Ficción

El príncipe Roman: un cuento de Joseph Conrad

Siempre es buen momento para volver a los autores clásicos: seleccionados por Miguel Vitagliano, Edhasa recupera cuentos del novelista y marino británico-polaco.


Por Joseph Conrad.


—Tal vez los hechos que ocurrieron hace setenta años estén demasiado alejados como para que podamos reunirlos con propiedad en una simple conversación. Para nosotros, por supuesto, el año 1831 es una fecha histórica, uno de esos años aciagos en que, en presencia de la indignación pasiva y las simpatías elocuentes del mundo, tuvimos que murmurar una vez más “Vae Victis” y calcular el precio en tristeza. No es que fuésemos muy buenos haciendo cálculos, ni en la prosperidad ni en la adversidad. Esa lección nunca la aprendimos, para enorme exasperación de nuestros enemigos, que nos han dado el epíteto de “Incorregibles”…

El orador era de nacionalidad polaca, una nacionalidad menos viva que sobreviviente, que se empecina en pensar, respirar, hablar, esperanzarse y sufrir en su tumba, acosada por un millón de bayonetas y timbrada en triplicado por los sellos de tres imperios.

La conversación versaba sobre la aristocracia. ¿Cómo surgió ese tema, hoy poco respetado? De aquello, hace unos años, y el recuerdo preciso se ha borrado. Pero estoy seguro de que no la considerábamos solo un ingrediente del tejido social; y creo incluso que llegamos a ese tema intercambiando ideas sobre el patriotismo, un sentimiento algo desacreditado, pues la delicadeza de nuestras mentes humanitarias lo considera una reliquia del barbarismo. Y sin embargo, ni el gran florentino que al cerrar los ojos pensó en su ciudad, ni San Francisco, que bendijo con su último aliento el pueblo de Asís, fueron bárbaros. Hace falta cierta grandeza de espíritu para interpretar el patriotismo dignamente; o, si no, cierta sinceridad sentimental, cosa vedada al refinamiento vulgar de la mente moderna, incapaz de comprender la augusta simplicidad de un sentimiento que procede de la naturaleza misma de las cosas y los hombres.

La aristocracia de la que hablábamos era la más encumbrada, las grandes familias de Europa, que no se había empobrecido, convertido ni liberalizado, la clase más inconfundible y especializada de todas las clases, para la que ni siquiera la ambición funciona como incentivo de la actividad ni como regulador de conducta.

Dado que se habían quedado sin el derecho indiscutible del liderazgo, juzgábamos que sus grandes fortunas, el cosmopolitismo que era fruto de sus extensas alianzas, su elevado estatus, en el que hay tan poco que ganar y tanto que perder, debían de situarlos en una posición incómoda en épocas de conmoción política y agitación nacional. Ya no nacida para dirigir —lo cual es la esencia misma de la aristocracia—, la clase hallaba difícil hacer otra cosa que mantenerse apartada de las grandes expresiones de las pasiones populares.

Llegamos a esa conclusión al hacerse el comentario sobre acontecimientos lejanos y mencionarse la fecha de 1831. Y el orador continuó:

—No quiero decir que conocí al príncipe Roman en aquella época remota. Empiezo a sentirme bastante viejo, pero no lo soy tanto. En efecto, el príncipe Roman contrajo matrimonio el mismo año en que nació mi padre. Corría el año 1828; el siglo XIX era joven y el príncipe lo era aun más que el siglo, aunque ignoro exactamente cuánto. En cualquier caso, su boda fue precoz. Se trataba de una alianza ideal desde todo punto de vista. La muchacha era joven y hermosa, una heredera huérfana de una gran familia y de una gran fortuna. El príncipe, por entonces un oficial de la Guardia que se distinguía de sus contemporáneos por su carácter reservado y reflexivo, se había enamorado perdidamente de la belleza, el encanto y la seriedad de la mente y el corazón de ella. Era un joven bastante callado; pero sus miradas, su comportamiento, toda su persona expresaba una absoluta devoción por la mujer que había elegido, una devoción que ella correspondía de una manera franca y fascinante.

”La llama de esa pasión pura y joven prometía arder siempre, y por una temporada alumbró la atmósfera seca y cínica del gran mundo de San Petersburgo. El emperador Nicolás en persona, el abuelo del de hoy en día, el mismo que murió en la Guerra de Crimea, quizás el último de los autócratas que creían en el carácter divino de su misión, se interesó en aquella pareja de amantes casados. Es cierto que Nicolás vigilaba las actividades de los grandes nobles polacos. Los dos jóvenes, que llevaban una vida apropiada para su posición social, estaban embelesados el uno con el otro; y la alta sociedad, fascinada por aquella sinceridad sentimental que se movía serena entre la artificiosidad de su agitación anhelante y puntillosa, los observaba con indulgencia benévola y ternura divertida.

”La boda fue el mayor evento social de 1828, en la capital. Cuarenta años más tarde yo estaba en la finca del hermano de mi madre, en una de nuestras provincias del sur.

”Era pleno invierno. El parque del frente estaba tan puro y suave como un campo de nieve alpino, una superficie blanca y plumosa que relucía bajo el sol como espolvoreada de diamantes y que declinaba de a poco hacia el lago de agua helada, una extensa, sinuosa masa de visos azules y apariencia más sólida que la tierra. El sol frío y brillante rasaba un horizonte ondulante de grandes pliegues nevados que tapaban las aldeas de los campesinos ucranianos, semejantes a botes ocultos en los huecos de un mar embravecido. Y todo estaba en silencio.

”Ignoro ahora cómo logré escaparme a las once de la mañana del salón de clases. Yo era un niño de ocho años; mi prima, unos meses menor, era por naturaleza más temperamental, aunque menos aventurera. De modo que escapé solo; y enseguida me encontré en el enorme salón empedrado, calentado por una estufa monumental de losas blancas, un lugar mucho más agradable que el salón de clases, que por alguna razón, quizás higiénica, siempre se mantenía a baja temperatura.

