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Ficcion

Primera luz

Por Charles Baxter

"El dolor no me causa ninguna impresión": así arranca la novedad de Fiordo Editorial, que "no es un tratado de filosofía; es una novela extraordinariamente bella", plagada de preguntas asombrosas. 

Por Charles Baxter. Traducción de Jordi Fibla.

 

 

 


1

El 4 de julio, Hugh acuerda ir en coche a la casa de la señora LaMonte en busca de «los explosivos», como le gusta llamarlos. A medio camino, su hermana emerge de un largo silencio y lo corrige. No son explosivos, dice, solo fuegos artificiales. Juguetes. Hugh mantiene ambas manos cerca de la parte superior del volante, como suelen hacer los hombres cautos y, en un primer momento, no se vuelve para discutir con ella. Durante un minuto entero contempla el panorama de colores propios de la sequía que pasa a su lado, antes de decir en voz muy baja:

—Sí, eso ya lo sé.

—¿Qué? ¿Qué es lo que sabes?

Dorsey está acurrucada en el asiento del acompañante, tiene los pies descalzos levantados y cruzados a la altura de los tobillos sobre el tablero símil cuero y los brazos alrededor de las rodillas; es una compacta masa circular.

—Sé que no son explosivos —responde él—. Aunque lo cierto es que explotan. Lo dije irónicamente.

—Ah —dice su hermana. Esta vez es ella quien deja que transcurra un minuto. Entonces añade—: Es raro en ti.

Y ambos sonríen para sí mismos, mirando en distintas direcciones la autopista, el ancho panorama de pastos secos junto a la carretera y las cosechas agostadas.

Un junio caluroso y seco ha hecho palidecer los verdes naturales de los campos en los alrededores de Five Oaks, hasta darles un tono pastel desvaído cuyo amarillo ahora, a comienzos de julio, empieza a ser visible. Los tallos del maíz están atrofiados y cada hoja de árbol está cubierta de polvo. Con ese calor, el cielo es de un azul estancado y ceniciento. Noah, el hijo de Dorsey, un niño sordo, viaja en el asiento trasero y suda tanto que tiene la camiseta oscurecida aquí y allá por la humedad. Hace girar una pelota de fútbol sobre el dedo índice y golpea rítmicamente con el pie el respaldo del asiento bajo y cóncavo de su madre. Sin volverse, por encima de la cabeza, Dorsey hace la señal de «basta» en el aire: con el filo de la mano derecha golpea la palma de la izquierda. La segunda vez que lo hace, los movimientos de la mano se intensifican hasta remedar un grito.

El coche huele a cuero caliente y a la loción con que Hugh se ha restregado esa mañana las piernas quemadas por el sol. Trabaja de vendedor en una concesionaria, pocas veces se expone directamente al sol y cuando lo hace, sobre todo en las vacaciones y los fines de semana, se queda bajo los rayos inerte como un lagarto. Dorsey desvía la mirada de los campos y señala las piernas de su hermano.

—¿Por qué no tomas nunca precauciones contra el sol? —pregunta.

—El dolor no me causa ninguna impresión.

—Eso es mentira, lo dices por arrogancia —dice Dorsey—. ¿Y por qué no has reparado el aire acondicionado? Eres vendedor de autos. Deberías ser capaz de…

—Ayer —dice él—. El condensador se rompió ayer. No he tenido tiempo de hacer nada. Estoy bien, no es necesario que pierdas tiempo en preocuparte por mí ni por el coche. Nos cuidamos bien.

—No es que me preocupe —dice ella en voz baja—, y si lo hiciera, no estaría perdiendo el tiempo.

Noah comienza de nuevo a patear el respaldo del asiento. Dorsey se vuelve para dirigir una breve y furibunda mirada a su hijo. Forma una rápida frase con las manos.

—¿Qué le estás diciendo? —pregunta Hugh.

—Que se porte bien o no vamos a comprar los fuegos artificiales.

—Bueno, esa es una mentira arrogante —dice Hugh—. Tenemos que comprarlos para mis hijas, para tu marido y…

—Deja a Simon al margen de esto, y cuidado con ese coche —dice Dorsey, señalando un Dodge rojo descapotable que avanza como es debido por su carril, se les aproxima, pasa por el lado y desaparece. Hugh emite un bufido de fastidio con cierto dejo de burla. Dorsey se encoge de hombros—. Nunca se sabe —dice.

