Tres de los mejores comienzos de la literatura según Eugenia Zicavo
Miércoles 01 de julio de 2026
La autora compiló en Factotum los 100 mejores arranques universales, de los que compartimos tres: Javier Marías, Milan Kundera y Kurt Vonnegut.
Crítica literaria, periodista, socióloga y docente argentina, con una trayectoria destacada en la difusión cultural y literaria, Eugenia Zicavo es además Doctora en Ciencias Sociales, egresada de la Universidad de Buenos Aires, donde dicta clases en Sociología de la Cultura. También ejerce como profesora e investigadora en la UNTREF en el área de Gestión del Arte y la Cultura. Ha conducido diversos programas vinculados a los libros: Libroteca (Canal de la Ciudad), Bibliómanos (TV Pública), Marcar como leído (Futurock) y Señaladores (Spotify - Posta FM). En 2025 arrancó Modo Libro en Futurock. Es autora de los libros Feminismos: ¿desde cuándo y hasta cuándo? (2019) y Este Boca es mío (2024), y Factotum acaba de publicar su nuevo título: Primeras páginas. Los mejores 100 comienzos de la literatura.
Allí se reúnen cien comienzos inolvidables de la literatura universal. Desde La Ilíada, Ana Karenina o Cien años de soledad hasta las voces contemporáneas de Martín Kohan, Emmanuel Carrère y Mónica Ojeda, este recorrido celebra el arte de empezar a contar. Tomamos tres de ellos a continuación:
Corazón tan blanco
Javier Marías
No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón, porque, tendida en el suelo frío del cuarto de baño enorme, tenía los ojos llenos de lágrimas, que no se habían visto durante el almuerzo ni podían haber brotado después de caer sin vida. En contra de su costumbre y de la costumbre general, no había echado el pestillo, lo que hizo pensar al padre (pero brevemente y sin pensarlo apenas, en cuanto tragó) que quizá su hija, mientras lloraba, había estado esperando o deseando que alguien abriera la puerta y le impidiera hacer lo que había hecho, no por la fuerza sino con su mera presencia, por la contemplación de su desnudez en vida o con una mano en el hombro. Pero nadie (excepto ella ahora, y porque ya no era una niña) iba al cuarto de baño durante el almuerzo. El pecho que no había sufrido el impacto resultaba bien visible, maternal y blanco y aún firme, y fue hacia él hacia donde se dirigieron instintivamente las primeras miradas, más que nada para evitar dirigirse al otro, que ya no existía o era solo sangre. Hacía muchos años que el padre no había visto ese pecho, dejó de verlo cuando se transformó o empezó a ser maternal, y por eso no solo se sintió espantado, sino también turbado. La otra niña, la hermana, que sí lo había visto cambiado en su adolescencia y quizá después, fue la primera en tocarla, y con una toalla (su propia toalla azul pálido, que era la que tenía tendencia a coger) se puso a secarle las lágrimas del rostro mezcladas con sudor y con agua, ya que antes de que se cerrara el grifo, el chorro había estado rebotando contra la loza y habían caído gotas sobre las mejillas, el pecho blanco y la falda arrugada de su hermana en el suelo. También quiso, apresuradamente, secarle la sangre como si eso pudiera curarla, pero la toalla se empapó al instante y quedó inservible para su tarea, también se tiñó. En vez de dejarla empaparse y cubrir el tórax con ella, la retiró en seguida al verla tan roja (era su propia toalla) y la dejó colgada sobre el borde de la bañera, desde donde goteó. Hablaba, pero lo único que acertaba a decir era el nombre de su hermana, y a repetirlo. Uno de los invitados no pudo evitar mirarse en el espejo a distancia y atusarse el pelo un segundo, el tiempo suficiente para notar que la sangre y el agua (pero no el sudor) habían salpicado la superficie y por tanto cualquier reflejo que diera, incluido el suyo mientras se miró. Estaba en el umbral, sin entrar, al igual que los otros dos invitados, como si pese al olvido de las reglas sociales en aquel momento, consideraran que solo los miembros de la familia tenían derecho a cruzarlo. Los tres asomaban la cabeza tan solo, el tronco inclinado como adultos escuchando a niños, sin dar el paso adelante por asco o respeto, quizá por asco, aunque uno de ellos era médico (el que se vio en el espejo) y lo normal habría sido que se hubiera abierto paso con seguridad y hubiera examinado el cuerpo de la hija, o al menos, rodilla en tierra, le hubiera puesto en el cuello dos dedos. No lo hizo, ni siquiera cuando el padre, cada vez más pálido e inestable, se volvió hacia él y, señalando el cuerpo de su hija, le dijo "Doctor", en tono de imploración pero sin ningún énfasis, para darle la espalda a continuación, sin esperar a ver si el médico respondía a su llamamiento. No solo a él y a los otros les dio la espalda, sino también a sus hijas, a la viva y a la que no se atrevía a dar aún por muerta, y, con los codos sobre el lavabo y las manos sosteniendo la frente, empezó a vomitar cuanto había comido, incluido el pedazo de carne que acababa de tragarse sin masticar.
