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"Nada fue deliberado en esta novela"

Carla Maliandi

"No es una novela del exilio en el sentido clásico, es una novela de estar fuera de lugar y estar fuera de tiempo también", dice en esta entrevista con Gonzalo León la autora, nacida en Venezuela, de La habitación alemana, su primera novela.

Por Gonzalo León.

La habitación alemana es la primera novela de la dramaturga y directora de teatro Carla Maliandi (Mardulce, 2017). A grandes rasgos, trata del desarraigo de una mujer que llega a la ciudad universitaria de Heidelberg huyendo de su realidad en Buenos Aires. Esa huida es también un suspenso en su historia personal con su pareja, de quien se ha separado, es una historia que podría continuar o no, ya que a los pocos días de estar en la ciudad alemana se da cuenta de que está embarazada. Al parecer, la protagonista quiso huir de su presente para refugiarse en los recuerdos de su pasado, allí en esa misma ciudad en la que sus padres vivieron en el exilio. Aunque, como escribió Beatriz Sarlo en una reseña, “sus recuerdos del exilio no conciernen a la política, no son recuerdos de hombres y mujeres que actuaron entonces o fueron perseguidos”. Hay por así decirlo una dislocación entre los recuerdos del exilio, o los que sus padres pudieron tener, y los recuerdos de lo que para ella significó ese periodo: un lugar seguro. Entonces, si el exilio fue seguro, la protagonista se exilia de su presente. Pero, como no quiere que ese tiempo se transforme en definitivo o permanente, elige una residencia de estudiantes, un albergue transitorio.

Estamos ante una novela de personajes fuera de lugar que, pese a ello, van determinando el curso de la historia. Una japonesa suicida, la madre de la suicida que decide que la mejor forma de vivir su duelo es entregarse a un frenesí de compras y diversión, Mario, amigo de los padres de la protagonista de aquellos tiempos de exilio, que se ha convertido en herr professor, la adorable hermana de un tucumano que recurre a una vidente marginal para ver en los destinos de los otros y, desde luego, la misma protagonista, que no sabe muy bien qué hacer. Casi todos los personajes de esta novela están a la deriva, como si una marea los empujara hacia tal o cual lugar. Nadie pareciera controlar sus vidas, y eso desconcierta por momentos, porque da la sensación de que el narrador tampoco controla lo que va a suceder.

 

Tu novela transcurre en no-lugares: una residencia, calles, restaurantes, bares de Heidelberg y por otra parte todos los personajes se entregan a una deriva. ¿Eso fue deliberado?

Nada fue deliberado en esta novela, no hay un plan previo a la escritura, sino que fue bastante fortuito todo lo que fue sucediendo. El lugar en el que transcurre es Heidelberg, una ciudad alemana muy vinculada con la universidad y con la filosofía, y en la cual yo, al igual que la narradora y protagonista, viví un tiempo durante mi infancia. Aunque, claro, mi historia es distinta. Lo único claro que tenía en mi cabeza es que iba a transcurrir ahí, porque ese lugar tiene que ver con el lugar de la memoria y los recuerdos, un lugar donde el personaje piensa que va a encontrar tranquilidad, que va a poder dormir, pero un lugar en el que no le interesa asentarse, formar una casa, idear un plan, al contrario, va sin un objetivo claro. Por eso el personaje elige una residencia de estudiantes, porque no la compromete a tener que alquilar, creo que el personaje dice que el lugar le permite estar sola y acompañada a la vez, que es una sensación que conozco bien, y que también puede encontrarse en bibliotecas, aeropuertos o casinos.

Pareciera que el único lugar seguro fuera el pasado, ¿el resto es inestable, se está como de paso?

Puede ser, porque lo más parecido al hogar es ese recuerdo de su infancia, pero ese pasado no existe, y por eso la protagonista no pretende reconstruirlo ni tampoco tener un presente, como construir una familia allí, las cosas van pasando después, de modo accidental. Quizá su actitud tenga que ver con un duelo, con la muerte de su padre, y el estar allí, en esa ciudad, tenga que ver con recuperar algo de eso.

Hay un juego entre los no-lugares, los personajes que están fuera de lugar y también con lo dislocado. ¿Cómo manejaste esto?

