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Antonio Santa Ana: "Quiero salir del lugar del realismo"

El autor de uno de los libros más buscados en la última Feria del Libro

Mientras la novela juvenil con la que debutó en 1998, Los ojos del perro siberiano, lleva vendidas más de 800.000 copias y sigue, el también músico y editor (responsable de que podamos leer a Liliana Bodoc, por caso) acaba de publicar por primera vez un libro para chicos más chicos: Las canciones de Constanza.

Por Valeria Tentoni. Foto gentileza editorial Norma.

 

Escritor, editor, productor musical y parte de la banda de música infantil Únicanuez, Antonio Santa Ana es autor de uno de los libros más buscados en la última Feria del Libro (y también una de las novelas juveniles más populares en Latinoamérica): Los ojos del perro siberiano, que ya lleva más de 800.000 copias vendidas desde su salida en 1998. Aquella novela, que fue su debut, lo llevó de gira por muchos países.

Mientras se leía la segunda, Nunca seré un superhéroe, al Antonio Santa Ana que por entonces trabajaba como editor se le cruzó un manuscrito imponente. La historia es conocida pero vale la pena repetirla: una llamada en espera lo tenía aburrido y manoteó el primer anillado que le habían dejado en la pila de su escritorio. “Y ocurrió hace tantas Edades que no queda de ella ni el eco del recuerdo del eco del recuerdo…”, leyó, y recita ahora de memoria de Los días del venado de Liliana Bodoc frente a su café. Cuenta que a Bodoc le habían rechazado el libro en todos los sellos, que la editorial en la que él trabajaba no publicaba ese género, que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Que tomó la decisión de publicarlo y al segundo siguiente se arrepintió.

Igual que con Los ojos del perro siberiano, la explosión no fue automática. Pero iba a llegar. ¿Qué hace que la novela de Santa Ana, que cuenta una historia dolorosísima, se mantenga vigente en reimpresiones todos estos años? ¿Qué convierte a un libro en bestseller? Mientras escribe una continuación para aquella historia que lo catapultó a librerías, el autor de Ella cantaba (en tono menor) acaba de lanzar por primera vez un tomo para chicos más chicos: Las canciones de Constanza (Norma).

 

 

¿Cómo trabajaste este nuevo libro, que también aborda como Ella cantaba (en tono menor) la música?

Yo tenía el texto, que era más breve, y se lo había pasado a Laura Leibiker, que es mi editora. En un momento dijimos: hagamos las canciones. Entonces estuve tres meses con eso, terminé un día yendo a la editorial con la guitarra y las armamos. Pero después, cuando lo vimos armado, era un quilombo con las canciones. Y terminaron afuera.

¿Y eso va a sonar en algún lado? ¿Con Únicanuez?

Podría ser, lo que pasa es que estoy medio parado con Únicanuez. Somos un montón y es un lío coordinar los ensayos; hace un año y medio que no tocamos. Tenemos temas ya grabados en demos como para hacer el segundo disco, tal vez este año lo grabemos.

¿Y cuándo apareció Las canciones de Constanza? ¿Hace cuánto tenés la idea?

Escribí la primera versión hace diez años, y después estuvimos tres o cuatro meses trabajándolo. Tiene algunos cambios, obviamente. Después quedó en manos de la editorial la ilustradora, me presentaron sus dibujos y me encantaron.

Tus novelas abordaban temáticas a veces muy duras, temas de algún modo tristes, melancólicos.

Yo escribo triste siempre. Aunque tengo una novela, Nunca seré un superhéroe, que justo la semana estuvimos repasando por una nueva edición, que sí es divertida. A mí me gusta el humor pero no se me ocurren historias de humor para contar.

Los ojos del perro siberiano es durísima y vendió más de 800.000 ejemplares. ¿A los lectores adolescente se les acercaban materiales así cuando salió?

Bueno, ahora se puso de moda. Yo me quedé muy sorprendido el año pasado, hablando con editores sobre los libros que iban a sacar: uno sobre bullying, otro sobre una violación, otro sobre homosexualidad. Pero che, ¡contame una historia de amor! Y no me gusta esa idea de que todo se defina como "bueno, estoy hablando de una violación, ¡qué valiente!"; no me parece un lugar interesante, por lo menos para mí, desde lo literario. Así que ahora me quiero correr del realismo. Estoy terminando una novela que es realista, pero después de esta me quiero correr del realismo por mucho tiempo. Por eso Las canciones de Constanza es ir a un lugar donde yo nunca había estado, que es el de escribir para chicos chiquitos. Tengo novelas para adolescentes, un libro que es una parodia también, que es cómico y para chicos de nueve o diez años, y este. Quiero salir del lugar del realismo porque no me gusta lo que se está haciendo.