La inmortalidad
Milan Kundera
Aquella señora podía tener sesenta, sesenta y cinco años. Yo la miraba mientras estaba acostado en una camilla frente a la piscina de un club de gimnasia situado en la última planta de un edificio moderno, desde donde se ve, a través de unas grandes ventanas, todo París. Estaba esperando al profesor Avenarius, con el que a veces me reúno aquí para charlar. Pero el profesor Avenarius no llegaba y yo miraba a una señora; estaba sola en la piscina, metida en el agua hasta la cintura, mirando hacia arriba a un joven instructor vestido con un chándal, que le enseñaba a nadar. Le daba órdenes: tenía que sujetarse con las manos al borde de la piscina y aspirar y espirar profundamente. Lo hacía con seriedad, con empeño, y era como si desde las profundidades del agua se oyera el sonido de una vieja locomotora de vapor (aquel sonido idílico, hoy ya olvidado, que para quienes no lo conocieron solo puede ser descrito como la respiración de una vieja señora que, junto al borde de una piscina, aspira y espira sonoramente). Yo la miraba fascinado. Me quedé absorto en su enternecedora comicidad (el instructor también era consciente de ella, porque le temblaba a cada momento la comisura de los labios), pero después me saludó un conocido, quien distrajo mi atención. Cuando quise volver a mirarla, al cabo de un rato, la lección ya había terminado. Se iba, en bañador, dando la vuelta a la piscina. Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el corazón! ¡Aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años! Su brazo se elevó en el aire con encantadora ligereza. Era como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con su amante. Aquella sonrisa y aquel gesto tenían encanto y elegancia, mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno. Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que solo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad.
Madre noche
Kurt Vonnegut
Esta es la única novela mía cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja espectacular, es solo que sé cuál es: somos lo que fingimos ser, así que debemos tener cuidado con lo que fingimos ser. Mi experiencia personal con las fechorías de los nazis fue limitada. En los años treinta había algunos fascistas malignos y entusiastas en mi ciudad natal de Indianápolis, y recuerdo que alguien me dio un ejemplar de los Protocolos de los sabios de Sion, que presuntamente era el plan secreto de los judíos para adueñarse del mundo. Y recuerdo que se gastaban bromas a costa de mi tía, que se casó con un alemán de Alemania y tuvo que escribir a Indianápolis pidiendo pruebas de que no tenía sangre judía. El alcalde de Indianápolis la conocía de la secundaria y la escuela de danzas, así que se divirtió poniendo cintas y sellos oficiales en los documentos que pedían los alemanes, presentándolos como tratados de paz del siglo dieciocho.
Poco después estalló la guerra, y yo participé en ella y fui capturado, así que llegué a ver una parte de Alemania por dentro mientras aún continuaba el conflicto. Yo era soldado raso, explorador del batallón, y según los términos de la convención de Ginebra tuve que trabajar para mi mantenimiento. Esto no era malo, todo lo contrario. No tenía que quedarme todo el tiempo en la prisión, en un lugar perdido de la campiña. Podía ir a una ciudad, Dresde, y ver a la gente y sus actividades. Había cien hombres en nuestro grupo de trabajo, y nos pusieron a trabajar a sueldo en una fábrica que producía un jarabe de malta enriquecido con vitaminas para mujeres embarazadas. Sabía a miel ahumada con leña de nogal. Era sabroso. Ojalá tuviera un poco ahora. Y la ciudad era adorable, muy ornamentada, como París, y la guerra no la había afectado. Se suponía que era una "ciudad abierta", y que no se la debía atacar porque allí no había concentraciones de tropas ni industrias bélicas.
Pero en la noche del 13 de febrero de 1945, hace veintiún años, aviones estadounidenses y británicos arrojaron explosivos de alta potencia en Dresde. Las bombas no tenían objetivos específicos. La intención era crear muchos focos de incendio que obligaran a los bomberos a ocultarse en los refugios subterráneos.
Y luego se esparcieron cientos de miles de diminutas bombas incendiarias sobre los focos, como semillas en humus recién roturado. Se arrojaron más bombas para mantener a los bomberos en los refugios, y los pequeños incendios crecieron y se entrelazaron hasta producir una conflagración apocalíptica. ¡Abracadabra: tormenta de fuego! Fue la mayor masacre de la historia europea. ¿Y con eso qué?
Nosotros no llegamos a ver la tormenta de fuego. Estábamos en un frigorífico situado bajo un matadero, con nuestros seis guardias y largas filas de cuerpos faenados de vacas, cerdos, caballos y ovejas. Oíamos la detonación de las bombas. De cuando en cuando caía una llovizna de revoque. Si hubiéramos subido para echar un vistazo, nos habríamos transformado en objetos típicos de las tormentas de fuego y pareceríamos trozos de leña calcinados de un metro de longitud: seres humanos ridículamente pequeños, o, si se prefiere, gigantescos saltamontes fritos.
La fábrica de jarabe desapareció. Todo desapareció, salvo los sótanos donde ciento treinta y cinco mil Hansels y Gretels fueron horneados como hombrecitos de jengibre. Así que nos pusieron a trabajar como mineros de cadáveres. Entrábamos en los refugios y sacábamos los cuerpos. Y llegué a ver a muchos alemanes de toda edad tal como los había encontrado la muerte, casi siempre con objetos valiosos en el regazo. A veces los parientes iban para vernos cavar. Ellos también eran interesantes.
Esa fue toda mi relación directa con los nazis.
Si hubiera nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, y habría roto la crisma de judíos, gitanos y polacos, dejando botas sobresaliendo de la nieve, orgulloso de mi virtuoso yo interior. Suele suceder.
Pensándolo bien, esta novela también tiene una segunda moraleja: cuando estás muerto, estás muerto.
Y ahora se me ocurre una tercera: haz el amor cuando puedas. Es bueno para tu salud.