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La belleza según José María Eguren

Motivos (Blatt & Ríos) es el único libro en prosa de José María Eguren, una recopilación póstuma de ensayos publicados en revistas y periódicos, una de las cumbres de la literatura en español del siglo XX. 



Por José María Eguren





La belleza es indefinible. Podría ser la santidad objetiva de los ojos, el éxtasis del movimiento. Una pluralidad armónica como el gusto daría tantas bellezas como  gustosdiferentes.

Los nórdicos adoran sus vírgenes de nieve y los africanos sus ángeles negros. Como atrayente de amor, con sus líneas gráciles y sus colores activos, la belleza sería principio de vida, la verdad de la vida, y lo que se apartara de ella, negación y muerte. La belleza podría demostrarse por sí misma, por el sentimiento en comprensión universal y tácita. El arte es el instrumento para exteriorizarla. El genio la crea en el arte, y la primera causa, Dios, en la Naturaleza. Descorrido apenas el velo misterioso del tiempo, la belleza se nos revela en la música que viene del infinito; porque siempre es lejana y de luz antigua. La sentimos cuando ha pasado; es el arte que más sugiere, indeterminado y trémulo. Siempre mañanera, en actitud de nacer, la música es el lloro y la risa, expresión directa de la sensibilidad; más que creación parece expansión; es como el sueño: consonancia velada de la vida. La belleza es de recuerdo. Tiene en su gama la ternura y el espanto, las pasiones de la Naturaleza: las tempestades y las obscuras calmas. La música moderna tiende a lo universal; es un timbre de timbres, una orquesta de orquestas. Falla sube sus campanas a una altura de alturas; Debussy colorea los colores. Varias canciones forman al unísono una canción suprema. Sincronismo de semejanzas y sugerencias. Oí una noche en una velada amiga una discusión de amor. Varias voces decían a un tiempo diferentes motivos, las frases de la emoción iban al vuelo como los finales de una sinfonía adorable. Era la música del pensamiento. De parecido modo vibran en la noche las melodías glorietales y el canto del ensueño. La noche responde la pregunta silenciosa; cada ser revela parte de su secreto melodial. La música es anunciadora; será siempre el preludio de un arcano hermoso. La belleza inmanente es inasequible, pertenece a un plano innatural. La belleza pura excede a nuestros sentidos, de presentarse a ellos los apagaría. Una finura intensa de color y de líneas sería venenosa; un amor absoluto quemaría el espíritu de la Tierra. El principio de la belleza es de simpatía, mora a la vez en el objeto y el sujeto sensible; dos movimientos integrales y un solo amor. La mayor belleza sería un movimiento de infinitos espacios, un todo armónico de desarmonías. La explicación de la belleza viene del sentimiento y el buen gusto, que carecen de normas. Una faz que en los siglos ha parecido hermosa, sufrirá diferentes apreciaciones pero sólo por excepción se le acusará de fealdad. El buen gusto no se puede precisar; pero sentimos gravitar una fuerza selectiva, que tiene probablemente sus leyes y que se impone en el tiempo. Como sabemos, la belleza se expresa por el arte que es su figuración o reflejo. El hombre no llega a crear, sólo compone e inventa. El arte es solamente una metáfora y al artista se le llama creador por semejanza. El conjunto creciente de todas las artes, en una gran metáfora, sería el espejo mágico del espíritu. La música es sin presentimiento, la poesía una determinación; las manifestaciones de esta parecen explicativas, pero de haber comparación entre las artes, sería la primera; pues una pintura o melopeya sin poesía es un signo muerto. El niño desde la cuna sonríe a la bondad y a la gracia; notas de belleza. Después escucha el canto, corre a su primer paisaje; vienen los años y su belleza es amor. Siempre recordará su canto, su paisaje y sus rojos claveles; vuela el tiempo, se va apagando la lámpara y los ojos se velan. De tarde en tarde vuelve la lejana aurora que creíamos muerta; un sueño infantil de átona dulzura o un rostro tenue nos encantan. He visto en una sala marina, bajo el mismo pórtico, con igual sombra azul, la cara en blanco y cielo que soñé antaño. Toda belleza tiene un raro poder, causaría temor como todo lo que parece superar las leyes naturales; mas el temor pertenece al campo de lo sublime.

La belleza debe ser suave, pues es un movimiento inicial de simpatía. Es difícil distinguir lo bello de lo sublime; el bambú susurrante de la serpiente armoniosa. La belleza es lo bueno como principio puro; es la armonía del misterio; sin este se borra en un compás monótono, en la nada. Las bellezas naturales son arcanas; huyen de los sentidos, laten en un continuo despertar; principio de la vida, tienen algo de infantil y femenino. La hermosura del hombre tiende a lo sublime a la fuerza elemental; la de la mujer, a la sensualidad, al ideal; por su finura se remonta al punto más alto como la libélula. La clasificación de la belleza sería interminable; existen características generales, afinidades entre la mujer y ciertas plantas y gemas; esquemas raros que se tocan. Las especies espirituales son imperceptibles e innúmeras. 




