Ficción hispanoamericana

El Libro, la Mola, el Monstruo: lo nuevo de Mario Bellatin

Presentado por Daniel Link

Club Hem acaba de lanzar entre sus novedades una entrega del mexicano con palabras del argentino que advierten: "Este Libro que es al mismo tiempo Mola, Niño, Monstruo, Mutante y asmático (respira con dificultad, entrecortadamente, pero respira), como la pipa de Magritte nos dice: “Escritura: «desconfía todo el tiempo de / la lengua»”. Compartimos un adelanto.

Por Daniel Link y Mario Bellatin.


 


Como la pipa de Magritte, este libro de Mario Bellatin podría decir: “Esto no es un poema”. Y sin embargo, dice mucho más que eso. Dice la distancia y el apartamiento entre aquello que podría ser el Ser y aquello que podría no ser la Nada, apenas un rastro de sombra del sentido. Dice, al elegir como forma de escansión la “prosa cortada” (a igual distancia, a infinita distancia, de la prosa del mundo y del verso narrativo) lo mismo de siempre, puntuado ahora por un ritornello, una musiquita que corta el aliento: “Escritura: «cuerpo, / tara, / mutación, / perros, / padres, / libros, / repulsa, / enfermedad, / morideros: la / soledad de los cuerpos deformes»”.


Los grandes maestros de la literatura (Mario Bellatin entre ellos, y en primerísimo lugar) nos enseñaron que la literatura de verdad se reconoce en el instante mismo en que anuncia su desaparición, que el poema se reconoce en
el momento en que niega tres veces su propio nombre.


De la contratapa de Daniel Link


 


 


 


El Libro, la Mola, el Monstruo.


Mario Bellatin


 


 


Es trágico que se dedique a contemplar,


así,


de esa manera,


a los perros teckel que


corren por


el bosque. Viendo a los animales rememora,


es un misterio,


la prueba por


la que debió


atravesar la madre.


Al regresar


a su ciudad


de origen, esa


mujer hubo de


mostrar, a los suyos,


que el hijo era víctima de un síndrome


particular.


Una Cosa


Informe,


nadie tenía una explicación


sobre su origen.


Tuvo que haber


sido insoportable


constatar que se ponía


fin a la expectativa


de madre normal


que le había estado


asignada.


Aquel ser le daba asco, lo


confesó años después.


Había deseado,


secretamente,


a lo largo de su vida,


que muriese antes que ella.


Que le hicieran


justicia


al enterrarlo ella misma. Que se lo


devolviese el destino


para lograr,


después de sepultarlo,


librarse de su error. La vida entre


ambos,


madre e hijo, fue


una competencia por ver


quién iba


sobreviviendo al otro. Debió


haber sido


funesto, en el


aeropuerto,


enfrentar a los cercanos: familiares,


amigos, ansiosos por conocer a la


criatura:


a la Mola,


a la Excrecencia.


Una suerte de libro, dijeron algunos.


Escritura: “parece terrible que no


haya una forma


más o menos


convencional


para expresar lo


que aparece


como una sombra en la existencia:


la propia


escritura.


Un velo


en la vida de cualquiera, que se


suele llevar


a cabo


de manera sistemática.” Fue ingrato


que una semana después


del arribo, la familia


tuviera que acudir


de emergencia


al hospital más cercano. La Mola,


la


Excrecencia, el Libro, tuvo que ser


ingresado a una tienda de oxígeno: había experimentado su primer


ataque bronquial. Sería


interesante


indagar las razones por las que


algunos


empezaron a llamar Libro a la


Mola. Extraño,


además.


Según algunos,


el asma contiene


un alto


componente


psicosomático.


Un pariente


de la Mola sufría


una enfermedad


semejante,


podría ser una buena excusa


para dar una respuesta a la alteración. Escritura: “desconocía


el momento en que


la necesidad por escribir:


ciega,


boba, carente de


sentido, tomó su vida.


Para muchos no


fue anormal que el hijo de la mujer


parida en el extranjero


sufriese una afección semejante.


No es bueno dar a luz fuera del entorno


familiar.


Era una verdad que


se había ido


repitiendo


durante generaciones.


Quizá eso lo hizo desarrollar,


al Libro,


a la Mola,


al Mutante, un


carácter


más abyecto que lo habitual.


Se convirtió,


con el tiempo,


en un ser


deleznable.


Escritura: “siempre


igual,


una y otra vez.” Hijo deforme,


perros siempre presentes, pastores


o galgos,


ahora teckels


corriendo entre árboles.


Asma,


madre culpable.


Hijo monstruo. Ahora un


Libro,


una Mola.


Insoportable repetición.


Variaciones


absurdas del cuerpo:


una


vez sin brazo, otras sin pierna o sin cabeza,


como la ocasión


en que debió


representar a Mishima en la mayoría


de sus


actividades cotidianas


luego del martirio


público


y multitudinario que


Mishima llevó a cabo


en su ciudad de origen


a plena luz del día. ¿Será la misma escritura, vuelta a experimentar


una y otra vez?


Los teckel corren


siguiéndose uno al otro:


¿El amor


de hijo


generó un mal, en este caso el asma, acorde a las circunstancias?


En aquellos tiempos, antes de regresar a su ciudad de origen, donde los


estuvieron


esperando


la mayoría de los parientes y amigos en el aeropuerto,


para las padres


fueron importantes


los grandes carteles colocados en Times Square. Escritura: “para su


desgracia no cuenta con memoria alguna.”


La mayoría de las


personas


que aparecían en aquellos carteles


eran tal y como se presentan


en la vida diaria. Casi ninguno


era modelo profesional.


Escritura: “nombrar


a un escritor


como tal,


escritor, permite que se tenga la sensación de encontrarse frente a


alguien que, en algún punto,


puede ser entendido,


incluso en su propia inintegibilidad.” Debe haber sido


funesto


el desconcierto de los padres,


en aquella esquina de


Times


Square,


con el niño en brazos,


verse a sí


mismos examinando aquel


cartel donde aparecía el hijo.


Escritura:


“algunas veces ha pensado que


precisamente


no tener registro


de la propia escritura


es la razón para seguir escribiendo.”


 


 

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