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Diario de la meningitis

Rodrigo Ruiz Ciancia / Gentileza Filba

Mi enfermedad

"Entender, intentar entender, porque de eso se trata el escribir aunque sea una exigencia inalcanzable. Inalcanzable por suerte, y por eso mismo insistimos". Un texto inédito que Luisa Valenzuela compartió en el último Filba, de un conjunto que se llama, por ahora, Cuaderno gris, cuaderno naranja. 

Por Luisa Valenzuela.

 

El diario empieza así:

¿Cómo escribir esto?

No, no es ésta la pregunta, la pregunta es ¿cómo escribir? Y punto. Qué hacer para recuperar el milagro de encontrar las palabras, una vez más; las palabras para decir aquello que está del otro lado de la anécdota, de la fácil, banal descripción de hechos que no van más allá de sí mismos. Es decir entender, intentar entender, porque de eso se trata el escribir aunque sea una exigencia inalcanzable. Inalcanzable por suerte, y por eso mismo insistimos. Y procuramos sacar algo de la nada gracias a esa entelequia llamada arte, aunque ahora el vocablo acarree connotaciones pretenciosas. Adjetivo que viene del verbo pretender, es decir anhelar, aspirar, soñar con un más allá del decir que dice mucho más, aun a pesar nuestro.

He sido una viajera impenitente y obcecada. Llena de pasión, y me viene de lejos, de la infancia y sus inventos. Porque la imaginación fue mi primer medio de transporte, pero a lo largo de años —los muchos años aunque yo no tenga conciencia del tiempo pasado como pérdida sino como acumulación— abordé todo tipo de vehículos. Desde los grandes trasatlánticos a los barcos de carga, a la feluca egipcia, y los aviones a hélice y los jumbos, y los ricksahws y los tuc-tucs y hasta algún manso camello para no hablar de caballos de todo tipo, de monta y de tiro. Viajé a tracción a sangre animal, vegetal y hasta humana. De todo, menos a tracción a sangre propia.

Así hasta marzo del inefable 2010. Porque para el largo viaje de esa fecha —viaje al fondo de la noche— mi medio de transporte fue un virus. Anónimo él, indetectado aunque por fortuna finalmente expulsado de mi organismo; un virus que se alojó en mi cerebro y mientras vivió hizo sus estragos. Es decir su trabajo de virus. Y me transportó al fondo oscuro de mí borrándome de un plumazo los recuerdos de ese viaje. O casi. Por eso mismo trataré de reconstruirlos ahora que puedo. Y me animo. Porque hasta hace un tiempito no quería saber nada de nada y ahora sí, quiero saber. De esto se trata el estar en vida. Y el retomar la escritura. 

La voy recuperando, a la escritura, y una vez más salgo al encuentro de ese decir que nos permite ver las palabras a trasluz. Me hace bien. Porque al emerger del largo letargo estaba convencida de no poder escribir más, y no me importaba; imposible recordar que el escribir es una forma de pensar, de estructurar la llamada realidad, de exprimirla para tratar de extraerle algún sentido. Como quien exprime un limón, digamos, o hace jalea de una fruta que de otra forma resulta indigerible. ¿Se le agrega entonces azúcar, a la realidad, se la endulza al escribirla? En absoluto. Es sólo una metáfora. Eso. Encontrar los valores metafóricos en el intento de descifrar el símbolo. Derivar un sentido, un significado, para lo cual, más allá de habilidad o talento, se requiere entusiasmo. Y es lo que me faltaba, lo que con la enfermedad me había abandonado: el entusiasmo. Ni un adarme me quedaba, ni un atisbo, ni siquiera el concepto que encierra la palabra entusiasmo.

Hay un punto del saber que no se sabe dónde está, pero está. ¿Flotando en el espacio sideral? ¿En el aire que respiramos? ¿en el afuera y nos penetra por ósmosis? ¿O estará dentro del propio cerebro, en esas zonas profundas e ignoradas que quizá, con mucho esfuerzo, escribiendo, logremos atisbar?