Como hay familias y generaciones atávicas de una pasión dominante, así hay especies de belleza que corren una misma línea; un mismo amor las modela y precisa y se plasman en símbolos vivientes. La belleza es una síntesis; ya sea la canción simétrica de los melodistas o las vagancias mañaneras de Debussy: la Fille au cheveux de lin o el Scherzo de Prokofieff. Lo bueno requiere un juicio; es par y consonante; lo bello es una armonía ascendente, abierta a disonancias. La pintura es la más objetiva de las artes. Picasso, De Chirico, varios surrealistas, la afirman arte propio del hombre, que no imita el objetivo circundante, campo de la fotografía. La Naturaleza es bella en cuanto es dinámica. Volidora e inmanente crea estados de alma y múltiples sugerencias. En el sueño de la mañana el canto del ave gris parece que abriera una puerta mágica. La belleza de amor es el gran mito, el primer color, la primera luz, el acento que ha dictado el poema del universo inefable. Despierta en la mañana de las rosas y aletea en los ojos de la rubia que enciende las lámparas de la tarde. La pasión en los ojos; hay un tremor azul en todas las distancias; un idioma no inventado y presentido que cantará ternura en vez de otras canciones. El conocimiento de la belleza es la sabiduría, la máxima penetración, el élan de un nuevo plano sensorial, la isla del poder y de la bondad creadora. El enigma; los insectos de la noche coloridos e invisibles para el hombre indican un mundo ignorado y sensible. Hay rostros de mujeres que parecen surgidos de esta tiniebla mística. Desde Botticelli hasta Ernst vibra la gloria de los ojos infantiles de la sombra. No es la penumbra espiritada que oculta el mito de las cien facciones, es la belleza femenina que triunfa de la noche, el apocalipsis de las flores y de las vírgenes. El amor elige a la mujer, la corona de ensueños magos le pinta la frente y las pupilas de esperanza. La belleza natural y la artística corren paralelas. La Naturaleza supera al arte en extensión, luz y perfume. Nunca se logrará pintar el mar perfecto; pero el arte es el alma misma del hombre. El ocultismo de la Naturaleza se adivina con lentitud prolija. Debussy en la música, Proust y los novelistas de vanguardia plasman la sucesión de los momentos vitales. Es un avance; Soupault mezcla las almas con los colores nocturnos como en una pintura; Breton crea su adorable Nadja, flor de la calle y de la locura; Valéry Larbaud, su Fermina deliciosa. De un lado el arte viejo, la actividad de genios que levantaron la casa del pasado y estilizaron el pensamiento y la sombra. Los imagineros, los góticos de Botticelli, los renacentistas; Rafael con sus beldades italianas, Moreau de verdes orientales. De otro lado, arte de juventud que va con sus aviones a la ciudad nocturna de los fanales. Son bellas las horas de la libélula que gira en un triunfo de jardines y colores; vive y muere en el viento con hilos de Eros y la ronda breve de la pavonia que se quema en su ideal ardiente. Son bellos como sentimiento la ternura caritativa y el heroísmo oculto. Es interminable la belleza con las etapas de su camino siempre ignotas. La emoción que de ella viene es una viva sorpresa, un relámpago verde como una nueva aurora; después un recuerdo musical, gentil soplo de ensueño. Desde la curva del camino se escalonan los mirajes rosados, las colinas canoras, las lontananzas florecidas. Cae la noche, se encienden luces de ágata y vuelan sombras bosquecinas; a lo lejos tiemblan las lagunas a donde bajan los luceros; duerme la quinta de terciopelo, rumorosa cintila la mansión de las magas y en la ribera mece el mar sus fantasmas espumosos. La belleza es de origen divino; los griegos la adoraron: Ruskin hizo de ella su religión. El amor es la cumbre de la belleza y la primera virtud. Es espontáneo; ni la inteligencia, ni la voluntad lo adquieren, suele ponerse en fuga con la suavidad que ha traído, nos rinde como el sueño. El principio del amor es una nota de dulzura, algo imperceptible por su tenuidad; nace en lo íntimo del ser, en el corazón, y vibra en toda la Naturaleza. Lo hallamos en las falenas de la tarde y en las barcarolas liliputienses de las ribas, en las barandas alegres como avenidas donde juegan los insectos, en las falacias de luciérnagas titilantes y en las sonatas de los cuentos de niños. Está en el corazón y sube la escala de la verdad como un perfume. La belleza es la berceuse de la vida, la emanación de un plano superior, de un cielo; es el principio novador de la existencia una afirmación y una esperanza. Por la carrera de los años se descubren tonos prístinos en las rosas de los sueños y en las umbelas melodiosas, en los kioscos celestes y en las miniaturas de la noche. Hay bellezas que parecen hostiles, inadaptables en este mundo dual de fuerzas encontradas; en este dos terrible de amor y muerte. En la espantable ronda de las almas negras y de las horas vulgares, en el pórtico neblinoso de la retirada, vibra un canto de gracias por la primavera de las flores y la balada del recuerdo, por la belleza del amor, única razón de la vida.

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