”Los niños teníamos conciencia de que había un invitado en la casa. Había llegado la noche anterior cuando nos llevaban a la cama. Rompimos la línea de nuestros cuidadores para apresurarnos a aplastar la nariz contra el vidrio de la ventana, pero no alcanzamos a verlo apearse. Solo pudimos observar, en medio de un resplandor rojizo, el gran carruaje de viaje montado sobre patines de trineo y enganchado a seis caballos, una masa negra contra la nieve, que se dirigía a los establos precedida por un jinete que llevaba una bola ardiente de estopa y resina en el armazón de hierro de la punta de un palo largo, cruzado sobre su silla de montar. Temprano por la tarde, se había enviado por la huella a dos mozos de caballerizas para que se encontraran con el invitado al atardecer e iluminaran su camino con aquellos faroles de ruta. En aquella época, recuerden, no había en nuestras provincias del sur una sola milla de vías férreas. Mi prima y yo nada sabíamos de trenes y locomotoras excepto por algunas ilustraciones, y nos parecían cosas vagas, extremadamente remotas, que no eran muy interesantes salvo para los adultos que viajaban al extranjero.

”Nuestra noción de los príncipes, tal vez un poco más precisa, era sobre todo literaria y resplandecía con el encanto de los cuentos de hadas, donde los príncipes son siempre jóvenes, azules, heroicos y afortunados. Aun así, como los demás niños, podíamos distinguir la realidad del ideal con una línea nítida. Sabíamos que los príncipes eran figuras históricas. Y también en eso había algo de encanto. Pero lo que me había llevado a vagar con cautela por la casa como un fugitivo era la esperanza de una entrevista con un amigo mío muy especial, el jefe de guardabosques, que solía venir a aquella hora a presentar su informe; yo esperaba ansioso las noticias de un lobo en particular. Ya saben, en las comarcas donde hay lobos, casi todos los inviernos aparece un individuo eminente por la audacia de sus fechorías, por su perfecto carácter lobuno, digamos. Quería oír algún cuento emocionante sobre él, quizá la historia dramática de su muerte…

”Pero en el salón no había nadie.

”Frustradas mis esperanzas, de pronto quedé muy abatido. Incapaz de regresar triunfal a mis estudios, entré sin ánimo en el salón de billar, donde, por cierto, no se me había perdido nada. Tampoco allí había nadie, y me sentí muy perdido y desolado bajo sus techos altos, y solo junto a la enorme mesa de billar inglesa que parecía, por su silencio pesado y rectilíneo, desaprobar la intrusión de un niño.

”Cuando empezaba a pensar en retirarme oí pasos en la sala contigua y, antes de que pudiera dar la vuelta y escapar, mi tío y su invitado aparecieron en el vano de la puerta. Habría sido muy inapropiado salir corriendo cuando me habían visto, de manera que me quedé en mi lugar. Mi tío pareció sorprendido de verme; el invitado era un hombre enjuto, de estatura mediana, envuelto en un largo abrigo negro, y de talle muy erguido, con una actitud rígida como la de un soldado. Tras los pliegues de una fina corbata de batista blanca asomaban las puntas de un cuello que le llegaba hasta las mejillas bien afeitadas. Tenía unos mechones de escaso pelo cano peinados cuidadosamente sobre su calva. Su cara, que debía de haber sido hermosa en sus buenos tiempos, había preservado con la edad la simpleza armónica de sus trazos. Lo que más me asombró fue su palidez uniforme, casi mortuoria. Me pareció un prodigio de vejez. Una leve sonrisa, no más que una alteración momentánea de la fijeza de sus labios delgados, reconoció mi confusión ruborizada, y me pareció muy interesante verlo meter la mano en el bolsillo interior de su abrigo. De él sacó un lápiz y un bloc de notas, que le tendió a mi tío con una inclinación casi imperceptible.

”Yo estaba muy asombrado, pero mi tío lo recibió con toda naturalidad. Escribió algo a lo que el otro echó una ojeada, con un ligero asentimiento de cabeza. Una fina mano arrugada —la mano era más vieja que la cara— me dio una palmadita en la mejilla y después se posó en mi cabeza. Una voz sin energía, una voz tan descolorida como la cara, salió de los labios, mientras los ojos, oscuros y quietos, me miraron con afabilidad.

“¿Y qué edad tiene este niño tan tímido?”

”Antes de darme tiempo a contestar, mi tío escribió mi edad en el anotador. Yo estaba muy impresionado. ¿Qué era esa ceremonia? ¿Era aquel personaje demasiado eminente como para que se le hablara? Miró de nuevo el anotador, y de nuevo asintió con la cabeza, y de nuevo se oyó su voz mecánica e impersonal: “Se parece a su abuelo”.

”Recordé a mi abuelo paterno, que había muerto hacía poco. También él era un prodigio de vejez. Y me pareció de lo más natural que dos personas tan ancianas y venerables se hubiesen conocido en la edad oscura que precedía a mi nacimiento. Pero era obvio que a mi tío ese hecho no le constaba. Tan obvio que la voz mecánica explicó: “Sí, sí. Camaradas en el treinta y uno. Era de los pocos que sabían. Viejos tiempos, mi querido señor, viejos tiempos…”.

”Hizo un gesto como si quisiera apartar a un fantasma importuno. Y entonces los dos me miraron. Me pregunté si esperaban algo de mí. Ante mis ojos bien abiertos y curiosos mi tío observó: “Está completamente sordo”. Y después la voz distante e inexpresiva dijo: “Dame la mano”.

”Agudamente consciente de mis dedos manchados de tinta, se la ofrecí con timidez. Nunca antes había visto a alguien sordo, y estaba bastante sorprendido. Estrechó mi mano con firmeza y después me dio una última palmadita en la cabeza.

”Mi tío me habló gravemente: “Acabas de estrechar la mano del príncipe Roman S------. Recuérdalo cuando crezcas”.

