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El entierro de Joseph Roth

Edgardo Cozarinsky se adentra en la vida y obra de uno de los narradores más importantes del siglo XX en Variaciones Joseph Roth (Ediciones UDP).



Por Edgardo Cozarinsky.



En Berlín, en la Joseph Roth Diele, descubro una foto poco nítida del Café de Tournon, tomada desde el interior más distante de la calle. A lo lejos, casi borrado en el contraluz de la ventana, sentado ante su mesa habitual, Roth discute con otros exilados austríacos.

Hacia fines de los años treinta, con Hitler ya en el poder y en vísperas de la anexión de Austria al Tercer Reich, puede haber sido ante esa mesa donde Roth reunió firmas para instar a Otto de Habsburgo, heredero del doble trono, exiliado en Londres, a reconstruir el Imperio austrohúngaro sobre una base federativa como la que en Suiza asocia cantones de etnias e idiomas diferentes: lo pensaba como posible contención entre la barbarie expansionista del Tercer Reich y de la Rusia soviética.

La anécdota cuenta que Otto, emocionado al leer la carta, no dejó de observar que esos súbditos fieles, que anteponían a la firma el grado con que en 1914 habían servido en el Ejército Imperial, eran, todos, judíos. A su lado, el conde Heinrich Degenfeld, preceptor, luego secretario del heredero imperial, encontró una filiación lejana para esa lealtad.

–Majestad, entre sus muchos títulos –enumeró con admirable exactitud–, emperador de Austria y rey apostólico de Hungría, rey de Bohemia, de Dalmacia, de Croacia, de Eslavonia, de Galitzia, de Lodomería y de Iliria; gran-duque de Toscana y de Cracovia, duque de Lorena, de Salzburgo, de Styria, de Carintia, de Carniola y de Bukovina; gran príncipe de Transilvania, margrave de Moravia, duque de Alta Silesia, de Baja Silesia, de Módena, Parma, Piacenza y Guastalla, de Teschen, Friul, Ragusa y Zara, conde principesco de Habsburgo y Tirol, de Kybourg, Gorizia y Gradisca, príncipe de Trento y Brixen, margrave de Alta y Baja Lusacia, conde de Hohenembs, Feldkirch, Brigance, Sonnenberg, señor de Trieste, de Cattaro y de la Wendemark, gran voivode de la Voivodía de Serbia… Entre todos ellos, el más antiguo, ya que data de las Cruzadas, es el de rey de Jerusalem.

El treinta de mayo de 1939 el conde Trautmannsdorf tomaba el camino de Fontaineblau para dirigirse al cementerio de Thiais, a once kilómetros del centro de París; a diez años de su inauguración ya era el más cosmopolita de París extramuros. El conde tenía una misión: representaba al heredero de la corona imperial. Allí se mezcló, recordaba Blanche Gidon, la traductora de casi toda la obra de Roth publicada en francés hasta esa fecha, con escritores y artistas exilados de Viena, de Berlín y de Praga; también con “desconocidos, pobres apátridas agradecidos al escritor que un día sacrificó varias horas de su trabajo para acompañarlos a la Prefectura de Policía y ayudarles a tramitar un permiso de permanencia en Francia”.



David Bronsen, autor de la monumental primera bio- grafía de Roth –publicada en Alemania en 1974 y sólo traducida, en versión abreviada, al francés en 1994– pudo recoger durante más de dos décadas de investigación el testimonio de algunos sobrevivientes de aquel día. Ante las versiones de una conversión tardía del Roth al catolicismo, hubo quienes se preguntaron si era oportuno llamar a un rabino. Se optó, como en casos de duda, por una ceremonia católica omitiendo la misa de difuntos.

El conde Trautmannsdorf echó un puñado de tierra sobre el ataúd declarando solemnemente: “Al combatiente fiel de la monarquía en nombre de su majestad Otto de Austria”. El escritor Egon Erwin Kisch, a la cabeza de un grupo de comunistas, arrojó un ramo de claveles rojos en memoria del seudónimo con que Roth, en los años veinte, firmó artículos en los diarios socialistas de Viena: “Joseph el rojo”. Cuando dos sacerdotes católicos se inclinaron ante la tumba, algunos amigos de Roth, judíos de Galitzia como él, lamentaron que no hubiese quien dijera el Kaddish. Hubo quienes rezaban en hebreo. El capellán Österrreicher comenzó una homilía pero su voz fue cubierta por el ruido del tren de carga que pasaba al lado del cementerio.

Más tarde se colocó una lápida:


JOSEPH ROTH

 ÉCRIVAIN AUTRICHIEN 

MORT À PARIS EN EXIL 

2.9.1894 – 27.5.1939


Los testimonios recogidos por Bronsen son el último eco en la memoria de los sobrevivientes de aquel día. Los impregna un dejo patético prestado por el momento histórico: pocos meses más tarde se desencadenaba la Segunda Guerra Mundial que haría imposible esa reunión.

La leyenda anónima, en cambio, suele aportar no sólo un hálito imaginario, también puede apuntar a una verdad tácita. “No se trata de la verdad documental sino de la verdad interior” oyó Géza von Cziffra que Roth había replicado, despectivo, a un periodista que reprochaba a sus reportajes despegar a menudo hacia la ficción a costa de los hechos desnudos.

En el caso del entierro de Roth, una herencia oral, inverificable, relata que católicos y judíos, monárquicos y comunistas estaban a punto de irse a las manos, disputándose la propiedad del difunto admirado, cuando irrumpió, jadeante, tardío, un mensajero con una espléndida corona que depositó sobre el ataúd. La cinta que la rodeaba tenía escrita una sola palabra en letras doradas: Otto. Un silencio respetuoso se impuso a los asistentes que minutos antes intercambiaban improperios.

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