Filba

El hilo que nos sigue conectando a unos con otros

Compartimos la lectura de Cecilia Ferreiroa alrededor del tema central del Filba Internacional: hábitat.


Por Cecilia Ferreiroa.


De camino a casa entro en la panadería La Minneápolis de Carlos Calvo y Alberti. Un mostrador de vidrio y madera exhibe facturas, scones y tortas recién hechas. El dueño está siempre en la cocina amasando pan de masa madre en una gran mesa, con la ropa llena de harina. Su socio es el que atiende y conversa con los clientes. Con el tiempo fui enterándome de que el panadero es de Minneápolis, y se mudó acá para trabajar con su socio, pero da la sensación de que su verdadera casa es una cocina y un horno de pan, en el lugar del mundo que sea. 

En la calle me aturde la sirena de una ambulancia que avanza tocando bocina. Los autos se apartan al instante. ¿Todos sentimos alivio cuando se aleja? Lo cierto es que algo se interrumpe ante su pedido urgente y se reanuda cuando sigue de largo. Quizás esa colaboración para darle paso sea el hilo que nos sigue conectando a unos con otros.

Desde la esquina de casa veo al dueño del bazar; el que mata los árboles frente a su vidriera. Los ahoga cortándoles el tronco o los envenena, y la Municipalidad al cabo de un tiempo planta otro, de la misma especie, seguramente por pedido de algún vecino. Entonces el hombre mata otra vez. Es una discusión desesperante de afirmación y negación de la vida que lleva años. Con el último fresno que plantaron, decidí entrar a hablar con él. Le dije que esta vez lo dejara crecer, que no era dueño de la vereda. No lo tomó bien, pero el joven fresno todavía sigue en pie. 

Llego a mi puerta cuando los gavilanes hacen su ronda de caza y escucho su silbido potente. Las palomas vuelan en bandadas y se escuchan también los aleteos nerviosos de sus alas, pero no se separan. No es fácil abrir la puerta para entrar a casa. Es muy pesada y con el tiempo se fue cayendo por su propio peso. A veces tengo que hacer varios intentos hasta encontrar el punto en el que la llave puede girar. Una vez dentro, me recuesto en ella, con alivio. En varias ocasiones esta puerta robusta me hizo sentir su poder de dejarme afuera. Es una sensación reiterada en mi vida con la que aprendí a convivir. Quedarme en parte afuera, ser un poco extranjera.

En el piso está el recibo del estacionamiento en el que dejamos nuestro auto. Seguramente Mirta, la dueña, lo deslizó por el buzón. Ella y su marido se mudaron de jóvenes a la casa pegada al estacionamiento, pero desde que él murió la vemos poco. Puso su casa en venta porque dejó de ser un lugar en el que puede vivir. A pesar de su edad tendrá que recomenzar en otro lado.

Mi vida recomenzó muchas veces y en algunas oportunidades me mudé de ciudad. Con mi madre dejamos La Plata, donde nací, y después la Ciudad de México, en la que pasé mi infancia; también me mudé de barrio en Buenos Aires, pero sigo unida a esos lugares en los que viví. Son hilos que forman la trama de mi vida y con muchos de ellos armé esta casa, en una mezcla nueva. Ecos que se reúnen con otros ecos.

Cuando colgué la máscara mexicana en la pared del vestíbulo de entrada sabía que estaba colgando un tributo a mi infancia en el D.F., a aquello que me sigue uniendo a esa ciudad. Es la cara de un hombre con la boca abierta, en la que asoman los dientes. La mandíbula está articulada, y al colgar, tiende a abrirse más. Un canto de muerte suena en esa boca que parece gritar, pero el arte mexicano está lleno de esas torsiones: encuentro de los mundos de los vivos y los muertos, de lo diabólico y lo angelical. Más tarde colgué al lado unas máscaras de querubines sopladores, más vitales, que componen con la otra máscara ese entramado de vida y muerte que nos acompaña siempre.

Empieza a oscurecer y prendo la lámpara Tiffany que era de mi tía, la única hermana de mi padre. La llevó con ella, errante por el mundo, a todos los países en los que vivió, con ánimo de aventura, o quizás por no saber, después de tanto tiempo, cómo vivir en esta ciudad. Su lámpara vino con ella cuando, vieja y enferma, llegó a morir acá. De mi padre no me quedó nada, pero cada vez que la prendo y los vitrales de colores iluminan la sala siento ese hilo que me conecta con ellos.

Mis antepasados conviven con los de mi marido, en una reunión nueva a la que quizás se fueron acostumbrando, así como me acostumbré yo.

En esta casa al principio había solo paredes, muchas, demasiadas. Era todo lo que quedaba en pie; era poco y era mucho a la vez. También había ventanas por donde entraba la luz y hacía pensar en la posibilidad de resurgir. Nuestra tarea con ella fue grande desde el comienzo. Teníamos que hacer todo, los baños, la cocina, redefinir los espacios y, en especial, derribar paredes. Hicimos mucho antes de mudarnos, pero no hicimos todo. Fue un trabajo sin terminar, en proceso. Algo que en cierto sentido daba lugar a nuestra vida abierta, esa vida juntos que empezábamos.

La mesa en la que apoyo la computadora para escribirles este texto la hicimos con los parantes de pinotea que sostenían las puertas de esas habitaciones que derribamos. Podríamos escribir lo que vivimos en esta mesa, como lo hizo el artista Víctor Grippo. Tendríamos que escribir sobre lo escrito una y otra vez, tanto pasó y se dijo en ella. En esta mesa compartimos vino, conversamos con personas queridas, contamos relatos de viajes y de vida. Alguna vez lloré y me dormí también, acodada en ella. Un médico escribió sus recetas. Desde el principio fue un lugar de trabajo, de lectura. Acá escribí cuentos y planeamos viajes y proyectos, que hicimos realidad. Fue testigo también de muchas fantasías y deseos que no realizamos.

Por fin me pongo a trabajar y empiezo contándoles sobre un viajero que puso una panadería en mi barrio, por la que paso una hermosa tarde fría de camino a casa, mientras pienso en todo lo que me vincula con otras personas, con otros lugares y tiempos. Aquello que hace que vivir sea siempre convivir con otros, vivos y muertos, y aquello que hace también que mi casa y mi vida sean un entretejido de voces, por momentos disonantes, acá o en el lugar del mundo que sea.

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