”Me impresionó el tono en que lo dijo. Yo poseía bastante información histórica como para saber vagamente que los príncipes S------ habían formado parte de los príncipes soberanos de Rutenia hasta la época en que las tierras rutenas se unieron al reino de Polonia, a principios del siglo XV, cuando se convirtieron en grandes magnates polacos. Pero lo que más me preocupó fue la falta de cualquier encanto literario. Era chocante descubrir a un príncipe sordo, calvo, flaco y prodigiosamente viejo. En ningún momento se me ocurrió que aquel hombre imponente y decepcionante había sido joven, rico, hermoso; cómo iba yo a saber que había sido feliz en un matrimonio ideal, que unió a dos jóvenes corazones, dos grandes apellidos y dos grandes fortunas; feliz con una felicidad que, como en los cuentos, parecía destinada a durar para siempre…

”Pero no duró para siempre. Estaba destinado a no durar mucho ni siquiera de acuerdo con la medida de los días humanos en esta tierra donde la felicidad solo se encuentra al final de los cuentos. La pareja tuvo una hija, y poco después la salud de la joven princesa empezó a debilitarse. Por un tiempo sobrellevó su estado con un coraje sonriente, apoyándose en el sentimiento de que la felicidad de dos vidas dependía de su existencia. Pero al cabo el marido, muy preocupado por sus rápidos cambios de aspecto, obtuvo un permiso de ausencia por tiempo indeterminado y la llevó de la capital a la finca rural de sus padres.

”El estado de la adorada nuera asustó sumamente al príncipe y la princesa ancianos. De inmediato empezaron los preparativos para un viaje al extranjero. Pero al parecer era demasiado tarde, y la inválida se opuso al proyecto con amable obstinación. Delgada y pálida en el sillón de salón, mientras la pérfida y oscura enfermedad nerviosa le confería una apariencia cada día más frágil y disminuida, aunque sin borrar la sonrisa de sus ojos ni la gracia encantadora de su rostro consumido, ella se aferraba a su tierra natal y quería respirar ese aire. En ninguna otra parte esperaba mejorar, en ninguna otra parte le sería tan fácil morir.

”Murió antes de que la pequeña cumpliera dos años. La pena del marido fue terrible y tanto más preocupante para sus padres cuanto no pronunció palabra ni derramó lágrimas. Tras el funeral, cuando se dispersaba por el campo la inmensa multitud de campesinos que había rodeado la capilla privada con la cabeza descubierta, el príncipe despidió a sus amigos y parientes y se quedó solo para ver a los albañiles de la propiedad cerrar la bóveda familiar. Cuando fijaron la última piedra soltó un gemido, el primer sonido de dolor que se le había escapado en días y, tras alejarse con la cabeza gacha, se encerró en sus habitaciones.

”Su madre y su padre temían por su cordura. Su serenidad exterior les resultaba espantosa. En nada podían confiar salvo en la misma juventud que volvía su desesperación tan intensa y ensimismada. El viejo príncipe Juan, inquieto y ansioso, repetía: “De alguna manera hay que despertar al pobre Roman. Es tan joven”. Pero no hallaban forma de despertarlo. Y la anciana princesa, enjugándose las lágrimas, deseaba en su corazón que él fuera lo bastante joven como para llorar sentado en su regazo.

”Tiempo después, con esfuerzo, el príncipe Roman se sumaba cada tanto al círculo familiar. Pero era como si su corazón y su mente hubiesen quedado enterrados en la bóveda al lado de la esposa que había perdido. Empezó a vagar por el bosque con un arma, vigilado en secreto por uno de los guardabosques, que al caer la noche informaba que “su serenidad no disparó un solo tiro en todo el día”. A veces, tras dirigirse a las caballerizas por la mañana, ordenaba en tono apagado que ensillaran un caballo, esperaba de pie a que se lo trajeran, montaba sin decir una palabra y salía por el portón al paso. Desaparecía todo el día. Hubo gente que lo vio en alguna encrucijada, sin mirar a izquierda ni derecha, pálido, sentado rígido en su silla, como un jinete de piedra en una montura viviente.

”Los labradores de los campos, los extensos campos sin cercos, lo miraban desde lejos; y a veces alguna anciana compasiva, desde el umbral de una cabañita con techo de paja, se compadecía y se santiguaba a sus espaldas, como si él fuese uno de ellos, un alma simple de la aldea, desolada por una fuerte aflicción.

”Cabalgaba mirando al frente y sin ver a nadie, como si la tierra estuviese vacía y la humanidad entera en la tumba que tan pronto se había abierto en su camino para tragarse su felicidad. ¿Qué eran para él los hombres con sus penas, alegrías, obras y pasiones, si quien lo había sido todo había sido arrancada de aquella vida?

”No existían; y él se habría sentido completamente solo y abandonado, como un hombre atrapado en una pesadilla cruel, de no ser por la campiña en la que había nacido y en la que habían transcurrido los años felices de su infancia. La conocía al dedillo: cada lomita cubierta de árboles en medio de los campos arados, cada vallecito que ocultaba una aldea. Los arroyos contenidos con diques formaban una cadena de lagos en las praderas verdes. A lo lejos hacia el norte el gran bosque lituano le daba la cara al sol, no más alto que un seto; y hacia el sur, rumbo a la llanura, los vastos espacios de tierra marrón tocaban el cielo azul.

”Y ese paisaje familiar asociado con los días en que no existían la obsesión ni la congoja, esa tierra cuyo encanto sentía sin siquiera mirarla, calmaba su dolor, como la presencia de un viejo amigo que nos acompaña callado en las horas oscuras de la vida.

”Una tarde ocurrió que el príncipe, tras tirar de la cabeza de su caballo para volver a casa, notó una densa y baja nube de polvo oscuro que cortaba en diagonal parte del paisaje. Sofrenó al animal en una loma y oteó el horizonte. Había finos destellos de acero en medio de la nube, cuyas formas ambulantes resultaron ser una larga hilera de carretas de campesinos llenas de soldados, que avanzaban con lentitud en doble fila bajo la escolta de cosacos montados.

