En el bar
Gentileza Riverside Agency
Por Ricardo Piglia
Jueves 22 de setiembre de 2016
"Siempre me ha intrigado el modo irreal pero matemático en que ordenamos los días". Las primeras páginas del segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi, Los años felices (Anagrama). "La felicidad puede adquirir a veces una tonalidad criminal y despreciable", leemos.
Por Ricardo Piglia.
Una vida no se divide en capítulos, le dijo aquella tarde Emilio Renzi al barman de El Cervatillo, acodado en la barra, de pie frente al espejo y a las botellas de whisky, de vodka, de tequila que se alineaban en las estanterías del bar. Siempre me ha intrigado el modo irreal pero matemático en que ordenamos los días, le dijo. Ya el almanaque es una prisión insensata sobre la experiencia porque impone un orden cronológico a una duración que fluye sin ningún criterio. El calendario encarcela los días y es probable que esa manía clasificatoria haya influido en la moral de los hombres, le dijo sonriendo Renzi al barman. Lo digo por mí, dijo, que escribo un diario, y los diarios sólo obedecen a la progresión de los días, los meses y los años. No hay otra cosa que pueda definir un diario, no es el material autobiográfico, no es la confesión íntima, ni siquiera es el registro de la vida de una persona, lo define, sencillamente, dijo Renzi, que lo escrito se ordene por los días de la semana y los meses del año. Eso es todo, dijo satisfecho. Uno puede escribir cualquier cosa, por ejemplo una progresión matemática o una lista de la lavandería o el relato minucioso de una conversación en un bar con el uruguayo que atiende la barra o, como es mi caso, una mezcla inesperada de detalles o encuentros con amigos o testimonios de acontecimientos vividos, todo eso se puede escribir, pero será un diario sólo y exclusivamente si uno anota el día, el mes, el año, o alguna de esas tres maneras de orientarse en el torrente del tiempo. Si escribo, por ejemplo, Miércoles 27 de enero de 2015 y debajo de ese letrero escribo un sueño, o un recuerdo, o imagino algo que no ha sucedido, pero antes de empezar la entrada que voy a escribir anoto, por ejemplo, Miércoles 27 o, más breve, consigno Miércoles, ya es un diario, no es una novela, no es un ensayo, pero puede incluir novelas y ensayos siempre que uno tenga la precaución de escribir antes la fecha, para orientarse y crear una serialidad fechada, pero luego, ojo, dijo –y se tocó con el dedo índice de la mano izquierda el párpado inferior del ojo derecho–, si uno publica esas notas según el calendario, con su nombre, es decir, si asegura que el sujeto que está hablando, el sujeto del cual se está hablando y el que firma son el mismo, o, mejor dicho, tienen el mismo nombre, entonces es un diario personal. El nombre propio asegura la continuidad y la propiedad de lo escrito. Aunque, como se sabe, desde que a fines del siglo XIX Sigmund Freud publicó La interpretación de los sueños (gran texto autobiográfico, dicho sea de paso), uno nunca es uno, nunca es el mismo, y como no creo a esta altura que exista una unidad concéntrica llamada «el yo», o que se puedan sintetizar en una forma pronominal llamada Yo los múltiples modos de ser de un sujeto, no comparto la superstición actual sobre la proliferación de escrituras personales. Por eso, hablar de escrituras del Yo es una ingenuidad, porque no existe el yo al que esa escritura –o cualquier otra– pueda referir, se reía. El Yo es una figura hueca, hay que buscar en otro lado el sentido; por ejemplo, en un diario el sentido es la ordenación según los días de la semana y el calendario. Por eso, si bien voy a mantener en mi diario el orden temporal matemático, también me preocupa y estoy pensando en otro tipo de cronología y en otro tipo de escala y periodización, eso sí, siempre que el diario se publique con el nombre verdadero de su autor y en las entradas del diario el que las escribe sea la misma persona que las vive y tenga el mismo nombre, concluyó Renzi. Al releer estos cuadernos me divierto y la musa mexicana se ríe a carcajadas con las divertidas aventuras de un aspirante a santo, me dice ella. De acuerdo, exacto, le digo yo, un libro cómico, sí, claro, siempre quise escribir una comedia, y al final fueron estos años de mi vida los que consiguieron el toque de humor que andaba buscando, dijo Renzi. Por eso, tal vez, los voy a llamar mis años felices, porque al leerlos y al transcribirlos me divertí viendo lo ridículo que es uno; hice sin querer de mi experiencia una sátira de la vida en general y también en particular. Basta verse de lejos para que la ironía y el humor conviertan los empecinamientos y las salidas de tono en un chiste. La vida contada por el mismo que la vive ya es un chiste, o mejor, le dijo Renzi al barman, una broma mefistofélica.
