Columnas

Con alguna amargura

Foto de Alejandra López

Martín Kohan reflexiona sobre las aulas argentinas a partir de un pasaje lateral de "Las ruinas circulares", de Jorge Luis Borges.



Por Martin Kohan




El cuento es sobre otra cosa, sobre una cosa más específica, más acotada: la realidad. Pero hay un tramo de “Las ruinas circulares” en el que Borges invoca una escena pedagógica: un hombre dicta lecciones en un anfiteatro semicircular. En ese tramo, Borges escribe: “A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable”.


El pasaje, aunque lateral, es revelador respecto de ciertos imaginarios actuales sobre escenas pedagógicas en general. Un primer elemento, sencillo pero fundamental, es que tiene que haber una doctrina para que haya adoctrinamiento. Lo que un docente piensa, su ideario, sus convicciones, no componen necesariamente una doctrina; no adoctrina por lo tanto a sus alumnos si expone en el aula eso que piensa, esas ideas que tiene. Pero además, y sobre todo: no habrá adoctrinamiento, incluso habiendo doctrina, sin alumnos que la acepten “con pasividad”, sin intentar contradecirla de manera “razonable” (ni tampoco de alguna otra manera).


Es decir, con otra palabras: para que haya adoctrinamiento tiene que haber un repertorio de ideas coaguladas en una rigidez sin matices (esto es, una doctrina); pero además un docente autoritario, dispuesto a imponerlas con la prepotencia de quien no habrá de admitir otras voces. Y por fin, especialmente, un grupo de estudiantes garantidamente pasivos, receptores inertes de lo que sea que el docente les diga.


Según este criterio, endeble para mí, para que no haya “adoctrinamiento” en clase el docente debería ser un lelo, o bien lucir como un lelo: es preciso que no piense nada o que parezca no pensar nada. Y es que la premisa es que los estudiantes son lelos, que absorben sin elaborar, que oyen con la mente en blanco, que no ponen nada de sí (porque no quieren o porque no pueden).


No digo que no existan situaciones así. El otro día, sin ir más lejos, pasaron por televisión una apertura de ciclo lectivo en un colegio de Villa Devoto en la que el orador a cargo del discurso denigró agresivamente a una parte de los estudiantes (a los que no pensaran como él), obteniendo la adhesión superflua de otra parte de los estudiantes (los que sí pensaban como él y sintieron grato ese ataque virulento). Pero sería un error garrafal sacar conclusiones generales de situaciones de manipulación como ésta, que han de ser la excepción y no la regla. Las clases en las aulas argentinas, las escenas de interacción y estímulo de docentes y estudiantes, han de transcurrir mayormente en términos sin dudas mucho mejores.

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