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Melodía desencadenada /2

Martes 09 de octubre de 2012

Los escritores invitados a Filba Internacional 2012 hablan de la canción de su vida. Segunda parte.

Foto: Santi Ochoteco.

laurent binet

Todos tenemos un soundtrack, la banda de sonido que nos marca la vida, los afectos, los trabajos. Algunos escritores necesitan música, otros silencio, pero en todos la música juega un papel importante ya sea como fuente de ritmo o como marco y contexto. Pero ¿cuál es –además– la memoria oculta en la música? ¿Qué narración se esconde en la discoteca personal? Seis escritores tomaron parte de Melodía desencadenada, una actividad de Filba Internacional moderada por Diego Erlan, en la que eligieron la canción que marcó su vida y explicaron por qué. En este artículo, las participaciones de Lauren Binet (Francia) y Lucas Soares.

[Leer la primera entrega con textos de Mercedes Cebrián, Selva Almada y Kjartan Fløgstad].

 

Le Monde entier, Mano Solo
Por Laurent Binet.

Acababa apenas de salir de la adolescencia cuando descubrí a Mano Solo. Su primer álbum es una verdadera obra maestra, que he escuchado miles de veces, sobre todo cuando estaba triste. Soy de los que se consuelan escuchando una canción triste cuando están tristes. La canción que elegí es, a priori, particularmente deprimente porque está dirigida a un amigo que se ha suicidado. Salvo que, además de la tristeza, como en todas las canciones de Mano Solo, hay una formidable lección de vida, que entusiasmaba el joven adulto que yo era en ese entonces. Hay en esa canción una frase, una máxima, que sigo utilizando con frecuencia; se las digo a mis amigos más jóvenes que a veces se sienten abrumados por la inmensidad de la tarea que constituye la existencia, o a los que han sufrido una derrota, un fracaso, una decepción, y tienen la impresión de que nunca saldrán adelante: “Lo que cuenta no es el resultado, sino la lucha”. Les ofrezco hoy esta frase, con la esperanza de que les sea de ayuda cuando se encuentren ante una dificultad. A mí me ha servido en muchas ocasiones. Y también les ofrezco esta otra, para que conjuren el desaliento y transformen la ira en algo noble, es decir, en una revuelta: “Nada más que la belleza del gesto te da razón sobre lo que detestas”. Y, por último: “Pero, verás, mis golpes de derecha todavía son fuertes; aún no le he dado ninguno a la cara del mundo entero”.

 

Cenizas y diamantes, Don Cornelio y La Zona
Lucas Soares

Cenizas y Diamantes by Don Cornelio y la Zona on Grooveshark

No existen los poetas, existen los hablados por las canciones

“Los sujetos me encuentran, no los busco”, decía el fotógrafo húngaro André Kertész. Lo mismo puede decirse de las canciones: nos encuentran, no las buscamos. A mí esta canción de Don Cornelio y la Zona me encontró a los catorce años. Estaba en segundo año del secundario, y Ringel, un amigo del colegio, me enseñó una técnica que después iba a devenir una costumbre para ambos: comprar el casete de un grupo, grabarlo, y después cambiarlo por otro; de ese modo acrecentábamos, en la era pre-internet, nuestros gustos musicales. A través de esta técnica Ringel compró el casete del primer disco de Don Cornelio, grupo que había despuntado en 1987 con un hit (“Ella vendrá”) que rotaba sin parar en la radio, para cambiarlo después por el casete del grupo que realmente quería: The Bolshoi. “Ella vendrá”, de Don Cornelio, y “Sunday Morning”, de The Bolshoi, eran al mismo tiempo la banda sonora de mi adolescencia y de la fase crepuscular en la que empezaba a entrar el alfonsinismo. Así fue como “Cenizas y diamantes” dio conmigo. De casualidad, por un amigo que se dejó llevar por su intuición musical.

