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Resistencia, lenguaje y ley: una entrevista con Angela Davis

Una historia de la conciencia

Compilado por Mireia Sentís, Caballo Negro publica los ensayos de la filósofa estadounidense en un libro que incluye esta entrevista de la que tomamos un extracto.

Foto: Museo Oakland California.1

 

 

 

 

 

Como hemos comentado antes, ha sido una activista anticarcelaria toda la vida, y usted misma estuvo una vez en prisión. ¿Podría hablarnos de sus experiencias en la cárcel y de cómo definieron su visión del sistema penitenciario en sí?

Mi encarcelamiento tuvo una influencia fundamental en la forma en la que comencé finalmente a plantearme el papel que tenía la prisión en la reproducción del racismo y la represión política. Antes de mi arresto llevaba varios años participando en campañas para liberar a los presos políticos: desde Nelson Mandela y la nacionalista puertorriqueña Lolita Lebrón,2 hasta Huey Newton y Ericka Huggins. La causa inmediata del arresto fue mi involucración en un caso en el que estaban implicados George Jackson y los Soledad Brothers. Me carteé regularmente con George Jackson durante los dieciséis meses que pasé en prisión  preventiva en Nueva York y más tarde en dos centros distintos de California. Diría que fue él, más que ninguna otra persona, quien me instó a pensar más a fondo la cárcel en cuanto institución: no solo en el encarcelamiento político, sino también en la relación entre los procesos aparejados de criminalización y racialización. Esto dio comienzo a lo que ha resultado ser una vinculación de treinta y cinco años con el sistema penitenciario. De modo que sí, el tiempo que pasé en la cárcel tuvo una influencia duradera tanto en mis ideas como en mi activismo. 

Estamos hablando de principios de la década de 1970, con juicios racistas y represión política por todo el país, y aun así a usted acabaron absolviéndola en junio de 1972. ¿Qué papel cree que tuvo el activismo de grupos locales e internacionales en su absolución? 

El activismo generalizado, nacional e internacional, fue el factor determinante en mi absolución. No albergo ninguna duda de que fue una consecuencia directa del trabajo organizativo tanto aquí como en el extranjero. Dado que en los últimos tiempos me he ido involucrando más en cuestiones penitenciarias –como investigadora y como activista–, a menudo me pregunto dónde estaría yo a día de hoy en ausencia de un movimiento tan enorme por mi liberación. Es más que probable que fuera residente de alguna de las cuatro cárceles de mujeres que hay actualmente en  el Estado de California. Durante las visitas recientes que he hecho a estas cárceles he revivido recuerdos extraños. Para  que se haga una idea del impacto que tuvo ese trabajo organizativo, sigo encontrándome a menudo con gente –en  particular con gente de mi generación– que me habla como si se hubiese encontrado con una amiga a la que había perdido la pista hacía mucho tiempo, alguien a quien conocía  íntimamente de joven. A veces cuesta asimilarlo: a fin de cuentas son extraños, gente que veo por primera vez. Pero  cuando me digo a mí misma que no se están relacionando  con la persona que soy, sino con su propia historia, recuerdo que aquella poderosa campaña de “Libertad para Angela  Davis y todos los presos políticos” no solo alcanzó algunos de sus objetivos inmediatos hace más de treinta años, sino  que sigue siendo un hito en la historia personal de miles, tal  vez millones de personas.3 Para esa gente, verme significa  probablemente regresar a las emociones políticas colectivas de aquella época, y eso es algo bastante extraordinario.  Por aquel entonces, la campaña llegó a la gente en los campus universitarios, en los sindicatos, en las iglesias y sina gogas, así como en los clubes sociales y en las hermandades de mujeres. Esa labor influyó también a los atletas. Mi  hermano, que en la década de 1970 era jugador profesional de futbol americano, fue una figura visible en la campaña,  como lo fue toda mi familia. Su carrera se vio tremendamente perjudicada por su liderazgo en la campaña. Hubo  también una amplia organización dentro del ejército. Recibí muchas cartas de gente destinada en Vietnam. Presos de todo el mundo me escribieron para expresar su solidaridad, aun a riesgo de un castigo mayor. Ese movimiento fue algo extraordinario, no solo porque me salvó la vida –y ese  fue un logro enorme–, sino también porque demostró que  una presión organizada y en masa podía hacer posible el  cambio. Y aunque tiendo a resistirme a las peticiones que  me hacen algunos jóvenes que quieren que les diga cómo  pueden reproducir las victorias de aquella época, sí creo  que hay lecciones profundas en aquellas victorias históricas. La fructífera aglutinación de tantísimas personas, que  se unieron por encima de todo tipo de diferencias, cismas y  fronteras –de raza, de clase, políticas y geográficas– fue del  todo extraordinaria. La creación de comunidades de lucha sigue siendo un reto fundamental hoy día.

Además de estos cismas y fronteras, estaba, por supuesto, la pesadilla diaria de la guerra de Vietnam. ¿Qué relación cree que había entre la guerra por aquel entonces en marcha y la represión legal y extralegal del activismo político y de las diversas luchas por la  liberación?

