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Festival Eterno

El asunto del chicle

Paula Vázquez -escritora y directora de un canal de streaming- fue, junto a Tomás Downey, a observar el detrás de escena de un programa de streaming. A partir de esa experiencia, escribió un texto que leyó el miércoles 27 de noviembre en el Festival Eterno. Un festival que sigue, todos los días de lunes a viernes a partir de las19 en la librería.

Por Paula Vázquez



Lo que más me entusiasma de esta escritura por encargo es la posibilidad de pensar, es decir de escribir, sobre algunos asuntos que me rondan desde hace algún tiempo. El tema que nos ocupa, según dice el flyer de esta actividad, es el streaming, su detrás de escena.

Tengo un primer disclaimer: soy directora de un canal de streaming. Se llama Picnic extraterrestre y tratamos de ocupar un lugar vacante que podemos identificar con el amplio arco de la “cultura”: nuestra programación va desde Moria Casán a Fabián Casas. La bajada del proyecto es: ¿vos también te estás sintiendo un poco alien? Es una apuesta por una forma nueva de hablar de cultura, en un contexto en el que la autoridad pública deslegitima toda actividad humana que no esté al servicio del objetivo único e insuperable de ganar dinero.

Desde hace más o menos ocho meses dedico una gran parte de mis días y de mis noches, sobre todo de mis desvelos, a pensar sobre el streaming, a mirar lo propio y los ajenos, a tratar de investigar cosas tan opacas como el algoritmo de YouTube, a hacer equilibrio entre lo que me interesa que suceda y lo que sé que nos puede traer más público, a mirar métricas y planillas de presupuestos y propuestas comerciales la mayoría de las veces sin concretar. Todo eso lo hago en un universo sin luz natural y contra un infinito fondo verde que usamos para crear los espacios digitales que caracterizan a cada uno de nuestros programas. Se pueden suscribir en nuestro canal y poner me gusta y comentar, porque, una curiosidad: ¿sabían que lo que más necesitamos los canales de YouTube es que el algoritmo sepa que las visualizaciones no son de robots? Así es el mundo hoy.


Ahora, la “experiencia”.


Es el declive de un día pegajoso de primavera y, a las casi siete de la tarde, me encuentro con Pablo Braun en la puerta de un spot palermitano: los estudios de un canal de streaming que también contienen una biblioteca con algunos reveladores espacios vacíos, oficinas producción vidriadas como peceras, una cocina industrial y hasta un patio donde funciona algo que llaman “club”, todo esto bajo un tinglado que antes alojó fiestas de quince, casamientos, divorcios, eventos de toda naturaleza. Pablo habla por teléfono y yo también.

Dos guardias de seguridad nos abren las puertas. En el patio hay prueba de sonido y están montando un photo opportunity: el lugar para que invitados y prensa saquen fotos a los protagonistas de una serie que producen acá mismo y que anuncian como “la primera serie producida por un canal de streaming”, a pesar de que hace menos de tres meses otro canal de streaming produjo y estrenó una serie de ficción.

Entramos al estudio. El lugar está oscuro y es grande como una pista de baile, pero no hay sillas vestidas de raso sino tres mesas, por ahora vacías, una rectangular, más bien común, poblada de micrófonos y auriculares, una en el medio que oficina de control y una en forma de v pronunciada que es el escenario de uno de los conductores estrella del canal. Son las siete en punto pero el programa no arranca. El que está ubicado en el lugar del director juega en su teléfono a algo que implica construir y destruir alguna cosa. Hay un técnico más, el encargado del sonido y eso es todo. Las cámaras son seis pero no requieren operador, se manejan desde el control. Pocos trabajadores hacen muchas tareas distintas. El streaming de hoy es la tele menos los sindicatos.

Una pantalla reproduce lo que se ve en el canal: una placa en loop con el nombre del programa y un blureado de la mesa vacía. No se dice nada de la demora. A nadie parece preocuparle. Quince minutos después la mesa comienza a ser ocupada por los conductores. Cuatro hombres y una mujer. Esa es la proporción general de toda la programación. No sólo en este canal. Pero ya sabemos que el feminismo se pasó tres pueblos y ahora ciertas cosas mejor no decirlas. Otro ejemplo: cómo se financian estos proyectos. Y me quedo acá, aunque cuando el programa finalmente empiece habrá un chiste en el que los conductores se preguntan si un llamado de las altas esferas del canal vino desde Palermo o desde las Islas Caimán. Pero por otra parte, qué no viene de las Islas Caimán en este contexto de nuestro país y en esta coyuntura del mundo.

Pablo Braun me abandona, se sentó a leer en un costado. Ni siquiera mira las pantallas. Me acerco y le digo que no necesito un chaperón, que no sufra, que se vaya. Se interesa por saber por qué no empiezan, cómo funciona el chat en vivo, pasamos algunos minutos así conversando mientras, de pronto, el programa al fin comienza.

La cortina, de impecable factura, anuncia: los chicos de la mesa están de la cabeza/ lo que toman no es cerveza/ dinero y amor.