Del recorrido aquel en el reino de la desmemoria sólo me queda el recuerdo de un telón. Telón final, lo pienso ahora, porque antes siempre hablé de cortina. Cortina negra. Fue la única percepción que tuve durante mi inconciencia de más de un mes: Vagaba yo por una penumbra parda, algodonosa y quizá cálida, para nada inquietante. Avanzaba tranquila, sola sin que la soledad me pesara en absoluto, en realidad nada me pesaba, todo parecía liviano y no había tiempo. Así duró lo que duró, ese deambular por el espeso aire brumoso, días, segundos, lo que fuere, cuando de golpe llegué a la cortina. Cortina negra. El telón de un negro tan profundo como no hay otro, carbón puro, imposible y dúctil. Debía seguir avanzando, atravesarlo, pero supe en un instante que lo que me aguardaba del otro lado era la muerte. La muerte como siempre la quise: la desaparición total. Pero la desaparición total en la más absoluta negrura, algo imposible de asumir, de aceptar. Es lo que siempre quise de la muerte, me dije, y me dije no, no quiero, y me asusté del todo. Y me hice una lista de todo lo que me esperaba por hacer —es decir escribir— y eso me detuvo al filo de la cortina. Al filo de la muerte, quizá. Vaya una a saber. La larga lista de obligaciones, como un no poder abandonar este valle de lágrimas o lo que sea antes de cumplir con todo para lo cual había llegado al mundo.

Una vez recuperada la conciencia no logué recomponer la lista ni recordar uno sólo de sus ítems, pero eran todos de trabajo de escritura, nada de afectos dejados atrás o de añoranzas. Eran deberes. Como los del colegio, es decir completar la tarea. En esa frontera, en ese filo de vida, necesité volver para escribirlo. Por suerte logré volver, ahora veremos si logro escribirlo. Y la pregunta es: ¿escribir qué? Esto, por ahora. Y lo que fue fluyendo cuando por fin pude retomar la pluma.

Habría que retomar el asunto desde el vamos o mejor dicho desde el venimos. 

Desde el día cuando me pareció aterrizar del planeta X y me enteré de que llevaba más de un mes internada en inconsciente porque se me habían descalabrado las neuronas. Encabritado. Un virus. Pero eso ya lo conté antes. Más escisiones de mi ser: el hemisferio derecho que acá fluye y el izquierdo prolijamente anotado en otro cuaderno.

Después están las sugerencias que una se niega a escuchar, para luego, más tarde y sin quererlo, acatarlas como si fueran órdenes. Y cuando el nuevo neurólogo me dijo que aún no era tiempo de meterse en honduras y escribir sobre el tema sentí que me tomaba por una pobre mujer asustadiza, influenciable, cobarde. No soy nada de eso. Hacía días y días que venía escribiendo, mucho antes de verlo, y ni pensaba detenerme. Pero me detuve al tiempo, abandoné el cuaderno gris y retomé otros temas, y partí de viaje, asistí a la Feria del Libro de Frankfurt, y después Berlín, y Viena, como en mis mejores tiempos, me presenté en público con más dedicación aún que en mis mejores tiempos, escribí unos pseudo poemas y varios cuentos. Y cuando por fin retomé el tema de mi incursión al mundo del olvido lo hice acá, siempre a mano pero en otro soporte, en otro formato, con otro color de fondo.

La vuelta al hogar desde la clínica fue una vuelta al gris en el peor sentido de lo opaco, lo apagado. Hace horas que intento irme a dormir (son las 4:53, ya) y no puedo porque me asaltan las frases y debo una vez más encender la luz y anotar un párrafo. Y otra vez clic y clic y putamadre con esto, ¡yo que pensaba que nunca iba a escribir mas! Finished. A otra cosa mariposa y punto. Clic.

Y clic vuelvo a encender la luz porque de golpe comprendo que cada vez que me amenazo con o temo no poder escribir más, al cabo de un tiempo la escritura se me da a lo bruto. As a vengeance, dicen los norteamericanos que algo sabrán de eso. De venganzas, digo.

Una marea sube, avasallante, y cuando completa su curso se retira y me deja seca, playa seca con algunos peces muertos y algas variopintas, secas; un despojo para que nunca se olvide la existencia de ese mar. Esa pleamar.

¿Quién desde la cama me habilita, me deja ser quien soy, desde la nada?

Soy un pez iridiscente que nada en esa nada.

La cama como lago profundo; como nada, la cama. 

No quise dar el paso, no quise saber si esa cortina negra era o no la muerte

(información poco aprovechable, por cierto). No me gustó nada la idea de la nada, del desaparecer así en la absoluta negrura, el desaparecer así como así en lo más negro jamás visto por mí; aterrador.

