Novedades para el final del invierno
Viernes 04 de setiembre de 2026
Una bandeja de libros para empezar a dejar el invierto atrás.
Un hilo doloroso recorre las historias que hoy elegimos mostrarles: malestares físicos inexplicables, narradores hiperempáticos, extraños que se encuentran en la noche fría para pasar la soledad y cuentos en los que el conflicto bélico invade la vida de las personas. Son libros donde las emociones humanas más complejas se tratan con una enorme sensibilidad e inteligencia, que nos ayudan a atravesar este final del invierno. Nos hacemos un bollito en el cascarón con estos libros en la mano mientras esperamos la llegada de la primavera.
Mary Gaitskill
La bestia equilátera
"El año pasado perdí a mi gato, Gattino. Era muy joven, de solo siete meses, apenas un adolescente. Lo más probable es que esté muerto; no lo sé".
Así comienza este libro íntimo y conmovedor. Durante un retiro de escritura en la Toscana, Mary Gaitskill rescata a un gatito de la calle —flaco, medio ciego— y se lo lleva a su casa en Estados Unidos, de donde desaparece a las pocas semanas sin dejar rastro.
A partir de entonces se desata una búsqueda desesperada, casi irracional: pega carteles, arma trampas, interroga a cada vecino, consulta vidente tras vidente, deja ropa sudada en el campo, traza un sendero de excrementos sobre la nieve. Nada funciona y, pese a ello, la exploración frenética no se detiene: el dolor se desplaza hacia un territorio interior. Recuerda la muerte lenta de su padre, y su vínculo complejo con dos niños, César y Natalia, a los que nunca sabe cómo ayudar.
Gaitskill indaga con maestría en la naturaleza del amor y la pérdida sin un gramo de sentimentalismo ni ninguna voluntad de aleccionar. Tiene un ojo prodigioso para capturar el detalle revelador, y una precisión quirúrgica en sus observaciones. Su estilo resulta tan vívido e intenso que el lector no puede sino sentir su mismo desconsuelo.
El gato perdido demuestra cómo de la ausencia puede emerger una forma inesperada de conocimiento.
Liadan Ni Chuinn
Feltrinelli
Hay palabras que nunca dirás, ni siquiera en susurros. ¿De qué sirve saber lo que son las cosas, lo que subyace a su apariencia? No es nada hasta que se dice. No es nada si no se nombra. Un joven estudiante de anatomía no logra apartar la vista de un cadáver. Una niña pasa el día entero en un autobús de dos plantas. Dispersos por los rincones de un museo aparecen una serie de ramos de flores. Una madre muere y deja una mancha en la alfombra: aunque nadie la señale, todos saben que está ahí.
Ambientados en el norte de Irlanda, los cuentos de Todos siguen aquí narran historias de madres y padres, hijos y hermanas, desconocidos que perciben en su vida cotidiana las huellas de una violencia pasada. Son relatos que, entrelazando lo íntimo y lo político, indagan en el peso del silencio, en la pérdida, en la memoria entendida como una herida abierta. Con una prosa precisa y cortante, de una potencia literaria fuera de lo común, el extraordinario debut de Liadan Ní Chuinn explora las secuelas que dejan los conflictos, incluso décadas después de su fin, en las vidas de aquellos que ni siquiera los vivieron.
Nosotros en la noche
Kent Haruf
Emecé
Louis Waters y Addie Moore llevan gran parte de su vida siendo vecinos en la apacible localidad de Holt, en Colorado. Ambos enviudaron hace años y acaban de franquear las puertas de la vejez, por lo que no han tenido más opción que acostumbrarse a estar solos, sobre todo en las horas más difíciles, después del anochecer. Pero Addie no está dispuesta a conformarse. De la forma más natural, decide hacer una inesperada visita a su vecino: «Me preguntaba si vendrías a pasar las noches conmigo. Y hablar...». Ante tan sorprendente propuesta, Louis no puede hacer otra cosa que acceder.
Al principio se sienten extraños, pero noche tras noche van conociéndose de nuevo: hablan de su juventud y sus matrimonios, de sus esperanzas pasadas y sus miedos presentes, de sus logros y errores. La intimidad entre ambos va creciendo y, a pesar de las habladurías de los vecinos y la incomprensión de sus propios hijos, vislumbran la posibilidad real de pasar juntos el resto de sus días.
Ana Ojeda
Bosque energético
Un día, de golpe, de pronto, sin aviso, el dolor: una molestia asoma en la cuerpa de Ana Ojeda (sí, cuerpa, escribe Ana, que es un género literario en sí misma) y crece hasta taparlo todo. Hasta tapar incluso, por primera vez en ella, las palabras: cuando somos terriblemente físicas el lenguaje se escabulle (¡cobarde!).
¿Pica? ¿Duele? ¿Pincha? ¿Quema?, le preguntan los médicos. Ana no logra describir la complejidad que padece y, al callar, otorga. Los especialistas aprovechan su caso para desempolvar una caterva de términos institucionales, dignos de otra galaxia, con los cuales intentan instruirla; neuroforamen ocluido, hueco poplíteo, protrusión lumbar, músculo isquiotibial, y mi preferido (casi tan entrañable como R2-D2): disco L5-S1.
“Dolor” rima con “horror”; la autora no puede estar de pie ni acostada, no puede seguir con su vida tal como la conocía. Pero “dolor” también rima con “humor” y en este diario reímos a carcajadas.
Mientras tanto, Ana intenta rastrear el origen del sufrimiento, exige causa, y con tal fin se adentra en su genealogía materna, que es, ante todo, breve: abuela – madre – hija. Pero qué abuela (¡ajjjjj!), y qué madre (¡sííííí!). Porque nunca somos solas, ni siquiera en el dolor. Y así, al llegar al final del diario, ya nada lastima. Lo que queda es el eco de nuestra risa y la resiliencia del lenguaje. — Adriana Riva
Gueorgui Gospodínov
Impedimenta
La obra mayor de Gospodínov: una novela laberíntica que convierte la memoria en un territorio vivo, deslumbrante y profundamente humano. La novela que reveló al Gospodínov más audaz: un viaje hipnótico, íntimo, polifónico y lleno de asombro por la memoria, la pérdida y la imaginación. Un clásico moderno europeo.
En lo pequeño y lo insignificante: ahí es donde se esconde la vida, ahí es donde construye su nido. Nuestro narrador padece un extraño síndrome: sufre de empatía patológica, es capaz de adentrarse sin permiso en los recuerdos de los demás. Así, viaja de un recuerdo a otro, desde una feria rural búlgara en 1925 —donde conoce a un minotauro— hasta el interior de la mente de una babosa que es devorada por su propio abuelo. A partir de esa materia insólita, Gueorgui Gospodínov construye en Física de la tristeza un prodigioso laberinto donde la memoria personal se funde con la historia colectiva. En parte relato de madurez, en parte crónica familiar y en parte reflexión sobre la vida en la Europa del siglo xx, la novela salta de época en época y de identidad en identidad, trazando un mapa de pérdidas, migraciones y nostalgias.