Tengo, a causa de mi deformación como historiador, una sensibilidad especial para las fechas y la progresión ordenada del tiempo. La gran incógnita, la pregunta que me acompaña estas semanas dedicadas a transcribir mis cuadernos, a dictar mis diarios y pasarlos, como se dice, en limpio, fue ver en qué momento la vida personal se cruzó o fue interceptada por la política, por ejemplo, en estos siete años a los que estoy dedicado ahora, sin cesar, exclusivamente interesado en saber cómo había vivido yo, entre 1968 y 1975, mi pobre vida de joven aspirante a, digamos así, escritor, a ser un escritor, porque no lo era en sentido pleno –porque uno es algo, llega a ser algo más o menos definido después de muerto–, yo había publicado ya un libro de cuentos, La invasión, bastante decente, le digo ahora, sobre todo comparado con los libros de cuentos que se publicaron en aquel tiempo, de modo que era sólo un joven aspirante a escritor y ahora, al leer los diarios de esos siete años, la pregunta que me ha surgido, casi como una idea fija que no me deja pensar en otra cosa, es qué es personal y qué es histórico en la vida de un individuo cualquiera, le decía Renzi aquella tarde al barman uruguayo de El Cervatillo, mientras tomaba una copa de vino en la barra del bar.
Un hecho clave fue el rastrillo del ejército la tarde de 1972, en la que, buscando una pareja joven, no identificada, allanaron el edificio de departamentos de la calle Sarmiento, donde yo vivía con Julia, mi mujer de aquel entonces. Nosotros éramos una pareja joven, por lo tanto, el ejército o esa patrulla, que estaba «peinando» –como también se decía en la jerga– la zona, seguramente buscaba verificar un dato, una información obtenida con los métodos de interrogación típicos de las fuerzas de seguridad, que son la fuerza que se dedica a intimidar y matar a los ciudadanos indefensos. Vaya uno a saber quiénes eran los integrantes de esa pareja joven, qué hacían, a qué se dedicaban, eran, seguro, estudiantes de izquierda, chicos de clase media, ya que vivían y eran buscados en un edificio de Sarmiento y Montevideo, en pleno centro de la ciudad. Nosotros no éramos, pero vivíamos ahí.
Me enteré porque al llegar a la zona vi los camiones del ejército y vi a dos soldados que salían del edificio, así que volví sobre mis pasos, como se dice, y llamé a Julia a la oficina de la revista Los Libros, donde ella trabajaba por las tardes, y la previne y decidimos esa noche irnos a dormir a un hotel. Al City Hotel. Teníamos, le dijo Renzi al barman, cierto adiestramiento en cambiar de domicilio cuando la tormenta se avecinaba, sabíamos que una táctica de las fuerzas represivas del ejército de ocupación, diría ahora, era actuar rápido, por sorpresa, y luego retirarse a cercar otro barrio. Aunque lo que pasaba en aquel tiempo no se puede comparar con los métodos brutales, criminales y demoníacos que el Ejército Argentino, o mejor, las Fuerzas Armadas, usaron pocos años después, bajo el comando operacional de la Junta Militar, como dirían a partir de marzo de 1976. Esa época era mucho más liviana, pero igual Julia y yo nos borramos, por decir, un par de días. El ejército patrullaba un poco al azar –o con datos poco precisos– una zona de la ciudad, la rodeaban y revisaban casa por casa, a ver si pescaban algún pescadito peligroso. De modo que pasamos dos días en ese hotel cerca de Plaza de Mayo y después, cuando nos pareció que la tormenta había pasado, volvimos a casa. Renzi se dio vuelta hacia la puerta de entrada y, abstraído, comentó con voz cansada «este calor nos va a matar» y luego, como si despertara, retomó la charla sin cambiar de posición, es decir, de perfil al barman, mirando hacia la calle Riobamba.
