El producto fue agregado correctamente
Blog > Filba > Luis Chitarroni y sus versiones de Babel
Filba

Luis Chitarroni y sus versiones de Babel

Recuperamos el discurso con el que Luis Chitarroni inauguró la edición 2011 del Festival Filba, allá lejos y hace tiempo: un texto maravilloso que vale la pena releer.

Por Luis Chitarroni. Fotos: Santiago Ochoteco.


Estas versiones de Babel comienzan con mis dos primeras babeles: la de la parroquia de mi casa, relato ofrecido como complemento del sermón o como enseñanza de catequesis, y la del cuadro de Brueghel. De la primera se desprendía un sentido armónico de la confusión, un enigma resuelto casi de inmediato sin apelaciones increíbles ni jurídicas, que implicaba a su vez la asignación y el repartimiento de las lenguas, y conservo en mi memoria la palabra bitumen, betún; del otro, el regocijo, la fruición que me provocaba ---sobre todo en los primeros años--- los cuadros que contenían multitudes (un poco una experiencia a lo Cecil B. de Mile), como si la escena pudiera a fin de cuentas deshacerse de mí o disimularme, como si, sustraído como espectador, una panorámica me absolviera de cualquier imputación, incluso la de testigo. El Filba visto de lejos, cuando acepté la invitación, me producía todavía esa sensación grata e inalcanzable de vértigo ajeno. Ahora sólo gratitud y pánico, no sé si en ese orden.

El zigurat de babel y la parábola de la distribución de lenguas encontró antes una perplejidad añadida. Me había hecho fanático de Edgar Allan Poe. La infancia derrocha esas pasiones. Creo que contribuyeron para que ese fanatismo se afianzara una historieta en la que leí su biografía exagerada después de que la psicología –Marie Bonaparte--  se la apropiara, y los films de Roger Corman, cuya infidelidad también exagerada tardamos también en apreciar. La traducción de “El  cuervo” que atesoraba en la memoria decía “Una noche que mediaba, triste y fría, cavilaba, sobre libros de leyendas que existieron tiempo atrás. Meditaba adormecido cuando débil a mi oído… de repente llegó un ruido que venía del portal…”  Poco coincidía con la que Vincent Price o Peter Lorre recitaba en el film. Menos con la de González Martínez, que encontré después: “Una medianoche lóbrega, abismado en la lectura/ de raros libros de rara y trasnochada cultura, por el cansancio los ojos entornábanseme ya,/ cuando oí, de pronto, incierta…” Si bien ambos traductores tenían debilidad por las palabras esdrújulas (el de Corman no puedo recordarlo), ¿cómo era posible que un solo poema fuera distinto en un libro, otro libro y un film? Acuérdense que era prebabélico, ignoraba aun la historia del reparto de idiomas. Mi hermana me explicó que se debía a la traducción. Por el modo en que lo dijo, supuse que la traducción debía de ser una enfermedad muy contagiosa y muy grave.

Desde entonces, di en pensar que, como Borges dice, es el problema esencial –central— que atañe a la literatura. Para borrar apenas el carácter de obsesión que muchas cosas adquieren en mí, voy a combinarla aquí –para solaz o infortunio del público—con otros amagues o ensayos de obsesiones.


2.

Este año, sin que se cumpliera aniversario alguno, creo, ni mereciéramos especial atención, tres escritores fuimos convocados para una nota sobre la revista Babel, en la que habíamos colaborado desde distintas perspectivas casi veinte años atrás. (Como los otros son mejores y más famosos que yo, no voy a nombrarlos). Por lo demás, nunca creí, sobre todo en la época en que hacíamos la revista, que esta especie de rito de solemnidad de la cultura pudiera alterar mi indiferencia o hacerme pensar que tal cosa constituía un homenaje,  pero la evidencia del paso de los años empieza a producirnos suaves estremecimientos y hasta paroxismos que seguramente algo deben al endurecimiento de las arterias.