Se suma una mujer a la mesa de control. Pienso que es una productora de contenido, pero unos segundos después me doy cuenta de que me equivoco: es un instrumento de tortura. Durante todo el programa se dedica a expulsar un chillido que no se sabe muy bien qué representa. Suena a IIIIIIIIIIA o acaso a YYYYIIIIIA. Es agudo y en forma de in crescendo, sucede en intervalos cada vez más cortos. No aguanto la irritación y me acerco a Pablo una vez más y le pregunto si escucha “eso”. Pablo me responde:

—¿El gato, decís?

No es un gato, pero tampoco sé a ciencia cierta qué es, entonces solo sonrío y vuelvo a mi lugar de observación. Después, en casa, pensándolo mejor, descubro de qué se trata: la chica es una botonera humana. Introduce ruidos como lo haría un operador de sonido para darle “densidad” o “clima” a un programa de radio. Pero acá el clima y la espesura parecen tener un solo tono: chillido de gato, una suerte de risa histriónica que, para reciclar la expresión, se pasa realmente tres pueblos de todo registro humano.

Los primeros veinte minutos del programa me pasan por delante. Se los resumo: hubo un llamado de las autoridades del canal -sí, ahí se produce el chiste spoileado antes- sobre un comportamiento problemático de uno de los conductores y, en consecuencia, han decidido hacer una “intervención”: un llamamiento colectivo al causante del asunto para, en síntesis, ver si se rescata. Estamos hablando -en rigor, ellos están hablando, y a esta hora aproximadamente mil personas siguen el tema y comentan en vivo- de pegar chicles debajo de la mesa. Una oportuna foto ilustra el problema: un amasijo de color uniforme, rosa, dispuesta contra un fierro que sostiene la estructura de la mesa. La foto permanecerá en pantalla mientras se desarrolla el debate.

A cada momento siento que el tema no da para más, espero el punto de giro, la derivación del chicle hacia otra cosa. Pero no sucede. Toda la producción está enfocada en amplificar la turgencia y la maleabilidad del asunto del chicle. La conductora se levanta de su silla, una cámara la sigue, se detiene frente a una pizarra. Pero no hay marcadores. No hay nadie que corra a buscarlos. La chica del chillido se levanta sin apuro, le dice a alguien que los marcadores quedaron en la otra sala. El objetivo de la pizarra es hacer una lista de los “imputados” por el crimen del chicle. La conductora, derrotada por la ausencia de marcadores, vuelve a la mesa. La conversación sigue. Alguien sugiere que el responsable debería pensar en las pobres mujeres de la limpieza que tienen que rasquetear esa masa asquerosa. Hay un nuevo esfuerzo de producción, un llamado para buscar otra opinión sobre el tema. La comunicación telefónica es con la CM del canal, que apunta precisiones sobre quiénes se sientan en ese sector particular de la mesa en cada programa. Pero todo llega a su fin. Tras invaluables cuarenta y tres minutos, el chicle no da para más.

Hay un corte musical y un PNT que promociona las riquezas naturales de la provincia de Córdoba. Cinco minutos más tarde, el programa vuelve, una columna sobre el arte de beber y mi atención llega hasta acá. Casi una hora. El promedio de permanencia de un espectador en un programa de streaming puede rondar los quince o veinte minutos, lo mío puede declararse un logro. Vuelvo a girar y el lugar que dejó vacante Pablo Braun -que sí, en algún momento se fue- está ocupado por un ser humano muy tatuado que entra apenas en el sillón. Está acostado, con una mano sostiene el celular sobre su cabeza, una zapatilla descansa sobre el respaldo.

No me quedo hasta el final. Ya es la hora de la cena de mi hijo. Me prometo ver el resto del programa en algún momento, pero no lo hago.


Ahora, el sentido de un final:


Hace cuatro meses me mudé. Alguien me dio el dato de que es el barrio con mejor calidad de vida de toda la ciudad. Todo alrededor parece ser verde: árboles altos, plazas con enormes Santa ritas y jazmines y colinas parquizadas, macetones que los dueños de los phs y casas asientan en la vereda para extender los dominios de los jardines. Tengo la escuela de mi hijo a seis cuadras, la plaza a media cuadra, una avenida con todo lo necesario, más cafés de los que cualquiera necesita. Es un barrio perfecto para no salir más.

En los años noventa, pasé mi adolescencia en un barrio cerrado, un country, del que me fui apenas pude. Desde que me mudé me acecha el fantasma de repetir, para mi hijo, aquella vida de clausura. Como a cualquier persona atravesada por el psicoanálisis, me preocupa, desde siempre, la repetición, que paradójicamente se ha convertido en un pilar de las formas actuales de vida. Es la estrategia de la nostalgia. Esta tendencia en el marketing, en la cultura o en la industria del entretenimiento: series, merchandising y memorabilia, precuelas y secuelas, sagas que jamás terminan. Las bandas grabando eternos covers. La nueva gira mundial de Erreway. El cantante de La Beriso anuncia que “ya no van a grabar discos nuevos” porque la gente “sólo quiere cantar los clásicos”. Este vehículo trae al presente los objetos y los afectos del pasado y, así, anula nuestra capacidad de extrañar.