Entonces, al llegar, el portero me dice que habían vuelto, gente del ejército, a preguntar por la pareja de jóvenes que vivía en el cuarto o en el quinto piso del edificio, y como nosotros vivíamos en el cuarto, juntamos algunas cosas –mis cuadernos, mis papeles, la máquina de escribir– y nos fuimos para no volver. Ahí veo yo una intersección entre la historia y la vida personal, porque esa retirada produjo efectos múltiples en mí tan decisivos como la mudanza a Mar del Plata cuando mi padre estaba afectado por la política y tuvimos que abandonar, sin quererlo, Adrogué, el pueblo donde yo había nacido.
Los porteros de los edificios de Buenos Aires se dividían en dos categorías, un 30 o un 35 por ciento eran policías retirados, y otro 30 o 35 por ciento eran activistas encubiertos del Partido Comunista. Los comunistas habían hecho un gran trabajo plantando viejos militantes en los edificios de la ciudad como encargados de mantenimiento. Los comunistas argentinos habían usado esa técnica previendo una insurrección en Buenos Aires parecida a la que había llevado al poder a los bolcheviques; manejar los edificios de la ciudad era una excelente táctica revolucionaria, pero como los comunistas no tenían ninguna intención de hacer lío, los porteros se habían convertido en informantes del partido y también fueron usados para proteger a los simpatizantes de izquierda perseguidos por la policía. Y a mí me tocó uno de ésos, un correntino simpático que cuando me vio aparecer me avisó lo que estaba pasando y me ayudó a levantar vuelo.
Nunca sabré si era a mí a quien el ejército estaba buscando, pero tuve que actuar en consecuencia, como si efectivamente yo, un pacífico y conflictuado aspirante a escritor, fuera un revolucionario peligroso. Ese malentendido, ese cruce, me cambió la vida, le decía esa tarde, Renzi, al parecer, al barman de El Cervatillo. Todo cambió, el caos volvió a mi vida. Por eso, para poner un poco de orden en las pasiones y pulsiones de la existencia, y convertir el desorden en una línea clara, debo periodizar mi vida, y por eso encuentro en esa pareja joven que el ejército estaba tratando de capturar, en el azar, un sentido.
La experiencia personal, escrita en un diario, está intervenida, a veces, por la historia o la política o la economía, es decir, que lo privado cambia y se ordena muchas veces por factores externos. De manera que una serie se podría organizar a partir del cruce de la vida propia y las fuerzas ajenas, digamos externas, que bajo los modos de la política suelen intervenir periódicamente en la vida privada de las personas en la Argentina. Basta un cambio de ministro, una caída en el precio de la soja, una información falsa manejada como verdadera por los servicios de información o de inteligencia del Estado, y cientos y cientos de pacíficos y distraídos individuos se ven obligados a cambiar drásticamente su vida y dejar de ser, por ejemplo, elegantes ingenieros electromecánicos, en una fábrica obligada a cerrar por una decisión tomada una mañana de mal humor por el ministro de Economía, para convertirse en taxistas rencorosos y resentidos que sólo hablan con sus pobres pasajeros de ese acontecimiento macroeconómico que les cambió la vida de un modo que podríamos asociar con la forma en la que los héroes de la tragedia griega eran manejados por el destino. Otro ejemplo podría ser el mío, le dijo Renzi al barman de El Cervatillo, es decir, un joven escritor que debe dejar inmediatamente su casa y fugarse por la decisión incomprensible de un coronel del ejército que mira un mapa de la ciudad de Buenos Aires y a partir de un dato borroso de los servicios de inteligencia del ejército, dice, luego de una leve vacilación, marca con un puntero un barrio de la ciudad, o mejor, una esquina que debe ser registrada para encontrar a la pareja sospechosa. Un factum abstracto, impersonal, actúa como la mano de la fatalidad y toma entre los dedos índice y pulgar a una pareja de jóvenes, los levanta por el aire y los arroja literalmente a la calle.
