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Vanina Colagiovanni y una biografía de la poeta, fallecida en 2015

Juana Bignozzi y la poesía argentina en los bares

Lunes 24 de abril de 2023

"Una década en la que viví todas las etapas de mi vida", escribió la poeta argentina alguna vez. Un fragmento de Juana Bignozzi Todo se une con la noche (Gog & Magog), la biografía de la autora de Mujer de cierto orden.

 

 

Por Vanina Colagiovanni.

     

Nació en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1937 a las 00.30, un año menor que Alejandra Pizarnik, dos que Susana Thénon, cuatro que Héctor Viel Temperley, siete menos que Juan Gelman. La llamaron Juana Amelia Bignozzi Ramallo. Fue una poeta del sesenta. Ser una poeta en esos años llevaba marcas bien específicas.

Los poetas del sesenta vivían en los bares. Todas las semanas se reunían determinado día a la misma hora en un café: los miércoles a la tarde en el Callao 11 se encontraban los de El pan duro, en el Tortoni estaba Abelardo Castillo con los de El grillo de papel, que después fue El escarabajo de oro. Músicos y escritores como el Tata Cedrón, Ricardo Piglia, Miguel Briante, Jorge “Dipi” Di Paola, José Luis Mangieri, Juana Bignozzi y compañeros del Partido Comunista iban al Politeama o al Comedia, en Corrientes y Paraná, no tanto a La Paz, ahí iban los psicoanalistas. También iban al Ramos, “un bar atorrante, bien rata sobre Montevideo que tenía una ventana siempre abierta”, dice el Tata, muchos se sentaban al borde de la ventana con la ginebra en la mano, con un pie adentro y otro afuera del bar, como una ventanilla con atención las 24 horas. Iban mucho al cine Lorraine y se quedaban hasta la madrugada. Prácticamente en cada bar había un grupo y para encontrar a alguien se hacía una recorrida por la calle Corrientes, entre el obelisco y Callao. Esa era la zona en la que se movían. Eran años de grandes charlas intelectuales sin un peso, todo era con un café corrido por horas, los mozos ya los reconocían. A finales de la década empezó a funcionar el Instituto Di Tella, en la calle Florida, pero ese es otro sesenta, la zona de los artistas plásticos no se cruzaba con la de los poetas.

Bignozzi le dijo al secretario del partido de su barrio que quería ser periodista, gracias a este contacto empezó a trabajar en el periódico La Hora, donde conoció a Andrés Rivera, Estela Canto, Carlos Gorriarena, Juan Carlos Portantiero y Juan Gelman. Fue Gelman quien la llevó a Callao 11 y le presentó a El pan duro. Ella tenía 21 años. La dejó ahí, ya no volvió, y ella siguió yendo cada semana. Callao 11 era uno de esos cafés viejos y grandes, donde ahora hay un garaje, un café de timba, de dados y billares, con salas de ensayo en el subsuelo donde a veces tocaba la orquesta de Pugliese. Después de las reuniones salían a comer pizza con moscato. A ese momento Juana lo llama el proto-sesenta porque el grupo se forma en el año 55, ella entra en el 58, se va en el 60 y el grupo dura hasta el 63, —es como la edad de piedra del sesenta— dice. Cada miércoles leían y comentaban sus poemas. A veces las críticas eran feroces y había discusiones, los bares funcionaban como redacciones o talleres literarios. En la misma mesa, al lado de la ventana, se fueron sentando Héctor Negro, Alberto Wainer, Luis Navalesi, Julio César Silvain, Guillermo Harispe, Juan Hierba y ella, que era la única mujer del grupo.

“A Juanita la encontrábamos en los bares, en las exposiciones, en las presentaciones. Era peleadora, tenía mucho humor, era muy ácida la Juanita, bonachona pero muy jodona. Ninguno fue novio de la Juanita, no estaba para eso, ella no era de las ‘miranda’, las que nos miraban, ella venía con vos”, cuenta el Tata Cedrón. Entraban contadas mujeres en los círculos de artistas. “Los machos eran machos. A ella la querían, pero en ese momento eran muy machistas los poetas”, dice Marcelina Jarma.

La primera lectura de El pan duro, a la que fue Raúl González Tuñón, que los apadrinaba, fue en el teatro La Máscara el año que derrocaron a Perón. Juana todavía no pertenecía al grupo. En el prólogo de la antología que editó El pan duro, escrito por Wainer y aprobado por todos, expresan el rechazo al golpe de estado y señalan el fraccionamiento de la Argentina: “1955, con el pueblo ametrallado y flores y marineros en andas en las calles del barrio norte, con multitudes humilladas y la revancha de las minorías celebrada en funciones de gala y recepciones de embajada es también el año del nacimiento de El pan duro”.

Compartían una dinámica de encuentro, una forma de edición y una militancia. El pan duro no tenía uniformidad estética y no la buscaba. Tampoco utilizan a la poesía como vía para acercar el marxismo a la gente, para eso militaban en sus lugares de trabajo, que muchas veces no se vinculaban con la cultura.

En estos años el espacio de acción cultural se ubicaba en las revistas, eran muchísimas, entre ellas: Contorno, Propósitos, la Gaceta Literaria, El grillo de papel que después fue El escarabajo de oro, Boletín de Literaturas Hispánicas, La rosa blindada, Hoy en la cultura, El Barrilete, Juego rabioso, Capítulo, Macedonio, Los libros, Agua viva, Poesía = Poesía; estas dos últimas están en el archivo de Juana, entre sus papeles. Algunas eran para los lectores palabra sagrada, lo que se publicaba en ellas, pesaba, influía. En la revista Capítulo número 55 de 1968, dedicada a las nuevas promociones de la narrativa y la poesía, aparece Bignozzi.