La represión política interna tenía una relación primordial con la guerra. Pensemos, por ejemplo, en el ataque de 1969 contra las oficinas del Partido Pantera Negra en Los  Ángeles, el primero de una serie de asaltos por todo el país orquestados por las fuerzas policiales locales bajo el liderazgo del FBI de J. Edgar Hoover. Muchos de los agentes de policía que llevaron a cabo el ataque de L. A. eran veteranos  de Vietnam, incluyendo antiguos Boinas Verdes, que habían recibido un permiso especial para unirse a lo que era entonces un cuerpo recién formado: los SWAT, el Escua drón de Armas y Tácticas Especiales. Hoy día, claro, SWAT es un nombre familiar, pero la primera acción de un grupo  paramilitar adjunto a las fuerzas policiales locales fue este ataque contra las oficinas del Partido Pantera Negra de Los Ángeles. Por entonces, nos enteramos de que la policía de  L. A. estaba formando a veteranos de Vietnam en temas de  contrainsurgencia. De hecho, los que presenciamos el largo  asalto pudimos ver fácilmente esa conexión militar. Creo que en mi autobiografía escribí que la policía “reptaba por el suelo” de un modo que recordaba al de los soldados en  combate. Al igual que el ataque contra MOVE4 en Filadelfia  años después, el asaltó comenzó con el lanzamiento de una carga explosiva desde un helicóptero sobre el tejado de las oficinas. Describí este incidente con todo detalle, porque ponía de manifiesto algunas de las maneras más evidentes en que la represión militar fue aplicada en territorio nacional y lanzada contra la disidencia política. Por descontado, también hubo una represión violenta dirigida contra los  detractores de la guerra de Vietnam, cuyos ejemplos más dramáticos fueron el fatal tiroteo de la Guardia Nacional de  Ohio contra estudiantes de la Universidad Pública de Kent  y, poco después, el asesinato policial de estudiantes en la  de Jackson, una histórica universidad negra de Misisipi. La retórica del movimiento estaba claramente influida por nuestra visión de la conexión entre lo que llamábamos la “guerra” de Vietnam y la “guerra” en casa. Fue una nueva lectura de la campaña de la Doble V que se había llevado  a cabo en la Segunda Guerra Mundial: la victoria contra el fascismo en el extranjero, y la victoria contra el racismo en casa. De modo que hablábamos de derrotar al ejérci to estadounidense en Vietnam y de derrotar a la policía y  “otras fuerzas de ocupación” en casa. En las comunidades  activistas negras, en las comunidades activistas latinas y  especialmente en las comunidades activistas asiático americanas, había una visión global del ataque a Vietnam que  lo conectaba profundamente con la represión creciente de  las luchas dentro del país. No obstante, eso no quiere decir que los dirigentes de los movimientos dominantes contra la guerra estuviesen dispuestos a formular su oposición de  ese modo. Era un tema espinoso: cómo formar parte del  movimiento contra la guerra y oponerse al mismo tiempo a  la estrategia de considerar la paz un asunto sin relación alguna con la igualdad racial. A lo largo de este periodo, muchos de nosotros luchamos enérgicamente por desarrollar  un discurso distinto sobre la guerra, por animar a la gente  a plantearse seriamente las vinculaciones entre los ataques  militares en Vietnam y la represión económica y política  que tenía lugar en casa contra los pobres y la gente de color. 

Ahora tenemos la Patriot Act5 y el Departamento de Seguridad Nacional, que son parte de un creciente Estado policial. ¿Qué opina sobre la vinculación entre las formas de represión durante la guerra de Vietnam que acaba de describir y este nuevo Estado policial? ¿Ve una continuidad o hay una nueva lógica operando?

Hay una continuidad histórica, pero también rupturas. Y esta continuidad se remonta mucho más atrás de la época de la guerra de Vietnam. Decididamente, tiene ecos del anticomunismo de la Guerra Fría, y hay claras similitudes  con la era McCarthy. Cuando tuve conocimiento de la Patriot Act y de todas las medidas empleadas para silenciar a  la gente que defiende los derechos de los inmigrantes amenazados, cuando tuve conocimiento de los profesores que  están recibiendo ataques por su oposición al gobierno de  Bush y de otros que tienen miedo a darles su apoyo, pensé  de inmediato en la era McCarthy. Lo que más me extrañó  fue hasta qué punto parecía estar repitiéndose una autocensura que no veíamos desde McCarthy. Tengo la impresión, especialmente ahora, de que sería importante revisitar ese momento a fin de reflexionar sobre la forma en que  tanta gente que se consideraba progresista y del lado de la  justicia fue cómplice de los éxitos del macarthismo. En lugar de oponerse abiertamente a la represión macarthista,  en lugar de organizar una enérgica defensa de los que estaban siendo señalados, se mostraban más preocupados por no ponerse en una situación en la que pudiesen convertir se en objetivo de la represión. Con ello, contribuían a hacer  posible la labor del Comité de Actividades Antiamericanas.  Negándose a contratar a comunistas en los campus universitarios, expulsando a los comunistas de los sindicatos,  desvinculándose activamente de aquellos que eran señalados como el enemigo, consiguieron mucho más de lo que  el Comité habría conseguido por sí solo. Justo después del  11-S comenzó a operar una dinámica similar. Resultó especialmente evidente en la votación en el Congreso de la resolución inicial que autorizaba al presidente a emplear la  fuerza militar en represalia. Como todos recordamos, Barbara Lee –que representa mi distrito, me enorgullece decir–  fue la única persona en todo el Congreso con el valor suficiente  para emitir un voto en contra. Fue un momento muy alarmante, en particular porque varios congresistas –especialmente  del Caucus Negro6– señalaron más tarde que se oponían a  la resolución por principios, pero que se sintieron obligados a votar a favor porque tenían miedo de parecer blandos  con el terrorismo. Lamento tener que decirlo, pero esa es  la base del fascismo. Sin embargo, me pregunta por la con tinuidad. Sí, creo que hay una continuidad histórica, pero también hay que decir que este es un momento histórico  sin precedentes en muchísimos aspectos. Nos gobierna un  presidente que no fue elegido legítimamente y un Gobierno compuesto de personas que, mucho antes del 11 de sep tiembre de 2001, ya habían decidido que iban a atacar Irak  y a intentar hacerse con el dominio global. Pensemos en el  Proyecto para un Nuevo Siglo Americano. Hay algo cualitativamente distinto en la cuestión de hasta qué punto los  que forman parte del Gobierno están dispuestos a ignorar  la opinión pública y tomarse las manifestaciones masivas  como algo insignificante. Participaron muchos millones de  personas en la acción que tuvo lugar por todo el mundo el 15  de febrero de 2003. Fue algo sin precedentes. Nunca antes se había congregado tanta gente de manera simultánea en tantos lugares del mundo. Pero Bush actuó como si solo un puñado de personas aquí y allá se opusiera a las políticas bélicas de Estados Unidos. Ninguneó a la gente que trataba  de hacerse oír pacíficamente, recurriendo a una analogía  con los “grupos localizados”, a los que no iba a permitir que  influyesen en política exterior. Hay aquí algo notablemente  distinto. He hablado con mucha gente que vivió de forma  directa la era McCarthy, incluidas algunas personas que pasaron un tiempo en la cárcel, y su impresión es que este es un momento mucho más peligroso. 