Así que para escapar de la trampa cronológica del tiempo astronómico y mantenerme en mi tiempo personal, analizo mis diarios siguiendo series discontinuas y sobre esa base organizo, por decirlo así, los capítulos de mi vida. Una serie, entonces, es la de los acontecimientos políticos que actúan directamente sobre la esfera íntima de mi existir. Podemos llamar, a esa serie o cadena o encadenamiento de los hechos, la serie A. Esa tarde, cuando salimos, clandestinos, tratando de no ser vistos, como dos ladrones que roban en su propia casa, cargados de valijas y bolsos que subimos a un taxi, mientras una mudadora conducida por el portero correntino trasladaba algunos muebles, muchos libros, lámparas, cuadros, una heladera, una cama y un sillón de cuero a un depósito, en la calle Alsina, empezaba para mí una vida nueva, muy caótica, sin domicilio fijo, muy promiscua, porque el primer efecto de esa intervención del destino político y del rastrillaje militar fue mi separación de Julia, una mujer con la que yo había vivido, a esa altura, cinco años. Ahí tenemos una nueva cronología, una escansión temporal, un acontecimiento que cambió mi vida, me había separado de una mujer no por motivos sentimentales, sino por el efecto catastrófico producido por la intervención militar en mi pequeño círculo personal. La pata de un elefante había aplastado las flores, los pensamientos que yo cultivaba en mi jardín, hablando en sentido figurado, le dijo Renzi al barman.
Muchas veces había pensado sus cuadernos como una intrincada red de pequeñas decisiones que formaban secuencias diversas, series temáticas que podían leerse como un mapa que iba más allá de la estructura temporal y fechada que ordenaba a primera vista su vida. Por debajo había una serie de repeticiones circulares, de hechos iguales que podían ser seguidos y clasificados más allá de la densa progresión cronológica de sus diarios. Por ejemplo, la serie de los amigos, los encuentros con sus amigos en un bar, de qué hablaban, sobre qué construían sus esperanzas, cómo cambiaban los temas y las preocupaciones a lo largo de todos esos años. Digamos la serie B, una secuencia que no responde a la causalidad cronológica y lineal. O su relación con las chicas, ¿formaba parte de la serie B, dado que muchas de ellas habían sido sus amigas, un par de ellas, las mejores amigas, las más íntimas, o ésa debía ser una serie autónoma, digamos la serie C? Pero los amores, las aventuras, los encuentros con las muchachas queridas, ¿eran la serie B o la serie C? Como fuera, esa organización serial definiría una temporalidad personal y haría posible una escansión o una serie de escansiones y de periodizaciones mucho más íntimas y verdaderas que el mero orden de un calendario. Porque no recordaba su vida según el esquema de los días y los meses y los años, recordaba bloques de la memoria, un paisaje de mesetas y valles que recorría mentalmente cada vez que pensaba en el pasado.
Había pasado varias semanas trabajando sobre sus cuadernos, sin salir a la calle, perdido en el río de los recuerdos escritos, con la intención de ordenar temáticamente los capítulos de su vida –los amigos, los amores, los libros, los encuentros clandestinos, las fiestas–. Pasó meses copiando y pegando fragmentos de su diario en documentos distintos, cada uno de los cuales recorría y reconstruía obsesivamente y registraba un mismo hecho, por ejemplo, las cenas familiares a lo largo de los años, siguiendo el modo en que se repetían y cambiaban sin dejar de ser lo que eran, podía tratarse también de los encuentros con una sola persona, ¿cuántas veces aparecía David Viñas en su diario?, ¿de qué hablaban, qué se decían, por qué se peleaban? Dijo D.,V., pero podría decir Gandini o Jacoby o Junior. ¿Qué hacía con ellos, qué había anotado después de nuestros encuentros? Trabajé en esa línea durante meses, decidido a publicar mis diarios ordenados en series temáticas, pero –siempre hay un pero al pensar– se perdería la sensación de caos y confusión que un diario registra, como ningún otro medio escrito, porque al estar ordenado sólo cronológicamente, por la fecha, se ve que una vida, cualquier vida, es una desordenada secuencia de pequeños acontecimientos que, mientras se viven, parecen estar en primer plano, pero luego, al leerlos años después, adquieren su verdadera dimensión de acciones mínimas, casi invisibles, cuyo sentido justamente depende de la variedad y el desorden de la experiencia. Por eso ahora he decidido publicar mis cuadernos tal cual están, haciendo de vez en cuando pequeños resúmenes narrativos que funcionan, si no me engaño, como un marco o encuadre de la sucesión múltiple de los días de mi vida.
