que podría considerarse un tema central o serio o importante. Hablamos en serio, sí, pero en general por inercia, o más justamente, por error. Así hablamos y así lo leo. En esas dimensiones me relaciono con Jorge: el diálogo, la lectura. Y en las dos, lo que manda es la forma, el modo en que se van disponiendo las palabras. Yo creo que leer a Jorge (en un sentido amplio) es seguirle el juego; someterse a la palabra que va adelante de la idea, ir siguiendo esa arbitrariedad del lenguaje a la que le afloja o le suelta la correa para llevarlo de acá para allá.

Porque la escritura de Jorge tiene la virtud de, por momentos, distraerse. Una virtud del escritor, esa, ¿no? Yo creo, me parece: ser distraído. A algunos distraídos los medican, a otros los publican. Por suerte, bueno, los libros.

Por eso, aunque lo que quiero es escribir de Campo visual, su nuevo libro de cuentos editado por Eterna Cadencia, me tienta más ahora hablar de una vez en la que yo había ido a una presentación de otro libro, ya ni me acuerdo cuál, en otro lado.

Estábamos después en un bar. En una de esas mesas largas armadas al azar. Gente mucha, gente diversa, gente a los gritos. Algunos nos conocíamos, otros no, pero todos hablábamos. Tomábamos cerveza. Había algo en la organización de las conversaciones que se parecía a un programa de radio. O debería decir, a un streaming. Bueh. Se tiran tópicos a la mesa como si se sacudieran dados, se soplara el puño, se abriera la mano, y pum: la charlita. Es un poco irritante.

Así que en una estaba cuando el tema viró hacia las escritoras y los escritores. Se armaban listas de favoritos, de mejores, de peores, de subvalorados, de sobrevalorados. Todo era arbitrariedad y malicia. Pero era eso o la plata. De eso habla la gente que escribe y publica: de plata o de otros. Filiaciones que pretendían despegarse de las modas o que, al contrario, con cierto esnobismo, se fijaban a ellas en un tono de “yo sé que es lo que todo el mundo lee, pero yo lo entiendo más, yo lo entiendo en serio”. En fin. La cosa es que los nombres más o menos se repetían y más que hablar de la cualidad de las obras, se mencionaban los temas

que abordaban, los géneros, características personales, intervenciones públicas, entrevistas, incluso sus tweets o posteos en distintas redes sociales. Cuando dije Consiglio, cuando enumeré lo que para mí eran muchas de las virtudes de su obra, algunos asintieron en silencio. Lo habían leído, sí, no, no lo habían leído, ¿Cómo es? ¿Qué dijo? ¿Dónde habla? ¿Qué hace? ¿Cómo se peina? ¿Qué opina? Es un tipo. Escribe fantástico. Hace libros, da clases, a veces lee, glosa, comenta. Más que nada, se calla. O se distrae. De estas cosas que hablamos. Una prosa del carajo. Digo en una expresión coloquial que le robo porque en él, en Consiglio, es recurrente. ¿Qué les recomendaba? Que lo leyeran.

Me gustó tirar el nombre ahí en la mesa de la mucha gente. Porque en los cuentos y las novelas de Jorge, en general, los nombres tienen un peso. Y, si es cierto que hay una fuerza en un nombre, algo del orden del destino o de la fatalidad, Consiglio, deben si no saberlo, por lo menos adivinarlo fácil, tiene que ver con consejo. Y ahí quedó: Consiglio: léanlo.

Me agarro de eso, como dije, las palabras mandan y pienso que, en el caso de Jorge, en la escritura de Jorge, el consejo orienta, si se quiere, la mirada, dice qué ver, no tanto cómo ver. Dice que hay un amplio espectro en el horizonte, que hay tanto ahí para ver más y mejor. Con la paciencia y el detenimiento, con la perseverancia del distraído. Miren, dice la escritura de Consiglio. En este caso, explícitamente: ahí, con ustedes, el campo visual.

