Cartas para para abandonar y volver
Miércoles 14 de octubre de 2026
La correspondencia que se escribieron Virginia Higa y Mafe Moscoso en el último Filba Internacion al alrededor de l tema de los lugares abandonados.
Barcelona, 9 de septiembre de 2026
Querida Vir,
Veo imágenes que no debería mirar, escuchó gritos que no debería escuchar. No la debería haber dejado salir, le dije que se quede en la casa. Los gritos del mundo no me caben más. Y, encima, Hai dice que lo más difícil del mundo es vivir solo una vez.
Mi médica me envió un mensaje hace unos días, un recordatorio, las pruebas son del corazón, debes hacértelas, también debes recordar la sangre, los exámenes, debes hacértelos, debes venir, ni pan ni agua, recuerda, debes hacer la fila, no olvides tu turno, tampoco olvides tu nombre, ni tu apellido, ni el número de identificación que te regalamos aquí, en este reino de abalorios, de oro ajeno, de burbujas y oropel. En este reino en el que nadie recuerda. Pero tú sí, tú recuerda. Recuerda pero no te olvides por favor de las pruebas médicas, especialmente las de tu corazón. Olvídate de la vergüenza, cuando te nombren di soy yo, hazlo naturalmente, con firmeza, pero se amable. Sigue a la mujer vestida de blanco, estira el brazo, gira la cabeza hacia la izquierda, no mires la inyección, ni la aguja, toma aire, haz puño, piensa en tus venas, en la sangre que corre por tus venas, en el oxígeno que aloja la sangre que corre por tus venas, en el corazón que bombea el oxígeno de la sangre que corre por tus venas. Tus venas, recuerda, haz puño, no te olvides que son difíciles. Tus venas, te lo hemos dicho, están siempre fuera de lugar. Se van no sabemos a dónde. Como tú, que también te fuiste de tu paisito, el país imaginario, el país sin paisaje.
Sí, yo me fui, pero el lunes 14 de septiembre estaré allí, en el centro médico, a las 8:00 de la mañana, en punto. Seguramente antes.
A veces pienso, Vir, que si ver y escuchar son modos de habitar, me temo que mi deseo, al día de hoy, es más bien renunciar. Pero no sé a qué. ¿A habitar? Renunciar nunca es abandonar. Quienes hemos migrado lo sabemos perfectamente, sabemos que irse no es abandonar. Las cosas se cierran, no desaparecen. Y nuestro poder es amar las cosas cerradas.
¿Dónde empezó todo? Tal vez en un cine abandonado, tal vez en un hombre abandonado, tal vez en Lord Jim. Es el 11 de diciembre de 1965, es mi barrio, es Barcelona. Lord Jim es un joven oficial de la marina británica. Supongo que lo puedes imaginar. Sí, es rubio, joven y musculoso. Se que esto no se hace, pero te voy a contar el final de la historia: el tipo se mata, dice que por honor. Yo pienso que lo que en realidad quiere Lord Jim es consagrar su propio mito eurocéntrico, devenir mártir, un mártir joven, europeo, rubio y musculoso.
El caso es que el lunes 14 de septiembre de 2026 yo me despierto muy temprano, me busco las venas, no agua, no pan, no nada, me ducho y me preparo para las dichosas pruebas médicas. Una puede llegar al centro médico por días vías: se toma la calle Olzinelles, se gira a la izquierda, se camina tres cuadras, luego se gira a la izquierda, se atraviesa un parque, se sale del parque, se toma una pequeña bocacalle, se avanza trecientos metros, luego se gira a la derecha. En la calle Lloc Florals, una sabe que está cerca porque una se cruza con muchísima gente que lleva un algodón en el brazo. Cuando una presiona un algodón en la cara interna del brazo es porque a una alguien le extrajo sangre con una jeringuilla. La sangre que es transportada por las venas, el oxígeno que es transportado en la sangre, y el corazón.
O, tomas por la bocacalle, avanzas trecientos metros, luego giras a la derecha y te encuentras en la calle Lloc Florals. Ahí una debe tomar una decisión, porque Google Maps te da dos alternativas muy diferentes. O bien giras por completo y te colocas mirando al este, cruzas la calle, caminas dos cuadras y en la segunda, tomas hacia la derecha y ya está, te encuentras con el Centro Médico. O bien giras por completo y te colocas mirando hacia el sudeste y caminas toco recto.