”Era como un inmenso reptil que se arrastrabapor el campo; su cabeza se perdía de vista en una leve hondonada y su cola se retorcía e iba acortándose como si el monstruo estuviera entrando a mordiscos en el corazón de la tierra.

”El príncipe atravesó una aldea que estaba a poca distancia del camino. La posada caminera, que tenía la caballeriza, el establo y el granero bajo un solo y enorme techo de paja, parecía un gigante desaliñado, deforme y giboso, despatarrado entre las chozas de los campesinos. El posadero, un judío corpulento de aspecto solemne, vestido con una bata negra de satén que le llegaba a los talones y a la que ceñía una faja roja, estaba en la puerta atusándose la larga barba plateada.

”Observó al príncipe acercarse e hizo una reverencia inclinándose desde la cintura, sin siquiera esperar ser visto, pues era bien sabido que su joven señor no tenía ojos para nada ni nadie salvo su pena. Se sorprendió sobremanera cuando el príncipe se detuvo y preguntó: “¿Qué es todo esto, Yankel?”. “Lo que ve, su serenidad, es un convoy de tropas de infantería que se dirigen al sur a toda prisa.”

”El hombre miró a izquierda y derecha con cautela, pero, como no había nadie más que unos niños jugando en el polvo de la calle de la aldea, se acercó un poco al estribo.

”“¿Su serenidad no lo sabe? Estalló la guerra. Todos los terratenientes, pequeños y grandes, tomaron las armas, e incluso el pueblo se ha levantado. Ayer mismo el talabartero de Grodek (un pueblito cercano con mercado) pasó por aquí con sus dos aprendices para alistarse. Me dejó su carreta. Le mostré el vecindario. Usted sabe, su serenidad, que nuestra gente viaja mucho y ve todo lo que pasa y conoce todos los caminos.”

”Trataba de contener su excitación, porque el judío Yankel, posadero y arrendatario de todos los molinos de la propiedad, era un patriota polaco. Y en una voz más baja dijo: “Yo ya era un hombre casado cuando los franceses y todas las demás naciones pasaron por aquí con Napoleón. Ay, ay, ay. La muerte tuvo una muy buena cosecha entonces, ¡nu! Quizás esta vez Dios nos ayude”.

”El príncipe asintió. “Quizá”, dijo, y sumido en una profunda meditación dejó que su caballo lo llevara a casa.

”Esa noche escribió una carta y, temprano por la mañana, envió un mensajero a caballo al pueblo del correo. Durante el día, para gran alegría de su familia, salió de su retraimiento y conversó con su padre sobre los acontecimientos recientes: la revuelta de Varsovia, la huida del gran duque Constantino, las primeras tímidas victorias del ejército polaco (en aquel entonces existía un ejército polaco), los levantamientos en provincias. El viejo príncipe Juan, conmovido e intranquilo, hablando desde un punto de vista puramente aristocrático, desconfiaba de los orígenes populares del movimiento, lamentaba sus tendencias democráticas y no creía en la posibilidad del éxito. Estaba triste, agitado por dentro.

”“Juzgo estos hechos con calma. Existen principios seculares de legitimidad y orden que han sido violados en esta descabellada empresa en pos de las ilusiones más subversivas. Aunque por supuesto los impulsos patrióticos del corazón…”

”El príncipe Roman escuchaba pensativo. Aprovechó la pausa para decirle en voz baja a su padre que esa mañana había enviado una carta a San Petersburgo renunciando a su servicio en la Guardia.

”El viejo príncipe permaneció callado. Pensaba que debería haberlo consultado. Su hijo era oficial de artillería del emperador, y sabía que el zar nunca olvidaría esa apariencia de defección de parte de un noble polaco. En tono descontento le señaló que, como estaban las cosas, gozaba de un permiso de licencia por tiempo indeterminado. Lo correcto habría sido no decir nada. O en el peor de los casos se habría podido solicitar un puesto —en el Cáucaso, por ejemplo— lejos de esa contienda infausta que por principio era un error y estaba destinada al fracaso.

”“Dentro de poco te encontrarás sin interés por la vida y sin ocupación alguna. Y necesitarás tener algo de que ocuparte, mi querido muchacho. Me temo que te has precipitado.”

”El príncipe Roman murmuró: “Pensé que sería lo mejor”.

”Su padre vaciló ante su mirada firme. “Bueno, ¡puede ser! Pero como oficial de artillería del emperador y merecedor de los favores de la familia imperial…”

”“Nuestra casa ya era ilustre antes de que se oyera hablar de esa gente”, soltó con desdén el joven.

”El viejo príncipe era sensible a ese tipo de comentarios. “Bueno, quizá sí sea lo mejor”, concedió por fin.

”Padre e hijo se separaron afectuosamente por la noche. Al día siguiente el príncipe Roman pareció recaer en la profundidad de su indiferencia. Salió a cabalgar como siempre. Recordaba que la víspera había visto un convoy de soldados parecido a un reptil, erizado de bayonetas, que se arrastraba por la faz de aquella tierra suya. La mujer que amaba también había sido suya. La muerte se la había robado. Su pérdida lo había conmocionado moralmente. Le había abierto el corazón a un pesar mayor, la mente a pensamientos más vastos, los ojos a todo el pasado y a la existencia de otro amor cargado de dolor, pero tan misteriosamente imperioso como el amor por la desaparecida a la que había confiado su felicidad.

”Esa noche se retiró más temprano que de costumbre y llamó a su valet. “Ve a ver si todavía hay luz en las dependencias del mariscal de caballería. Si aún está despierto pídele que venga a hablarme.”

”Mientras el sirviente se ausentó, el príncipe se apresuró a romper unos papeles, cerró con llave los cajones de su escritorio y se colgó al cuello un medallón que contenía una miniatura de su esposa.

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”El hombre al que esperaba el príncipe pertenecía al pasado que la muerte de su amor había devuelto a la vida. Era de una familia de la baja nobleza que, durante generaciones, había sido adherente, vasalla y amiga de los príncipes S------. Recordaba la época anterior a las últimas divisiones territoriales y había participado de las batallas finales. Era un polaco típico de su clase, de gran capacidad para la emoción, para el entusiasmo ciego; de instinto marcial y convicciones simples; e incluso dueño de la vieja costumbre de recargar su habla de latinajos. Y sus ojos amablemente astutos, su cara colorada, su frente ancha y sus bigotes poblados, grises y colgantes también eran típicos de su género.