Y me apareció la lista la larga lista de cosas por hacer antes de irme de este mundo (como si una pudiera elegir y en ese momento pude porque no estaba lista).

Y la lista que me hice fueron cosas del escribir. Mil textos que me aguardaban, perdidos.

Escribir para salvarme.

O quizá para cobardemente huir de la muerte. 

¿Quien puede saberlo? 

¿Quién atestiguará por el testigo ausente que soy yo? 

Escribir como boya salvavidas o como pesado lastre para sumergirme más y más en esta vida.

Y ahora escribo frases mandadas a hacer para llenar el espacio vacío que me dejó la muerte, la misma que abandoné dando un paso al costado.

Porque allí la tuve a mano, a la muerte, aunque mano no sea la palabra.

No quise atravesar ni pensé en descorrer la cortina que era de negrura sólida.

Si bien habría podido no quise atravesarla. No me atreví a atravesarla y no quiero convocarla para que a su vez no me atraviese como espada.

Espada de carbón, de la pura negrura, algo áspera. 

Y basta.

Ni espada ni cortina. Telón. Y cuenta nueva.

Fue una única alucinación, única, pero me llenó el recuerdo del no-tiempo con un único deambular y hoy parece tan breve aunque quizá fue eterno.

Sola y en paz iba. Deambulaba. O mejor, progresaba sin contratiempo alguno. La suavidad de un tacto sin roce, apenas, y así iba avanzando, sola como dicen que están solos los muertos y era grato y no me importaba en absoluto, sola mientras alrededor de mí —de esa cáscara en la cual yo no estaba— había gente, siempre gente, y yo no podía saberlo, ni importaba.

Ahora el temor de morir en soledad ha perdido vigencia. La penumbra esponjosa no admite compañía, pero ésa es sólo una posibilidad entre tantas.

Hay miles de formas de morir y me resulta imposible saber si estuve a un paso de la muerte y caminé sin consistencia alguna y llegué hasta la cortina, a ese muro de horror y me detuve —no para contemplar o descansar o cosa equivalente— me detuve de espanto y supe: tan mucha escritura me aguardaba antes de atravesar esa barrera 

¿Y para qué? ¿para qué escribir más de lo escrito que ya es tanto?

Recién ahora lo sé: Escribir para  seguirme dibujando.

Para mantener a raya —en raya— este contorno mío.

Para viajar como ahora con el viaje de la pluma sobre el papel suave, para caminar con la pluma sobre la superficie tersa del papel, tersa como nube, una penumbra cálida.

Caminar también he caminado y mucho y muy variado a lo largo de años. Caminé sobre el fuego —pero esa es otra historia— caminé en el desierto y hasta dentro de las entrañas de la tierra. Por túneles y diques caminé, y por los socavones de una mina de cobre en Atacama (Ata/cama, qué nombre, pienso ahora), y caminé por iridiscentes cavernas en una mina de sal gema.

Ser una y ya ser otra, como quien se desdobla

Eso es el escribir: el reflejo de una luz que nos acosa y urge. 

No despertar al perro que duerme, me urgió el neurólogo para desanimarme en mi intento de escritura. Pero no despertar al perro significa no despertar en absoluto, así de simple, no permitirse el lujo de acceder a ese conocimiento que se dice prohibido ¿y quién lo dice?

Prohibido.

Como si el conocimiento acatara la ley, tuviera ley.

Como si los perros dormidos no descendieran del lobo y aullaran en las noches de luna o sin ella para alertar a las incautas, valientes, las más empedernidas almas.

Alma es aquello que llevamos adherido al cuerpo.

Nuestro cuerpo: el alma lo constituye y habilita. Lo entendí a las patadas pero supe entenderlo. Por eso mismo la pregunta:

¿Y el cuerpo, qué? ¿Dónde ponerlo? Porque lo que es acá nos incomoda.

Pobre cuerpo doliente sin memoria del dolor, desreconocido. Intocable (y fue tan tocado en esos días, esos casi dos meses de desmemoria y desamparo) para después: 

¡No se acerquen!, como un grito.

Ni mencionarme el cuerpo se podía, nunca usar ante mí esa palabra descorporizada, la palabra cuerpo. 

Y los nervios vibrando en un armónico con la palabra cuerpo. Chirriantes ellos, los nervios, como si alguien hubiese rascado la pizarra con las uñas. Ese mismísimo alguien que supo proferir la muy profana, la palabra cuerpo. 

