Nueve preguntas

Nueve preguntas a la ganadora del Premio Futurock de Novela

Lucía Alba se quedó con el galardón por El camino de la santidad. Así lo definió el jurado integrado por Esther Cross, Mariano Quirós y Daniel Guebel.

1. ¿Cuál es el objeto más antiguo que conservás?

Conservo muchos objetos antiguos porque en mi familia siempre se guardaron esas cosas. Si tuviera que elegir uno, probablemente sería el juego completo de tazas de té de porcelana inglesa que perteneció a mi nona y formó parte de su ajuar de casamiento. Fue comprado en Harrods, cuando todavía existía la tienda Harrods en Buenos Aires, y llegó completo hasta hoy. Es uno de esos objetos que sobreviven a varias generaciones. Y no es el único: también conservo, por ejemplo, un camafeo que había pertenecido a mi bisabuela.

2. ¿Qué libro de otro autor produjo en vos el efecto que te gustaría producir en quienes te leen?

Probablemente La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Fue una de las novelas que más me influyeron al escribir El camino de la santidad. Me fascina su comicidad, pero también la extraordinaria capacidad de observación que hay detrás de ella. Cada personaje tiene una voz propia, una forma particular de hablar y de mirar el mundo, como si el autor hubiera tenido un oído excepcional para registrar los matices de la conducta humana.

También admiro enormemente el trabajo con el lenguaje. Es una novela capaz de pasar de los registros más altisonantes a los más enfangados con una naturalidad admirable. Esa mezcla me sigue pareciendo una de sus mayores virtudes. Si pudiera provocar en mis lectores una fracción del placer que yo sentí leyendo La conjura de los necios, me daría por satisfecha.

3. ¿Lo mejor y lo peor que te dio la literatura?

Lo mejor que me dio la literatura fue, sin dudas, el placer de leer y de escribir. Son actividades que disfruto muchísimo y que siento como espacios muy propios, momentos de estar conmigo misma. También creo que uno se enriquece a través de aquello que lee y escribe, y esa posibilidad de ampliar el mundo interior me parece una de las experiencias más valiosas que existen.

Además, la literatura me dio una libertad difícil de encontrar en otros ámbitos. Pienso en aquel verso de Ana Cristina Cesar, “la maldad de escribir”, y creo que algo de eso hay: la posibilidad de explorar ideas, obsesiones, contradicciones o aspectos de uno mismo que quizás no encontrarían lugar en una conversación cotidiana. La ficción permite decir cosas que de otro modo permanecerían calladas.

También me regaló amistades. Los talleres, las lecturas compartidas y las conversaciones sobre libros me permitieron encontrar una comunidad de personas interesadas en el arte y la literatura, algo que valoro especialmente en una época en la que la lectura parece ocupar un lugar cada vez más marginal. Descubrir que uno no está solo en esas pasiones fue una alegría inesperada.

Lo peor, sinceramente, no sé si me dio algo malo. Tal vez respondería distinto si viviera de la literatura. Como no es mi profesión principal, me ahorro muchas de las frustraciones materiales que suelen acompañar al oficio de escribir.

4. ¿Cuál es el libro que más regalaste y por qué?

Probablemente Principles of Neural Science, de Eric Kandel. Es una respuesta un poco extraña, pero sospecho que es cierta.

Lo regalé muchas veces por una mezcla de generosidad y maldad. Generosidad porque es un libro extraordinario y, además, bastante caro. Maldad porque solía regalárselo a amigos que, después de escuchar algún podcast, ver un video de YouTube o descubrir a algún gurú de la neurociencia de moda, me preguntaban si tenía algo serio para recomendarles sobre el tema.

El problema es que no es un libro de divulgación. Es uno de los manuales fundamentales de la disciplina y tiene más de mil páginas de neurociencia dura y pura. De modo que mi recomendación era, en cierto sentido, desproporcionada.

Durante los años que viví en el exterior llegué a regalar varios ejemplares impresos. Más adelante, cuando el presupuesto dejó de acompañar semejante entusiasmo pedagógico, empecé a regalar directamente el PDF (pirateado). Así que tampoco conviene exagerar demasiado mi generosidad.

5. ¿Como qué disco suena la música funcional de tu cabeza?