”“Escuche, mariscal Francis”, dijo el príncipe con familiaridad y sin más preliminares. “Escuche, viejo amigo. Me iré de aquí en silencio. Voy adonde me llama algo más grande que mi pena, algo que, sin embargo, tiene una voz muy parecida a ella. Solo confío en usted. Llegado el momento usted dirá lo que crea necesario.”

”El viejo comprendió. Sus manos extendidas temblaban muchísimo. Pero tan pronto como recuperó el habla agradeció a Dios en voz alta por permitirle vivir lo suficiente como para ver al descendiente de aquella ilustre familia que daba en su generación más joven un ejemplo coram gentibus de amor por la patria y de valor en el campo de batalla. No dudaba de que su príncipe obtendría un lugar en el concejo y en la guerra digno de su noble cuna; ya veía que in fulgore de la gloria familiar affulget patride serenitas. Al terminar el discurso rompió a llorar y abrazó al príncipe.

”El príncipe calmó al viejo y después de sentarlo en un sillón, donde este se recompuso bastante, dijo: “No me malentienda, mariscal Francis. Usted sabe cuánto amaba a mi esposa. Semejante pérdida le abre a uno los ojos a verdades insospechadas. No se trata del liderazgo y de la gloria. Mi intención es ir solo y luchar oscuramente entre las tropas. Le ofreceré a mi país lo que me corresponde ofrecer, es decir, mi vida, con la misma simpleza con la que lo hizo el talabartero de Grodek al partir ayer con sus aprendices.

”El viejo gritó al oír lo anterior. Era imposible. No podía permitirlo. Pero tenía que aceptar los argumentos y la expresa voluntad del príncipe. “¡Ja! Si usted dice que es un asunto de sentimiento y conciencia, que así sea. Pero no puede ir completamente solo. Ay de mí, soy demasiado viejo para servirle. Crepit verba dolor, mi querido príncipe, ante la idea de que tengo más de setenta años y no soy de mayor utilidad en el mundo que un lisiado en el portal de una iglesia. Parece que solo sirvo para quedarme sentado en casa y rezarle a Dios por la patria y por usted. Pero está mi hijo, el menor, Peter. Será un buen compañero. Y da la casualidad de que está aquí de visita. Durante siglos no ha habido un príncipe S------ que pusiera en riesgo su vida sin llevar un compañero de nuestro nombre a su lado. Debe ir acompañado de alguien que lo conozca aunque solo sea para que les cuente a sus padres y a su viejo sirviente cómo se encuentra. ¿Y cuándo tiene intención de partir su alteza principesca?”

”“Dentro de una hora”, dijo el príncipe, y el viejo corrió a avisarle a su hijo.

”El príncipe Roman tomó un candelero y caminó con sigilo por un pasillo oscuro de la casa silenciosa. La niñera principal dijo más tarde que, tras despertarse de repente, vio al príncipe mirando a su hija, mientras cubría con una mano la luz de la vela. La miró de pie durante un rato y puso el candelero en el suelo, se inclinó sobre la cuna y besó suavemente a la niña, que no se despertó. Salió sin hacer ruido, llevándose la luz consigo. La niñera vio su cara perfectamente, pero no leyó en ella ninguna de sus intenciones. Estaba pálida pero totalmente tranquila y, después de alejarse de la cuna, no se volvió a mirarla ni una vez.

”La otra persona en la que confió, además del viejo y de su hijo Peter, fue el judío Yankel. Cuando este le preguntó al príncipe hacia dónde quería que lo orientara precisamente, el príncipe respondió: “Hacia la guarnición más cercana”. Un nieto del judío, un muchacho larguirucho, guio a los dos hombres por senderos poco conocidos que cruzaban bosques y pantanos, y los llevó hasta donde se veían las fogatas de un destacamento acampado en una hondonada. Unos caballos invisibles relincharon, una voz gritó en la oscuridad: “¿Quién anda ahí?”. Y el joven judío se marchó deprisa, explicando que debía apurarse a emprender la vuelta para llegar a casa a tiempo de observar el Sabbath.

”Así, con humildad y de acuerdo con la simple visión del deber que tuvo cuando la muerte le quitó de los ojos la venda encandiladora de la felicidad, el príncipe Roman le entregó su ofrenda a su país. Su compañero se dio a conocer como el hijo del mariscal de caballos de los príncipes S------ y declaró que aquel era un pariente, un primo lejano de su comarca y, como presumió la gente, portador de su mismo apellido. Lo cierto fue que nadie hizo muchas preguntas. Era evidente que dos jóvenes del género adecuado acababan de alistarse. Nada más normal.

”El príncipe Roman no permaneció mucho tiempo en el sur. Un día, en una misión de reconocimiento en compañía de varios otros, parte de la infantería rusa les tendió una emboscada a la entrada de una aldea. La primera descarga tumbó a varios y el resto se dispersó en todas direcciones. Tampoco los rusos se quedaron, temiendo un contraataque. Al cabo de un rato, unos campesinos se acercaron a ver la escena y sacaron al príncipe Roman de debajo de su caballo muerto. Estaba ileso, pero su fiel compañero había sido uno de los primeros en caer. El príncipe ayudó a los campesinos a enterrarlo a él y a los demás muertos.

”De ahí en más solo, sin certeza de dónde encontrar al grueso de los partisanos que se movían constantemente en todas direcciones, resolvió unirse al principal ejército polaco, que se enfrentaba a los rusos en la frontera con Lituania. Disfrazado con ropas de campesino, vagó durante un par de semanas hasta que encontró una aldea ocupada por el puesto de avanzada de un regimiento de caballería polaco.