¿Por qué creés que los más chicos aceptan más la fantasía, algo como la gata de este libro nuevo y sus aventuras?

Bueno, hay cuestiones madurativas también en la infancia. ¿Qué es lo que le da un libro a un niño? El capital simbólico. Entonces, mientras vos puedas hacer un pacto dentro del que haya un juego y le estés dando algún tipo de capital simbólico, me parece que está bien. Después vas pidiendo otras cosas, y hay un problema ahí, en ese momento. Creo que es Yolanda Reyes la que dice que a los chicos pasan de contarles Hansel y Gretel -una madre muerta, un padre que te abandona- y de repente cuando empiezan a leer solos se encuentran con "ema amasa la masa". Entonces en la literatura, donde pasaba de todo, termina no pasando nada. Y por eso también es importante seguir leyéndoles. Yo tengo una hija de diez años y le seguimos leyendo todas las noches, aunque ella ya lea sola. La lectura en voz alta es fundamental, y es fundamental mantenerla una vez que el chico ya sabe leer.

La música también puede servir para contar historias a los chicos.

Sí, lo que pasa es que a veces puede servir para enseñar a lavarse los dientes, y eso es un embole.

Toda la producción para chicos tiene ese riesgo utilitarista, ¿no?

Sí, lo deliberado. Con los libros también lo que pasa es que circulan por las escuelas, entonces a veces la escuela como mediadora genera conflicto. Aunque es cierto que las escuelas están más abiertas y no hay un sólo mandato. Yo trabajé muchos años como promotor escolar, yendo a las escuelas a vender libros, y en una escuela te rechazaban un libro porque decía "caca", por ejemplo, y en la de a la vuelta lo aceptaban. No es tan uniforme, no están todas las escuelas leyendo los mismos textos. Si no, no habría tanta producción. Los docentes tienen libertad para elegir dentro de sus aulas.

¿Qué cosas veías en esas recorridas?

Aprendí mucho. Yo creo que pude editar durante años más o menos bien porque había estado escuchando muchas opiniones durante muchos años. Y durante un par de años editaba y salía a los colegios a vender los libros también. Sabía que había apertura.

¿Cuál fue el primer libro que editaste?

Creo que fue El alma al diablo de Marcelo Birmajer, que es un libro que no tenía nada que ver con lo que estaba pasando en su momento. Conocer a los docentes te daba la libertad de decir: este libro puede ir para allá. Esto fue en los noventa...

¿Y creés que hace veinte años, veinticinco, se aceptaba lo mismo que ahora?

No, ahora circula mucha más literatura contemporánea que antes. En esos años circulaba mucha menos. Ahora eso está mucho más establecido el uso de literatura infantil y juvenil en el aula. Cambió bastante y seguirá cambiando, sobre todo la juvenil. En la infantil también cambió porque ahora entró el realismo, pero la tradición de la literatura infantil argentina es la tradición maravillosa, fantástica. Quiroga, María Elena Walsh, Elsa Bornemann, Graciela Montes... Han abrevado ahí, en lo maravilloso y en lo fantástico. Y empezaron a aparecer autores realistas, también.

Cuando empezaste a escribir Los ojos del perro siberiano, ¿tenías referentes en esa línea realista? Libros en los que se hubiesen tratado temas como el HIV para ese público lector.

Referentes locales pocos; la novela de Birjmajer que mencioné, que es realista, y Las visitas de Silvia Schujer. Mis guías estuvieron en la literatura europea, a mí me gustaba mucho Christine Nöstlinger, María Gripe, el noruego Tormod Haugen, que me gusta mucho mucho y sus libros no circulan. Hauguen es un realista duro, a mí me conmocionaba mucho leerlo. Nöstlinger era realista pero tenía mucho humor. Yo no pude resolver lo del humor en ese libro.

De todos modos no sé si esa historia lo admitía, ¿no?

No, y yo empecé en el 92, además. Tardé cinco años en escribirla. Era mi primer libro y tenía mucha inseguridad sobre qué cosas podían entrar y qué cosas no en un libro, cómo discutir ciertas cosas. Yo nunca lo volví a leer, pero la idea era que fuera un libro sutil y me parece que lo logra. Fue muy gracioso porque, apenas salió, una de las primeras personas a las que se lo di para que lo lea era la presidenta de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina. Y me dijo: el libro me gustó, pero no es para chicos. Usás la suite de Bach como un personaje, estás citando a Rimbaud; eso no tiene que ver con los pibes.

¿Y cuando lo publicaron y explotó?

Tardó muchos años en explotar, eh. Le fue muy bien, de entrada, en el resto de América Latina. Acá tardó. El primer año vendía diez veces más en Colombia que acá.

