Filba

“Los libros son la salvación de la humanidad”

Jiniva Irazabal

La escritora francesa, traducida al castellano por Editorial Nórdica y autora de Las almas feroces, compartió esta bitácora en el cierre del Filba Internacional.


Por Marie Vintgras.


Si hay algo sobre lo que el hombre no tiene ningún poder es el viento. El viento que recorre el Atlántico, desde las costas africanas hasta América Latina, desde Europa hasta América del Norte.

El viento que cambia de dirección, el viento que juega, el viento que se divide y se despliega, el viento que, cualquiera sea su nombre, Sudestada, Zonda, Pampero, hace susurrar las hojas de los árboles de la Reserva Ecológica de Buenos Aires como hace susurrar las hojas del parque de Buttes-Chaumont, por el que paseo en París. Vientos diferentes, pero vientos venidos de otros lugares, a los que poco les importan las fronteras, los espacios aéreos o las guerras.

Si hay algo ante lo que el hombre no puede sino someterse es la fuerza del agua. Puede pretender ser más fuerte, levantar represas, domesticar las orillas del Río de la Plata o del río Loire, enviar mar adentro todos los cargueros pesados y sin gracia que sea capaz de construir: el elemento se le escapa. Quisiera someterlo para tenerle menos miedo, pero solo consigue dañarlo. El río y el océano en el que desemboca siempre estarán ahí. Como el viento, no responden al hombre.

Si hay algo que el hombre debe cuidar son los pájaros, las garcitas, los coscorobas, los caranchos, las jacanas negras y las garzas cocoi. Como el viento, y con el viento, migran, cambian de dirección, recorren las tierras y ofrecen —la mayoría de las veces ante nuestra indiferencia— cantos virtuosos, a veces tapados por el ruido sin encanto de las burdas copias creadas por el hombre que atraviesan el cielo.

En Europa, las grabaciones de la fundación británica de ornitología revelan que, desde hace cincuenta años, el silencio se instala, la naturaleza pierde su voz. Lo que significa que, desde que nací, el mundo que conocí se va callando poco a poco.

Si hay algo que el hombre debería cultivar es el calor humano, la confianza en el otro que te lleva a aceptar caminar con los ojos vendados por un terreno desconocido, unida únicamente por un cordón umbilical, regresando así a tu primera experiencia humana. De pronto percibís la brisa sobre el rostro, el rayo de sol sobre la mano, el suelo bajo tus pies que cambia. Tu paso, inseguro, se afirma; adoptás el ritmo del grupo, en fila india, y tenés la extraña impresión de ser una recolectora del Paleolítico que depende del grupo para sobrevivir.

Si hay algo con lo que el hombre debería contar es, precisamente, con el grupo. Para la especie humana, mucho más que para las demás, este adopta formas muy diversas. Puede ser familiar, armado, terrorista o de palabra; puede calentarte el corazón si está hecho de tus amigos o helarte la sangre al caer la noche si sos mujer. Cuando está formado por personas que se ayudan y se acompañan, el grupo garantiza nuestra supervivencia. Más allá de la naturaleza que nos rodeaba, la experiencia que Pablo Bas nos hizo vivir, a mí y a Grimanesa Lazaro, me recordó, sobre todo, la fragilidad de las especies, sean estas animales o humanas.

Si hay algo que el hombre debería salvar son los libros, todos los libros: las enciclopedias eruditas y los libros de estación de tren, los textos ilustres y los poemas modestos, las novelas de aventuras tanto como las tragedias en tres actos. Somos los únicos que disponemos de este saber y nos parece tan adquirido que olvidamos su valor.

Los libros son la salvación de la humanidad. Todo lo que necesitamos comprender acerca del funcionamiento de este mundo y de quienes lo habitan está en ellos, pero a veces nos los quitan o nosotros los abandonamos como niños mimados. «Hay tantas otras cosas por hacer, siempre habrá libros», pensamos… Y, sin embargo, los libros son frágiles, necesitan que los amemos y los cuidemos. Solo existen porque nosotros queremos que existan.

Si nunca hemos visto a un dictador amar la literatura, es por una buena razón.

Tiene una fuerza sin igual: la fuerza de iluminar, la fuerza de compartir. Abrir un libro del que no sabemos nada es aceptar lo extraño y lo extranjero, abrazar la incomodidad, tomar tímidamente aquello que un autor nos ofrece y, si esa entrega encontró un eco en nosotros, si esas palabras nos hablaron, ese libro preciado pasará de nuestras manos a otras.

Entonces, larga vida a la literatura y larga vida al Filba.

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