En este momento tenemos la globalización de la “guerra contra el  terrorismo” y, a su vez, de los correccionales y cárceles estadounidenses que se crearon en un intento de escapar del alcance de la ley estadounidense e internacional. ¿Qué conexiones ve, si las hay, entre  la globalización de estas cárceles fuera de la legalidad y el complejo  industrial penitenciario? 

Ambos hechos están claramente relacionados. En primer  lugar, los dos conjuntos de instituciones pertenecen al sistema penal de Estados Unidos y aparecen clasificadas juntas en el censo anual de la Oficina Federal de Estadística.  Esa clasificación incluye las cárceles estatales y federales,  los correccionales regionales, los correccionales en suelo  indígena, los centros de detención administrados por el Departamento de Seguridad Nacional, las cárceles territoria les en zonas que Estados Unidos se niega a reconocer como  colonias suyas, y las cárceles militares, tanto dentro como  fuera de las fronteras del país. El crecimiento de la población reclusa en cárceles nacionales, la aparición de nuevas industrias que dependen de ese crecimiento, la adaptación de viejas industrias para dar cabida y beneficiarse del en carcelamiento, la expansión de los centros de detención de  inmigrantes y el uso de las cárceles militares como arma  fundamental en la denominada guerra contra el terroris mo, la articulación de una retórica anticrimen usando re tórica antiterrorista: estos son algunos de los elementos  nuevos del complejo industrial penitenciario. Se trata de  un fenómeno global. No puede entenderse en su totalidad como un fenómeno aislado dentro de Estados Unidos. La  proliferación de centros penitenciarios y población reclusa, la rapidez con la que se ha desplazado el capital hacia  la industria penal, de modo que no es ya un pequeño ni cho, sino un componente fundamental de la economía es tadounidense; todo eso tiene implicaciones a nivel global. Reproduce la trayectoria por la cual la producción militar  pasó a ser clave en la economía de Estados Unidos. Esa es  una de las razones principales por la que decidimos popularizar el término complejo industrial penitenciario, porque  recuerda en muchísimos aspectos al complejo industrial militar. De modo que las cárceles, su arquitectura, su tecnología, su régimen penitenciario, los productos que su  población consume y produce, y la retórica que legitima su  proliferación, todo ello viaja desde Estados Unidos al res to del mundo. ¿Para qué necesita un país como Sudáfrica,  que está en proceso, esperemos, de construir una sociedad  justa –una sociedad sin racismo, sin sexismo, sin homofobia–, la tecnología represiva de la prisión de supermáxima  seguridad? ¿Para qué necesita Turquía cárceles de Tipo F  al estilo estadounidense? La introducción de estas cárceles  en Turquía provocó una larga huelga de hambre –un ayuno hasta la muerte– en las prisiones, a consecuencia de la cual murieron unas cien personas. Es importante que tengamos  en cuenta todas las capas distintas de este proceso global. ¿Cómo podemos explicar que la cárcel de Guantánamo, por  ejemplo, o la de Abu Ghraib, a las afueras de Bagdad, refle jen y extiendan la normalización de las torturas que se dan  en las cárceles norteamericanas? Por horrendas que sean  las recientes revelaciones sobre el trato a los prisioneros en  Guantánamo y en Abu Ghraib, este trato no es cualitativa mente distinto del que tiene lugar en las cárceles estadounidenses. Consideremos la ubicuidad de la violencia sexual,  por ejemplo; en especial en las cárceles de mujeres. Las re clusas de Michigan presentaron una gran demanda contra el Estado en la que afirmaban que el Gobierno autorizaba unas condiciones en las prisiones que permitían el acoso y  la agresión sexual, sugiriendo así que el propio Estado era  un agente de la violencia sexual. Human Rights Watch elaboró un informe titulado “All Too Familiar: Sexual Abuse in  U. S. State Prisons” [Demasiado frecuente: abusos sexuales en las prisiones del Estado] que documenta este abuso  sistemático. Del mismo modo, las agresiones sexuales en  la cárcel de Abu Ghraib confirman las profundas conexiones entre la violencia sexual y los procesos sexualizados de disciplina y poder arraigados en los sistemas penitenciarios. Estos procesos transitan con facilidad entre varios  sistemas: el encarcelamiento civil, el encarcelamiento militar y la detención de inmigrantes. En los tres ámbitos, la coerción sexual sirve como una técnica eficaz de disciplina  y poder. La tortura y la coerción sexual que tan bárbaras y  espantosas les parecen a los espectadores cuando las ven en 60 Minutes7 no son tan inusuales como parecería en un primer momento, ya que su base es la violencia rutinaria y cotidiana que justifican los medios habituales de control  sobre la población reclusa en Estados Unidos. 