Apoya la cabeza en las rodillas, se acurruca de nuevo. Hugh recuerda esa postura de otros viajes que los dos hicieron juntos de niños y adolescentes. No solo la postura sino también el hábito de quitarse los zapatos y las medias cuando emprendían cualquier excursión en verano, por corta que fuese. En las raras ocasiones en que estaba contenta, le gustaba apoyar los pies en la guantera y dejar las huellas de los dedos en la ventanilla. Hugh piensa que todavía es hermosa, aunque la suya sea una belleza sin inocencia. Tiene los ojos alerta, ensombrecidos por el insomnio. Con la remera sin mangas y los jeans, el cabello claro y la melenita corta, parece casi una nena. Pero con esos ojos, ojos de abuela sin patas de gallo, revela una historia, sus inflexiones.

—¿De verdad llamaste a la señora LaMonte? —pregunta Dorsey.

—Ya te dije que la llamé. Dice que aún tiene «ciertas existencias». Se puso a chillar cuando le dije que venías. «¡Qué ganas tengo de verla!», dijo, y quiso saber si tienes el aspecto de una profesora y astrónoma famosa.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que sigues pareciéndote bastante a ti misma. ¿Es mentira? ¿Debería haberle dicho otra cosa?

—Sí.

La ruta del condado se desvía a la izquierda alrededor de una granja delante de cuya fachada hay una Virgen María de yeso al abrigo de una hornacina de cedro. Detrás de la granja se alza una pequeña colina, con un estanque reseco por el sol al pie y un grupo de árboles en la cima rocosa.

—Ya casi estamos —dice Hugh—. Siempre recuerdo dónde se encuentra la finca de la señora LaMonte al ver esos árboles espantosos.

Acelera, adelanta a un Jeep con una calcomanía en el paragolpes que dice yo amo mi paracaídas, y le complace ver el polvo que se levanta en forma de nube marrón y dorada detrás del Buick.

Gira para entrar en el sendero de acceso a la finca de la señora LaMonte y estaciona a la sombra de un nogal. La casa de la señora LaMonte es color durazno (siempre ha tenido esa tonalidad desde que él acude en busca de los fuegos artificiales) y Hugh se pregunta vagamente qué empresa habrá tenido la inmoralidad de vender una casa de semejante color. Parece una casa de cuento de hadas, una enorme pieza de caramelo venenoso. La señora LaMonte, de cabello gris encrespado, suelta el rastrillo en cuanto ve el automóvil, corre hacia ellos y acerca la cara a la ventanilla del acompañante para echar un vistazo antes de que Dorsey haya podido bajar. Con fuerza sorprendente abre la puerta, introduce la mano, agarra a Dorsey y tira de ella. En cuanto Dorsey está de pie, la señora LaMonte la rodea con sus enormes brazos.

La suelta y la mira fijamente a la cara.

—Tienes un aspecto espléndido —dice—. Bonita y todavía inteligente, ¡claro! ¡Qué ojos! No tenemos muchos ojos así en los alrededores de Five Oaks. ¿No es cierto, Hugh?

Al otro lado del coche Hugh sacude la cabeza.

—¡Tus padres habrían estado orgullosos de ti! —sigue diciendo la señora LaMonte—. He leído sobre ti en los diarios. ¿Cuánto tiempo vas a estar en el pueblo?

—Solo un día más —dice Dorsey—. Vamos en dirección a Minneapolis.

—¿Qué hay en Minneapolis? —pregunta la anciana.

—Trabajo para Simon. Es actor. —En cuanto Dorsey ha pronunciado el nombre de su marido, la señora LaMonte vuelve la cabeza y la mira con los ojos entrecerrados—. Simon… mi marido —le aclara.

—Oh, ya lo sé —dice la señora LaMonte—. Me mantengo informada. Eres una de las mejores cosas que le han ocurrido jamás a este pueblo y nada más natural que una anciana como yo siga con atención tus novedades. —Se da golpecitos en la cabeza—. Pero no me lo has presentado —añade, y muestra el grado de irritación justa como para hacer evidente que lo dice con buenas intenciones. Mira a Dorsey a los ojos y cambia de postura para desviar la mirada—. ¿Sienten el olor a zorrino?

Dorsey, Hugh y la señora LaMonte husmean el aire a la vez. Hugh ve que Dorsey sonríe al experimentar de nuevo el placer perdido de los olores del campo.

—Han invadido la granja —dice la anciana—. Por suerte no se han metido en el galpón.

—¿Es ahí donde tiene los fuegos artificiales? —pregunta Hugh.