Babel se había propuesto algo que los tres hemos ya olvidado, probablemente llenar un espacio, o combatir los otros que había alrededor, cualquiera de esos propósitos que la esterilidad del presente preserva para que uno dé por sentado que el logro excede cualquier premeditación o cálculo. En mi caso particular, Babel fue una especie de campo ideal de entrenamiento. Escribir exige que uno tenga una disponibilidad léxica y una decisión narrativa que, salvo en el caso de los grandes maestros (incluso en muchos casos incluso en ellos), tarda en pertenecernos por completo. A menudo, y de manera paradojal, pertenecemos parcialmente a la disponibilidad léxica o a la decisión temática, a alguna de las dos, y el grado de dependencia de una u otra determina las acusaciones y rechazos que mereceremos.

Yo tenía buena disponibilidad léxica pero carecía por completo de decisión temática, y el hecho de tener que ocuparme todos los meses de la biografía de un escritor --escribía una columna llamada Siluetas--  me proporcionó el motivo necesario. La voluntad de estilo, como hubiera dicho Marichalar, preexistía. Así que podía ahora darme el gusto o el lujo de tener cuentos, de tener por lo menos una coartada exacta y suficiente, de modo que podía despachar una silueta o dos por mes. Y así lo hice durante por lo menos dos años.

 

Aunque suene raro, en Babel no nos habíamos propuesto misión estética alguna excepto la que voy a tratar de describir gracias al transcurso y la comparecencia, como testigo, del tiempo. Uno de los títulos favoritos de Borges procede de Dunne y precede o presenta la actividad más frecuente de los artistas, que a menudo lo llevan a cabo: Un experimento con el tiempo. El que hacíamos entonces consistía un poco en disimular o transfigurar con demostraciones la evidencia legal del tiempo reciente, un poco como  lo que hace el pintor de The Trouble with Harry, de Hitchcock  con el esbozo copiado del original cuando  lo acorralan. Creíamos que las distorsiones con que la ficción --el repertorio de imágenes acumuladas—  suplantaran testimonios y relatos sin elaboración secundaria ayudarían a paliar el daño inexorable de los años terribles. Nunca, sin embargo, lo ofrecimos como coartada. Éramos demasiado orgullosos y,  por suerte, nadie nos acusaba de nada.

 

3.

J.M. Coetzee observa y analiza el comportamiento de una lectura a lo largo de los años, y para hacerlo se vale de la prueba por antonomasia: la traducción. Las traducciones de Kafka al inglés que hicieron Edwin y Willa Muir y el modo en que éstas operaron en la literatura –y en el ámbito general de la cultura--  en lengua inglesa. Explica ordenadamente que éstas descendían también de los requisitos exigidos a Max Brod, el albacea y ejecutor de la obra de Kafka, quien –a su vez—, con la avidez editorial del caso, se empeñó en ofrecer una interpretación. A Brod debemos el  primer garabato de Kafka trazado en la oscuridad. Hoy podemos llegar a la conclusión de que fue un éxito inobjetable de lo que pronto se llamaría marketing. Cualquiera hayan sido sus defectos de definición, es el que ha prevalecido hasta nuestros días. Con un poco de avidez de retrospección, escritores como Rex Warner, George Orwell, William Sansom  leyeron esa traducción  y dieron forma (esta expresión no me gusta) al Kafka en que la lengua inglesa transformaba a ese inteligentísimo y apuesto abogado praguense que nunca perdió para su empresa –Asicurazione Generale—un solo caso en una especie de cómico de la legua de cine mudo, atento siempre a la seriedad del mundo como voluntad y representación y a mí –lector—y mi circunstancia. O en un acróbata tembloroso en cámara lenta: un artista del hambre que se desliza por el laberinto de la incertidumbre teológica y, sin varita mágica ni batuta, lo transforma en una orquestada realidad burócratica de grotesca arquitectura realista. Al hablar de otras (traducciones), las que Edward Lane hizo de La mil y una noches, Borges dice que, por imprecisas que fueran, tuvieron la mejor fortuna: fueron leídas por Stevenson, por  Lamb, por Swinburne. Es decir, esos lectores/escritores  crearon, el ámbito de felicidad de la traducción de Lane. La idea no es ajena a otra de Borges, la de que los autores son los que crean a sus precursores, idea que está implícita en Eliot también (“Tradition and Individual Talent”).

