Un beso, adiós: así comienza la nueva novela de Claire-Louise Bennett
Jueves 01 de octubre de 2026
“Bennett escribe como nadie más; es un talento extraño”, dijo Karl Ove Knausgård.
Por Claire-Louise Bennett. Traducción de Cecilia Pavón.
Dentro de dos semanas ya no viviré aquí. Estaré en el cobertizo, en L. Xavier no sabrá que ya no vivo aquí. Ya no estamos en contacto. Pasaron tres meses desde su último correo, que no respondí. Realmente no había manera de responder. Ahora mismo siento algo así como ganas de llamarlo: me pregunto qué diría. Pero parece irreversible, así es como lo siento de verdad. Es mejor, supongo, no tener nada más que ver con él; y, al fin y al cabo, ¿qué otra alternativa me dio? No recuerdo qué me había puesto la última vez que lo vi. Era finales de julio, así que todavía estaba un poco bronceada. Estaba linda. Siempre quise estar arreglada cuando iba a encontrarme con él. No nos habíamos visto durante casi un año por la pandemia. Cuando llegué al restaurante del hotel, él ya estaba ahí, tomando una copa de prosecco. Siempre llego unos minutos tarde para que Sean ya se haya ido y Xavier esté instalado en una mesa, tranquilo y relajado. Estaba sentado justo al lado de una pantalla de TV enorme. Era un lugar tan extraño para sentarse que le hice notar que me molestaba.
–Siéntate a mi lado –dijo, y lo hice–. Ahora, somos las únicas dos personas en la sala que no pueden verla –agregó.
Y tenía razón, pero yo era consciente de que cuando tal o cual persona miraba en dirección a la TV, también nos miraba a nosotros de reojo. De hecho, me parecía que no miraban la TV en absoluto. Había un hombre en particular que miraba bastante, y cada vez con menos discreción. Comía solo. Acababa de volver del hipódromo, era evidente. Bife con papas fritas y una gran copa de vino tinto y después una gran copa de brandy. Bebía y miraba; finalmente le devolví la mirada. Puedes pensar lo que quieras. Era semana de carreras, y yo no había sido muy optimista respecto a conseguir mesa. Él los había llamado. Yo se lo pedí y él los llamó. Probablemente le dijo a quien atendió que Patrick nos conoce, y quizás Patrick nos recordaba. De hecho, probablemente sí, porque yo me había quejado de la merienda que tomamos la tarde que habíamos ido. Fue muy pobre. Escribí un correo explicando lo decepcionantes y deslucidos que habían sido los sándwiches y las tortas, y Patrick, que acababa de ser nombrado gerente general, respondió de inmediato y nos invitó a almorzar a modo de disculpa. Fue un buen almuerzo. Lo pasamos bien. Probablemente fue uno de los almuerzos más exitosos que tuvimos. Compartimos unas gambas de entrada y estaban deliciosas. Las pedimos de nuevo esta vez y no estaban ni cerca de ser tan buenas, y mi prosecco estaba sin gas. Le pregunté si el suyo estaba sin gas y dijo que no le parecía, y no daba la impresión de estar sin gas; el mío sí, se veía muy chato, así que pedí otro. Me sorprendió, y me alivió en realidad, lo agradable que estaba el restaurante del hotel: había supuesto que estaría lleno de mujeres vestidas de punta en blanco, porque era jueves, y el jueves es el “Día de las Damas” en las carreras. Eso le va a gustar, pensé mientras me arreglaba. Le gusta ver a las mujeres arregladas; estará en su salsa. No es que vaya a mirarlas demasiado. Apenas una mirada, probablemente, para registrar el esfuerzo puesto y el efecto general. Eso será más que suficiente. Demasiado examen podría arruinar la ilusión de sofisticación, y a Xavier no le interesa que le desmonten sus ilusiones: le gustan, y es de la opinión de que no hay mucho más: “La vida es una ilusión”, dirá, “pero eso ya lo sabes, ¿no?”. Yo llevaba puesto un vestido negro, ahora lo recuerdo, algo sedoso. Le gustó. Me preguntó si lo había comprado con el dinero que me había dado y dije que sí, aunque no era exactamente verdad. Llevaba unos aros dorados pequeños, perdí uno la semana siguiente. Eran prácticamente nuevos. Me tomó la mano y no hay nada de malo en eso. Pedí por él, como suelo hacer: “Elige algo por mí”, dice siempre. “¿Qué te apetece?”, contesto yo. “Me da igual, amor”, dice, “no es la comida lo que me interesa”. No recuerdo en qué momento saqué mi libro del bolso y se lo di. Lo abrió, dijo que era muy elegante, fue al final y miró mi fotografía.

–Qué lindas orejitas –dijo–. Bien hecho, querida.
Sugerí ponerlo en el bolso que colgaba de una manija de su silla de ruedas, pero dijo que quería tenerlo ahí, a su lado. Elegí un curry suave para él y una musaca vegetariana para mí. Yo estaba de buen humor; conversadora, animada. Esa noche invitaba yo. Normalmente paga él. Hubo varias ocasiones en las que había planeado pagar yo, pero la comida había terminado tan mal que ya no tenía ganas de cubrir la cuenta. Tantas comidas terminaron mal. ¿Era la bebida? Sin duda, cuando bebíamos menos nos iba un poco mejor. Ya no pedíamos una botella. Mi musaca era repugnante, y eso me molestó porque tenía hambre. No le dije nada al respecto: no hablamos de la comida. Me preguntó si me gustaría besarlo, su pedido me sorprendió. No me había preguntado eso desde hacía muchísimo tiempo, pero había pasado más o menos un año desde la última vez que lo había visto, un año extraño además; sería perdonable, ¿no?, olvidar u obviar cómo estaban las cosas.
–Oh, aquí no –dije.
Me tomó la mano allí mismo, en el banco tapizado, con mi libro cerca, me la apretó y volvió a preguntar.
–Querida –dijo–, ¿no te gustaría?
–No –contesté–, no, amor, lo siento.
Entonces lo rodeé con ambos brazos y murmuré algo acerca de tenerle mucho cariño, y él se volvió como un bloque, fue espantoso: no devolvió ni acompañó mi abrazo, se endureció contra él. Me retiré, avergonzada.
–¿Ya no me ves atractivo? –dijo.
–No –contesté–. No.
–¿Te parezco viejo?
–Sí, eres viejo, querido –dije y me puse a llorar–. Por favor, no otra vez. Es demasiado doloroso.
–Es doloroso porque me amas –dijo–. Deja de lastimarte, ángel. Tendré que encontrar a alguien más, alguien más adecuado. De hecho, desde hace tiempo me resulta bastante obvio.
Más tarde, esa misma noche, me escribió un correo reiterando esa intención. Yo respondí que, por supuesto, debía seguir adelante y hacer lo que lo hiciera feliz. El martes siguiente me escribió para decirme que había leído mi libro, que, según él, era “una especie de infierno”. Yo estaba haciendo fila en el supermercado cuando leí su correo. Me dejó sin aire. Casi abandono el canasto de las compras. No respondí. ¿Qué podría haberle dicho? Eso fue hace tres meses y desde entonces no hubo una palabra. Me voy de aquí dentro de dos semanas. Él vino aquí algunas veces cuando me mudé por primera vez, hace casi siete años. El departamento no era adecuado para nosotros.