No se trataba para mí, desde luego, de usar la estúpida secuencia decimal que está de moda ahora en todo el mundo, en los periódicos amarillos sensacionalistas y en las investigaciones, tesis, congresos y mesas redondas del mundo académico; ahora han descubierto que cada década supone un cambio esencial en los modos de ser de las cosas (en primer lugar), de las personas, de la cultura, del arte, de la política y de la vida en general. Se habla de la década del sesenta o del ochenta como si fueran mundos separados entre sí por cientos de años luz. Los idiotas, como ya nada se mueve en el mundo y nada cambia en realidad, inventaron que cada década la gente se convierte en otra, cambia la música que escucha, la ropa que usa, la sexualidad, el peronismo, la educación, etc. La cultura de los ochenta, la política de los noventa, la estupidez de los setenta, y así se ordena y se periodiza en estos tiempos ridículos: todos creen que es verdad esa expresión y se lamentan por ser de los ochenta y ser vistos ahora, digamos, por ejemplo, en los noventa, como individuos románticos y medio yuppies, cuando en los noventa las personas son cínicas, conservadoras y escépticas. Antes por lo menos, cuando yo era joven, se periodizaba por siglos, el XVIII era el siglo de las luces, el siglo XIX era el del progreso, el positivismo, el culto a la máquina. Ahora los cambios en la civilización y en el espíritu absoluto se dan cada diez años, nos han hecho una rebaja en el supermercado de la historia. Nunca vi nada más ridículo; por ejemplo, se acusa a alguna persona de ser de los setenta, es decir, de creer en el socialismo, en la revolución. Algunos periodistas-estrella, que son el punto más bajo al que han llegado la inteligencia humana y la cultura actual en decadencia y sin remedio, han inventado los términos «ochentoso» o, peor aún y más feo, «sesentoso», o también «setentoso», como si fueran categorías de pensamiento, como quien dice el renacimiento italiano o el protestantismo anglosajón. Los imbéciles también razonan, aunque no se vea, con categorías, de ese modo disimulan su carencia total de materia gris y hablan como si fueran intelectuales y pensadores.
Es insensato creer que la vida se divide en capítulos o en décadas o en segmentos definidos, todo es más confuso, hay cortes, interrupciones, pasajes, hechos decisivos a los que yo llamaría contratiempos, porque producen marchas y contramarchas en la temporalidad personal. Y se detuvo a beber de su copa de vino blanco. Contratiempo, ésa es la palabra que yo usaría para definir los momentos de corte en mi vivir, le dijo Renzi al barman, con un tono arisco pero educado y sincero. Y prosiguió luego de una pausa. Cuando fui echado a la calle por el ejército argentino, mi vida por supuesto cambió, pero no me di cuenta de eso, agregó mirando ahora con desconfianza su cara reflejada en el espejo que cubría la pared del bar, ante o, mejor, detrás de las botellas de whisky, de tequila, de vodka y de caña Legui, alineadas y semivacías o medio llenas que estaban frente a él. No, no me di cuenta, y fue recién al escribir los hechos –y sobre todo al leer años después lo que había escrito– que vislumbré la forma de mi experiencia, porque al escribir y al leer ya alineamos lo sucedido en una configuración ordenada dado que, nos guste o no, ya estamos sometiendo los acontecimientos a la estructura gramatical, que, por sí sola, tiende a la claridad y a la organización en bloques sintácticos.
