César González: "La escritura puede ser protesta y denuncia"
Viernes 06 de febrero de 2026
Escritor, poeta, ensayista y director de cine argentino, el autor de El niño resentido visitó la librería para participar del ciclo "De cháchara".
Para Anne-Sophie Vignolles.
En su último libro, Rengo yeta, César González escribe con el cuerpo entero. No hay distancia ni pudor: hay memoria, violencia, encierro, lengua viva. Lo invitamos al ciclo "De cháchara" y conversamos acerca del origen de su escritura, de la conciencia de clase, del relato como herramienta de supervivencia y de la potencia política —y poética— del lenguaje carcelario.
González es escritor, poeta, ensayista y director de cine argentino. Publicó los libros La venganza del cordero atado (Continente), El fetichismo de la marginalidad (Sudestada), El niño resentido (Editorial Sudamericana) y, recientemente, Rengo yeta (Reservoir Books). También es conocido por su seudónimo Camilo Blajaquis. Su obra cruza literatura, cine y pensamiento político desde una experiencia vital marcada por la cárcel y los barrios populares.
En una entrevista, dijiste que escribir fue, al principio, una necesidad de “vomitar”. ¿Cómo se transforma esa urgencia en una práctica de escritura?
En la escuela primaria ya sentía que tenía facilidad para escribir, pero era una escritura inofensiva. No representaba ni a mi clase ni a mi dolor. El dolor que yo viví fue físico: balazos, miseria, encierro. Cuando empiezo a escribir en la cárcel, a los 17 años, la escritura se vuelve una herramienta de intervención sobre la realidad. Ahí aparece un poema, "Revolución", influido por el Martín Fierro y Roberto Arlt. Descubro que la escritura puede ser protesta, denuncia.
¿La conciencia de clase antecede a la escritura?
Totalmente. Antes que escritor, fui consciente de las condiciones materiales que casi determinan que termine en la cárcel. El 99,9 % de los presos viene del mismo lugar. Eso no es casualidad. La escritura me permitió nombrar algo que estaba ahí antes, pero sin palabras.
¿Te cansa que te pregunten si no querés “salirte” de esos temas?
Cuando me dicen eso, siento que me están preguntando cuándo voy a dejar la “baja literatura” para pasar a la alta. Pero para mí la alta literatura es esa que no me representa, donde no hay obreros, ni vendedores ambulantes, ni pobres. Yo voy a seguir escribiendo de esto porque hay un vacío enorme y no se va a llenar con cinco libros.
En Rengo yeta el relato aparece como una forma de supervivencia. ¿Qué lugar ocupa la narración en la cárcel?
En la cárcel, el que domina el arte del relato vive mejor. Los presos son poetas extremos del lenguaje y no lo saben. Inventan palabras, renuevan sentidos. Una mentira bien contada pesa más que una verdad mal contada. Todo es oral, todo es en vivo. Esa potencia es insuperable.
¿Ese vínculo con el lenguaje te marcó definitivamente?
Todo lo que soy lo aprendí ahí. Aprendí lucidez, inteligencia, coraje. No el coraje de pelear, sino el de sobrevivir. Me da pena que haya tenido que aparecer yo para que alguien se dé cuenta de eso. ¿Dónde estaban los intelectuales?
El libro trabaja mucho con el cuerpo: herido, cansado, vigilado. ¿Cómo entra el cuerpo en la escritura?
El lenguaje en la cárcel es gestual, se baila. Los presos mueven las manos como directores de orquesta. Es un lenguaje del cuerpo. Las palabras no se dicen: se actúan.
¿Pensás la musicalidad cuando escribís?
Sí. Soy muy amante de la música. La prosa tiene su música propia. A veces leo en voz alta y me doy cuenta de que algo no está bien. Pero también hay algo que cobra vida, más allá de lo que uno planifique.
¿Por qué Rengo yeta como título?
Probé varios títulos, pero este ganó por goleada. Me gusta que sea lunfardo, intraducible. “Yeta” fue un estigma real en la cárcel. El título es el que más tiene que ver conmigo.
Ping-pong de preguntas
¿Una palabra de la cárcel que no debería perderse?
Chamuyo.
¿Un autor decisivo?
Jean Genet.
¿Un libro que te acompañó mientras escribías?
Diario de un ladrón, de Jean Genet.
¿Escribís en silencio o con música?
Ahora, en silencio. Todavía me estoy acostumbrando.
¿La escritura te salvó?
No. Me permitió resistir.