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Mucho más que nenes bien

Nueva antología de cuentos

"Cada autor cuenta una historia, narra con un lenguaje propio, elige un punto de vista, desarrolla sus personajes con encanto porque no reduce, no simplifica, no aplasta para ajustarse a un molde preconcebido", dice Claudia Piñeiro sobre los relatos de Jorge Consiglio, Pedro Mairal y Carola Gil, entre otros.

Por Claudia Piñeiro.

Todo libro de cuentos supone la voluntad de reunir relatos que pertenecen a un universo común regido por algún elemento literario: autor, tema, género, procedencia geográfica, lengua. Desde Ficciones, de Jorge Luis Borges, Bestiario, de Julio Cortázar, o Cuentos de amor locura y muerte, de Horacio Quiroga, hasta Los mejores cuentos policiales, seleccionados por Bioy Casares y Jorge Luis Borges o ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, de Raymond Carver, el título es parte de eso que Edward Said describe en su libro Beginnings como el primer contrato que el autor establece con el lector, su compromiso acerca de cuál es el mundo que va a develar, de qué se trata aquello que pretende contar. Y elegir un título para un libro de cuentos de distintos autores, en el sentido en que lo plantea Said, no siempre es tarea fácil. Por caminos más obvios o más crípticos, el lector intentará encontrar en ese título una consistencia argumental, literaria, temática o de estilo. En una primera aproximación, pretenderá hallar en él la razón de ser de ese conjunto de cuentos, el por qué se decidió reunir esos relatos en un colectivo de historias que se supone pueden dialogar unas con otras. En el caso de Nenes bien, el título permite esa primera aproximación pero no alcanza a describir el universo que abarca. No lo completa. Las historias que encontramos en cuanto andamos por sus páginas son mucho más que cuentos de “nenes bien”. Hay en esas historias arrogancia, prepotencia, pero también dolor, humillación, soledad y encierro. Tal vez por eso, la bajada que acompaña al título sea tan importante como el título mismo: Historias de jóvenes privilegiados. Recién en la suma de título y bajada se logra abarcar el universo literario que propone este libro, la dimensión del mundo donde se desarrollan estas historias, su pertenencia, la tradición literaria en que se inscriben. 

Porque acaso, ¿qué es hoy un “nene bien”? ¿Alcanza con tener dinero? ¿O con ser hijo de “papi y mami”? ¿Un nene bien es alguien de “buena familia”? ¿Alguien tradicional? ¿Un joven conservador? ¿Se puede ser nene bien y ser de izquierda? ¿Un hipster es un nene bien? ¿Un cheto? ¿Un joven que dispone de tiempo, dinero y voluntad para anotarse en cuanta tendencia de salud, alimentación sana o meditación de algún tipo aparece en su camino?¿Se es nene bien por portación de apellido? ¿Por portación de ropa de marca? ¿Por portación de auto? ¿Es condición ser alguien educado en los mejores colegios para ser un niño bien? 

Cuestiones del uso del lenguaje. En México los nenes bien son llamados los “fresas”, aquellos que se sacan fotos en los lugares de moda, tanto con los dueños como con los meseros, a quienes tratan como si fueran de la familia, para subirlas luego a su Facebook y recibir muchos “me gusta”. El término tampoco es nuevo en México, viene de los años 60, jóvenes que pertenecían a familias tradicionales, que no bebían alcohol. Hoy se sigue usando ese nombre como oposición a los “nacos”. Si los fresas cruzan la frontera hacia el norte a estudiar a algunas de las universidades más in de Estados Unidos, se transforman en los “preppys” que adoptan el american lifestyle. En Colombia son los “gomelos”, que según parece toman el nombre de la gomina con que se peinaban años atrás los niños de familias acomodadas y tradicionales de ese país. En España se los llama los “pijos” y usan zapatos náuticos y suéter anudado al cuello. En Chile son “cuicos” o “pirulos”. En Venezuela los “sifrinos” –y dicen que su nombre viene del número cero en árabe, la nada, el vacío– o “cotufas”. “Pelucones” en Ecuador. “Jailones” en Bolivia. “Jevitos” en República Dominicana. “Yeyés” en Panamá. En Perú, “pitucos”, pero no hay que buscarlos en invierno porque no se los encuentra y en verano sólo en la playa. En Puerto Rico y Guatemala no se andan con rodeos para nombrarlos: “Comemierda” y “caqueros”. Distintos países pero en todos se los nombra desde afuera. Porque quienes los nombran no pertenecen a esa subcultura o tribu urbana, no son parte de ese colectivo. Quienes pertenecen no se llamarían a sí mismos con ninguno de estos términos. Son modos de la lengua irónicos, despectivos, incluso algo anticuados. A pesar de que un exitoso programa de televisión para jóvenes les haya dedicado una canción hace unos años: “Nenes bien que van portando apellido (…) de uniforme van formados al colegio combinados con el auto de papá (…) Nenes bien, se parecen a nosotros, siempre solos, porque a nadie les importa cómo están”. Ellos son nenes bien, nosotros no, dice la canción. Y lo dicen cada unas de estas palabras que se usan para nombrarlos. Ellos y nosotros. 