—Tu hermano no pierde el tiempo —dice a Dorsey la señora LaMonte, asiendo el brazo de la mujer más joven para sostenerse—. Como tu padre. Hugh ya sabe que están en el galpón porque siempre han estado ahí, y él es quien viene un año tras otro a comprarlos. Así que lo sabe. Bueno, ¿a quién tenemos aquí?

—Noah. Mi hijo. Es sordo.

Dorsey hace una seña a Noah y el muchacho se adelanta para estrechar la mano de la señora LaMonte. Después del apretón de manos, la anciana aferra el brazo del chico y le pone lentamente las dos manos en los hombros. Mientras Noah se mueve inquieto la mujer suspira:

—Más familia —dice—. Gracias a Dios. —Se queda mirándolos a los tres—. Bueno, vayamos atrás a buscar los ilegales de este año y luego tomemos limonada.

—Espero que todavía tenga algunos de los buenos —le dice Dorsey.

—Este año el negocio no ha sido provechoso. —La anciana sacude la cabeza—. La gente se está volviendo demasiado timorata y respetuosa de la ley. Son los curas y el gobierno. Todo el mundo quiere hacer cumplir las reglas. Así que todavía tenemos una buena selección a la venta. Ya van a ver. —Mira los pies de Dorsey—. Quizás quieras ponerte unos zapatos.

El galpón está a la sombra de un ancho manzano sin podar. Hugh ve que algunas hojas del año anterior se descomponen en las canaletas. Hay manzanas pudriéndose en la tierra caliente del sendero. Como siempre hace en esta época del año, la señora LaMonte ha retirado las antigüedades que expone normalmente y las ha sustituido por los fuegos artificiales que su hijo, el camionero Roy, ha traído de contrabando en el Inter-Mountain Express. Las lámparas a prueba de viento, las veletas en forma de diligencia y las jarras de vidrio azul con esmalte tabicado están amontonadas en los dos rincones del lado sur. En el interior del galpón, Noah aspira con placer el aire cargado de pólvora. Toma una pieza en forma de candela y hace señas a su madre.

—Sí, ese es bueno —dice la señora LaMonte—. Hecho en Hunan, China. —Asiente con rapidez, de pie en una cuña de luz solar, de modo que sus gafas reflejan el sol contra la pared—. A los orientales les gusta dar nombres poéticos a sus fuegos de artificio. Ese se llama «Las flores de ciruelo anuncian la primavera». Por ahí hay uno que se llama «Pétalos de lila en tres arroyos». —Señala la mesa del extremo—. Ahí tengo perseguidores. Esas son ruedas de Catalina. Ahí, cerca de donde está el chico, hay cohetes comunes. Los de ese grupo, al lado de la mesa, son «Batallas en las nubes». Ahí tengo varios «Pájaros asustados» y los habituales «Aulladores gigantes». Los de «Batallas en las nubes» de este año son muy buenos. Roy los probó. Se los fabrica en la capital mundial de los fuegos artificiales, Macao, nada menos. No compren esos. —Hugh ha tomado un conjunto de seis cilindros sobre una plataforma—. Se llaman «Dinamitas». La mayor parte no estalla, no sé por qué.

Hugh nunca había visto tantos fuegos artificiales en casa de la señora LaMonte. Noah transpira de la emoción. Las sandalias de Dorsey dejan tenues huellas en el polvo rojizo del suelo del garaje.

—¿Y tiene bombas de estruendo? —pregunta ella.

—Son ilegales —responde la señora LaMonte, enderezándose.

—Como todo el resto.

—No, no todo.

—La mayor parte.

—De acuerdo, no vamos a discutir por eso. —Abarca su exposición gesticulando con la mano—. ¿Con todo esto, para qué quieres las bombas de estruendo? No son bonitas, no tienen poesía, lo único que hacen es ruido.

—Para Noah —dice Dorsey.

La señora LaMonte se muestra perpleja.

—Pero tu chico es sordo —dice.

—No a las bombas de estruendo —dice Dorsey—. Nota en la piel las ondas expansivas. Es lo que más lo acerca a la sensación de oír.

—En ese caso… —dice la señora LaMonte. Se dirige con rapidez a un rincón oscuro y toma una delgada bolsa de red blanca. Introduce la mano y saca media docena de esferas, que muestra con una sonrisa benevolente—. Royal las compró a un calvo tatuado que usa corbatín y se mueve en una camioneta por los alrededores de Fargo. Estos despiertan a los zorrinos. —Los deja caer en las manos extendidas de Dorsey—. Más ruido por tus monedas —dice.

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