Prefiero el segundo, pienso que las líneas rectas te llevan a un punto a otro de modo inequívoco y yo, que en general tengo miedo, también a equivocarme, ni se diga a llegar tarde, tomo el segundo camino. El segundo camino Vir, es incorrecto. El segundo camino me conduce a Lord Jim. El cine es enorme, está abandonado. Y cerrado, muy cerrado.
Cariños,
mafe
Querida Mafe:
¿Cómo estás? Espero que todo haya ido bien con la extracción de sangre en el Centro Médico, yo siempre quedo un poco vulnerable cuando me sacan sangre, como temblorosa por el resto del día. Qué poéticos suenan los nombres de las calles de Barcelona, Lloc Florals, Olzinelles, me hacen pensar en trovadores con instrumentos de cuerda. Te imaginé caminando por esas veredas soleadas y en flor. Me gusta leer sobre recorridos urbanos aunque no conozca las calles ni la ciudad que se narra, me gustan los relatos donde la ciudad es una protagonista más de la historia, como si lo que se cuenta no pudiera suceder en ningún otro lugar más que ahí.
Yo también temo llegar tarde y tiendo a preferir los caminos en línea recta. Y además tengo tendencia a ir siempre por caminos conocidos, no soy muy aventurera, aunque me gustaría. Ahora que volví a Buenos Aires después de vivir casi nueve años en otro país, voy descubriendo que la ciudad que yo conocía sigue existiendo, pero que hay recovecos, bolsillos inesperados en el tejido urbano que aparecen cuando me desvío un poco de la ruta predeterminada y que me revelan una cara nueva de lo que pensaba que sabía de memoria.
Cuando me propusieron este intercambio sobre lugares abandonados se me ocurrió contarte sobre el playón ferroviario que hay a unas cuadras de mi casa, en el barrio de Colegiales, donde construyeron un parque alrededor de los vagones arrumbados y en desuso junto a las vías del tren. También tenía ganas de hablar de los trenes y preguntarte si, dado que también sos latinoamericana, no te parece -qué envidia- que son una de las cosas más hermosas que tienen en Europa. Pero leer tu carta, el final con ese recorrido en línea recta que debía llevarte al hospital y terminó en un cine cerrado, me hizo cambiar de idea. El cine abandonado de tu barrio me recordó otros dos cines cerrados que descubrí con tristeza cuando volví a esta ciudad. Con tristeza, digo, porque eran lugares que solía frecuentar en mi adolescencia y juventud, y encontrarlos cerrados me estrujó el corazón. Se llamaban Cinema City General Paz y Gran Savoy (así le decían en mi época, después le pusieron Arte Multiplex). Recuerdo muchas de las películas que vi en esos cines y me gustan los nombres de las salas, un poco grandilocuentes, de una época que va dejando de existir. Todo esto me hace pensar en el efecto extraño que tienen las migraciones en la percepción del tiempo y los lugares; las cosas se siguieron moviendo y mutando mientras una no estuvo ahí para ver los cambios y esa discontinuidad nos sorprende, como cuando vemos a un niño de forma intermitente y decimos cada vez, para perplejidad del niño (o sus padres): “¡Qué grande que está!”
Decís en tu carta que irse no es abandonar, y estoy de acuerdo. Son cosas diferentes, estos días estuve pensando en esa diferencia. Aunque para alguien que observe desde afuera, el acto pueda ser el mismo, no lo es para el que lo está enunciando. No es lo mismo decir “dejé mi país” que “abandoné mi país”. Abandonar algo es dejarlo solo, sin protección. Las cosas se cierran, no desaparecen, y nuestro poder es amar las cosas cerradas. ¿Es un riesgo ponerse un poco triste escribiendo sobre lugares abandonados? Hoy me gustaría evitar la tristeza. Creo que amar cualquier cosa es, en sí, un poder.
En la próxima te cuento las películas que vi en los cines cerrados.
Un abrazo desde la incipiente primavera porteña,
Vir
Querida Vir,
Es 14 de septiembre y todavía es verano. Pero este año, el verano en Barcelona es raro. Más que raro, es pegajoso, pero pegajoso de viscoso, espeso, incluso de empalagoso. Bueno, más que empalagoso, te diría que hace meses todo es sofocante acá. Y hay fascistas, muchos fascistas. Todo, los perros, los pájaros, las ratas y los gatos, los objetos, los bichos, las aceras y los semáforos, la hierba y las plantas, los humanos. Todos somos un enorme organismo húmedo y gelatinoso que transpira, día y noche. Viví unos años en Madrid. Hace calor, sí, pero es un sol de látigo que te lacera la piel pero no se te mete dentro de los poros.