Los poetas editaban mediante la preventa de ejemplares que ofrecían en las lecturas, con bonos que equivalían al libro que iba a ser publicado; así salió Violín y otras cuestiones, de Juan Gelman en 1956. No tienen aparato de distribución, pero se agota rápidamente, vendido por el autor y sus compañeros de grupo. La tirada de 2000 ejemplares fue excepcional para un primer libro de un poeta joven. La antología de El pan duro, editada por La rosa blindada, el sello de José Luis Mangieri, en 1964 cuando declinaba la vida del grupo, incluyó a nueve de los poetas y tuvo una tirada de 4000 ejemplares. Mangieri fue un gran amigo y editor de Juana, con ojo brillante, que publicó a Gianuzzi, Lamborghini y más adelante publicará lo mejor de la poesía de los noventa.

Hacían muchas, incansables lecturas, en clubes vecinales, sociedades de fomento, las casas  colectivas de Chacarita, conventillos, bibliotecas populares, en el Teatro del Pueblo. Leer en estos espacios era una forma de militancia. Se podían juntar 250 personas en una lectura en la Facultad de Medicina. Se hizo un gran acto en la Facultad de Derecho: “La poesía encarcelada”, porque coincidió que estaban presos Juan Gelman, Luis Navalesi, José Luis Mangieri y otros militantes.

—En esos años que estuvieras preso un mes te convertía en un héroe, no sabíamos lo que iba a venir, dice Bignozzi.

Las palabras que usaban tenían peso: patria, ideología, partido, enemigos, en las dos páginas del prólogo de la antología se dice ocho veces la palabra lucidez, tres veces toma de partido. Algunas frases parecen acuñadas en bronce: “un poeta, cuando lo es en serio, es un enemigo de la injusticia entronizada en el sistema y por lo tanto resulta subversivo, revolucionario” o “la poesía es un artículo de primera necesidad como el pan y el fusil”. La antología se inicia con diez poemas de Bignozzi, uno de ellos, “La vida en serio” formará parte de Mujer de cierto orden, su tercer libro, los otros no fueron rescatados en ninguna selección. Sus poemas se destacan sobre el resto, algo que se ve en la portada del ilustrador Oscar Díaz, que eligió dibujar zapatos de taco, el sol y un lobo, todos elementos de los poemas de Juana. Ella ya no estaba en el grupo cuando fueron publicados.

eso me obliga por las noches a sacarme los zapatos

como quien se desnuda

Héctor Negro recuerda que una noche ella le dijo al borde de una de las mesas de Callao 11, —a mi carrera literaria no le conviene que yo siga identificada con El pan duro— y él se rio. Ya a sus 23 años pensaba en su lugar como autora, “algún día vamos a estar en la historia de la poesía” le escribió Juana a Negro en la dedicatoria de su primer libro.

Los poetas que tenían un nombre en los sesenta eran Gelman y Pizarnik. Con Gelman fueron compañeros de grupo, con Alejandra fueron amigas. Alejandra iba a buscar a Juana al trabajo y de ahí salían a tomar algo o Juana iba a la casa de Alejandra, que se pasaba semanas encerrada en el cuarto con la luz encendida sin salir a la calle. A veces Alejandra la echaba cuando iba a venir alguien importante para que Juana no dijera alguna barbaridad. No coincidían desde lo ideológico. Juana relataba que siempre pasaba lo mismo, estaban charlando, al rato Juana miraba la hora y decía que se tenía que ir. “Debe tener que ir a hacer algo comunista”, decía Alejandra, Juana se reía y se iba. Cuando Juana empezó la relación con Hugo, la distancia fue mayor y se terminó todo. En la biblioteca de Juana había una plaquette de Pizarnik, Papeles de Son Armadans (1967), que fue a España y volvió. Es el número 10 de una tirada de 50 y dice: “A Juana estos fragmentos pero sobre todo un abrazo de su amiguita às lettres. Alejandra”.

—Nos hemos reído tanto con Alejandra. Ella tenía mucho sentido del humor. Tal vez su problema fuera un desencaje con la realidad cotidiana, cómo comer, cómo lavarse una blusa. Ella captaba la realidad, pero en otro sentido.

Gelman y Pizarnik eran los que hacían ruido. Bignozzi, en cambio no fue reconocida en esos años más allá del círculo cercano.

No se puede hablar en términos de décadas. Es un recorte ficticio. Después del sesenta está el setenta, antes el cincuenta, no se pueden leer unos años sin los que los precedieron y los que los continúan. Sin embargo, hay algo magnético en el sintagma “el sesenta”. Ricardo Piglia, en el último tomo de los diarios de Emilio Renzi, expuso la cuestión así: “Ayer todo el día conversaciones sobre los años sesenta. Las décadas no tienen sentido, no son un modo de pensar, pero sin embargo hay que reflexionar sobre los años en que un grupo amplio de personas en distintos lugares veía el cambio como inminente y posible. Nadie puede imaginar la felicidad que eso supone”, la entrada se ubica en plena dictadura: 26 de febrero de 1978.

Juana tiene un cameo en el segundo tomo de los diarios de Piglia, en relación con Andrés Rivera, con quien tuvo una relación sentimental. Piglia lo menciona de forma permanente porque son amigos. El 16 de abril de 1970 escribe “A la tarde con Toto, que me prestó su grabador y me hizo perder una hora para enseñarme el manejo. Ahora espero a Juana Bignozzi, que traerá plata para Andrés, y me aburre porque tengo mucho que hacer”. En ese momento para dejarle dinero a alguien se acudía a los amigos, no había transferencias ni cajeros, si se pedía prestado había que verse, entonces todo llevaba a encontrarse, entonces todo llevaba de nuevo a un bar.

     
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