Nada que ver con el cuento, o capaz que sí, con el libro seguro. El campo visual, el lugar al que el escritor apunta como tensión de arco y flecha su mirada. Y no larga. La flecha, digo. Si hay algo que disipa la tensión, si hay algo poco sutil, lejano a la propuesta de Jorge, ordinario, dirá es el disparo. Por decir así, estridente y apurado. En los cuentos de Jorge se dispone un campo, y ahí la trama, como los personajes, como la gente, enfrenta la fatalidad buscando opciones. Dar en el centro es cosa de técnica y puntería. Eso está, claro. Quien lea estos cuentos va a ver que el acierto, en ese sentido, al fin siempre sucede. Pero sostener tenso el arco es cosa de voluntad, de tesón, de paciencia. De entender que abre un espacio común con el lector ese tiempo dedicado a la flecha en tensión que no se lanza al objeto completo para atravesarlo y poseerlo, para transformarlo en el trofeo de una sola inteligencia, de una pericia fanfarrona.

Es ese tiempo y ese espacio el que arman los cuentos de Jorge. Nos ofrece, en el ruido, el apuro, la auto celebración insistente, un refugio. Y el último refugio de los que escriben, ese lugarcito que tienen para ofrecernos, puede ser la sintaxis. El modo propio de armar con palabras. Es habitual, por ejemplo, encontrar en estos cuentos y en toda la obra de Jorge al sujeto postergado. Antes de lo que es: lo que le pasa. ¿No es esta una forma profunda de entender lo contemporáneo? La postergación. Y cuando digo contemporáneo quiero decir este mundito que de la cuna a la tumba eh. Quiero decir, lo humano. “Envuelta en un chirriar de grillos, frente a la mesa saturada de platos sucios, acostumbrada al semblante apático de Leda, Nené contenía el aire”. Ahí una frase, ahí un refugio.

También hay sentencias y verdades que se dicen al pasar. Porque, sabe Jorge, y aprenden en sus cuentos los personajes, la verdad, toda epifanía, pasa.

“A los jueces los estimula el castigo y no la prevención del delito”. Por ejemplo. “El sonido del temporal, propicia el amparo”. Otra frase hermosa que saqué de acá, y medio que anoté porque quise. En todo caso, Jorge dice: puede ser que algo pase, ¿algo malo, algo bueno? Como sea: estemos atentos.

En este libro aparecen los roles. Está el médico, el bombero, el abogado. Hay algo en los roles, pero también en los vínculos que no es verdadero, que se imposta, que se actúa. Una escritura sincera, lo expone. Como ese abogado que ofrece cada vez un caramelo de propóleo y que en ese gesto establece tal vez lo más genuino del intercambio con su cliente. Ese mundo de las transacciones tan dado por natural en estos días, en la prosa de Jorge, se vuelve extraño. Porque lo mira y lo enfoca y nos lo pone adelante. Cito: “La lógica comercial implica simplificación. Y la simplificación, vacío. En eso se basa el sentido común”. Estos cuentos, yo siento, están ahí un poco para "desimplificar" el mundo. "Desbasar" el sentido común.

Está, por ejemplo, ese tipo que empieza a embalsamar animales y se convence de que sus piezas son más auténticas que la realidad. Aunque después se aburra de su megalomanía mientras espera un elefante moribundo. Hay en ese engaño, en eso de estar por un momento convencido de que tiene que haber algo más cierto que la realidad, algo con más verdad que lo verdadero, un paso necesario no solo para el escritor, yo creo que para cualquiera que quiera encarar una forma de arte. Llámese a esto también, sobrevivir en el mundo. Un poco por capricho, pero también porque me parece muy pertinente, traigo acá otra frase suya que, fuera del texto, encuentra una resonancia preciosa con esto de escribir cuentos y de armar un espacio compartido, una ilusión, de taxidermista, de médico, de lector, de escritor, con esto que hace Jorge. Dice la frase: “Con lo que tenía a mano edificó una dichosa intimidad”.

El último cuento empieza con un narrador que parafrasea a Graham Greene: Las historias no tienen ni principio ni final. Se elige a ciegas una escena para empezar y otra para terminar. Hagamos eso, amparados en Graham, terminemos acá. Por ahora. Citando otro final. ¿Un maremoto de spoilers? Naaaah. No son esa clase de relatos que requieren secretear, no son historias que dependan de la sorpresa. Dice esto, ese final: “Eso es lo que pasa. En otras palabras: la verdad objetiva, las cosas como ocurren”. Y miente ese final. Porque después de leer este libro o algún otro de Jorge, ya no podemos dejar que lo que pase pase y nada más, que las cosas, como si nosotros no tuviéramos nada que ver con ellas, solamente ocurran.

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