Que se centre usted en esta continuidad disciplinaria me hace replantearme los supuestos en los que se basaba mi pregunta, uno de los cuales concernía a la importancia de una discontinuidad legal.  El hecho de que esas cárceles y centros de detención administrados  por Estados Unidos estén fuera del alcance de la ley estadounidense, de los legisladores estadounidenses, de los medios estadounidenses, pone sobre la mesa la cuestión del papel de la propia ley.  ¿Marca la ley, realmente, una diferencia significativa en este caso? ¿Qué hay de su capacidad de hacer frente a estos abusos? En el caso de las cárceles nacionales, ¿es la existencia de la ley una herramienta potencial o una base que nos permita actuar?

Si bien sería un error considerar la ley el árbitro supremo de los problemas sociales, sí tiene una importancia estratégica en la lucha por el progreso y la transformación radical.  Pero la ley puede ser también uno de los obstáculos más difíciles de cambiar, precisamente porque se acepta como la última palabra. Las impugnaciones legales han permitido en efecto reformas específicas de las prisiones en diversos  momentos, pero la mayoría de las veces estas reformas han acabado dando solidez a la institución. Por supuesto que debemos apelar a la ley –tanto a nivel nacional como internacional–, pero también debemos ser conscientes de suslimitaciones. El sinfín de impugnaciones legales a la pena de muerte aún no ha logrado abolirla. 

Estoy de acuerdo en que es conveniente, ¿pero tenemos medios para impugnar las acciones, si no es con la ley?

No lo sé. Soy algo ambivalente en esto porque no sé si quiero concederle tanto poder a la ley. En los casos de victorias importantes, en los casos de prisioneros estadounidenses, por ejemplo, esas victorias han sido en su mayor parte victorias sobre la ley, normalmente con la ayuda crucial de los movimientos organizados de masas. La ley no opera en un vacío. Sí, nos apoyamos en ella cuando puede servir para  alcanzar lo que llamamos metas progresistas, pero, por sí  misma, no tiene ningún poder. El poder lo obtiene del consenso ideológico. Como alguien que lleva bastantes años  implicada en la lucha contra el sistema penitenciario, creo que tenemos que instar a las personas y organizaciones que  ya están comprometidas en la labor contra las desigualdades de raza y de clase y contra la represión generalizada que  generan las cárceles, a reenfocar su labor anticarcelaria de forma que aborde y se oponga a las atrocidades que se están  cometiendo ahora mismo en los centros de detención bajo  control estadounidense de Afganistán, Irak y Guantánamo.  

Volviendo a su absolución, dio la impresión de ser más el resultado de la organización política y de los cambios en el discurso nacional que el resultado de deliberaciones en el ámbito legal.

Sí, y del impacto que tuvo esa organización política en los  procedimientos judiciales. Esta es la dinámica –la dialéctica– que me gustaría recalcar. 

Noam Chomsky dice que el principal agente de terrorismo es el  Estado... 

Sí, así es. Estoy totalmente de acuerdo con él... 

¿Y diría también que el complejo industrial penitenciario es uno de los mecanismos mediante los cuales el Estado lleva a cabo su terrorismo –del tipo que comenta Chomsky–, y que el Estado lleva  a cabo ese terrorismo –las cárceles– bajo la tapadera de estar ocu pándose de los criminales? 

Hay cierta verdad en lo que sugiere, pero es algo más complicado que eso, en particular por el hecho de que el papel de las cárceles en Estados Unidos ha evolucionado hasta convertirse en el de solución por defecto a los problemas  sociales fundamentales de nuestros días. Así que es terrorismo, pero terrorismo en respuesta a una economía política incontrolable. En lugar de abordar a fondo los problemas que afligen a tantas comunidades –pobreza, falta de vivien da, de atención médica, de educación–, nuestro sistema coge a la gente que padece estos problemas y la mete en la  cárcel. Se ha convertido en la institución par excellence tras el desmantelamiento del Estado de bienestar. De modo que diría que es terrorismo de Estado, sí, pero terrorismo por un motivo. No es un terrorismo gratuito, o solo en respuesta a una resistencia política consciente.

En su ensayo “Race and Criminalization” dice: “La figura del criminal –la figura racializada del criminal– ha pasado a represen tar al enemigo más amenazador de la Sociedad Americana. Se acepta prácticamente cualquier cosa –torturas, brutalidad, desembolsos enormes de fondos públicos– siempre y cuando se haga en nombre de la seguridad pública”. ¿Cree usted que el “terrorista” es nuestro nuevo criminal racializado? 