Esta canción comporta algo que desarregla el incipiente lirismo del primer disco de Don Cornelio; algo que después se haría un rasgo distintivo de la poética de Palo Pandolfo, cantante y letrista del grupo, en el segundo y último disco llamado “Patria o muerte”. La breve discografía de Don Cornelio es como la figura mitológica de Jano. La cara del primer disco mira hacia lo lírico y la del segundo hacia lo rudo y visceral. Pero, pensándolo mejor, creo que en “Cenizas y diamantes” ya puede observarse un término medio. Porque en esta canción Palo introduce tímidamente una perspectiva más cruda que perfora lo lírico. Para ese entonces yo ya había empezado a escribir y a tomarme más en serio la escritura poética, regido por un estilo indeciso entre lo lírico y lo prosaico. De alguna manera esta canción vino a patentarme la posibilidad de ese término medio que no aparecía en mi horizonte. Sin saberlo, Palo se volvía un formador de mi poética; me ofrecía una lección de equilibrio entre lo lírico y cierta dureza en la sintaxis (para decirlo con el título de un libro de Jorge Aulicino).

Hay artistas que en un determinado momento salen a nuestro encuentro para decirnos en la cara: “Dios no existe, todo está permitido”. Justo para esa época yo estaba fascinado con un libro de entrevistas a García Márquez, El olor de la guayaba, que había encontrado en la biblioteca de mi viejo. Allí García Márquez dice que recién a partir de su encuentro con Kafka él descubrió que quería ser escritor: “Cuando yo leí a los diecisiete años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: ‘Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa’”. Mi encuentro con “Cenizas y diamantes” vino a decirme lo mismo, con la fuerza de una patada que trastocó mi canon de comprensión poética, incluso más que muchos de los libros de poesía que consumía por entonces. En esta canción encontré ese “permiso revelador”, que deviene crucial cuando uno se halla a la búsqueda de una voz. Me refiero al permiso de poder mixturar claridad y hermeticidad, linealidad y sintaxis disruptiva. A partir de esta canción la poesía podía pasar a conjugar lo llano y el ripio: densa oscuridad / fuego más velocidad, cenizas y diamantes. Porque hay algo materialista, como de chapa metálica golpeada, en lo simple y trabado de la poética de Palo, que en esta canción se advierte cuando dice saludo y pateo la mirada del dolor, que es el verso que más me impactó y el que todavía se me aparece a veces bajo  ráfagas inconscientes.

Decía que “Cenizas y diamantes” constituyó un permiso revelador para mi poética en ciernes, dejándome intuir por dónde podía llegar a ir mi voz, al punto que algo –no sé bien qué- de esta canción lírica, ruda y oracular a la vez resuena todavía en lo que escribo. Si nos ponemos puntillosos, diría que lo que aprendí de esta canción de Palo fue que en poesía el sonido de una palabra puede ser más importante que su significado o, lo que es lo mismo, que el sonido detenta por sí mismo un significado. El poema como una caja de resonancia de significantes. También de esta canción –y esto sobre todo a partir de su versión en vivo, que era mucho menos edulcorada que la de estudio- aprendí algo que tenía que ver con la dicción poética: Palo tenía -y tiene todavía- una dicción performativa, lindante con lo chamánico. Cantaba como una pitonisa en trance. El efecto de sonido-sentido en Palo –y esto me pasó después, salvando las distancias, con el descubrimiento de Gombrowicz- se deriva de su desajuste respecto del conjunto, así como del estiramiento de las palabras. Porque al pronunciarlas Palo las triza, las deconstruye. Ese trabajo con la sonoridad, la pronunciación marcada, el estiramiento y la enumeración (sonidos secos, / son ríos huecos, // hay un túnel, una luz, una salida, /hay tres pájaros espejos en caída, / un sabor que nace de tu respiración) me reveló una dimensión de la escritura como acto fonológico y performativo. Si, como decía Salinger respecto del verdadero escritor en Seymour, una introducción,  “es evidente que el material lo elige a él, no él al material”, la voz de un poeta podría definirse también a partir de las canciones que lo eligen.

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