”En un banco, ante una cabaña de campesino de buena calidad, estaba sentado un oficial entrado en años que, supuso, sería el coronel. El príncipe se le acercó respetuosamente, resumió su historia y declaró que deseaba enlistarse; y cuando el oficial, que lo estudiaba con gran cuidado, le preguntó su nombre, dio al instante el de su compañero muerto.

”El oficial entrado en años pensó: he aquí al hijo de algún propietario campesino de la clase liberada. Le gustó su apariencia.

”“¿Y sabe leer y escribir, buen hombre?”, preguntó.

”“Sí, señor”, dijo el príncipe.

”“Bien. Pase a la cabaña; el ayudante administrativo del regimiento está ahí dentro. Anotará su nombre y le tomará juramento.

”El ayudante miró con gran atención al recién llegado, pero no dijo nada. Cuando estuvieron llenos los formularios y el recluta hubo salido, se volvió a su oficial superior.

”“¿Sabe quién es ese hombre?”

”“¿Quién? ¿El tal Peter? Un muchacho agradable.”

”“Ese es el príncipe Roman S------.”

”“Tonterías.”

”Pero el ayudante estaba convencido. Había visto al príncipe varias veces, unos dos años antes, en su castillo de Varsovia. Incluso había conversado con él en una recepción de oficiales que dio el gran duque. “Está cambiado. Parece mucho mayor, pero estoy seguro de que es él. Soy buen fisonomista.”

”Los dos oficiales se miraron en silencio.

”“Tarde o temprano lo reconocerán”, murmuró el ayudante. El coronel se encogió de hombros. “No es asunto nuestro si se le ocurre servir entre los soldados. En cuanto a que lo reconozcan, no es muy probable. Todos nuestros hombres y oficiales provienen de la otra punta de Polonia.”

”Meditó seriamente por un rato y después sonrió. “Me dijo que sabía leer y escribir. Nada me impide promoverlo a sargento a la primera oportunidad. Sin duda se adaptará bien.”

”Como suboficial, el príncipe Roman superó las expectativas del coronel. El sargento Peter no tardó en hacerse famoso por su iniciativa y coraje. El suyo no era el coraje insensato de un desesperado; era un valor sereno, ejercido con plena conciencia, que por nada se dejaba consternar; era una devoción ilimitada pero estable, a la que no afectaban el tiempo, los reveses, los desalientos de interminables retiradas, la amargura de las esperanzas menguantes ni los horrores de la pestilencia sumados a los esfuerzos y peligros de la guerra. Ese año el cólera hizo su primera aparición en Europa. Devastó los campamentos de ambos ejércitos, infundiendo en las mentes más firmes el terror de una muerte misteriosa, que rondaba en silencio por entre las armas apiladas y las fogatas del campamento.

”Un alarido repentino despertaba a los soldados maltrechos y, en el resplandor de las ascuas, veían a uno de los suyos retorcerse en el suelo como un gusano pisoteado por un pie invisible. Y antes del amanecer el hombre quedaba rígido y frío. Se sabe de grupos que al recibir semejante visita se levantaron como si fueran un solo hombre, abandonaron la fogata y se internaron corriendo en la noche, presas de un terror mudo. O un camarada que marchaba conversando con uno, de pronto tartamudeaba en mitad de una frase, ponía los ojos aterrados en blanco y caía al suelo con la cara contraída y los labios azules, rompiendo filas con convulsiones de agonía. Los hombres eran fulminados en la silla de montar, durante las guardias, en la línea de fuego, al ejecutar una orden, al cargar cañones. Me contaron que, en un batallón que formaba con suma firmeza bajo fuego, listo para asaltar una aldea, ocurrieron tres casos en cinco minutos a la cabeza de la columna; y el ataque no pudo efectuarse porque las compañías líderes se desperdigaron por el campo como la paja al viento.

”El sargento Peter, pese a su juventud, tenía mucha influencia sobre sus hombres. Se decía que el número de desertores en el escuadrón en que él servía era menor que en cualquier otra división de caballería. Tal era el irresistible ejemplo que daba la callada intrepidez de aquel hombre frente a cualquier forma de peligro y de terror.

”Sea o no cierto, todos lo apreciaban y confiaban en él. Cuando se acercaba el fin y los restos de aquel cuerpo del ejército, asediados por doquier, se preparaban a cruzar la frontera con Prusia, el sargento Peter se las arregló para reunir una veintena de soldados. Por la noche huyó con ellos del ejército cercado. Condujo a su banda por doscientas millas de campos sembrados de destacamentos rusos y estragados por el cólera. Pero no lo hizo para evitar la captura, para ocultarse y salvarse él y sus camaradas. No. Los condujo a una fortaleza que seguía ocupada por polacos y donde se encontraba el último bastión de la revolución vencida.

”Lo cual puede parecer fanatismo. Pero el fanatismo es humano. El hombre ha adorado a divinidades feroces. Hay ferocidad en todas las pasiones, incluso en el amor. La religión de la esperanza inmarcesible se parece al culto loco de la desesperación, la muerte, el aniquilamiento. La diferencia reside en el motivo moral que se desprende de las necesidades secretas y las aspiraciones no expresadas de los creyentes. Solo para los hombres vanos todo es vanidad; y todo es engaño solo para aquellos que nunca han sido sinceros consigo mismos.

”Mi abuelo entró en contacto con el sargento Peter en la fortaleza. Mi abuelo era vecino de la familia S------ en el campo, pero no conocía al príncipe Roman, que sin embargo conocía muy bien su nombre. El príncipe se presentó una noche en que los dos estaban sentados en una barricada, apoyados contra el carruaje de un cañón.

”Quería pedirle, en caso de que lo mataran, el favor de transmitir lo sucedido a sus padres

”Hablaron en voz baja; a su alrededor había echados otros encargados de la artillería. Mi abuelo hizo la promesa que se le pedía y después preguntó con franqueza, porque le interesó profundamente la revelación que hizo el otro tan inesperadamente: “Pero, dígame una cosa, príncipe, ¿por qué me lo pide? ¿Tiene un mal presentimiento en cuanto a su persona?”.