Recuerdo que cuando escribí ese ensayo estaba pensando en el “criminal” como sustituto del “comunista” en la era  de “la ley y el orden”. Pensaba en esa nueva figura retórica del criminal, que incorporó gran parte del discurso del enemigo comunista. Tras el 11-S, la figura del “terrorista”  ha pasado a movilizar el miedo colectivo de un modo que  reproduce y consolida las ideologías previas del enemigo  nacional. Sí, el terrorista es el enemigo contemporáneo.  La retórica, la ansiedad que conlleva y las estrategias de  distracción que genera la utilización de la figura del terrorista son muy similares a la creación del criminal como  amenaza omnipresente, y se basan en ello de maneras  muy concretas. 

Siguiendo la historia que lleva del comunista al terrorista, presenciamos también un cambio en la dinámica de las relaciones raciales dentro de nuestras fronteras; en particular, las relaciones de  las comunidades afroamericanas, musulmanas y árabeamericanas tras el 11-S. ¿Cuáles son sus reflexiones en torno a este cambio? 

Antes de responder a esta pregunta, me gustaría decir de manera muy sencilla que el racismo fue un ingrediente importante de las campañas anticomunistas. Tengamos en  cuenta que a Martin Luther King Jr. sus enemigos lo definieron repetidamente como un comunista, y no porque  fuera en verdad miembro del Partido Comunista, sino por que se daba por sentado que la causa de la igualdad racial era una creación comunista. El anticomunismo hizo posible la resistencia frente a los derechos civiles de un sinfín  de maneras, y viceversa: el racismo hizo posible la difusión  del anticomunismo. En otras palabras, el racismo ha tenido  un papel capital en la creación ideológica del comunista, el  criminal y el terrorista. Pero deje que intente responder a su pregunta sobre el impacto de la aparición de esta nueva figura del enemigo y sobre hasta qué punto las comunidades afroamericanas quedaron incluidas en este nuevo  racismo. Tras el 11-S, apareció una nueva movilización nacionalista que se apoyaba en la presentación del enemigo  terrorista como musulmán, árabe, del Sudeste asiático, de  Oriente Medio, etc., y por primerísima vez se invitó a otra gente de color a unirse al abrazo nacional. De un modo extraño, esto se vivió probablemente como la materialización  de esa nación multicultural que había sido la meta de las  luchas por la justicia social –el sueño del doctor King, si  quieren–, y muchas comunidades antes excluidas experi mentaron –siquiera momentáneamente– un sentimiento  de pertenencia nacional. Por supuesto, este proceso descansaba en la exclusión del terrorista, y de todo aquel al que se colgara esa etiqueta. Aún estamos gestionando las  consecuencias de aquel momento. A veces a los negros les  resulta difícil reconocer que es posible que ellos mismos  sean racistas de manera similar a los blancos. Este es un reto fundamental hoy día. Ya no es posible dar por supuesto  que las víctimas del racismo no sean vulnerables ellas mismas a las ideologías que se empeñaban en su inferioridad.  No hay una transición garantizada del activismo radical  del pasado a las posiciones progresistas contemporáneas.  Lo más esperanzador que hay ahora son los esfuerzos por establecer alianzas entre las comunidades negras y las árabe americanas. En un momento en el que dirigentes negros  del Gobierno como Colin Powell y Condoleezza Rice tienen un papel primordial en cuanto arquitectos de la guerra global, estas alianzas serán cruciales para la creación de redes  de resistencia. Es igualmente importante buscar alianzas  con otras comunidades de inmigrantes, en especial aquellas con raíces en Latinoamérica y Asia. 

Al igual que con el “comunista” y con el “criminal”, cuando hablamos del “terrorista”, no tarda mucho en surgir el tema de su encarcelamiento. Hemos visto que Guantánamo en particular se ha convertido en un poderoso símbolo del encarcelamiento. ¿Qué labor ideológica cree que lleva a cabo la prisión estadounidense de  Guantánamo?

Guantánamo tiene una historia muy larga y horrible. Diez  años atrás, la cárcel militar de Guantánamo se usaba como el único centro de detención del mundo para refugiados  VIH-positivos. En 1993 los prisioneros haitianos llevaron a cabo una huelga de hambre para protestar por su detención, y un enorme número de gente en Estados Unidos se unió al ayuno en gesto de solidaridad. Pero usted se refiere  a esa prisión militar fuera de la ley en la que en un principio todo fue posible, porque el Gobierno estadounidense creía que un centro fuera de Estados Unidos podía estar también  fuera del alcance de la ley estadounidense. En consecuencia,  el gobierno de Bush actuó como si nadie fuera a pedirle cuentas. Creo que me gustaría aprovechar esta oportunidad para  hablar brevemente de las ideas oficiales de democracia que  circulan hoy día, y sobre el motivo por el que los activistas,  intelectuales públicos, profesores, artistas y productores culturales deben tomarse muy en serio lo que son signos muy  claros de unas políticas y prácticas fascistas inminentes. Y  empleo el término fascista muy meditadamente. No es una  palabra que haya usado nunca a la ligera. ¿Pero de qué otro  modo podemos describir la tortura, el abandono y la depravación impuestos a la gente de Guantánamo, arrestada por  la única razón de que dio la casualidad de que estaban en el  lugar equivocado en el momento equivocado? Hubo niños  encarcelados durante años sin contacto alguno con sus familias, y de los que los más altos funcionarios del Gobierno  afirman que no tienen derecho a un abogado, porque no  están en realidad en suelo estadounidense. Y Guantánamo  es solo uno de los agujeros controlados por Estados Unidos  en los que la gente desaparece. Hay muchos. Cuando nos  paramos a considerar el creciente deterioro de las libertades y derechos democráticos bajo los auspicios de las Patriot Act, por ejemplo, debería ser una señal de que hace  falta un nuevo movimiento de masas. Por suerte, gracias  a los ciudadanos británicos recientemente liberados y a las  ruedas de prensa que ofrecieron, enormemente difundidas,  hemos obtenido muchísima más información sobre lo que  ocurre dentro de Guantánamo de la que habríamos obtenido si no hubiesen sido británicos. Que los medios estuviesen  más interesados en los ciudadanos de Reino Unido que en  los de Afganistán o Pakistán es profundamente perturbador, dado que implica que las personas de Afganistán sin pasaporte británico, o las personas iraquíes sometidas a violentas vejaciones sexuales, no se consideran dignas de la  atención de los medios. Solo puedo decir que son anuncios  aterradores de futuros represivos que muchos de nosotros tememos imaginar. Pero debemos hacer frente a esta posibilidad si nos interesa la creación de futuros democráticos para Estados Unidos y el mundo. 