La idea no es mía, está en Porsiemprismo, de Grafton Tanner, la novedad del mes de Caja negra. El problema que señala el libro es: si consumimos de forma constante el pasado -que siempre, ya sabemos, regresa como farsa- más que añorarlo ¿no será toda la cultura contemporánea un dispositivo que cancela la nostalgia? Entonces la pregunta es: ¿de qué manera se piensa en el futuro cuando no permitimos que las cosas terminen?

Desde hace algunas semanas, sobre mi escritorio tengo un viejo ejemplar del I CHING, el libro oracular chino, que me traje de la biblioteca que era de mi mamá. Cada tanto lo abro y busco un mensaje para mi día. Ahora, que me dispongo a unir las partes de esta crónica, mi búsqueda se detiene en el ideograma chino Ku, una escudilla en cuyo contenido prosperan gusanos, condiciones para el estancamiento. La imagen me recuerda un libro de Carlo Guinzburg, historiador pero también hijo de su madre, la gran Natalia, acaso un refinado ejemplo de la proliferación de los nepo babies. El libro se titula “El queso y los gusanos” y reconstruye la vida de un molinero italiano llamado Menocchio, que nació y vivió, entre el año 1532 y 1601, en las colinas del Friul, acerca de los Alpes del Véneto. Fue sometido a un proceso inquisitorial por sus ideas que se apartaban de las escrituras divinas: Menocchio llegó a decir que en el inicio todo era un caos, “es decir tierra aire agua y fuego juntos, y aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos.” El molinero, se sabe, estaba equivocado. Donde hay gusanos no hay generación espontánea de vida, sino putrefacción y decaimiento. Vuelvo a Tanner.

En paralelo a la proliferación de los relatos apocalípticos, la cultura contemporánea construye la imposibilidad de un final. Ya no es solo un tiempo que regresa, sino un tiempo que se hace chicle y que, por todos lados, como gusanos, hace surgir imágenes de futuro que en verdad son reediciones de un pasado a su vez idealizado: conservadurismos, nacionalismos, liberalismos, canales de streaming. Una cultura zombie.

En 2011 Showmatch, el longevo programa de entretenimiento que hace ya un par de años sufre el déficit por éxodo de audiencia, Marcelo Tinelli y Silvina Escudero comían entre los dos un chicle muy muy muy largo. En otras emisiones el conductor jugaba a sacarle los chicles o transferirlos a la boca de una larga fila de bailarinas, en otra se comió un chicle que una invitada previamente había escupido en vivo. En la temporada original de los años noventa, cuando el programa se llamaba Videomatch, el asunto del chicle tuvo su clímax en forma de merchandising. Durante un buen tiempo Arcor fabricó y distribuyó en todos los kioscos del país unos chicles en cuyo envoltorio aparecía la cara del conductor del programa y, dentro, fotos de todas sus grandes estrellas. Todos varones. Algunos de ellos forman parte del staff de canales de streaming. En otros casos, las figuras hoy son sus hijos. Un largo largo chicle, una masa de chicle que regresa, desde el pasado idealizado de dólar barato y fábricas desahuciadas que hoy volvemos a ver a través de un prisma de tres cristales: psicosis, relatos del fin del mundo y varones de músculos anabolizados generados con inteligencia artificial. Las patillas son más largas, la impronta medicalizada y la novia, la misma, solo con unas décadas más de experiencia.


Pero no, no termina acá.


Yo quería, y pese al panorama desolador que acabamos de atravesar, aún quiero hablar de futuro. El ideograma chino del que les hablaba señala que es necesario reemplazar la indiferencia y la inercia que han conducido al estado de corrupción por la decisión y la energía, a fin de que un nuevo comienzo pueda suceder. Lo descompuesto se presenta como tarea: lo que se ha echado a perder por culpa humana puede también subsanarse mediante el trabajo humano.

En la última entrevista que hice en La luna de las sabias, un programa de Picnic extraterrestre en el que converso con mujeres de gran trayectoria, Andy Cherniavsky me contó cómo perdonó a su madre, que la abandonó a los once años, dejándola sola a cargo de su hermano menor, cómo la llevó a vivir con ella, cómo la cuidó, con amor, hasta su muerte. En un programa de Arte en Marte -agenden, miércoles, doce del mediodía- descubrí que mi padre y Mauricio Kartun se conocieron cuando ambos eran adolescentes y trabajaban en el mercado de la papa. Todo esto podría titularse también “mi año con Moria Casán”, en el que aprendí, entre muchas otras cosas, algo que antes sólo repetía sin entender verdaderamente: el valor y la espesura y la vitalidad de la cultura popular. Y las entrevistas insuperables de Fabián Casas que, aunque suele decir que el streaming requiere el ritmo de la venganza -por eso sus programas salen grabados- también dice: con la mierda se hace combustible.

A ver, entonces, qué hacemos con los gusanos.

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