¿Y por qué?

Posicionamiento de la editorial, los mercados... Era distinto a lo que circulaba en esa época acá, también. Yo diría que explotó acá recién hace unos cinco años, no más. Le llevó su tiempo. Me sorprendió mucho porque por entonces yo casi no había salido del país y me empezaron a hacer giras internacionales. Yo me iba de vacaciones a Uruguay en carpa y de repente estaba en el Hilton de Caracas con la Bersuit Vergarabat que estaban de gira.

Y es raro, un bestseller para chicos.

Sí, era raro, y además porque acá casi no había espacio en los medios para los libros de literatura infantil y juvenil. Y eso era genial. Es una cosa que yo agradezco, podés hacer ese libro y estás así, nadie se entera. A mí me da mucha vergüenza. Si puedo evitarlo, de hecho, no hago presentaciones, no firmo en la Feria del Libro.

¿Te interesa encontrarte con los lectores?

Yo a veces voy, si la editorial me pide, a colegios. Y ahí te encontrás con los lectores. En general yo acá no lo he hecho mucho, porque como trabajaba en la editorial que me editaba a los promotores les quedaba más a mano llevarme a mí que a los otros y me parecía antiético. Entonces durante muchos años no fui. Sí en las giras, que en cierto momento fueron muchas. Y al final te encontrás con que las preguntas son las mismas. El año pasado fui a un colegio en Belgrano y me sorprendieron las lecturas feministas de los libros, que esas sí que yo no las había visto: eso sí fue muy sorprendente. Pero en general las preguntas son las mismas. Siempre. En cualquier lugar de América. Yo ya sé las respuestas de memoria, sé en qué momento tengo que fingir que estoy pensando, sé en qué momento me sirvo agua. Es una cosa actoral también, y a mí me fastidia un poco eso, porque al final los libros terminan circulando si sos un gran animador de fiestas y no un buen escritor.

Algo que no tiene nada que ver con escribir libros.

Nada. Tenés que estar poniéndole el cuerpo todo el tiempo a los libros. Si hay que hacerlo lo volveré a hacer, pero prefiero evitarlo. Además pasa que los lectores, sobre todo los lectores jóvenes, son muy fervorosos. Yo aprendí a no creerles mucho la primera vez que fui a un colegio: fue en el Normal N°11 de Belgrano, y los chicos se habían quedado después de hora. Yo me creía el rey del mundo, ¡imaginate! Se estaban quedando para hablar conmigo... Y un pibe me dice: "Su libro sí que es bueno, no como el que leímos antes". Y cuando le pregunté qué habían leído, me dijo que uno de Italo Calvino. Entonces ¡no te creo nada! Me pasaron cosas muy hermosas, también, como con Los ojos del perro siberiano que una persona me dijo que lo había leído y ahora era cellista porque había descubierto ahí al cello.

Bueno en Ella cantaba también hay muchas pistas, para escuchar música por ejemplo: está lleno de referencias que los chicos pueden seguir.

Ella cantaba me parece que tiene demasiadas, de todos modos yo pongo referencias que les son propias a los personajes, no a los lectores; no estoy buscando las referencias de los jóvenes, y eso se nota mucho en cierta literatura juvenil de hoy. Mis personajes de Ella cantaba, por ejemplo, no son así; hay un chico que quiere tocar la trompeta y escucha jazz, hubiese sido mucho más fácil meter como referencia al reggaetón o al rap, que el rap además es un fenómeno que me interesa.

¿Qué es lo que creés que impactó tanto de Los ojos…?

No tanto el tema del VIH, lo que más les importa es la relación entre los personajes, la cuestión familiar. Lo fuerte del libro, creo, y después de tantos años de recepciones, no es eso; a nadie le preocupa eso, entienden que es una enfermedad, que hay alguien que se está muriendo. Pero el impacto del libro está en que es uno de los primeros libros en América Latina en el que los padres son una mierda. Problematicé la familia. Y eso es lo que les impacta a los pibes. El realismo en Argentina en ese momento, salvo excepciones, era muy del lado de los padres, del lado de la escuela; siempre había un adulto listo para ayudarte a resolver el problema, siempre una institución en que apoyarse. Lo que te dice esta historia es: bueno, a veces no hay instituciones en que apoyarse, a veces no hay nada. Es una intemperie, claramente.

¿Y también es un libro de viaje, de afuera hacia dentro de la ciudad?

Claro. En todas mis novelas hay desplazamientos. En Ella cantaba se la pasan caminando, y en la que estoy escribiendo ahora también hay viajes. Son novelas urbanas.