Llevo más de veinte años en Europa, extraño muchas cosas de mi país sin paisaje: los Andes, el sabor de los caldos y las frutas, mis viejos envejeciendo, el acento, mis amigas de la infancia. Y el clima. Me cuentas en tu carta que viviste fuera de Argentina nueve años y que regresaste. A menudo me pregunto cómo es volver, cuáles son esos recovecos que mencionas, cuál son mis propios recovecos. Me gusta cuando dices que “aunque para alguien que observe desde afuera, el acto pueda ser el mismo, no lo es para el que lo está enunciando”. Sí, dicen que al migrar hay algo que tiene que ver con mirar diferente. ¿Te ocurre que a veces tenías la sensación de ver cosas que los otros no veían?, ¿qué existe algo, que otorga la distancia, quizás una perspectiva externa, que a quien se encuentra dentro le cuesta ver? Hablo, quizás, de los puntos ciegos. Me pregunto, en contraste, cuáles son los puntos ciegos de quienes nos fuimos, qué ven quienes están lejos de nosotras que nosotras no somos capaces de ver. En fin.
Todo esto para decirte que no sé si te gustaría vivir en Ecuador, tan pequeño, tan roto y a la vez, tan exuberante en luchas y en su dignidad. Pero te digo que si eres de las que prefieren, como yo, ir de un punto a otro en línea recta, sin tendencia a introducir grandes riesgos (aunque los deseamos), pues hay miles de cosas que ahora mismo que te aterrarían allí. Pero no el clima. Me gusta mucho haber nacido en un país que lleva el nombre de una línea imaginaria por muchas cosas, pero sobre todo porque desde su inicio, Ecuador fue una hermosa y fallida ficción. Se que todos los estados-naciones son ficciones, pero existen unos que son rimbombantes, ostentosos y floridos y existen otros, como el nuestro, que es todo lo contrario. Ecuador es una línea imaginaria, sí, porque es una coordenada inventada por los europeos en 1735 que marca un punto medio en el globo en el que no hay estaciones, ni grandes cambios. ¿Se podría decir, por tanto, que nací en una línea imaginaria y que por eso habito el entremedio, la herida, lo que es difuso e impreciso?
¡Qué tontería es, a veces, intentar explicar-se una misma!
Este verano pensé mucho en todo esto y pensé en el ejercicio de escribir y sudar, mientras escribía y sudaba. Junio, julio, agosto y septiembre son los meses en los que no estoy en aula. Son períodos de leer y escribir y ver películas y series. Pero este año la escritura fue un ejercicio difícil. De hecho, ahora mismo son las 18:11 y mientras te escribo, sudo sin parar. Mi deseo es meterme bajo la ducha, buscar la piscina, agarrar un bus y lanzarme al mar. Pero este loco impulso con el que nací me sujeta a la silla, ¡y al sudor! Sé que, si estos meses me hubiese pasado en la piscina o en el mar, mi cuerpo habría estado aquí, en estas teclas de una computadora DELL que tiene como diez años, a la que no le funciona la batería, que está viejísima, sucia, pero que es fiel. Mi computadora es una vieja, amable y roñosa DELL que me acompaña.
Lo peor son las noches, no dormir. Me preguntas cómo estoy y cómo me fue esta mañana. Las temperaturas volvieron a subir, me costó mucho descansar y acudí a mi cita muy cansada. Como te decía en mi carta anterior, no me gustan las agujas, ni las inyecciones, ni que me extraigan sangre en tubos.
Esta mañana, al encontrarme con los muros que rodean la sala, intenté dar la vuelta, regresar por la misma vía. Los enormes ladrillos blancos reflejaban los primeros rayos de un sol como de melaza, cuyas líneas viscosas me cegaron. Al cerrar los ojos, sentí que una de mis venas palpitaba, pero pensé que era una premonición al daño, la aguja, el pinchazo, el agujero, la extracción. Pero estaba equivocada. Un exabrupto, una presión en el tórax, un latigazo en el hiato. Las venas se encogieron, el oxígeno mermó, la sangre se diluyó en verde tornasol, como un colibrí. Mi corazón se detuvo y caí. Pensé que me moría sola, perdida en este crucigrama circular.
