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El único problema filosófico

Entrevista a Alicia Plante

La autora de Una mancha más acaba de publicar La sombra del otro (Adriana Hidalgo), una novela negra en la que se intenta encontrar al culpable de un suicidio.

Por Patricio Zunini.

Luego de la “Trilogía del agua” compuesta por Una mancha más, Fuera de temporada y Verde oscuro, Alicia Plante publica La sombra del otro (Adriana Hidalgo). Una novela negra heterodoxa que tiene en el centro el vínculo entre dos mujeres: Ana, joven y hermosa, que intenta matarse cortándose las venas, y Laura, su vecina, psicóloga, que muy fortuitamente, cuando va a pasear a sus perros, descubre la situación y trata de salvarla. Laura encuentra los diarios personales de Ana y, con ellos, trata de entender qué fue lo que la llevó hasta el límite. Sobre todo: si el suicidio no fue un hecho inducido. Plante trabaja los miedos íntimos y sociales que rodean al —como decía Camus en El mito de Sísifo— único problema filosófico verdaderamente serio.

La famosa frase de Walsh decía que si no hay justicia, que por lo menos haya verdad. ¿Cómo rige esa idea la vida de tus personajes?

—La verdad es un vehículo para la justicia. En la literatura, la verdad es para agarrarla con pinzas, porque por algo es ficción. Pero yo juego con algo hace la mayoría de las personas que escriben novelas, que es escribir sobre situaciones que no son reales pero que podrían serlo, con la intención de que haya justicia. La denuncia, aunque sea desde la ficción, también puede funcionar como un camino hacia la justicia. Por eso escribo novela negra: la novela negra denuncia, se mete con situaciones que no deberían existir, con lo injusto, con los atropellos, con el abuso, con la explotación, con la mentira, con lo que nos avergüenza.

Escribís desde certezas. Me refiero a que escribís desde un lugar político claro.

—Sí, escribo desde la izquierda. Dicho así es una síntesis, como todas las etiquetas, peligrosa, porque la izquierda abarca muchas cosas —algunas absurdas y lamentables, otras tristes, otras llenas de esperanza. Pero el sueño siempre está presente. La izquierda no es lo que predomina en el mundo y los que nos metemos en esta barricada, por llamarla de cierta manera, soñamos con que lo que uno aspira sea real.

¿Por eso no hay ironía en el progresismo de tus personajes?

—Mis personajes pertenecen al grupo de los convencidos. Además, yo no soy una persona irónica. Soy frontal, a veces agresiva, a veces inocente, pero no me deslizo a la ironía demasiado fácil. No es un lugar en el que me sienta cómoda. La ironía es un mecanismo de defensa, pero no la elijo.

¿Por qué las mujeres son tan importantes en tus novelas?

—Porque le doy importancia en la realidad. La ficción es una consecuencia, es un espejo deformante pero espejo al fin. Yo soy mujer y creo en la potencia de la mujer, en lo que está más allá de lo trivial o lo frívolo o lo histérico —histérico desde el psicoanálisis. Las mujeres tenemos una capacidad que no es tan común en los hombres, que es la intuición. Esa capacidad es muy intensa, como si hubiera un motor interno que permite esa especie de sentido. No me gusta hablar de sexto sentido porque a lo mejor hay más de cinco, pero es como un sentido extra, y eso hace que la mujer se relacione de una manera que a veces desconcierta a los hombres. Tal vez estoy pintando una mujer muy ideal, pero es una abstracción y entonces todo está permitido. Lo relaciono incluso con lo anatómico, con la cosa del interior del cuerpo de la mujer, con la cosa de fabricar gente.

Me gusta eso de “fabricar gente”.

—¡Y lo hacemos! Fijate que la contribución masculina es mínima, realmente. Un espermatozoide es algo muy chiquitito, es muy poquitito. Mirá todo lo que hacemos con un espermatozoide.

Yo no diría que es una contribución tan mínima.

—No le quito importancia, pero digo que, de combinarlo con un óvulo a fabricar un ser humano... es una elaboración complicada. Tal vez cabría deducir, de las cosas que digo, que soy una feminista: no soy una feminista.

¿Por qué volvés a la dictadura en esta novela?

—Los militares tienen una presencia fuerte en nuestra historia reciente, me surgen por eso. Además, el hecho de que el padre de Laura se exilia por la amenaza de que lo vayan a chupar tiene que ver con gente que conozco y gente que no conozco que se fueron por miedo. Ese es un aspecto de la dictadura que no se ha explorado en la literatura mayormente.

En La sombra del otro se intenta comprender el suicidio. A lo largo de 250 páginas, un poco más, el interrogante gira alrededor de eso. Pero es imposible entender por qué una persona se suicida: ¿qué lleva a Laura a quedar tan prendida de esa idea?

—Tal vez porque Ana era linda. A lo mejor a la pregunta más profunda o más inteligente le corresponde una pregunta infantil y tonta. No lo sé. Tal vez porque a mí me afectaría así.

¿Algún paciente tuyo se suicidó?

—No, pero una vecina sí. La vi cuando la sacaban del ascensor con el pelo cayendo. Y la oía de noche: mi dormitorio daba al contrafrente como el de ella y yo muchas veces la escuchaba gemir de noche. En realidad, la muerte me pega fuerte siempre. Me cuesta tanto entender que alguien se murió como que alguien nació. Laura se pone a pensar en eso y llega a lo mismo que yo: te acerca a preguntarte si Dios existe, una pregunta sin respuesta. De todas maneras, la novela no es autobiográfica, nunca busqué hacerlo. Es más, me parece peligrosísimo.

¿Por qué?

—Porque te podés quedar trabado muy mal porque te tocan núcleos que están mal resueltos y ya no podés seguir adelante. Es lo mismo que pasa si estudiás psicología y no te analizás: de pronto tenés un paciente al que le pasa algo que también te pasa a vos y como os no lo resolviste, chau, perdiste eficacia totalmente. No podés manejarlo.

***

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