”“Nada de eso; pensaba en los míos. No tienen idea de dónde estoy”, contestó el príncipe Roman. “Me comprometo a hacer lo mismo por usted, si le parece justo. Es seguro que al menos la mitad de nosotros muera antes de que todo acabe, así que los dos tenemos más o menos la misma posibilidad de sobrevivir al otro.”

”Mi abuelo le contó dónde, según creía, se hallaban su esposa e hijos en aquel momento. A partir de entonces y hasta el fin del sitio los dos pasaron mucho tiempo juntos. El día del gran asalto mi abuelo recibió una herida de gravedad. Cayó el pueblo. Al día siguiente la ciudadela, con su hospital lleno de muertos y moribundos, sus polvorines vacíos, sus defensores sin cartuchos que disparar, abrió sus puertas.

”Durante la campaña, el príncipe, exponiéndose a conciencia en cada ocasión, no había recibido ni un rasguño. Nadie lo había reconocido o, en cualquier caso, no había delatado su identidad. Hasta entonces, siempre y cuando cumpliera con su deber, no importaba quién fuera.

”Ahora, sin embargo, su posición era distinta. Como exguardia y oficial de artillería del emperador, aquel rebelde corría serio peligro de recibir la atención especial de un escuadrón de fusilamiento. Durante más de un mes se perdió en la multitud desastrada de prisioneros hacinados en las casamatas de la ciudadela, con apenas suficiente comida como para sustentar cuerpo y alma, pero por lo demás abandonados a morir de heridas, privaciones y enfermedades al ritmo de unos cuarenta por día.

”Al estar la fortaleza en una posición central, recibía con frecuencia nuevas divisiones, capturadas a campo abierto en el curso de una pacificación exhaustiva. Entre los recién llegados quiso la casualidad que hubiera un joven que había sido un amigo de infancia del príncipe. Lo reconoció y, consternado a más no poder, exclamó en voz alta: “¡Dios mío! Roman, tú aquí”.

”Se cuenta que esa falta momentánea de autocontrol se pagó con años de vida amargados por el remordimiento. Todo eso ocurrió en el patio principal de la ciudadela. La advertencia del príncipe llegó demasiado tarde. Un oficial de guardia había oído la exclamación. Le pareció que el incidente merecía investigarse. La investigación no fue muy ardua, pues el príncipe, al preguntársele su verdadero nombre, confesó de inmediato.

”Se envió a San Petersburgo la información de que se había hallado al príncipe S------ entre los prisioneros. Sus padres ya vivían allí, en plena tristeza, incertidumbre y aprensión. La capital del Imperio era el lugar de residencia más seguro para un noble cuyo hijo había desaparecido misteriosamente de su hogar en tiempos de rebelión. Los ancianos no tenían noticias de su hijo desde hacía meses. Se cuidaron de no contradecir los rumores de suicidio por causa de la desesperación que circulaban en el gran mundo, que recordaba la interesante unión amorosa, la felicidad sincera y encantadora a la que había puesto fin la muerte. Pero en secreto esperaban que su hijo sobreviviera y que hubiera conseguido cruzar la frontera con la rama de la armada que se había rendido a los prusianos.

”La noticia de que lo habían hecho prisionero fue un golpe abrumador. De manera directa, nada podía hacerse por él. Pero la grandeza de su nombre, su posición, sus numerosos familiares y contactos en altas esferas permitieron a sus padres ejercer una influencia indirecta, y movieron cielo y tierra, según el dicho, para salvar a su hijo de las “consecuencias de su locura”, como no dudó en expresarlo el pobre príncipe Juan. Grandes personalidades recibieron visitas de líderes sociales, altos dignatarios concedieron audiencias, poderosos funcionarios fueron convencidos de tomar cartas en el asunto. Se recurrió a la ayuda de toda posible influencia secreta. Algunos secretarios privados aceptaron generosos sobornos. La amante de cierto senador obtuvo una gran suma de dinero.

”Pero, como decía, en un caso tan flagrante no se podía cursar una petición directa ni tomar medidas abiertamente. Todo lo que podía hacerse era inclinar detrás de bambalinas la mente del presidente de la Comisión Militar hacia la clemencia. Llegado el momento, lo impresionaron las alusiones y sugerencias que recibió desde San Petersburgo, algunas hechas en lugares muy encumbrados. Y, a fin de cuentas, la gratitud de nobles tan grandes como el príncipe S------ era algo que valía la pena poseer desde un punto de vista mundano. El presidente era un buen ruso pero también un hombre de buena naturaleza. Además, el odio por los polacos no era entonces un artículo cardinal del credo patriótico, como lo sería treinta años más tarde. Desde el principio sintió buena disposición por aquel joven bronceado, de cara delgada, consumida por los meses de dura campaña, las privaciones del sitio y los rigores del cautiverio.

”La comisión se componía de tres oficiales. En la ciudadela, dio comienzo a sus sesiones detrás de una larga mesa negra, en una habitación abovedada y vacía. Unos empleados ocupaban los extremos y, a excepción de los gendarmes que escoltaron al príncipe, nadie más estuvo presente.

”Aislado de todos los sonidos y las visiones de la libertad entre aquellas cuatro paredes siniestras, de las esperanzas del futuro, de las ilusiones consoladoras, en soledad de cara a sus enemigos erigidos en jueces, ¿quién sabe cuánto amor por la vida conservaba el príncipe Roman? ¿Cuánto quedaba del sentido del deber que le había revelado la tristeza? ¿Cuánto del amor avivado por su país natal? Ese país que exige que se lo ame como nunca se ha amado a ningún otro país, con el afecto afligido que uno siente por los muertos que no se han olvidado y con el fuego inextinguible de la pasión desesperada que solo un ideal vivo y caluroso puede encender en nuestro pecho para bien de nuestro orgullo, de nuestro cansancio, de nuestro júbilo, de nuestra perdición.