Al abrir los ojos, Lord Jim estaba sentado junto a mí, borroso. Nos cubría un cristal convexo formato 4:3 de esquinas redondeadas. El hombre parecía ausente, pero al verme, pareció haber reconocido a alguien: Eres la chica! Quise preguntar que de qué chica hablaba, pero vi el agujero de su cráneo. La bala de una pistola le quitó la vida hace varios siglos. Pero Lord Jim se sigue muriendo, no se deja de morir. El sonido del futuro estrellado que se quedó atrás estaba allí, en aquel orificio que expulsaba los recuerdos de una era tecno-cosmológica a la que parece que logramos sobrevivir.
Querida Vir, veo imágenes que no debería mirar, escucho gritos que no debería escuchar.
Sí, por favor, cuéntame las películas que viste en los cines cerrados. Siento fascinación por las películas que me son narradas sin que las haya visto.
Un abrazo desde el verano que no se termina,
m.
Querida Mafe:
Una de las películas que vi en el Savoy era sobre una chica jovencita que buscaba a su madre. No se entendía bien por qué la madre no estaba o por qué la había abandonado, pero la chica estaba decidida a encontrarla, creía que vivía en Italia y juntaba plata trabajando en una cabina de peaje y vendiendo unas enciclopedias que explicaban el funcionamiento de muchísimas cosas. Se hacía amiga de otra vendedora más experimentada, que estaba siempre al borde del ataque de nervios y le enseñaba trucos para vender más libros, y juntas recorrían el país en una vieja camioneta con el hijo de la otra en el asiento de atrás. En el camino conocían a una vieja misteriosa que le daba a la chica algunas pistas de dónde podía estar su madre. Ahora la recuerdo un poco como una película de Miyazaki, aunque no lo era. Quizás porque en ese mismo cine vi una de Miyazaki, la de la niña cuyos padres son transformados en cerdos, y lo único que recuerdo es esa escena —aterradora— y la escena donde la protagonista se sienta junto al fantasma en el tren. Detrás de mí en el cine había una niña con su padre, y ella le preguntaba a él todo el tiempo “¿ese es bueno?”, “¿ese es malo?”, y el pobre padre no sabía qué responder. En ese cine y en el General Paz, que está a unas cuadras, también cerrado, vi muchas otras cosas, las de Harry Potter con mi hermano menor, éxitos de Hollywood, alguna de David Lynch. Se me mezclan las películas, fui feliz ahí. Creo que causa más tristeza ver abandonado un lugar que fue sede de alegrías, ¿será que crecer, envejecer, es eso?
Tu carta me hizo pensar en Ecuador y en las líneas rectas. Me gustaría saber si volviste de visita en estos años, y qué encontraste de diferente a cuando vivías ahí. ¿Pensás que podrías volver o ya pasó demasiado tiempo? Perdón, quizás es una pregunta demasiado íntima, pero el género epistolar tiene eso de lindo, una se puede meter con profundidad en ciertos temas y la distancia disuelve las obligaciones de la conversación inmediata. Yo solo estuve en Ecuador una vez, un par de días, en Guayaquil. Recuerdo más que nada el calor húmedo, las iguanas y el monumento homoerótico de Bolívar y San Martín. Y a una chica muy simpática que nos llevó a recorrer la ciudad y que habíamos contactado por esa página, que creo que ya no existe, que te permitía alojarte en casas de extraños sin pagar. ¿El calor que te atormenta en Barcelona será como el de Guayaquil? Lo que más me sorprendió siempre de Ecuador es que el día dure lo mismo que la noche en todas las estaciones del año. Doce horas de luz y doce horas de oscuridad. ¿Qué clase de efecto produce esa experiencia en las personas? Justo vengo de vivir en un país que es totalmente lo contrario, hay enormes variaciones de luz según las estaciones, hay meses de total oscuridad y meses de luz insoportable. En Buenos Aires me siento más a gusto, la duración del día y la noche se corresponden a lo que yo llamo “la normalidad”.