(Yo) esta tarde estoy dispuesto a exagerar. Según cuenta su mejor traductor al castellano, ----, la enumeración de dificultades gramaticales, sintácticas y retóricas habilitadas por el hijo de un cocinero kósher,  incluye: anacolutos, asintactismos, elisiones, tropiezos y deslices, falta de puntuación,  un repertorio tan largo como las enfermedades de la vista –miopía, astigmatismo, estrabismo, conjuntivitis, iritis, blefaritis, lesión de córnea,  catarata--  que enumera Joyce para presentarse en Travesties, la obra de Tom Stoppard. Vale decir, se hace caso omiso del material en bruto para presentar un diamante tallado al lector sumiso.  Se redujo el Kafka atormentado, que necesitaba la felicidad de escribirlo todo de un tirón, sin interrupciones ni ruidos molestos, a una especie de maestro siruela que nos instruye acerca de las trivialidades de una confusión cotidiana. La rebelión latente de quienes fuimos engañados la primera vez exige, por lo menos, una nueva traducción. Y la nueva traducción ofrece un aspecto radical, feroz, con el que Kafka luchó más que con cuanta incertidumbre teológica y obstáculo burocrático pudiera presentársele: la contumacia de los falsos propietarios del lenguaje para vaciarlo, la gratuidad y facilidad con que los falsos propietarios del lenguaje se engañan (la misma con la que se quejan luego de haber sido engañados). “Los hombres se esconden del paso del tiempo tras las palabras y las ideas gastadas. Por eso la verborrea es el baluarte más fuerte del mal. Es el conservante más duradero de las estupideces.”

Kafka --como Joyce, como Borges, como Proust, como todos los grandes maestros de la lengua-- supo adquirir una cautela de aprehensión que permitía el ajuste inmediato de sentido; un recelo, una desconfianza por el sentido de la propiedad de las palabras trasfundido a la puntuación. El periodo ininterrumpido de Kafka, con su connotación de atestado judicial, con su codicia por la acumulación revela un aspecto que los traductores conocen o deberían conocer mejor que nadie. En el mapa mudo de la lengua a la que se vierte,  la puntuación es a menudo el recurso de aproximación más adecuado. Kafka se convierte, gracias a éste y otros artilugios, en un poeta que oculta en una actividad en apariencia artificial el trajín de su combate, no la descripción. Esa vertiginosa captura que Kafka hacía de las palabras (alguien escribió: como si al día siguiente tuviera que devolverlas) exigió siempre una circulación y un lectura en estado de renovación, de recambio. Por suerte, nosotros tenemos versiones de Kafka, de “La metamorfosis” de dos grandes escritores argentinos –Aira y Borges--. Con la sospecha enriquecedora, además, de que la de Borges sea una mera atribución.

En equilibrio, entre voluptuoso y mortal, hay una regla de Joseph de Maistre que repite Valéry Larbaud en Sous l’ ínvocation de saint Jerôme . Vale la pena recordarla:  se puede, por razones puramente estéticas, traducir un nombre. Es lo que hace Samuel Beckett cuando, al cambiar de lengua y de contexto, cuando se traduce a sí mismo al inglés y pone al Doctor Johnson en el lugar de Voltaire. Como se puede ver, la decisión no habla con ligereza sino de la significación  e intangibilidad de los sujetos verbales una vez que, aparte de morir en el espacio, murieron en el tiempo. No hay calco de época posible; incluso el anacronismo debe retroceder. Como cuando, por exceso de complejidad, la realidad lo desaloja e impide semejanza o alegoría (alguien que no supiera, por ejemplo, que un automóvil Jaguar celebra la belleza dinámica de un felino sudamericano). Podemos transportar, por razones estéticas, un sujeto, disfrazarlo, canjearlo. Si nos detuviéramos a computar las diferencias entre Voltaire y el Doctor Johnson, esta tarde no terminaríamos nunca de  anotarlas. Pero hay algo así como una impenetrabilidad experimental que permite con creces el canje de rehenes. Es la que practicó Beckett balanceándose entre dos lenguas, habilitando un trasfondo perpetuo de austera ambigüedad. Y con absoluta confianza aceptamos el rigor estético de la equivalencia si (su) autoridad lo establece o lo restituye. (Una vez, extrañado de que un filósofo -Hume- hubiera escrito una historia de Inglaterra, aceptó como válida la respuesta de su maestro, Joyce, quien le dijo: “sí, una historia, pero una historia de la representación”).