¿Cómo son tus procesos de escritura? ¿Corregís mucho?

Sí, soy insoportable. Ahora estoy trabajando con mucha más libertad que antes. Yo siempre escribo el primero y el último capítulo y después todo lo que está en el medio, y el primero y el último son prácticamente intercambiables. Antes quizás estaba tres meses trabado con un capítulo pero sabiendo lo que venía después, pero como no lo podía resolver no avanzaba. Ahora no, ahora cuando se me ocurre lo voy escribiendo y después lo cambio de lugar, tacho, lo acomodo. Soy bastante obsesivo con las historias de los personajes. El archivo de Ella cantaba es cinco veces más grande que la novela; en la novela esta que estoy haciendo ahora, que se llama Bajo el cielo del sur -además todas mis novelas tienen cinco palabras- se me ocurrió que un personaje podía hablar de la Teoría del caos, entonces me puse a estudiarla, leí libros, tomé apuntes, y cuando terminé de hacer todo eso dije: mejor no. Entonces me disperso mucho en eso, pero es lo divertido. Hay personajes secundarios de los que yo sé de qué trabajan sus padres, por ejemplo. Si en una fiesta el personaje se sienta a tomar un mate solo, por muy secundario que sea, yo sé por qué está sentado ahí solo. Aunque nunca lo diga.

¿Escribir te lleva a leer?

Mi mujer dice que escribo como una excusa para comprarme libros.

Volvamos al principio: ¿cómo empezaste a leer? ¿Cómo llegaste a los libros?

Yo llegué por error. En mi casa había muy pocos libros, que eran de mis hermanas. Yo era el hijo menor. Tenía seis, siete libros: La cabaña del Tío Tom, Mujercitas, Robin Hood, que creo fue el primer libro que leí. Y eran los sesenta, yo creí sin televisor; o ibas a la plaza o leías.

¿Fuiste al Colegio Nacional, como uno de tus personajes en Los ojos del perro siberiano?

No, yo soy técnico mecánico, especialista en máquinas y herramientas. De hecho, hay varias decisiones del libro así. La novela surge porque yo estaba trabajando en una librería un sábado a la tarde y entra una persona, me pongo a charlar y me dice que es del Bolsón. Era el año 92. Le pregunté qué estaba haciendo en Buenos Aires y me dice que haciendo un tratamiento en el Hospital Fernández porque tiene sida. Y yo le pregunté: ¿cómo te contagiaste? En el mismo momento en que se lo pregunté, le dije: no me contestes, perdón. Me quedé muy mal, porque yo me consideraba un tipo amplio, progresista, y la primera vez que me enfrentaba a una persona con sida le hacía esa pregunta absolutamente morbosa, patética. Fue muy fuerte para mí, me conmocionó mucho. Me quedé durmiendo mal durante semanas. Y entonces me dije: es una gran línea de diálogo en una novela. A partir de ahí construí los personajes. Y como no me sentía capaz de escribir bien las situaciones, los puse en universos que yo no conocía: San Isidro, que yo no había ido nunca, y del Nacional sabía que ea una escuela con tradición, que se hacía un curso de ingreso, no mucho más. Entonces fui poniendo todo en universos muy lejanos, me parecía que yo era incapaz de escribir bien la esquina de mi casa.

Y entonces, ¿cómo te convertiste en lector?

Tenía una preceptora en segundo año que me sacaba las faltas si yo le contaba libros, y entonces era un gran estímulo para mí leer. Pero tardaba un montón, porque en ese momento le contaba Los hermanos Karamazov, Madame Bovary, que me fascinó. Y empecé a leer mucha poesía. Escribí muchos años mucha poesía, muy mala.

¿Por qué?

Porque lo copiaba a Gelman. No publiqué nada de poesía y hace muchos años que no escribo poesía. Sigo leyendo, pero leo siempre a los mismos: a Boccanera, a Vallejo, a Gonzalez Tuñón y a Gelman. Todos en la misma línea.  

En tus libros, volviendo al tema de las pistas y referencias, queda muy en claro que para que la imaginación funcione hay que alimentarla.

Yo publico muy poco, cinco libros en veinte años en infantil es muy poco, que en general están todos publicando cinco por año. Cuando salió el primer libro nadie me conocía, pero cuando salió Ella cantaba yo ya tenía un montón de amigos escritores y fue genial porque empecé a repartir el libro y muy rápidamente me llegaron devoluciones afectuosas. Lo genial fue que las primeras cinco fueron totalmente distintas, todos habían leído un libro distinto, y eso me encantó. Hubo una lectura de Martín Blasco, muy amigo mío, que dijo que Ella cantaba es la historia de cómo se hace una canción. Y me gusta esa idea.

 

 

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