La perestroika de los sentimientos
Svetlana Alexievich y sus crónicas de Chernóbyl
Miércoles 14 de julio de 2021
El autor de La gran meseta, Martín Armada, lee el libro clave de la bielorrusa, dueña de una obra que la llevó a obtener un Premio Nobel de Literatura desde el periodismo: "No busca contar una historia de sacrificios. Tampoco persigue la verdad".
Por Martín Armada.
Voces de Chernóbyl es una extensa crónica que la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich publicó en 2005. Fue un retorno al desastre que se produjo en la central nuclear Vladímir Illich Lenin. La investigación de Alexievich suspendió un silencio generalizado sobre un hecho que parece haber sido enterrado bajo el mismo sarcófago de acero que los desperdicios mortales del Reactor 4.
Traducciones mediante, el trabajo de Alexievich atrajo a los creadores de ficciones para públicos masivos. Los guionistas de HBO y Sky tomaron algunas partes para construir una miniserie de alto impacto. Chernóbyl se estrenó en 2019 y generó cierto sinsabor en el Kremlin. Algunos la consideraron propaganda abiertamente anti rusa. Otros, más enfocados en la narración, criticaron que el relato se sostiene casi exclusivamente en una denuncia sobre las fallas burocráticas y técnicas que condujeron a la explosión del 26 de abril de 1986.
En parte, el Kremlin acierta en algo: lo que hicieron HBO y Sky fue una acusación. Con una selección cuidada, transformaron ciertos testimonios transcriptos por Alexievich en el drama detrás del desastre. Un desastre que funciona a la vez como moraleja occidental: cuidado, el sueño comunista solo puede terminar en calamidad.
En 2020, llegó la respuesta cultural rusa en forma de película. Se exportó como Chernóbyl: el abismo, pero su título original puede traducirse como Cuando cayó hielo. El resultado es una historia épica que busca mostrar el heroísmo de los hombres que evitaron la contaminación irremediable de gran parte de Europa.
Pero el trabajo de Alexievich no se ajusta a la narrativa de la productora estadounidense, ni de la inglesa, ni de la rusa. No busca contar una historia de sacrificios. Tampoco persigue la verdad. Al menos no en la dimensión en la que el periodismo suele presentarla.
Esto no significa que Alexievich se recueste en el cinismo. De hecho, parece hacer lo contrario, especialmente cuando no duda en elevar la heroicidad de los “liquidadores” más allá de las alturas del relato soviético.
Los liquidadores son “héroes de la nueva historia”, escribe Alexievich. “Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su propia patria, han salvado la vida misma”. Alexievich se demora apenas unas páginas en los datos objetivos que la habilitan a sostener esa afirmación. Quizás porque la contundencia de las evidencias permite ahorrar en abundancia: el 23% del territorio de Belarús estará contaminado por varios miles de años, una de cada cinco personas en ese país viven en esos territorios, allí siete de cada diez seres humanos está enfermo y a nivel nacional “de catorce personas, sólo una muere de viejo”.
Liquidadores y liquidadoras, algunos voluntarios, muchos obligados —todos desinformados de los riesgos que asumían— evitaron que el mundo, tal como lo conocemos, dejara de existir.
Luego de ese veloz relevamiento, Alexievich despliega “Una solitaria voz humana”, el primer testimonio del libro. Quien habla es Liudmila Ignatenko, esposa del bombero Vasili Ignatenko, uno de los primeros en llegar a la zona del Reactor 4. También uno de los primeros en morir a causa de la exposición a niveles incomprensibles de radiación.
Pero, de inmediato, Alexievich deja en claro que su crónica no es una denuncia, al menos no una denuncia simple. Y toma para eso una decisión clave: se entrevista a sí misma. Así pone en crisis lo que cualquier relato periodístico clásico habría cuidado como su mayor capital: la veracidad y la objetividad de las fuentes. “Yo soy testigo de Chernóbyl…, el acontecimiento más importante del Siglo XX”, escribe. A partir de ese movimiento, Alexievich transforma los testimonios periodísticos, conseguidos en años de entrevistas, en voces por momentos fantasmales que no valen por ser verdaderas sino por estar al servicio de ir más allá de lo evidente. Porque lo que Alexievich busca contar no se limita al desastre medioambiental y político, sino que apunta a mostrar que Chernóbyl produjo un cisma que aún los seres humanos no hemos logrado dimensionar.
A pesar de la catástrofe, el abismo que Chernóbyl abrió en la historia es, para Alexievich, una oportunidad. Se trata de una perspectiva a futuro que excede por mucho los encuadres ideológicos y los límites de las decisiones políticas.
Por supuesto, los Estados son los primeros responsables de un uso ético de la tecnología y del cuidado del medio ambiente. Pero la verdadera posibilidad de que nuestra especie sobreviva supone un cambio cosmogónico. Es en ese punto donde Voces de Chernóbyl deja atrás el territorio de la crónica e inicia una exploración por los laberintos del espíritu, una travesía que plantea como única alternativa refundar nuestras ideas del tiempo, del espacio y de la vida que los atraviesa.
“La naturaleza se diría que se ha coagulado, se ha detenido en actitud de espera”, dice la voz del historiador Alexandr Revalski y no habla de la naturaleza como de un sistema de leyes, sino como la entidad que nos contiene. “Dios nos mandó la señal de que el hombre ya no vive en la tierra como en su propia casa, sino que es un huésped”, revela Maria Fedótovna Velichko, cantora y narradora popular antes de que sus hijos se la lleven para siempre de su casa en el bosque. Maria no se refiere al Dios del dogma, sino a la divinidad de este mundo que seguirá existiendo con o sin nosotros.
Las voces de Alexievich vienen a advertir que Chernóbyl destruyó la base donde se asentaban las emociones de la modernidad, que la explosión del Reactor 4 fue el cierre de una era que creímos gobernada por la consciencia humana.