”La idea de semejante exacción tiene algo de monstruoso hasta que no la vemos delante de nosotros, bajo la forma de una fidelidad intrépida e irreprochable. Al acercarse al momento culminante de su vida, el príncipe solo puede haber sentido que esta llegaba a su fin. Respondió a las preguntas que le hicieron clara y concisamente, con la más profunda indiferencia. Tras tantos meses tensos de acción, hablar lo fatigaba. Pero lo ocultó, para que sus enemigos no sospecharan en sus modales la apatía del desaliento o el atontamiento de un espíritu doblegado. Los pormenores de su conducta no tenían la menor importancia; aquellos hombres no tenían nada que ver con lo que él pensaba. Mantuvo un tono de escrupulosa cortesía. Había rechazado el permiso de sentarse.

”Lo que ocurrió en aquel examen preliminar solo se sabe por boca del oficial presidente. Actuando de única manera posible en aquel caso evidentemente malo, desde un principio procuró transmitir a la mente del príncipe la línea de defensa que deseaba que adoptara. Enunció las preguntas con cuidado para poner la respuesta correcta en boca del culpable, hasta el punto de que sugirió las palabras mismas: cómo, aturdido de pena tras la muerte de su esposa, adoptando una conducta irresponsable por la desesperación, en un momento de imprudencia ciega, sin comprender la naturaleza reprensible de sus actos, ni el peligro y la deshonra, se unió a los rebeldes en un impulso repentino. Y ahora, penitentemente…

”Pero el príncipe Roman guardaba silencio. Los jueces militares lo miraban esperanzados. En silencio tomó una pluma y escribió en la hoja de papel que halló bajo su mano: “Me uní al levantamiento nacional por convicción”.

”Empujó el papel sobre la mesa. El presidente lo tomó, lo mostró a sus dos colegas a izquierda y derecha y luego, mirando fijo al príncipe Roman, lo dejó caer. Y el silencio no se rompió hasta que dio órdenes a los gendarmes de llevarse al prisionero.

”Ese fue el testimonio del príncipe Roman en el momento culminante de su vida. He oído decir que los príncipes de la familia S------, en todas sus ramas, adoptaron las dos últimas palabras, “Por convicción”, como divisa de su escudo de armas. No sé si es cierto. Mi tío no pudo confirmarlo. Solo observó que, naturalmente, no se la veía en el sello propio del príncipe Roman.

”Lo condenaron de por vida a las minas de Siberia. El emperador Nicolás, que siempre tenía conocimiento personal de las sentencias impuestas a la nobleza polaca, escribió de puño y letra en el margen: “Se advierte severamente a las autoridades que deben asegurarse de que este convicto marche siempre encadenado como cualquier otro criminal”.

”Era una sentencia a muerte diferida. Muy pocos sobrevivían por más de tres años a la sepultura en esas minas. Pero como se informó que seguía vivo al cabo de ese período se le permitió, por petición de sus padres y en carácter excepcional, prestar servicio como soldado raso en el Cáucaso. Toda comunicación con él estaba prohibida. No tenía derechos civiles. En todo sentido salvo en el de sufrir era un muerto. La hija que él había cuidado de no despertar al besarla en su cuna heredó toda la fortuna del príncipe Juan a su muerte. La existencia de esa muchacha salvó las inmensas propiedades de la confiscación.

”Pasaron veinticinco años antes de que se le permitiera al príncipe Roman, sordo como una tapia, con la salud estropeada, regresar a Polonia. Su hija contrajo matrimonio espléndidamente con un grand seigneur polaco-austríaco y, como se movía en la esfera cosmopolita de la más alta aristocracia europea, vivía entre Niza y Viena. Él, tras asentarse en una de las propiedades de la hija, no la de la residencia palaciega sino otra en la que había una casita modesta, la veía muy poco.

”Pero el príncipe Roman no se encerró como si su trabajo estuviera terminado. Poco se hacía en la vida pública y privada de las inmediaciones sin solicitar los consejos y la ayuda del príncipe Roman, y estos nunca eran en vano. Con justicia se decía que sus días no le pertenecían a él mismo, sino a sus conciudadanos. Y sobre todo era un amigo especial de cuantos exiliados volvían, ayudándolos con dinero y consejos, poniendo en orden sus asuntos y buscándoles maneras de ganarse la vida.

”Mi tío me contó muchas historias sobre su dedicada actividad, en la que siempre lo guiaba una sabiduría simple, un alto sentido del honor y una concepción sumamente escrupulosa de la probidad pública y privada. Para mí sigue siendo una figura viva a causa de aquel encuentro en la sala de billar, el día en que, ansioso por que me hablaran de un lobo especialmente lobuno, entré por un momento en contacto con un hombre que era una persona eminente entre todos los hombres capaces de sentir profundamente, creer con firmeza y amar con fervor.

”Hasta el día de hoy recuerdo el apretón de la mano huesuda y arrugada del príncipe Roman al cerrarse sobre mis pequeños dedos llenos de tinta, y la manera en que mi tío, mitad en serio y mitad divertido, miró al entrometido de su sobrino.

”Siguieron su camino y se olvidaron del niño. Pero yo no me moví; me quedé observándolos, no tanto desilusionado como desconcertado por aquel príncipe que era tan distinto de un príncipe de cuento. Cruzaron la sala muy lentamente. Antes de llegar a la puerta el príncipe se detuvo, y lo oí decir y aún me parece oírlo: “Me gustaría que escribiera a Viena con respecto a ese puesto. Es un muchacho que realmente se lo merece, y una recomendación de parte de usted sería decisiva”.

”La cara de mi tío expresó genuino asombro al volverse a mirarlo. Decía mucho más claro que cualquier palabra: ¿qué mejor recomendación se necesita que la de un padre? El príncipe era rápido para leer las expresiones. De nuevo habló con el acento desentonado de un hombre que lleva años sin oír su propia voz, alguien para quien el mundo sin ruido es como una morada de sombras silenciosas. Y hasta el día de hoy recuerdo sus palabras: “Verá, se lo pido porque mi hija y mi yerno no me consideran un buen juez de carácter. Creen que me dejo llevar por los sentimientos”.

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