 Su observación sobre la liberación de ciudadanos británicos de Guantánamo parece ilustrar una vez más el poder de un público  organizado a la hora de presionar a los gobiernos, tanto de Estados  Unidos como de Reino Unido, en ausencia de mecanismos legales y  de jurisdicción, para conseguir que fuesen liberados. 

Desde luego. 

¿Cree que Guantánamo ha reemplazado a la cárcel supermax  [de supermáxima seguridad] como amenaza carcelaria suprema  en la imaginación colectiva? 

La terrible realidad de Guantánamo tiene efectos materiales y emocionales para todos aquellos que tuvieron la mala  fortuna de ser encarcelados allí. Pero también constituye el  imaginario social para todos los que han sido etiquetados  como enemigos. Guantánamo es la tecnología represiva  que el enemigo, dicen, merece. Los centros de detención militares como el de Guantánamo han sido posibles por  el rápido desarrollo de nuevas tecnologías en las cárceles.  Al mismo tiempo, los nuevos centros supermax han sido  posibles por las torturas y tecnologías militares. Me gusta  pensar que ambos son simbióticos. El centro de detención  militar como lugar de tortura y represión no reemplaza,  por tanto, la cárcel de supermáxima seguridad (que, casualmente, se está vendiendo de manera global), sino que  más bien ambos constituyen puntos extremos en los que la  democracia ha perdido sus derechos. En cierto modo, po dría decirse que la amenaza de la supermax supera incluso  a la del centro de detención militar. No me gusta crear jerarquías de represión, así que ni siquiera estoy segura de  si debería formular la idea en estos términos. A lo que me refiero es a que la normalización de la tortura, la cotidianidad de la tortura característica de la supermax quizás tenga  un poder más permanente que el de la cárcel militar al mar gen de la ley. En la supermax, hay privación sensorial, y tan  poco contacto humano que los prisioneros llegan a menudo  hasta el punto de recurrir a sus propias excreciones corporales –orina y heces– como medios de ejercer su autonomía  y libertad. Esta regularización, esta normalización puede  que sea aún más amenazante, en especial porque se da por  sentada y no se considera digna de la atención de los medios. Las prácticas de la supermax nunca se muestran como  las aberraciones que se supone que son Guantánamo y Abu  Ghraib; ambas representadas, no como prácticas normales  o normalizadoras, sino excepcionales, prácticas de las que  solo personas individuales son responsables. La supermax  no puede definirse como una aberración. Tiene el nivel más alto de clasificación de seguridad en el sistema peni tenciario. Antes, un mínimo implicaba que había un medio  y un máximo. Ahora, el mínimo implica un supermáximo  y quién sabe qué vendrá después. Pero, por supuesto, con  esto no pretendo subestimar los horrores de las cárceles militares al margen de la ley. 

 

¿Cómo cree que conectan estos horrores con el resurgimiento en  Estados Unidos de discursos nacionales indulgentes respecto a las  torturas y los asesinatos políticos? Desde el análisis de las torturas  del abogado de Harvard Alan Dershowitz al consentimiento tácito  de Bush a Sharon y su empleo de los asesinatos. ¿Por qué surge  ahora este tipo de discurso? 

En primer lugar, el gobierno Bush se esfuerza mucho por rebajar el nivel del discurso político. Esta burda simplificación de los términos políticos –ya sea mediante las palabras  del presidente Bush o del lenguaje en apariencia más sofis ticado que usan Powell y Rice– no puede haberse producido  involuntariamente. Esta degradación del discurso político  da lugar a expresiones extremas. O estás a favor del terrorismo o en contra, y si no apruebas el terrorismo entonces  tienes que estar en contra. Y si estás en contra del terroris mo, se te exige que abraces todas las ideas que proponga  el Gobierno. Esta simplificación de la retórica política es  responsable, en parte, de la facilidad con la que estas posiciones extremistas se expresan y adoptan como si fueran  normales. Nuestro reto es dotar de complejidad el discurso  y dejar muy claro que la situación no trata de o esto o lo  otro, o a favor o en contra. Uno puede oponerse al régimen de Sadam Husein y al mismo tiempo estar igualmente en  contra –o más– de la agresión militar de Estados Unidos. 

