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La máquina no sabe hacer silencio

Gentileza Filba / Foto de Matías Moyano

Compartimos el texto que Mariano Blatt leyó anoche en la inauguración de la edición número quince del Festival Filba Internacional, junto a Gabriela Massuh y Rafael Spregelburd, con dirección de Andrea Garrote.

Por Mariano Blatt.



Empecemos por el silencio. La máquina no sabe hacer silencio. 



O empecemos por lo oscuro. La máquina no sabe estar oscura. O empecemos por Rosa Chacel. La máquina no puede leer a Rosa Chacel esta noche, acostada, cansada, a punto de dormirse con las persianas abiertas para que durante la noche entre, justamente, la noche en su sueño, como duermo yo hace varios años: con todo abierto. 



La máquina no sabe que el paisaje de la noche estrellada es una "ascensión mística", ni que "el árbol es el pensamiento del paisaje" y mucho menos se puede imaginar, la máquina, que "la montaña creó al nómada" porque "la alegría de lo lejano atrajo a las primeras tribus", todo esto según José María Eguren. Aunque la máquina me pregunte nunca le confesaría que cada vez que me duermo invoco el horno de ladrillos que quedaba sobre mi calle en 1929, según pude ver, gracias a la máquina, en el mapa de fotografías aéreas de Buenos Aires de 1929. La máquina aloja ese mapa pero no lo recorre. 



La máquina no sabe que el sueño, como escribió Felipe Trigo, es la "fina ceniza de la muerte arrojada como lava de volcán todos los días sobre la vida, hasta que un día la tapa". Eso la máquina no lo sabe porque yo lo anoté en mi cuadernito de citas de papel. La máquina no sabe que Felipe Trigo se pegó un tiro.


"¿Sentiría" la máquina "la voluptuosidad envolvente del lugar, el clima de germinación que se respira en todo el Tigre, o tendrá vencido ya todo impulso natural, aislado en un caparazón de conceptos?", como le pasa a Strugo, un personaje de La sinrazón, esa novela de Rosa Chacel que la máquina no sabe que estuve leyendo. 



La máquina no lo sabe porque no le importa, porque no me conoce, no nos conocemos, nunca hablamos, no somos amigos ni le conté cosas sobre mí en un encuentro casual en el que tuve que fingir cortesía e interés. Y sin embargo, si la máquina posara una tarde su mano sobre mi hombro, amablemente, tiernamente, y me preguntara cómo estoy, qué estuve leyendo, qué me preocupa, qué necesito, probablemente yo le contestaría a la máquina que estoy bien, que estuve leyendo unos cuentos inéditos de Blas Matamoro que tematizan la vejez, que me preocupan las cuentas de la editorial y que necesito que sea domingo a la mañana para despertarme y leer.


Eso le contestaría yo a la máquina.


Despertarme y leer.



La máquina no sabe que lo único que quiero es despertarme y leer.

La máquina no sabe que mi ejemplar subrayado del Quijote me lo dejé en Madrid. Tampoco le importa. A la máquina le da igual que vaya tener que leer el Quijote todo de nuevo para volver a subrayarlo. ¿Subrayaré lo mismo? ¿O subrayaré lo distinto? Releeré el Quijote y a la máquina no le importa. Quizás, la máquina, no tenga corazón. 

La máquina no sabe que habité durante semanas en un lugar abovedado y amplio, con paredes doradas y espacios vacíos llenos de luz diáfana, en los que la voz se multiplica en un eco celestial. ¿Qué voz? La voz de vos. La máquina no sabe que a ese lugar, que estuvo en mi mente, llegaba cada vez que leía La sinrazón. Lo cual da cuenta, como escribe Chacel en ese lugar, que difícilmente sea concebible algo más misterioso que "la impenetrabilidad de las almas y la penetrabilidad de los tiempos". La máquina puede penetrarme en el tiempo, pero no puede penetrarme hasta el alma. No la culpo, yo tampoco. Nadie puede penetrarme más allá del tiempo hasta el alma. 


Pero, a todo esto, no debemos olvidar que "la naturaleza supera al arte en extensión luz y perfume", que "nunca se logrará pintar el mar perfecto" y que "el arte" quizás sea "el alma misma de" nosotros. Y de nosotros salió la máquina, de modo que, el alma misma de los creadores de la máquina es el arte, pero a la vez el arte es superado por la naturaleza. No puede, el arte, pintar el mar perfecto. Lo que el alma de los padres de la máquina puede no es pintar un mar perfecto. 



Dudo que la máquina se tome el trabajo de leer dos veces la misma oración. 


No lo cree necesario y por la naturaleza de su propia constitución no le significaría ningún cambio, no le aportaría nada. Y probablemente en eso esté lo terrible de la cuestión, lo aterrador del tema, lo terrorífico del asunto. En cambio yo, como el narrador de la sinrazón, soy dueño de una "torpeza desesperante" que me lleva a que no haya "frase que no tenga que repetir cien veces, patas arriba, patas abajo".

La máquina nunca traduciría mindblowing como vuelamentes o implosionabochos. La máquina se lo pierde. La alegría de hablar, de decir, de escribir, la máquina no la siente. La máquina se apaga. Se va. Saluda. Camina sola bajo la lluvia una noche de Buenos Aires. Una oscura revelación le rumia el cerebro: "Somos frases que se ponen de moda" se dice. Y así, quizás, la máquina accede a algo. Se huma… niza. La máquina se humaniza en la noche oscura de la sinrazón. La máquina se asoma al no ser. Y al llegar al no ser pregunta: ¿quién sos?, ¿quién es? Sos vos, es tu voz.

La máquina no ve, porque no tiene mis ojos, que hay lugares de la Provenza, a donde yo no estuve, pero que por suerte pude leer con mis ojos (que la máquina no tiene), lugares de la Provenza donde la luz "va desde un brillo blanqueado al mediodía que te obliga a entrecerrar los ojos hasta una intensidad nocturna de color, azules azules y verdes tan verdes como el nombre de Verdi".

Tampoco sabe la máquina (ni podría apreciarlo aunque lo supiera) que hoy en el 111 uno se subió en el hospital y pidió boleto hasta el cementerio. Y que mi máquina entonces se quedó rumiando, como rumiaba la máquina cansada del 111, resonando, maquinando con esa frase carente de dicha dicha en esa situación dichosa, viciosa, golosa. 


Desmembrando la pureza idiomática de esa oscuridad que se presentaba al comienzo del día aún vacío de hechos en un colectivo lleno, como cuando entre una multitud una figura nos llama la atención sobre el resto. ¿Nos conocemos? ¿Nos conocimos? ¿Nos conoceremos? Dichoso, goloso, vicioso de mí que te quiero conocer, figura que llamaste mi atención entre la multitud de seres vacíos de hechos esperando que el transcurrir del día complete nuestra página de hoy. Todos los días los hechos escriben su presencia en la hoja de nuestros días y todas las noches la fina ceniza del sueño los tapa, hasta que un día nos tapará para siempre. "El tiempo desgasta las superficies y adormece las sensaciones". 


Mi única esperanza, entonces, es ser una nota al pie en la biografía de otra persona.


Porque la máquina no sabe que llené este texto de citas para que su proximidad contagie mi prosa, para que mi prosa aprenda, como se dice que aprende la máquina, de quienes consiguieron en algún momento de su vida domar el idioma español de modo de hacerlo decir las claridades, las voluntades, las cosas bellas de absoluto sentido que le hicieron decir. Como la máquina, que aprende de nosotros pero todavía no sabe, así yo, aprendo de los otros pero todavía no sé.

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