Los personajes de la novela están de paso y el que no está de paso, que es el profesor, se convirtió en eso a la fuerza. Por ahí es el personaje que más sufrió, porque vivió el exilio verdadero, del que no quiere volver y del que elige no volver; incluso cuando las condiciones son favorables, se queda en Alemania, en Heidelberg, y ahora es parte de ese paisaje, que no imaginaba en su juventud, cuando llegó para refugiarse. Después los otros personajes, y de esto me di cuenta después, ninguno es alemán-alemán: el tucumano es tucumano, los estudiantes de la residencia son todos extranjeros, incluso la dueña que es húngara. Supongo que nadie está en su lugar, ninguno de los personajes.

Pero no sólo en cuanto a nacionalidades sino también en cuanto a actitudes parecen fuera de lugar: la madre de la suicida no está de duelo y la maternidad de la protagonista no es una maternidad convencional.

Todos los personajes son en algún momento golpeados por alguna catástrofe o con lo no previsto, y no responden como se esperaría porque no están preparados para eso, quizá por esa imposición social de lo que se espera de uno se hace imposible.

¿Puede ser que La habitación alemana sea una novela de personajes, donde quien determina el cambio de rumbo de la historia sean ellos? Cuando uno está en una historia de pronto irrumpe un personaje y cambia de rumbo la historia, y la convierte en otra, y así sucesivamente.

También fue algo espontáneo cómo los personajes aparecían y desviaban el rumbo de la historia, para un lado o para el otro. Al principio no pensé que esos personajes iban a ocupar tanto espacio, pensé que iban a permanecer un poco secundarios y que siempre iba a ser la voz de la protagonista la que iba a seguir, pero fueron tomando lugar. El tucumano tomó un lugar impresionante, también la señora Takahashi, llevando de este modo a la novela a un lugar más diferente del que aparenta al principio: más gótico, o no sé cómo llamarlo. Y después lo que me empezó a pasar con la escritura es que me interesaba la sonoridad de sus voces, y eso me gustó escribir: la voz del tucumano o la de su hermana, por ejemplo. Los personajes extranjeros están escritos en un castellano neutro, pero también imaginaba la respiración de la señora Takahashi distinta a la de otros personajes y distinta a la de la protagonista, y a lo mejor por eso ocupan un lugar, por una construcción de la escritura de querer entender cómo funcionaban rítmicamente esas voces.

¿Cómo fue el trabajo de edición?

Hicimos muy poco trabajo de edición. Cuando lo entregué, Damián Tabarovsky, mi editor, me dijo: “No toques nada”. Pero luego me hizo cambiar dos cosas, la principal fue que el título que yo le puse era Heidelberg, y el editor no quería que se llamara así, pero yo estaba muy encaprichada con que se llamara con el nombre de la ciudad, porque para mí el lugar es el protagonista, esto que vos decís, todo transcurre ahí, aunque no es una novela de viaje ni una novela donde la ciudad aparezca de forma turística. Bueno, pero estábamos con lo del título, hasta que un día charlando con Julián López le dije: "¿Y si le pongo La habitación?", y él agregó: "Alemana". Y ahí quedó. Bueno, le debo el título a Julián.

¿Cómo se te ocurrió que la ciudad fuera la protagonista?

Porque esa ciudad sí se tocaba con mi biografía y yo, a diferencia de la protagonista, no había vuelto, pero sentí que había muchas cosas en esa ciudad: un tipo de luz muy particular, un lugar muy limpio, tanto que la recomendaban para los enfermos de los pulmones; el atardecer es una locura, un cóctel de colores, que están en mi memoria y que no había vuelto a ver, y pese a que es una ciudad vinculada con la filosofía y la novela no es filosófica, hay un punto de unión con mis padres, con mi biografía.

Por lo mismo que es una novela de personajes, cuesta fijar una historia, hay muchas historias, una red de ellas, pero lo que queda claro es el tema, esto es, el desarraigo. No es una novela de exiliados ni de inmigrantes, es una novela de desarraigo.

Estoy de acuerdo con esa lectura. No es una novela del exilio en el sentido clásico, es una novela de estar fuera de lugar y estar fuera de tiempo también. Hay algo que pasa con la protagonista y es que además de haberse ido de Buenos Aires se va de la comunicación, la abandona, y eso es raro en estos tiempos donde vivimos hiperconectados. Ella al revés decide desconectarse de su ciudad, de sus amigos, de su trabajo, le da una pesadez tremenda abrir los mails. Eso también puede tener que ver con el no-lugar. Este suspenso que ella se crea en el tiempo, que no sabe si va a ser un suspenso eterno o si en algún momento le va a poner punto final y va a empezar una vida adulta. Porque ella viene de una vida supuestamente armada, se separó, lo que quiere decir que tuvo un novio, un perro, una casa, un trabajo, y eso en algún minuto se rompió y lo que viene ahora es una especie de viaje a su interior, que no es un viaje hacia la madurez o hacia el aprendizaje, sino es el desconocimiento de sí misma a lo que se enfrenta.