¿Cree que el hecho de que el presidente dijera que cogerá a Osama bin Laden vivo o muerto –decretando básicamente una pena de muerte– está relacionado con este empobrecimiento del nivel del discurso político? ¿Cree que esto incita al público americano, e incluso al ejército de Estados Unidos, a actuar de un modo más ilegal  y violento? 

Desde luego. De hecho, cuando Bush empezó a hablar de la “caza” de Osama bin Laden, anunció que se buscaba “vivo o muerto”. Según contó la prensa, en algunos lugares del  país la gente empezó a hacer prácticas de tiro con su fotografía, y dado que la gente vive en gran medida dentro  de sus representaciones mentales, fue muy sencillo pasar  de las prácticas de tiro a disparar a un sij, que se convirtió  con demasiada facilidad en la materialización del enemigo.  Hubo muchos casos de identificaciones racistas erróneas  en el periodo inmediatamente posterior al 11-S. Volviendo  a los comentarios de “se busca vivo o muerto” de Bush sobre Bin Laden después del 11-S, me pareció digno de atención que evitara el discurso directo, y que en lugar de eso invocara la analogía con el Viejo Oeste y con la imaginería  de los carteles de “Se busca vivo o muerto”. Algo que evoca  la frontera, el país sin ley y la colonización de los nativos americanos. Lo que es interesante es que tal vez estuvie ra alentando a la gente a viajar por sus fantasías, porque  existe una brecha entre la clara oposición al racismo que la  gente se siente impelida a expresar –aceptar la igualdad de los nativos americanos, por ejemplo– y el verdadero placer  que experimentan cuando ven un western, y John Wayne,  o quien sea, consigue matar a todos los indígenas malos.  ¿Por qué continúa seduciendo a la gente la fantasía que  representan los disfraces infantiles de indios y vaqueros?  Este racismo sigue siendo parte importante de la fantasía  colectiva, de la psique colectiva. Invita a la gente a dejar se llevar por una especie de regresión, de infantilización,  de modo que los posicionamientos políticos se basan más  en el entretenimiento pasivo que la gente experimenta que  en el compromiso informado y la implicación activa en los  problemas. Rebajar los niveles del discurso político anima  a la gente a recostarse en la silla y disfrutar en lugar de incorporarse y pensar, ponerse de pie e implicarse. No estoy  sugiriendo que la emoción siempre deba ceder el paso a la  racionalidad, lo que digo es que tenemos que ver la diferen cia. Puede que el discurso político simplista a lo Bush no sea  tanto un signo de falta de inteligencia presidencial como  un modo, muy importante estratégicamente, de conseguir  apoyos para la guerra global. 

Rebaja el nivel y libera un torrente de miedo y fantasía. 

Lo que hace es desarmar a la gente. Menosprecia nuestra  capacidad crítica. Nos invita a olvidarnos de ser críticos.  Creo que esa es una de las razones por las que tanta gente, incluyendo progresistas y radicales, justo después del  11-S, fue incapaz de movilizar los recursos morales con los que alzar la voz contra Bush. Durante las semanas que siguieron al 11 de septiembre, hablé con gente de Nueva York que tenía una larga trayectoria de radicalismo, y por la que había sentido siempre un enorme respeto. Me dejó atónita ver lo paralizados que se sentían. En muchos aspectos, la  gente quedó realmente desarmada cuando Bush empezó a  hablar de “cazar” a Bin Laden y a decir que se buscaba “vivo  o muerto”. 

Me gustaría volver al tema del activismo, si me permite, y al  papel que puede jugar a la hora de reforzar las prácticas democráticas y críticas, algo que podría prevenir este tipo de política de la fantasía. ¿Qué lecciones podríamos extraer de movimientos de resistencia pasados y aplicar a las luchas contemporáneas? 

Esa es una pregunta muy difícil, porque el terreno en el  que tiene lugar la labor organizativa hoy es muy distinto  a lo que era hace treinta años. Hemos comenzado la entrevista hablando de la organización en torno a mi caso.  Como he dicho antes, hay algunas lecciones que tienen resonancias contemporáneas. Aquí añado siempre el aviso de que la intención no es en absoluto avivar la nostalgia  de los viejos tiempos revolucionarios. Pero sí creo, como he dicho en diversas ocasiones, que hoy día, en cierto  modo, se espera que los movimientos se generen por sí  solos. Falta paciencia. Es difícil animar a la gente a plantearse luchas prolongadas, movimientos prolongados  que requieran intervenciones organizativas cuidadosa mente estratégicas que no siempre dependen de nuestra  capacidad para movilizar a la gente en manifestaciones. Tengo la impresión de que la movilización ha desplaza do a la organización, de modo que en el momento actual, cuando pensamos en movimientos organizativos, pensamos en sacar masas de gente a las calles. Por supuesto que es importante alentar a las masas de gente a expresar con  su persona y con su voz las metas colectivas, ya sean que  termine la guerra de Irak o defender los derechos reproductivos de las mujeres. He pensado siempre que las manifestaciones servían para demostrar el poder potencial de  un movimiento. Los movimientos en marcha necesitan, en  ciertos momentos estratégicos, movilizar y hacer visible a todo aquel que recibe la llamada de la justicia, la igualdad  y la paz. Pero hoy en día tendemos a ver ese proceso de visibilización del movimiento como la propia sustancia del  movimiento en sí. Si ese es el caso, entonces los millones de  personas que se vuelven a casa tras una manifestación han  decidido que no se sienten necesariamente responsables de seguir creando apoyos para la causa. Pueden regresar a sus  espacios privados y expresar su relación con el movimiento  de maneras privadas, individuales. Si la manifestación es el momento público de la memoria y la gente vuelve después a unas vidas que interpretan como algo privado, entonces,  en cierto modo, hemos cedido sin darnos cuenta al impulso  corporativo de privatización. Organizarse no es sinónimo  de movilizarse. Ahora que muchos de nosotros tenemos  acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación, como internet y los teléfonos móviles, tenemos que plantearnos  seriamente cómo podríamos darles el mejor uso posible.  Internet es una herramienta increíble, pero también nos  puede llevar a creer que podemos crear movimientos ins tantáneos, movimientos a imagen de la comida rápida a  domicilio. Cuando la organización queda subordinada a la movilización, ¿qué hacemos después de un éxito de movilización? ¿Cómo podemos crear un sentimiento de perte nencia a las comunidades en lucha que no se desvanezca en  la vorágine de nuestra rutina cotidiana? ¿Cómo construimos movimientos capaces de generar el poder de obligar a gobiernos y corporaciones a reducir su nivel de violencia?  En último término, ¿cómo podemos resistirnos con éxito al  capitalismo global y a su afán de dominio? 