Me perdí de mi propio cuerpo, la energía dispersa, despatarrada por el aire de mi entorno y yo tan fuera de esa que fui yo, mi cuerpo.

Mi amiga psicóloga llegó una tarde y captó la dispersión de mi energía y se preguntó qué hacer y atinó a masajearme los pies y eso me fue reubicando, reinsertándome en mí.  Un poco. Dos, tres veces así y por fin otra tarde sintió que podía hacerme hablar, devolviéndome al lugar de la palabra, que era su oficio. No hablaremos de tu enfermedad, me dijo; no, hablaremos del cuerpo: tenés que amigarte con tu cuerpo, me dijo, y fue un desgarro. La eché de mi lado. No pude seguir más, llamé a la enfermera. Tengo un ataque de pánico le dije a la enfermera.

—¿Tuvo antes ataques de pánico? preguntó ella. 

—No, nunca antes.

—¿Y entonces cómo reconoce los síntomas? 

 De oídas los reconozco, de leídas, de esta sensación que no puede ser otra cosa, como un mar embravecido, un tsunami, un fuego crepitante, llamaradas, incendio de desesperación total, la propia energía dispersa rebotando en las cuatro paredes del cuarto de la clínica, y una ahí, en la cama en un fuera de sí que no es furia ni locura ni metáfora. 

Es estar salpicada en todas partes y no estar para nada en el propio lugar allí donde corresponde, el propio cuerpo, esa casa del alma.

Cuatro acercamientos tuve a lo inmencionable de mí, cuatro ataques de pánico o lo que fuere. Nerviosa y todo como suelo ser nunca antes supe y espero no volver a saber de tamaños temblores, la imposible desazón, ese fuera de sí y el desconcierto. Y las cuatro veces fueron en relación al cuerpo.

Los temblores resultaron necesarios para hacerme saber lo lejos que estaba yo de mí. Escindida. 

Si la víctima del ataque viral había sido mi cerebro, ¿por qué me sentía tan lejos de mi cuerpo, su único sostén, su continente?

El cuerpo no es continente ni sostén del cerebro –al menos no es sólo eso.

El cuerpo es el propio ser, es quien es y soy yo, y la palabra yo que antes desprecié. Todo esto y más  está hecho a medida para calzar el cuerpo como un guante.

Ser el cuerpo.

      Me pregunto: si la morada del ser es el lenguaje y yo digo que se escribe con el cuerpo, al irme del lenguaje me fui de mi cuerpo o quizá fue a la inversa y nunca podré saberlo.

Ahora heme aquí, re-integrada.

Por fin vuelvo a sentirlo todo mío, a mi cuerpo, y a la vez sé que no tengo derecho a sentirlo así porque soy de él, de mi cuerpo, o mejor somos uno, mi cuerpo mi mente y yo. Un solo ente. Y anduvimos tan pero tan desmigajados, tan sufrientes cada cual por su lado.

El dolor sin embargo se olvida, imposible traerlo a la memoria física cuando ya se ha evaporado. Sólo queda el relato del dolor y de aquello que fue vivir fuera del cuerpo y no poder unir las piezas, ni siquiera poder mentar esa palabra: cuerpo.

Fue ése el mayor horror, que perdura aún como amenaza y por eso ahora escribo y escribo para recuperar mi cuerpo. 

O recuperar la noción de habitar cómodamente el propio cuerpo, materia de escritura, recuperarlo (o mejor dicho recuperar la conciencia de estar plenamente en él, no dispersa en el aire). Recuperar la capacidad de ir hilando palabras para alcanzar un otro entendimiento.

No porque las palabras hubieran desaparecido, no. Allí estaban, enteritas, pero descorporizadas de mí. Y sumaban muy poco. Cantidad deleznable de palabras, tan sólo frases prácticas del día a día, lo cual no es vivir, es perdurar a penas en el tiempo.

Vivir es otra cosa. Es poder escribirlo para lograr estar a la vez acá y en otro lado.

¿El aquí y ahora? 

Sí. Y el allá y siempre. 

Juntos. En palabras.

 

 

Este texto fue leído en el panel "Mi enfermedad" en el último Filba Internacional, en La Abadía, junto a Horacio González y Vera Giaconi, con moderación de Soledad Vallejos. Es un fragmento de un texto titulado, provisoriamente, Cuaderno gris, cuaderno naranja. 

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