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Erri de Luca: “Vida y escritura no compiten”

El multipremiado escritor italiano regresa a librerías con una bella edición de Portaculturas y un libro entrañable.



Por Valeria Tentoni. Traducción de Javier Folco


   

Alpinista, albañil, cronista, camionero, pescador, vagabundo en Roma o París, rescatista de guerra, poeta, traductor del Antiguo Testamento y multipremiado autor de más de cincuenta obras, Erri de Luca nació en Nápoles en 1950 y desde entonces acumula experiencias extraordinarias en su hoja de vida con la misma audacia con que compone sus libros. El autor de Los peces no cierran los ojos visitó Buenos Aires hace unos años, para participar de los ciclos abiertos de la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF, y recientemente, en Argentina, se publicó El más y el menos, en traducción de Javier Folco para la editorial que dirige desde Córdoba: Portaculturas.  

La colección a la que llega este ejemplar de Erri de Luca cuenta con plumas como las del brasilero Luis Rufatto, la peruana Claudia Salazar Jiménez o la chilena Andrea Jeftanovic. Además, en otras colecciones de Portaculturas hay autores como Manoel de Barros, Claudia Masin o Andrés Barba. El más y el menos es un elemento más en este catálogo delicado, con diseños de la ilustradora Cecilia Afonso Esteves.  

Enviamos algunas preguntas por correo electrónico al autor y sus respuestas fueron traducidas por Javier Folco para este blog. 


      

Las historias de este libro están construidas a partir de recuerdos de infancia, ¿qué preservan, para la literatura, los ojos de un niño? ¿Por qué confiás en esa mirada?   

La infancia es inmensa, contiene todas las posibilidades de la vida futura. Es intensa, absorbente, pero no tiene las palabras para nombrarla, para fijarla. Después viene un tiempo donde el niño, que quedó a la espera dentro del adulto, tiene finalmente la posibilidad de expresión del vocabulario. Entonces, dice, escribe aquello que en aquel momento sentía con sus sentidos abiertos de par en par.  

Contás que en tus años de trabajo como obrero de construcción los libros eran compañía y alivio al final de la jornada, y que eras capaz de tirarlos a la basura si no te gustaban (si no eran tan buenos como Viaje al fin de la noche, por ejemplo): ¿este carácter lector se quedó con vos, seguís siendo así de implacable con los libros?   

Como lector exijo que el libro me haga de medio de transporte, me conduzca donde se desarrolla la historia, dentro de las personas sobre las que narra. Pero si me doy cuenta que el libro quiere ser transportado por mí, si me hace sentir el peso de su papel, lo dejo ir. La pregunta es: ¿quién lleva a quién? Yo digo que debe ser el libro el que me lleve a mí y no yo llevarlo a él.   

¿Y como escritor? ¿Qué te proponés lograr cuando escribís?  

Como escritor, en cambio, me procuro la mejor compañía contándome una historia, pero que también ella debe ser capaz de conducirme a donde todavía no sé. Y cuando terminé de escribirla en el cuaderno, me deben venir ganas de copiarla una vez más. Al final de estas copias repetidas debo saber que mejor que así no la sé escribir. Esto me permite entregarla, es decir, dejarla andar.  


“Aprendí que la literatura no podía competir en potencia con el cuentacuentos”: la experiencia y las historias en los libros corren carreras en tu imaginario, ¿cuál gana y por qué?   

Primero viene la vida que avanza, la mía o la de personas que he conocido, después viene el segundo tiempo de la escritura que amplía detalles, salva un resto. Vida y escritura no compiten, son dos rocas vecinas que afloran en medio de una corriente.  

Supiste muy temprano que el arte te acercaba a la libertad pero también te hacía ver la mezquindad del poder: ¿qué fuerza tiene la literatura ante la injusticia, si alguna?    

Tiene una buena fuerza de aislamiento para un prisionero, que mientras lee ya no tiene a su alrededor muros y barrotes. Tiene una buena fuerza de resistencia cuando la libertad de palabra y de expresión es negada. Más allá de estas emergencias, sirve para tener compañía y describir el mundo.   

Cada tanto, se dice que frente a un acontecimiento determinado no hay palabras. Yo sé, en cambio, que las palabras están. Como lector sé que encontré descripto aun aquello que no podía imaginar. La literatura con su precisión alcanza la alta definición de la realidad. El adjetivo indescriptible es un error.  

La familia es una presencia constante en tus historias, ¿por qué creés que funciona como aljibe para tus libros?   

Es el ambiente de la infancia, de la adolescencia, el núcleo de presencias que transmiten la primera pertenencia, junto a la formación del lenguaje doméstico. A partir de ahí la persona también se ramifica en contraste con esa célula base.  

Al final de El más y el menos nos encontramos con poemas y uno de ellos habla sobre “la migaja de la felicidad”: quisiera preguntar por la epifanía, por el encuentro sorpresivo con los misterios simples. ¿Cómo podemos mantenernos atentos a estas revelaciones minúsculas? ¿Cómo lo lograste?   

Conservo una buena capacidad de maravillarme. El estupor me permite descubrir chispas de felicidad al alcance de la mano, que duran un instante y que si no se recogen se pierden. Un artículo de la Constitución americana declara el derecho de la persona a la felicidad. Creo, de manera diversa, en el deber de la felicidad.

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