Tengo una amiga neurocientífica que suele hacer una pregunta parecida cuando da charlas de divulgación: “Mostrame tu Spotify y te diré quién sos”. Su teoría es que, si uno revisa la biblioteca musical de la mayoría de las personas, encuentra sobre todo la música que escuchaban durante la adolescencia, cuando el sistema de recompensa todavía estaba aprendiendo qué cosas valía la pena perseguir.

En mi caso, sin embargo, esa teoría funciona sólo a medias. Mi música funcional no está dominada por los años noventa, que fue cuando yo era adolescente. Más bien está llena de tango y de música clásica. En mi casa siempre se escuchó mucho tango, así que Piazzolla fue una presencia constante. Durante los once años que viví en el exterior, además, terminó convirtiéndose en una forma bastante eficaz de conservar cierta argentinidad.

La música clásica ocupa el resto del espacio. Probablemente algún compositor romántico y bastante tango compartan la banda sonora de mi cabeza. Y cuando digo tango, me refiero a todo el espectro posible: desde Piazzolla hasta el tango más lunfardo y arrabalero, con Edmundo Rivero incluido.

6. ¿Cuál fue el color más hermoso que viste en tu vida y dónde aparecía?

Nunca entendí bien las preguntas sobre colores hermosos. Los colores no me producen grandes revelaciones metafísicas. Supongo que, si me obligaran a elegir uno, diría el verde oscuro de ciertos jardines ingleses bajo la lluvia, pero sospecho que lo que me gusta no es el color sino todo lo demás.

7. ¿Con qué escritor o escritora que ya no pisa el mundo de los vivos quisieras tomar un taller literario?

Probablemente con Thomas De Quincey. Me atrae esa combinación tan particular de erudición, ironía y sentido del humor que atraviesa buena parte de su obra. También me interesa su formación intelectual, tan ligada a la tradición académica inglesa, y esa mirada ácida con la que observaba el mundo. Incluso cuando escribe sobre temas serios o sombríos, suele hacerlo con una inteligencia y una irreverencia que me resultan muy atractivas.

Ahora bien, si soy sincera, no estoy segura de que quisiera tomar un taller literario con él. Más bien me gustaría sentarme a tomar un café y conversar durante unas horas. Sospecho que aprendería bastante más escuchándolo divagar sobre cualquier tema que haciendo ejercicios de escritura.

8. Un libro que hayas prestado y no te devolvieron.

Recuerdo perfectamente cuál fue: Por qué duele el amor, de Eva Illouz. Durante años fue un libro que presté bastante y que, milagrosamente, siempre terminaba regresando a mi biblioteca. Hasta que un día se lo di a una persona que escribía sobre cómo construir relaciones amorosas sanas en el mundo contemporáneo con una certeza doctrinaria que volvía innecesario el contacto con cualquier evidencia incómoda. Pensé, con un optimismo retrospectivamente injustificado, que el libro podía interesarle.

Mi intención era ampliar un poco la conversación. La suya, aparentemente, era ampliar su biblioteca. El libro nunca volvió.

De todos modos, no puedo indignarme demasiado. Mientras respondo esta pregunta estoy mirando un ejemplar de Travels in Hyperreality, de Umberto Eco, que le pedí prestado a un amigo hace unos quince años y jamás devolví. Sospecho que existe algún mecanismo de compensación universal que termina poniendo cada libro en el estante equivocado.

9. ¿Cómo ordenás tu biblioteca? ¿Nos mandás una foto? 

Mi relación con las bibliotecas físicas nunca fue demasiado estable. Viví once años en el exterior, mudándome de país en país y de ciudad en ciudad, así que durante mucho tiempo mi biblioteca consistió principalmente en un disco rígido externo lleno de PDFs.

Tampoco ayuda el hecho de que vivo en un departamento pequeño. En rigor, ni siquiera tengo una biblioteca propiamente dicha. Tengo pequeños estantes distribuidos por distintas paredes y habitaciones más que una biblioteca en el sentido tradicional del término.

Y, para ser sincera, tampoco siguen ningún criterio de organización reconocible. Los libros se acomodan más o menos como pueden, sin seguir ninguna lógica. Si alguien buscara una estructura, encontraría más bien un corso a contramano: neurociencia junto a teología, filosofía al lado de manuales de equitación, literatura clásica mezclada con novelas contemporáneas y libros en distintos idiomas compartiendo el mismo estante. Sospecho que el estado de mis libros refleja con bastante fidelidad el estado de mi pensamiento.


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