Pero así como se los nombra desde afuera, “los nenes bien”, por su condición de privilegio, definen el adentro: lo que está “in”, lo que marca tendencia. Desde el marketing les dedican toda su atención y los estudian como grupo aspiracional, analizan sus gustos y comportamientos para definir las campañas publicitarias de productos pensadas para jóvenes ABC1 y lograr que sean exitosas. Y en el peor de los ejemplos, en algunos medios de comunicación y en las noticias policiales es de uso habitual nombrar así a grupos de jóvenes de situación acomodada que cometieron algún delito: “Cayó la banda de los nenes bien”. 

Para beneficio de la literatura, los cuentos que reúne este libro no miran desde afuera sino que tienen la cualidad de poner en crisis el lugar de origen. Estos nenes que protagonizan los relatos, a los que todo parece haberles sido dado, hablan de sí mismos. Nada más alejado de la literatura que clasificar, juzgar, condenar, reducir al maniqueísmo de los buenos y los malos. Por eso Nenes bien se ocupa de este grupo desde la individualidad y la espesura de cada uno de los personajes que desfilan por ellos. No son los nenes bien en general sino aquel joven que se somete en la confesión ante un cura, el que se enamora de la mucama que trabaja en su casa, el que finge que juega al rugby pero mantiene siempre una adecuada distancia de la montonera para que no lo golpeen, el que devino en escritor frustrado, los que deben lidiar con duelos infantiles, amores clandestinos, familias mal ensambladas. Cada autor cuenta una historia, narra con un lenguaje propio, elige un punto de vista, desarrolla sus personajes con encanto porque no reduce, no simplifica, no aplasta para ajustarse a un molde preconcebido. Y es el encierro de la institución escolar el escenario ideal donde estos personajes pueden mostrar lo que son, lo que viven, lo que sufren, lo que padecen, lo que aman y lo que odian. Los “nenes bien” nacen en un encierro, crecen dentro de él y el sistema al que pertenecen –padres, maestros, amigos– “con las mejores intenciones”, querrá que sigan ahí como reaseguro de la especie. En esos colegios exclusivos, el raro es amenaza. Y en la amenaza aparece el conflicto. Allí está la literatura. 

Podría hablar de cada uno de los cuentos incluidos en este libro para ilustrar la complejidad del mundo que narran. Pero los cuentos hablan por sí mismos. Sólo tomo cuatro ejemplos para ilustrar algunos elementos del universo que encontrará el lector de Nenes bien: la sobreadaptación, la exclusión, el precio de la libertad, la consciencia tardía. La sobreadaptación para poder enfrentar la hostilidad es tema de muchas de estas narraciones. En “La importancia del deporte”, Pedro Mairal describe este elemento a través de un chico que porque pertenece a ese mundo, tiene el deber de practicar deportes que siente agresivos –el quemado, pero sobre todo el rugby–, y va desarrollando una habilidad que le servirá para su vida futura: “… era cuestión de pasar inadvertido. Me hice campeón en eso (…) Era un juego secreto, de supervivencia, que yo jugaba dentro del gran juego”. La amenaza que implica ser excluido de ese mundo y tener que adaptarse a lo desconocido está narrada por Jorge Consiglio en “La terraza”, una historia que empieza en la felicidad de un colegio del que un grupo de amigos son expulsados y deben sobrevivir a los usos y costumbres de una institución muy distinta: “El hostigamiento empezó en el primer recreo. Gabito miraba para arriba. Le pedía ayuda al cielo. Enseguida supimos que la cosa iba a ser peor de lo que imaginamos. A las dos semanas estábamos destrozados de los nervios”. Carlos Bernatek cuenta la consciencia de que más tarde o más temprano habrá que salir del encierro en busca de la libertad, con los costos que ello implique y la consciencia de, por fin, ser igual a todos, dice en “Primer viernes” : “Y cuando salgas, pese a tus viejos, que en su ingenuidad, pretendían darte una buena educación, armas para defenderte de la intemperie más cruel, vas a estar igual de desvalido, tan en bolas como cualquiera.” La mirada al pasado, la consciencia tardía de qué era exactamente ese mundo al que se pertenecía, da vueltas mezclada con alcohol en “Hordas irlandesas en palacio”, de Juan Forn, que describe una supuesta fiesta de aniversario de un colegio tradicional, en la que los egresados de viejas camadas se enfrentan con lo que son y con lo que fueron: “(…) en esas cinco o seis horas nocturnas del 19 de septiembre, los presentes no solo habían envejecido cinco o seis horas: lo supieran o no, habían ido adentrándose, minuto a minuto, en esa mediana edad que ya delataban de sobra sus cuerpos; habían alcanzado esa meseta desde la cual veían panorámicamente la juventud a su espalda y la vejez allá adelante, mucho menos lejana de lo que habrían querido creer hasta entonces.” 

Nenes bien invita a una lectura placentera pero sin concesiones, nos corre las cortinas para que espiemos dentro de un territorio cerrado, complejo, asfixiante. Se pelea con la identidad, con el origen, con ese lugar desde donde vienen los “nenes bien”. Los protagonistas de estos cuentos heredaron un mundo. Sus padres eligieron para ellos qué debían hacer para “ser alguien”, a qué colegio tenían que ir, de qué club debían hacerse socios. Pero lejos de sentirse cómodos, ellos decidieron confrontarlos, poner en duda esa elección, sospechar. Porque reconocerse y ser reconocidos en su grupo de pertenencia en lugar de protegerlos los dejó en el desamparo. Y entonces nos lo cuentan, con sinceridad brutal nos confiesan las miserias y alegrías de un mundo imperfecto.

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