La distancia otorga perspectiva, sin duda. No sé qué veían los demás en mí cuando estaba lejos, pero sí sé lo que yo advertía en mí misma. Otros temores, otros problemas. Y la sensación de que los problemas del lugar donde vivía no eran propios, o no podía hacerlos propios. Miraba con distancia ese país, y ahora que volví, miro también con distancia el mío. Quizás en esa des-identificación una se va conociendo un poco más profundamente. Yo confieso que volví con unos anteojos color de rosa, y por eso los primeros meses acá fueron un poco alucinados, un poco exaltados: todo me parecía fantástico. Mis amigos se reían de mí. Yo me río de mí, ahora que pasaron nueve meses y me empieza a caer encima el peso de la realidad. Pero bueno, hay algo de mezquino en justificar la propia ridiculez nacida de la alegría, o en justificar la propia ridiculez y punto.
Espero tus noticias, Mafe, ¿qué pasó con el pobre Lord Jim? Escribo Lord Jim y se me aparece la cara de Peter O’Toole. Ahora que lo pienso, lo vi en la pantalla del cine General Paz cuando fui a ver Troya.
Un abrazo desde el invierno que no se quiere ir,
Vir
Querida Vir,
Tu última carta es hermosa. Mientras te leo, escucho a un zorzal colorado, quizás un chingolo. Es primavera y amanezco en Buenos Aires, o más bien dicho, Buenos Aires amanece en mí. En el jardín del hostal donde duermo hay un árbol de higos y un limonero. Desde aquí puedo ver sus ramas y sus hojas que son de un brillante verde-claro que parecen estirarse hacia estos primeros rayos del día. Se despliegan ante la primavera que saca su cabecita, hacia esas sutiles variaciones de luz de la que hablas. Viggo, el chico que me dio la bienvenida ayer, un adolescente encantador que me prestó una gorra de lana de las suyas para el frío, me dijo que este lugar un día fue la casa familiar y hoy es un sencillo y pequeño hostal que le da de comer a él y a su familia. Le conté que en casa de mi abuela también tenemos un árbol de higos y limoneros. Luego le pregunté si creía que había un sitio para escribir y me llevó a una diminuta sala oscura en la que no había un escritorio, ni sillas. Creo que no es un sitio para trabajar, le dije y le agradecí. Sin embargo, al ver la pequeña biblioteca, descubrí los mismos libros que están en la estantería de la casa de mis abuelos: las enciclopedias, los almanaques, las colecciones de literatura, sus tapas amarillas, llenas de polvo (Miyazaki le llama Susuwatari (hollín errante)). Hubo dolor en mi infancia Vir, pero tuve la inmensa fortuna de poder haber tenido entre mis manos volúmenes y volúmenes de enciclopedias, repletas de información, fotografías increíbles, mundos a los que no tenía acceso.
Me preguntas si envejecer es, acaso, volver a los lugares abandonados donde un día se fue feliz. No lo sé, supongo que mi paraíso perdido es la casa de mis abuelos, en Tumbaco. Un eterno retorno que intento cumplir cada año. Como ves, y respondiendo a tu pregunta: sí, voy y vengo de Ecuador. Pero es raro regresar y cada viaje es distinto. Me siento una extranjera continua. ¿Te ocurre igual, ahora que llevas nueve meses aquí?, ¿Te ocurre igual, ahora que sales del asombro? Mi abuelo murió, Lucinda tiene 104 años y vive en la casa que también sigue allí, cuando regreso. Es una morada muy vieja y arrugada, como ella. Los muebles, los cuadros, las fotografías en blanco y negro, las tazas y los platos, los gallos y las gallinas, los olores, los árboles que no dejan de crecer. Mi muy amada Lucinda. Todo está vivo, sí, pero yo ya no lo habito como antes. Dejé atrás mí país, pero también dejé atrás mí infancia. Cada vez que estoy allí tengo la certeza del paso del tiempo, de que todas envejecemos, los espacios, los árboles, las cosas y los objetos. Pero creo que lo que siento al respecto no es tristeza.
Ayer, en el avión, me senté junto a una abuela. Tenía bolsas y bolsas y bolsas y dentro de las bolsas más bolsas con regalos para sus nietos. Y dentro de las bolsas un corcho que me explicó, le ayudaba con los calambres. Nos ayudamos mutuamente a lo largo del vuelo, me contó cosas, me habló de un viaje que empezó con su hermana y lo terminó ella sola porque su hermana se cayó y se tuvo que quedar en el hospital. Me dijo que estaba triste. También me contó que le gustaría ser escritora, que tenía muchas historias, que había vivido mucho, me dijo, por ejemplo, la historia de su hija, atrapada en una secta de la que logró salir. Cuando era hora de dormir (los vuelos largos tienen sus propios rituales) le dije que había perdido mi antifaz. Obviamente ella tenía no uno, sino dos. Abrió todas sus bolsas, las bolsitas dentro de las bolsitas y sacó uno negro, para mí. Luego extrajo un frasquito con algún líquido que yo no sabía qué era y lo roció sobre él. Me pidió que abra las palmas de las manos y las roció también. Llegó hasta mí el intenso perfume que utilizaba mi otra abuela, Eugenia. Se lo dije, me indicó el nombre de la colonia, pero no logro recordarlo, lo siento. No sé si te ocurre, pero las abuelas de mi generación son recordadas por un tipo de olor muy particular, muy intenso, afrutado y dulce.