En un momento parece que la protagonista con todas las peripecias va a aprender algo, pero finalmente no aprende nada, en ese sentido no hay moraleja ni enseñanza hacia el lector ni hacia ella misma.

También me di cuenta de eso después de la lectura de mi editor. La novela de aprendizaje trata de que después de vivir varias peripecias el personaje finalmente madura y tiene una visión de mundo. Cuando mi editor me llamó para darme una devolución me dijo que le gustaba porque se trataba de una novela de no-aprendizaje. Y al ser así tampoco hay una moral. Alguien que leyó la novela me dijo que le resultaba muy dura la parte en la que la protagonista se enamora del novio del amigo de sus padres, que es una luz, que cumple muchos roles: padre, amigos, protector, y sin embargo, no puede resistirse y avanzar hacia su novio. Y en eso hay un desplazamiento de lo moral, de hecho ni siquiera puede tener una estrategia cuidadosa con ella misma.

Otro modo de leer la novela es que instala un tema contingente: ¿qué hace una mujer embarazada? Y la tentación que uno tiene como lector es esperar la consigna de aborto libre, seguro y gratuito. Pero si hubiera abortado la protagonista, hubiera sido otra novela; desde ese punto de vista el embarazo le permite a esta historia existir. Es la dulce espera...

El embarazo sirve como una continuidad del tiempo. Lo que sucede con el embarazo es que no se tematiza la maternidad. Yo puedo tener una idea de maternidad pero la novela no la tiene. El embarazo aparece y decido que continúe porque me marca una sucesión temporal: su cuerpo se va ensanchando, se va poniendo cada vez más pesada, pero también tiene cosas positivas: por ejemplo, empieza a sentir una felicidad inexplicable y también a pensarse en dos, pero siempre el embarazo es una excusa narrativa. Hay algo en la novela y es que sucede en las estaciones climáticas, y eso ayuda más a marcar el tiempo. De hecho cuando termina la novela hace mucho frío.

Hace cinco años Selva Almada publicaba El viento que arrasa en la misma editorial que vos y la primera reseña fue precisamente de Beatriz Sarlo, igual que lo que te está pasando. ¿Te genera alguna expectativa eso?

No me lo esperaba y me halaga mucho porque creo que Sarlo es una de las personas que se ocupa con mayor profundidad de los textos nuevos. Tiene una lectura muy entusiasta, cuando la conozca personalmente se lo voy a agradecer. En cuanto a la reseña me llamó la atención que encarara la novela vinculándola con mi propia biografía: con mi padre, con que yo nací en Venezuela, con que viví en Alemania. No sé dónde encontró todo eso. Ahora, para ordenar: es verdad que la novela está en una primera persona, que es una narradora mujer, que se toca con varias cosas de mi biografía, pero siempre la vi como una historia de ficción. Y en cuanto a la expectativa, conozco a Selva Almada; de hecho cuando estaba escribiendo la novela hice una clínica con ella y con Julián López, que fueron para mí personas muy importantes en la escucha de La habitación alemana, pero me parece que Selva, a diferencia de mí, tiene una obra muy significativa para la literatura argentina contemporánea, hablo sobre todo de El viento que arrasa, que es una novela perfecta. Creo que todo lo que venga será azaroso, así que prefiero no tener expectativas. Además yo escribía, pero escribía teatro, estaba acostumbrada a otro proceso, a los nervios del estreno, al trabajo con los actores, pero cuando empecé a escribir esta novela ni siquiera tenía la intención de publicar, sólo quería ver en qué consistía escribir narrativa. Y el año que la escribí, que fue el 2015, me sirvió un poco para alejarme de la tristeza que significó la muerte de mi padre. Cuando la novela llegó a su final me di cuenta de que los compañeros de la clínica estaban muy entusiasmados con su lectura, y ahí recién pensé en publicar, así que todo lo que viene ahora es un bonus track. Y que Sarlo la haya querido reseñar no estaba para nada en mis expectativas.

 

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