¿Qué factores cree que están debilitando la organización de comunidades actualmente? Estoy completamente de acuerdo en la necesidad de trabajar día a día en la organización y la construcción  de comunidades, pero dado que no tengo la experiencia de cómo fue sobre el terreno a principios de la década de 1970, me gustaría escuchar sus reflexiones. 

Bueno, verá, todo ha cambiado, así que no creo que este  tipo de discusión resulte tan útil como se podría pensar.  Todo ha cambiado. La base de financiación para los movimientos ha cambiado. La relación entre la profesionalización y los movimientos sociales ha cambiado. El modo de politización ha cambiado. El papel de la cultura y la  globalización de la producción cultural han cambiado. No sé otra forma de hablar de esto que animar a la gente a experimentar. Esta es, de hecho, la lección que yo extraería del periodo de las décadas de 1960 y 1970, en las que estuve implicada en lo que fueron, básicamente, formas  experimentales de la organización por los derechos civiles. Nadie sabía si funcionarían o no. Nadie sabía adónde íbamos. A menudo comento que la gente joven hoy en día tiene demasiado respeto hacia los viejos organizadores, los  veteranos, y el deseo de seguir su ejemplo les hace ir con  demasiado cuidado. Todo el mundo quiere alguna garantía de que lo que hace tendrá resultados palpables. Creo que la mejor manera de averiguar lo que funcionará es sencillamente hacerlo, sin importar los posibles errores que uno  pueda cometer. Hay que estar dispuesto a cometer errores.  De hecho, creo que los errores ayudan a crear nuevas formas de organización, formas de las que unen a la gente y hacen avanzar la lucha por la paz y la justicia social.

 

 

 

 

1 “Resistance, Language & Law: An Interview with Angela Y. Davis”; entrevista  incluida en Abolition Democracy, Seven Stories Press, 2005. Hay traducción  reciente al castellano: Democracia de la abolición, Madrid, Trotta, 2016.

2 Lolita Lebrón (1919-2010) dirigió en 1950 el asalto a la Cámara de Repre sentantes para denunciar la situación colonial de Puerto Rico; permaneció  encarcelada durante 25 años. Acerca de Soledad Brothers, véase Introducción  y nota p. 43 (N. E.).

3 En su libro de memorias, De Misisipi a Madrid (baam, 2011), James Yates  relata el segundo de sus tres viajes a España, realizado en 1971: “Decidí irme  de Barcelona, pero tenía que esperar la llegada de una carta importante que  me enviaban desde París. Cada mañana iba al American Express para ver  si había llegado, y me alegré cuando por fin me la entregaron. Entonces,  mi peor pesadilla se hizo realidad. La mujer encargada del correo me dijo:  “Espere, tengo algo más para usted”. Oí que algo impactaba contra las bal dosas del suelo. Eran chapas donde se leía: “Libertad para Angela Davis”. Mi  primera reacción fue: “¡Dios mío, estoy en un país fascista con chapas de  Angela Davis!”. Mientras regresaba al hotel, me preguntaba qué haría con  ellas. Pronto me tranquilicé. Hacía cuarenta años, ya me había enfrentado a  Franco en la Guerra Civil. Pasé el resto del día sentado en bancos y dejando  chapas en cada uno de ellos. Al atardecer, no me quedaba ninguna” (N. E.).

4 MOVE: grupo afroamericano de liberación fundado en 1972. Su sede de  Filadelfia fue bombardeada por fuerzas gubernamentales en 1985. Véase al  respecto el ensayo de Ishmael Reed “John Edgar Wideman, escritor”, inclui do en su libro Trapos sucios, traducido por Javier Lucini en esta misma colec ción (2012) (N. E.).

5 Patriot Act: denominación coloquial de la ley antiterrorista aprobada por el  Congreso estadounidense en 2001.

6 Black Caucus: organización creada en 1971, que representa a los miembros  afroamericanos del Congreso.

7 Programa informativo de televisión creado en 1968 por la cadena CBS.

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