Columnas

Piedra libre

Planeta, de León Ferrari
Quién quiere ser profundo
La digresión como el arte de producir efecto sin causa. En este artículo la autora se mira en el espejo de la literatura y se piensa como farsante. "Vivo con miedo de que me descubran. Y a la vez me dan odio los que se dejan engañar."

Por Virginia Cosin.


Es sábado a la mañana. El calendario dice que acaba de empezar el otoño y el cielo, obediente, se apelmaza como un tejido que han metido en el agua. Desde la ventana puedo ver la danza Butoh de los árboles. Hace una semana que reposo por culpa de una gripe que no termina de declararse y me hace dudar de mí, de mis fuerzas, de mis propios artilugios para no hacer lo que debería hacer. Puesto que soy mi propia jefa, tengo que someterme a un cuestionario riguroso y atender a la insurrección del cuerpo que se obstina en permanecer tumbado. La cabeza pesa como una de esas bolas negras que atan con una cadena al pie de  los presos con traje a rayas. Pero cuando desenfundo el termómetro y espero con la misma expectativa de las épocas de colegio el resultado, mientras sostengo bien apretado el brazo contra mi dorso, el mercurio apenas se aleja de la línea de largada. Se clava un poco antes de los 37 grados. Febrícula o ni eso. El visitador médico no aprobaría esta modorra. Porque ha de ser eso y no otra cosa: modorra, fiaca, pereza, falta de voluntad. Y sin embargo, cuando me obligo a levantarme, las articulaciones protestan. Y si es cierto, entonces, que el cuerpo revela la metáfora volviéndola literal --pregúntenle a las histéricas paralizadas  de Freud-- las palabras son las únicas capaces de arrancarlo de su adherencia unívoca.


A veces no sé lo que quiero decir. Ni sé por qué. Las cosas que no digo son como pelotas que se inflan y se atoran en las estrechas desembocaduras de lo aparente.  Una vez dicha, o escrita, la palabra hace ruido, es el resultado de una concatenación de signos a los que corresponde un sonido, una fuerza material con poder de rebotar y propagarse.
¿Cómo llamar a este golpetear del corazón y a este zumbido en los oídos que aumenta de intensidad al ritmo de los latidos? Es como tener un ratón corriendo entre las costillas.


Estoy escribiendo a la deriva, como a bordo de un bote, yendo al encuentro del promontorio que me haga cambiar de rumbo o me parta en dos. Es difícil lidiar con la libertad de escribir lo que se me antoje. La mayoría del tiempo me siento una farsante. Hay un cuento de Foster Wallace que empieza así, diciendo: Soy un farsante. La semana pasada una o un comentarista, imposible saber --el nombre siempre, pero en estos casos más, es un disfraz-- me reprochaba escribir cosas intrascendentes, sin interés, pretenciosas y poco profundas. Vivo con miedo de que me descubran. Y a la vez, igual que al narrador de Wallace, me dan odio los que se dejan engañar. Deseo y temo por igual que se me desenmascare. Tiene razón Rosa o como se llame. Yo no sé escribir. Y menos que menos cosas profundas. Pero es que ¿Quién quiere, quién querría ser profundo? ¿Y para qué? ¿Cómo sería posible introducir algo en una superficie que es puro despliegue, irradiación si se quiere, contaminación, rebote, eco, zigzag, derrame? Hay que creer en el alma y todas esas cosas de la metafísica para imaginar que la profundidad es posible y yo no creo en nada de eso. Sí creo en la noche y en la oscuridad, en el poder de la sombra. En la violencia del lenguaje que destruye lo que nombra, haciendo de la ausencia una presencia. Pero eso es otra cosa.


***

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