Hay también cierta incompatibilidad entre el arte de la biografía y el arte de la traducción. Los biógrafos no suelen ocuparse de los traductores (y, curiosamente, la biografía no es un género favorito de la literatura en castellano). Para “Los traductores de las mil y una noches”, su ensayo de Historia de la eternidad, Borges tiene la dicha de encontrar un biógrafo que es un aventurero, como el capitán Richard Burton, y a partir de él alinear las teorías en una especie de relato incomparable. Edwin Muir, traductor de Kafka, ha escrito su biografía, geográfica y políticamente precisa, definida, pero de una modestia tan arraigada que es difícil de compartir. Nació en las islas Orkney -como Erik Linklater-  y compartió los ideales socialistas de muchos de sus contemporáneos (no de sus coterráneos). La tensa invisibilidad de la biografía es la que aprovecho un gran escritor y traductor argentino –Rodolfo Walsh—para barrer bajo la alfombra, para acumular en esa fuerza superior –como estudió Grafton—que es la nota al pie el quantum desconcertante de vigilia, vale decir el trabajo que el insomnio hace desvanecer. Su cuento con ese título es una oscura noche de justicia que ampara a los que trajinan sin prestigio la cultura: traductores, correctores,  fantasmas acorralados en los bordes de la edición. A su vez, Walsh es el propulsor de un método distinto,  opuesto  a la mayoría de los que se ejercitaron sin su auxilio. La narrativa argentina abusa de una ortodoxia imperativa, dictatorial. Desde hace años, cree  que hay una sola manera de hacer las cosas. Cuando alguien pretende que sean distintas, encuentra métodos eufemísticos para abolirlo. Con Walsh ha bastado muchas veces evocarlo como héroe político o como cultor de los géneros menores para neutralizarlo como escritor. Hay un pulso narrativo, que Walsh conocía mejor que nadie, en el que la economía de pensamiento encuentra el ritmo adecuado.  No es el único ni se adapta a todos los géneros. En Argentina, como en otros países,  el ejemplo sentencioso de Raymond Chandler prevaleció sobre muchos otros. Como contrapartida,  es demasiado sentencioso: no se adecua muy bien a la suficiencia polisílaba del castellano. Sin embargo, a menudo fue piedra basal  y, a menudo,  monocultivo. A mí me encanta Raymond Chandler,  pero no creo que pueda seguir siendo aprovechado. Hay tantas maneras de narrar. Hay tantos estilos, libros, escrituras, escritores. A otros, cuando se nos quiere invalidar o pasar por alto, se nos acusa de ser lectores. Lectores omnívoros. Resulta muy eficaz.


4.

Antes de los 20, inmediatamente después del colegio secundario, fui conscripto, estuve, como se exigía en el país extranjero del pasado,  bajo bandera.  Clase 58, 49 kilos –me dio el pinet-, primera camada de 18 años en la leva. La mala suerte: bajo bandera con la mala vista y la torpeza inherente que la mala suerte y la mala vista  ya había distribuido en mí, susceptible de morir, ---como decía un primo de papá, jurisconsulto---  de accidente. La mala suerte: bajo bandera con el país en estado de sitio y yo en estado de paranoia redundante. Burroughs averiguó que paranoico es el que averiguó lo que ocurre;  yo --y no sólo yo-- en el ejército argentino: que lo que ocurría e no debería de haber ocurrido nunca, pero que estaba ocurriendo contra mi vida, y que me obligaba a sobrevivir en un estado casi de catalepsia o de autismo. Ninguno de mis compañeros murió en combate. Uno, medio oficial albañil, cayó de un andamio; otro, nunca volvió de una requisa; otro fue arrestado por –el término resume la barbarie general implantada, no la particular-- entreguista. Desde entonces, la deuda entre la averiguación y el deber se ha incrementado,  incentivado, día tras día. En vísperas de 1977, guardé todos los papeles que mi inocencia consideraba comprometedores, culpables, en una guarida insospechada: una edición de Sur de La trama celeste, de Bioy, donde hasta el día de hoy han permanecido.