No sé si exagero, pero siento que los cuidados del mundo se pueden resumir en el gesto de aquella mujer en el avión.
En fin, te cuento todo esto porque pienso que mi relación con el espacio en el que creo haber sido feliz, que es mi relación con el mundo de mi abuela, lejano en el tiempo y en la geografía, es más una evocación que un recuerdo fijo. Lo llevo de un modo tan arraigado dentro de mí, que las sensaciones, las imágenes e incluso las texturas de las cosas se disparan en circunstancias que despliegan conexiones improbables, muchas veces cuando menos lo espero.
Me preguntas qué ocurrió con el pobre Lord Jim. Te contaba que el agujero de su cerebro emitía recuerdos de un tiempo tecno-cosmológico del futuro que parecía haber llegado a su fin. ¿Recuerdas a la protagonista de la película, a la que llamaban “la chica”?
Escuché su voz. Al inicio era suave, como una franela, luego fue un susurro, luego fue un río claro, prístino, cristalino. Me contó una historia: En 2046 el capitán Lord Jim, un joven ávido de éxito, datos y honor, y los tripulantes del barco decidieron salvarse y huyeron hacia el mar, en un bote salvavidas. Los peregrinos, hombres y mujeres que no eran considerados en aquellos días humanos, fueron abandonados a su suerte. Quienes huyeron pensaron que el fin de la historia había llegado a su fin. También pensaron que ellos, los elegidos, eran los únicos que se podían salvar.
Pero el barco desahuciado no se hundió, la fe de los peregrinos los había salvado.
Al verlos volver, vivos y radiantes, Lord Jim no pudo salir de su asombro. Se abrió una brecha dentro de sí. En consecuencia, ahí dentro se abrió la oportunidad de mirarse a sí mismo, la ocasión para imaginar un giro del destino, abandonar su proyecto tecno-feudal. Pero no quiso. Sin embargo, entendió que para algunos el final nunca era el final, que siempre había un principio, la continuidad de los peregrinos.
Sumergido en un profundo conflicto interno, sin poder reconciliar su visión idealista de sí mismo con su cobardía, Lord Jim inició un viaje de redención hacia una isla remota y prometedora, incrustada en los Andes septentrionales. Es allí donde él y yo nos vimos por primera vez, me dijo. Yo soy la chica porque Lord Jim nunca me llamó por mi nombre. Pero mi nombre es Esmeralda y mi apellido es Rumazo.
Y puedo asegurar que todas esas cosas que lo habían convertido en amo también lo convirtieron en un cautivo. Al verme, confesó haberse enamorado de mi ignorancia, de mi candidez infantil. Al verme, me hizo promesas musculosas, rubias y jóvenes, como él, me dijo que si lo amaba como él a mí, iba a adquirir parte de su aspecto exterior, iba a dejar a mi mestizaje atrás. ¿No era un futuro prometedor?, ¿no era un futuro tecnológico y rubio muy prometedor?
Convertido en un líder innato, Lord Jim dijo que nos quería ayudar, saldar sus cuentas con el pasado, redimirse. Convirtió la isla en una enorme plantación de hermosos robots con aspecto de bananos que recibían y enviaban datos. Su riqueza fue tanta que la isla no le alcanzaba. En 2030 morían asesinadas en manos de sus carceleros tres obreras, presas afines al Sindicato Rosa Luxemburgo. Pero nadie dijo nada.
Si quieres, te puedo contar cómo termina esta historia en mi próxima carta.
Un abrazo desde la primavera, en San Telmo
m.