Me di cuenta entonces de que algo esencial se había perdido para mí al quedar, por decirlo así, desnudo en la ciudad, llevando de un lado a otro, en taxi o en subterráneo, mis papeles, mis cuadernos y mi máquina de escribir portátil en su estuche color celeste. He mantenido el orden cronológico en los diarios que voy a publicar, pero quiero dejar constancia de mi convicción de que en esa expulsión, o mejor, en esa intrusión de la realidad política y militar en mi vida, se produjo un cambio que recién hoy, al releer mis cuadernos de aquellos días, puedo comprender, le dijo Renzi al barman de El Cervatillo aquella tarde, y también le confesó otras situaciones que iban todas en la dirección de pensar qué orden, qué forma darle a su diario al publicarlo, si se decidía a editarlo venciendo sus reparos y su vergüenza por exponer a los desconocidos los secretos íntimos de una etapa de su vida feliz, pero también canalla, porque, le dijo al barman, la felicidad puede adquirir a veces una tonalidad criminal y despreciable.
Lo que cambió, luego de que tuvimos que abandonar la casa donde vivíamos, fue mi vida sentimental, entré en una vorágine sin centro, promiscua, una circulación erótica que siempre ha sido un punto de fuga o una compensación en las épocas o en los días de seca, cuando no podía escribir, y entonces los cuerpos amados o los cuerpos desconocidos aliviaban el vacío y le daban un sentido a la vida. Un sentido o una forma de ser que no duraba nada, o duraba apenas unas horas, y ya en aquel entonces empecé a buscar formas de hacer que el deseo persistiera, con rituales y juegos peligrosos que duraban hasta la madrugada, como mareas oceánicas que me ayudaban a seguir adelante.
Cuando nos abandonamos a la certeza de los cuerpos, olvidamos la realidad. En aquellos días, al dejar atrás las seguridades con las que había vivido, para salir a la intemperie, estuve con Julia en hoteles o en casas de amigos, obligados a una sociabilidad continua, compartiendo lugares, conversaciones, porque éramos intrusos o huéspedes y teníamos que seguir el rito de las convenciones sociales, hasta que una tarde Julia vino a proponerme que nos instaláramos en un departamento desocupado que una amiga de la Facultad le había ofrecido. Era una guarida en un edificio señorial en la calle Uriburu, cercano a la avenida Santa Fe, y en ese traslado, como he vuelto a recordar ahora al releer mis cuadernos escritos en esos días, como intercambio o trueque, inicié una relación intensa y clandestina con Tristana, la gran amiga de Julia, bella y misteriosa y un poco alcohólica, a la que yo había observado de lejos con interés porque tenía la mujer una intensidad inolvidable. Una tarde sin pensarlo, y casi sin darnos cuenta, terminamos en la cama, Tristana y yo, y entramos en una serie confusa de encuentros clandestinos y de conversaciones que alcanzaban para mí una dimensión desconocida, hasta que Julia descubrió en mi diario –al leerlo, como se verá– mi versión de lo que estaba viviendo.
Ahí, en esa serie, vivir, escribir, ser leído –un hecho escrito en un cuaderno personal es leído luego, secretamente, por uno de los protagonistas de la historia–, descubrí una morfología, la forma inicial, como me gustaría llamarla, de mi vida registrada, día tras día, en mi diario personal. Y por eso, porque he sido descubierto una vez, he sido leído insidiosamente más de una vez, he decidido publicar mis diarios para exhibir a la luz pública mi vida privada, o mejor, la versión escrita, a lo largo de cincuenta años, de los trabajos y los días de este servidor de usted, le dijo aquel día Renzi al barman de El Cervatillo. Y agregó, como hablando solo, luego de pagar la cuenta, y al retirarse del bar y volver a la calle: esos descubrimientos, esas fugas, esos momentos confusos han sido, para mí, puntos de viraje, y sobre ellos construí la periodización de mi vida, los capítulos o las series en las que he dividido mi experiencia, pensaba Renzi mientras caminaba erguido, pero con una pequeña renguera y apoyado en un bastón, hacia su escondite de siempre.

El presente texto fue tomado de Los diarios de Emilio Renzi, Los años felices, de Ricardo Piglia. Gentileza de Editorial Anagrama, 2016.