No eran muchos (no hubieran entrado): un bono de contribución  a la lucha armada, la fotocopia de la carta de despedida a quien yo creía mi novia sin su consentimiento, una servilletita en la que Bioy escribió con su Pelikan una firma apurada en la Feria del Libro, una hoja arrancada de con el poema de Javier Héraud, un resto de papel de fumar al que se había adherido una estúpida hebra, la carta de despedida de quien se consideraba mi novia sin que yo lo hubiera advertido y, muy, muy  plegado, el último volante de los últimos que no me había animado ya a repartir. Souvenirs de los ´70. Descartados el heroísmo y la defección, para los que estoy igualmente incapacitado, pasé los últimos años de esa década leyendo los libros y oyendo música más triste –en contrapartida a la que había oído Perón--, queriendo irme sin dejar atrás la puerta de casa. Al recordar la lectura y la música,  recuerdo libros y discos que me hacen llorar: El obsceno pájaro de la noche, Vista del amanecer en el Trópico, El beso de la mujer araña, Celestino antes del alba, El juego de las decapitaciones, The Go-Between, Desatormentándonos, Islands, Black Sea, Wind & Wuthering…

Toda confesión contiene su plusvalía suplicante, demagógica, insuficiente. Hace poco, cuando descubrí la supervivencia de ese tiempo preservado dentro de La trama celeste, de ese anacronismo, de ese tiempo entero, ajeno, ardido, enrarecido, encontré  un billet-doux revelador de que alguien había abierto el libro antes de que yo lo hiciera (aunque tal vez fuera yo mismo quien lo dejó allí). En el estilo perfecto que supo dominar  sin transmitir, Charlie Feiling me había dejado dicho: “Son alrededor de las doce menos cuarto (de la noche). Te  estuve esperando un rato. Ahora me voy al “Queen Bess”, a ver si el infierno sigue incólume (Better this present than a Past like that… De quién es?  ¿De Browning?).”

La apelación a la memoria es una cortesía de Charlie, quien inventaba para su felicidad una comunidad de lectores afines y un saber semejante capaces de corroborarlo o de burlarse de él. El verso que cita de Browning es, curiosamente, de Browning,  aunque para mí pertenezca a lo mejor de género apócrifo. Alguna vez quisimos hacer una antología de versos abolidos o gratamente distorsionados  por la mala memoria…  Babélico trashumante, Charlie se lució en la revista como crítico insobornable de poesía y como lector distanciado,  ido  (aunque el grano de su voz escrita tradujera la nostalgia y la reminiscencia) en una columna que supo llamarse “El cónsul honorario”. Accedió también, tal vez porque era el mejor traductor que conocí, a la delgada invisibilidad de los cultores de este oficio: dijo los hilos de sombra de la vida con los que alguien podría tensar la trama diurna y nocturna de una biografía. (Tal vez  diciendo que era el mejor traductor pueda librarme mi vanidad y mi envidia se eximan de decir que era también el mejor poeta y el mejor novelista. Por un horrible ajuste de cuentas  del mal mayor con la edad, dejó una obra perfecta: tres novelas y un libro de poemas. Resumió como nadie la mala sangre de los años de la dictadura sin condescender jamás al sentimentalismo, contando entre líneas su vida y autobiografiando la de su amigo en el maldito lugar donde transcurrió su adolescencia: el Colegio Militar,  territorio del cáncer (“País de mala muerte”, en Amor a Roma). Y supo (porque su dicha tenía la bendición de un contagio) encontrar un poema menor de un poeta menor (como le gustaba, un gusto despiadado por el rechazo de lo reverencial) y traducirlo y convertirlo en el más nostálgico y feliz de la lengua castellana. Se trata de “TheSunset Years of Samuel Shy” (Últimos años de Samuel Timorato),  de Ogden Nash , con el que me gustaría despedirme:

