"Vidas": un cuento de Hebe Uhart
Lunes 31 de agosto de 2026
Tomado de El cielo a casa, reedición de Adriana Hidalgo, compartimos un relato de la gran escritora argentina.
Por Hebe Uhart.
En una de sus reencarnaciones ella fue jardinera; pero una tormenta destruyó su jardín y por eso ella ahora planta así nomás, por encima, total, si todo se destruye, está preparada. Pero no se olvidó de la escolopendra bendix, un choricito gris más rápido que la lombriz; era sagrado; por eso ahora ella no lo mata.
En otra, fue mendiga; era cuando se decía “méndiga” y los méndigos dormían en los huecos de los árboles. Por eso ella ahora no se halla en la casa; le parece demasiado grande, y los espacios que no explora o atiende quedan como muertos y abandonados. Le gustaría tener una habitación muy chiquita, con techo bajo.
En la siguiente fue miembro del consejo de ancianos que aprobaban y reprobaban conductas en la tribu. Reprobaban la falta de valor en la guerra, mear junto a la encina sagrada, escupir al fuego y al ave malibú y sentarse con las piernas sobre la mesa. Para sus definiciones se guiaban por el sol y por la dirección del viento; cuando el sol era dudoso, suspendían el juicio y deliberaban de nuevo cuando el sol se definía; igual con los vientos: una ventolina suave, de pequeños remolinos, no dejaba entrever nada. Ahora ella integra el consejo de mujeres que reprueban los abusos de los hombres con las mujeres, a las mujeres que no cuidan a los hijos, a los hijos que no respetan al padre ni al sapo de jardín, al sapo de jardín que no cumple su cometido, al jardín que da trabajo y al trabajo que produce estrés. Pero cuando hay un sol dudoso o una ventolina suave, uno de los miembros del consejo reprobador dice: “Para combatir el estrés no hay nada mejor que un baño de sales o caminar a paso rápido por un espacio verde”. Y así se salvan del juicio los locos, los que “no están ubicados” y los que se visten de amarillo furioso.

En otra reencarnación fue banquero, en el siglo XV, de esos que financiaron el descubrimiento de América; los banqueros aprendieron a despojarse de la fascinación de los objetos, de los colores y las formas encantadoras; aprendieron a desapasionarse para concebir un fin último, lejano. Y cuando el reloj de la plaza daba la última campanada de las ocho de la mañana, el banquero se ponía a trabajar en su casa de piedra, con muy pocos adornos, para que el pensamiento se despliegue sin obstáculos. Por eso, cuando ella se levanta a las seis de la mañana y logra matar a la escolopendra bendix, vaticina que va a llover y acierta –por lo cual el paraguas no es una carga inútil–, desecha escuchar la radio porque supone lo que van a decir y no está dispuesta a aceptar reiteraciones inútiles, echa rudamente al afilador que pregunta por el portero eléctrico si no tiene un cuchillo para afilar (pregunta alargando la “a” de afilar) o a los Testigos de Jehová, y sale marcialmente para hacer complejos trámites con resultado satisfactorio, dice: “El tiempo me ha rendido”.
En otra reencarnación fue vidente, como tantas que hubo, como Casandra, ella tenía el don de videncia pero carecía del poder de persuasión. Iban diciendo sus videncias rapidito o con una vocecita suave, no fuera a ser que las videncias enojaran a alguien. Eran despreciadas, y con razón, porque no estaban convencidas de su propia videncia, no se creían a sí mismas, terminaban olvidando la propia videncia y andaban arrastrándose por los rincones sin saber por qué. Ahora ella ha tenido unas cuantas videncias del tipo “mirá que no te van a pagar” o “esas palabras que han salido del cerco de tu boca provocarán un cataclismo”. Pero han producido tanta ofuscación en su interlocutor que ella ahora deja correr todo lo que sucede como agua. Más: trata de que no se lleguen a configurar las videncias; ve todo como si estuviese en estado de larva; todo es posible, aun lo terrible y lo monstruoso; pero no solo le parece posible: también le parece potable. Y cuando alguien le dice asombrado: “Pero eso es terrible”, ella se escuda en una risita tonta.
En la próxima reencarnación, a ella le gustaría ser pastora de ovejas o paseante de perros. Sentada en una colina, mientras las ovejas comen pasto, ella puede leer todo lo que le falta, que por suerte es mucho. Tendría la ventaja de coordinar un trabajo con la lectura y no como ahora, que lee sola en un bar con penosa sensación de inutilidad; lee un libro que nadie entiende o a lo mejor sí, pero eso nunca lo sabrá porque no es costumbre el compartir lo que se lee con la gente del café.
Y también podría ser paseante de perros. Aprendería a acomodar a los perros según su peso para que desplieguen esa marcha armoniosa por la cual parecen un solo ser con muchas patitas. Qué hermoso debe ser llevarlos sostenidos por una correa laxa, sentir unos tirones suaves que se sabe de quién vienen y trotando, trotando, allá vamos.