Querida Mafe:
¡Bienvenida a Buenos Aires! Hoy es viernes, una mañana gloriosa de primavera. Ahora que compartimos coordenadas espaciales pienso que debés estar viendo el mismo cielo que yo, pienso qué suerte llegar a esta ciudad justo en este momento, cuando todo empieza a florecer. Incluso hoy sopla un viento lleno de vigor que parece venir del mar. Fue un invierno largo este último, e inusualmente frío. Para mí coincidió con la bajada a tierra después de llegar en verano con los anteojos rosados, después de bajar de un avión que me trajo desde la otra punta del mundo, desde el frío y la oscuridad extrema. No es recomendable cambiar muy seguido de hemisferio, el cuerpo tarda en acostumbrarse. Qué suerte tuviste, además, con esa compañera de avión, la señora de las bolsitas y los perfumes. Pienso que es uno de esos encuentros que una después recuerda para siempre, aunque haya ocupado poco espacio y tiempo en relación con la extensión de la vida. La gente que una conoce en los viajes tiene esa cualidad un poco arquetípica, ¿no te parece? El joven encantador, la vieja sabia. Son apariciones necesarias en la fábula, en el camino heroico de cada una. Cuando nos cruzamos con una mujer como la del avión, que nos cuida aunque sea por un día, por unas horas, siento que se restaura una confianza primitiva en el mundo. Una vez, en un viaje, conocí a una mujer que viajaba con su hijo de diez años. Era argelina pero vivía hacía muchos años en Londres, y me contó que cada vez que podía aprovechaba la oportunidad para llevar a su hijo a conocer algún país lejano. Estábamos en Colombia, y ellos viajaban en colectivo, se quedaban en casa de gente local, conversaban, el chico jugaba al ajedrez con los viejos de la plaza. Esa mujer era madre de una manera que a mí me resultaba novedosa. Trataba al chico de un modo que yo nunca había visto en madres que me rodeaban, por eso cuando la conocí pensé que era la tía o la maestra, y no la madre. En ese momento yo no tenía hijos, y esa mujer me mostró una posibilidad nueva. Creo que eso me hacen los viajes, me develan variables del mundo. ¿Es igual para vos? ¿Qué variables se abrirán en tu visita a Buenos Aires?
Qué hermoso leer sobre tus abuelas, en Ecuador. Me quedé pensando en la naturaleza evocativa de los recuerdos. En esa evocación imprecisa reside su magia, ¿no? Pienso que si fueran fijos serían más falsos, serían artificiales. Su capacidad de evocación los hace vivos, porque le hablan a la Mafe viva que los recupera en momentos inesperados, en contextos cambiantes. Yo no recuerdo con tanto cariño el perfume de mi abuela, tal vez porque usaba unos perfumes que para mí eran repelentes, que agujereaban el cerebro. Sí recuerdo su voz, que era igual de perforadora, que muchas veces era cruel pero también increíblemente divertida.
Entiendo lo que decís acerca de ir y regresar, eso de sentirse una extranjera continua. Me pasaba cada vez que volvía a Argentina de visita. Todo está vivo, sí, pero yo ya no lo habito como antes, decías. Me fui a buscar la etimología de habitar, es tan bello cómo en la historia de las palabras está cifrada su esencia. Habitar es frecuentativo de habere (tener). Frecuentativo quiere decir que la acción se repite reiteradamente. Entonces entendemos a habitare como “tener de manera reiterada”. Por ejemplo, el lugar físico que uno tiene. Si uno lo tiene una sola vez, está de visita, pero si estás ahí todo el tiempo, entonces lo estás habitando y pasa a ser tu habitación. Igual ocurre con los animales que tienen su hábitat. No me siento ya tan extranjera en Buenos Aires, ahora que es de nuevo mi hábitat: las luces, las sombras, las temperaturas y las presiones, nada de todo esto me resulta ajeno como sí me sucedía allá lejos, en el norte del mundo. Mi cuerpo está cómodo acá, hay algo de las condiciones climáticas, atmosféricas, que me resulta familiar más allá de lo que puedo elaborar racionalmente, y eso me hace pensar que soy mucho más animal de lo que toda mi educación y mi cultura quieren disimular.
Me encantó tener con vos este intercambio que abrió tantas líneas y me hizo sentar a escribir con ganas cada vez que tenía que responderte. Si podés, contáme por favor cómo termina la historia de Lord Jim, él abrió la correspondencia y me parecería lindo y simétrico que con él se cerrara.
Con muchas ganas de encontrarte en persona, te dejo un gran abrazo,
Vir