Aunque el control nunca pierda,
de mi suerte no hago alarde.
Ahora llegan los versos, demasiados demasiado tarde.
Vosotras decidme, Parcas,
y ya no molesto más,
¿dónde estaban estos besos tres décadas atrás?
Chicas había a montones,
refresco o cervezas, chicas,
alegremente casadas o estudiosas y tozudas,
las novias de mis amigos
o esposas de mis amigos,
algunas bien asentadas y algunas de escaso tino,
chicas tristes y serenas,
agitadas, turbulentas,
en debut cosmopolita o matronas suculentas,
todas ellas tan amabbles,
todas ellas tan cordiales,
inocentes excitando mis instintos primordialess.
Pero aunque no todavía en exceso
había perdido, ninguna,
ni siqquiera Jenny,
me dio un beso.
Esas mismísimas chicas
conmigo se han vuelto viejas,
la cabeza sobre mi hombro apoyan para sus quejas,
y ahora llegan los besos,
un diluvio que se expande,
vanos besos insensatos, demasiados demasiado tarde.
Me besan al saludarme,
me besan al despedirse,
si yo les ofrezco fuego, tienen un beso que darme.
Me besan en casamientos,
me besan en funerales,
no tardan para besarme ni segundos decimales.
Me besan cuando hay un cocktail
o cuando al bridge me desquito,
y es toso tan automático como matar un mosquito.
El sonido de sus besos
retumba ya en mis oídos
como manga de langosta que destruye los cultivos.

Tengo dispepsia, artritis,
una úlcera en camino,
y me cansa ser besado por hábito compulsivo.
Si mis queridas me internan
hoy con demencia senil,
será de besos vacíos, sin consecuencia ni fin,
Vosotras decidme, Parcas,
y ya no molesto más,
¿dónde estaban esos besos tres décadas atrás?

Artículos relacionados

Viernes 08 de abril de 2016
Homenaje a Di Benedetto en el Filba Nacional
La nueva edición del festival de literatura Filba Nacional comenzó ayer en San Rafael, Mendoza, con una lectura homenaje al autor de Zama en el que participaron ocho escritores invitados. Las actividades siguen hasta el domingo.
Festival nacional de literatura
Lunes 11 de abril de 2016
Sol de Búkaro
Invitada al festival de literatura Filba Nacional que se realizó en San Rafael, Mendoza, la autora de Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama) participó en un panel junto a Iván Moiseeff y Tálata Rodríguez en el que leyó el siguiente texto que tenía como eje los abismos y situaciones límites que marcaron su vida.
Un texto inédito de Mariana Enriquez
Jueves 14 de abril de 2016
Cóndores inconmovibles planeando bajo

En cada festival de literatura Filba, tanto en la versión nacional como en la internacional, un grupo de escritores es invitado a escribir un texto a partir de una experiencia que se vive en los días del festival. Esos textos se llaman “Bitácoras”. Presentamos aquí el que escribió Mercedes Araujo durante la última versión del Filba Nacional, que acaba de suceder en San Rafael (Mendoza).

Una bitácora del Filba Nacional

Viernes 23 de octubre de 2020
Mircea Cărtărescu: "La belleza está en todas partes"

Recuperamos algunas de las frases claves del encuentro entre el autor rumano y la periodista argentina Lala Toutonián, encuentro en el que se declaró admirador de Ernesto Sábato y Julio Cortázar.

Los destacados de la entrevista en #Filba2020

×
Aceptar
×
Seguir comprando
Finalizar compra
0 item(s) agregado tu carrito
MUTMA
Continuar
CHECKOUT
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar