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"Los libros tienden puentes"

Salvador Biedma: librero, escritor y editor

Retomamos la serie de entrevistas a libreros y visitamos Colastiné para conversar con Salvador Biedma, que además es editor, poeta y narrador. "A mí me interesa de la literatura que no se presente como algo cerrado, sino que deje algo a completar por el lector", dijo, a semanas de publicar su segunda novela.

Por Valeria Tentoni.

Camino a Colastiné -que refulge, sus paredes amarillas, en el barrio de Belgrano, Buenos Aires- un colibrí: nada es casual, mucho menos la aparición de un pájaro imposible como ese. Y es que al acercarse al radio de esa librería los tiempos se aquietan, como si estuviésemos país adentro, en Santa Fe por ejemplo, o como si navegásemos El limonero real, la novela preferida del autor que observa a los clientes desde una foto que está justo detrás de Salvador Biedma, flamante librero que nos recibe.

"No sé qué soy, pero también / soy otros", escribió. Biedma, aunque no parezca, es porteño: nació aquí en 1979. Estudió Letras, armó dos revistas con Alejandro Larre (Mil mamuts y La mala palabra) y también con él esta librería joven, que acaba de cumplir dos años. Antes, además, se desempeñó haciendo trabajo editorial en Galerna y en La compañía. Sus trabajos no se agotan en esa vocación de tender puentes entre los lectores y los libros, también escribe: poesía, como en Quizá fuera volviendo, y novela, como en Además, el tiempo. En breve, Eterna Cadencia editora publicará su segunda novela; el nombre no es seguro todavía, pero puede que sea Aunque no quieras

 

¿De qué va tu próxima novela?

Transcurre en un balneario bonaerense, fuera de temporada. Un viudo iba a viajar con el hijo, que trabaja en otro país, el hijo le suspende y él decide ir igual. Un día, yendo para la playa, escucha un piano, y al otro día vuelve a la casa de donde salía la música. Encuentra que la que toca es una niña de unos catorce, quince años, y ella lo invita a pasar. Y bueno, hay una historia ahí.

¿Cuándo la escribiste?

Además, el tiempo se publicó en 2013, y mientras estaba en proceso esa publicación yo ya tenía escritas algunas páginas que podían ser otra novela. Hacia 2015 las agarré y seguí trabajando durante unos seis meses.

¿Estabas trabajando en Galerna todavía?

No, ya estábamos abriendo la librería. De Galerna me fui en 2014.

¿Cómo la escribiste? ¿Qué rutinas tenés para tipear?

Yo siempre escribo a la mañana, porque es un momento en que estpy tranquilo en casa. Si no estoy escribiendo algo estoy traduciendo, en general.

¿Del alemán o del portugués?

Del inglés también. De alemán no sé mucho, traduje algo más o menos sencillo mientras estudiaba y ahora lo estoy revisando. Y del portugués, en algún momento de la carrera de Letras sentí que se me hizo mucho más fácil cualquier idioma, en un punto. En un momento estuve muy en contacto con un grupo de Brasil que hacían lo que llaman "Poetrixs", que son poemas de tres versos, de hasta treinta sílabas en total, con título y en general con temática urbana, que es como una modernización del haiku. Mi conocimiento del portugués no es formal, tiene que ver con esa experiencia y con la lectura, es más bien intuitivo. Tampoco conozco los idiomas como para entenderlos del todo si no los traduzco, con lo cual traducir a veces es un modo de leer.

¿Y por qué te decidís a traducir algo? ¿Cómo fue con Hilda Hilst, de quien tradujiste Baladas?

Que no esté disponible, sobre todo eso. Con Hilda fui traduciendo poemas sueltos hasta que se armó, son el segundo y el tercer libro de ella, que tiene como veinte de poesía. En sus primeros libros está el germen de lo que después complejiza; es una autora con la que es muy difícil separar vida y obra, entender toda su obra sin entender toda la historia con un padre esquizofrénico al que ella sólo vio dos veces en su vida. En un momento optó por alejarse, vivía en una casa con muchos perros y hasta tenía un guanaco, una guanaca en verdad, que se llamaba Genoveva, que comía las colillas de los cigarrillos.

Además de traducirla, escribís poesía. Cuando empezaste a escribir, ¿fue poesía o narrativa lo primero en aparecer?

De niño, según el mito familiar, a mi papá le costaba mucho hacerme leer. Pero una vez que estaba enfermo me trajo de regalo un libro con una historia de una mona que venía a la ciudad y no sabía leer, justamente, y relataba todos los problemas con los que se encontraba por no saber leer. Literatura empecé a leer a los catorce, quince, con un profesor del secundario que nos daba Borges, Kafka, Cortázar, que es Andrés Allegroni, que después abrió una editorial, La yunta, en la que salió mi primer libro. Con unos compañeros de la escuela hicimos taller literario con él, y de hecho ahí lo conocí a Alejandro, que es mi socio aquí en la librería. El taller era de narrativa y empecé a escribir, después en algún momento me pasé a la poesía.

¿Lo decís así porque abandonaste la narrativa?

Sí, y hasta el 2003 yo escribía poesía. Y a la vez veía que los textos de poesía tenían una circulación en la que yo no entraba, o que yo no entendía o a la que yo no accedía. Había lecturas y veías que la mayoría de la gente iba a leer y después no escuchaba lo que leían los demás. Creo que eso ahora un poco cambió.

Tu primer libro fue una novela, o sea que todo lo que escribiste de poesía hasta hace muy poco no lo publicaste.

No, es que en un momento empecé a preguntarme para qué escribir poesía si eso no se iba a publicar, o si se publicaba era para regalar entre los que van a las lecturas, que creo que eso también un poco ha cambiado, creo que hay más público hoy para la poesía.

¿Qué poetas te conmovieron, que recuerdes? ¿Esas lecturas, a la vez, alimentan tu narrativa?

Sí, para mí no hay mucha diferencia, tampoco tengo mucho prejuicio como lector, no me pongo a pensar en qué género estoy leyendo. Puedo leer un texto de periodismo como poesía. Me voy a olvidar un montón, pero entre los últimos puedo mencionar a Adelia Prado, Idea Vilariño, Denise León, una tucumana que me gusta mucho, Julia Magistratti, Alejandra Correa, recomiendo mucho acá a Adrienne Rich, Elena Anníbali, Camila Sosa Villada. 

¿Cómo y cuánto elegís de lo que vendés en la librería?

Elegimos todo. Es más que nada un tema de tiempos, lo que habilita eso; la librería, más allá de la atención al público, tiene un trabajo administrativo, de orden y de limpieza detrás que lleva un montón de tiempo. Desde ingresar los libros al sistema, hacer pedidos, ver qué te está faltando... Pero elegimos todo, y elegimos poner a Ludovica en vidriera, por ejemplo, y eso no obsta para que esté Zona saer o la antología de SigloXXI de Poesía estadounidense. Puede convivir todo eso. Algunos hacen el planteo de dividir, pero para mí está perfecto que quien quiere leer a Ludovica, y a veces es el único libro que lee en el año, lo encuentre. Tenemos también lectores que vienen y se llevan de a ocho o diez libros de poesía, tenemos una oferta bastante amplia de poesía, cositas a veces que no se consiguen en todos lados.

Trabajaste, además de como librero, como editor, y además hiciste dos revistas. ¿Siempre estuvo en vos la vocación de repartir lectura?

Para mí hay algo más de tender puentes, de que los libros tienden puentes. Es raro que yo tenga una buena relación con alquien con quien no comparta algo de los libros; mi mujer es poeta, mis amigos, en general, muchos escriben, pero todos leen, y son buenos lectores. Creo que hay algo ahí que llega a las relaciones. Hay unos puentes tendidos por los libros. Lo primero que hicimos fue la revista La mala palabra, arrancamos en octubre de 2001, y Mil mamuts fue en 2005. La mala palabra era una revista en la que podía haber notas también sobre cine o pintura, y Mil mamuts era una revista de cuento lastinoamericano de autores vivos que en el momento en que la sacamos si hablabas de literatura latinoamericana casi todo el mundo lo asociaba al boom, cosa que en doce años cambió un montón.

¿Vos cuentos escribís?

No. Microrrelatos sí. Cuento no, no me sale, me parece algo imposible. Y hay algo que me parece más imposible aún: tener diez cuentos buenos como para que se arme un libro.

¿Te parece más simple lograr una novela que un conjunto de cuentos?

Sí. Más simple una novela que sea interesante que un libro con diez cuentos interesantes. Es algo que hasta ahora tampoco me ha surgido, no me han surgido ideas para algo así.

¿Y cómo identificás si una idea es para novela, poema, microrrelato?

En la poesía viene con una música o con una sonoridad particular. La novela es algo más pensado y masticado. Ahora ya estoy pensando en una próxima novela, pero lo central estaría, y en general me vienen surgiendo primero escenarios y después el resto, ver qué pasa ahí. Y el microrrelato es una idea muy puntual, que casi no llega a ser historia, menos que una historia, y te obliga a una concentración que para mí me ayudó mucho a armar una historia larga.

¿Qué te informa para escribir? ¿Viajes? ¿Otras lecturas? ¿Tomás apuntes?

Yo soy muy cuadradito para eso. Alguna vez Mariana Enríquez dijo, y me parece bastante cierto, que los varones somos mucho más de escribir de principio al final, y las mujeres son más de ir tomando notas, teniendo cosas por mil cuadernos. Si tomo apuntes, los tomo en la computadora. Y sí, escribo de principio a fin. Cuando me siento ya hay una idea cerrada, en novela.

Sé que leés el diario para arracar el día, ¿trabajás con noticias?

Sí, pero no por eso. Lo que ocurre es que naturalmente me voy hacia una cosa más enrevesada, y la lectura de noticias, que tienen que ser más limpitas, me limpia un poco a mí, contagia un poco eso.

Por tu trabajo como editor, librero y demás, tenés que estar muy al día, ¿no te contamina leer a tus contemporáneos?

Yo no sé si lo que escribo me interesaría como lector a mí. Más allá de eso, hay cosas que sí evito: si estoy escribiendo sobre un pueblo en provincia de Buenos Aires y sale Blanco nocturno, no lo leo. O una novela de Vlady Kociancich, o una de Hernán Ronsino. Espero para leer esas cosas, hay una decisión.

¿Extrañás la edición?

Es algo que me gusta hacer y en lo que me siento cómodo, en un momento fue lo que más me gustaba hacer. Es mucho más interesante y cómodo poner la luz en otro que cuando te toca hablar a vos como autor. Uno siente que tiene distancia y puede decir otras cosas acerca de los textos. El trabajo de librero también me gusta, y el de traductor; están todos vinculados, tienen que ver con distintos modos de leer. Todo trabajo es trabajo, eso sí, por más que te encante, y dentro de saber que uno es un privilegiado porque trabaja de lo que le gusta, hay algún conflicto en eso también. ¿Esto lo estoy haciendo por trabajo o por placer? El no terminar de desconectarte nunca de tu trabajo. Supongo que también tiene que ver con ciertos rasgos neuróticos obsesivos.

¿En qué consiste tu ocio? ¿Leer?

Me gusta mucho pescar. En general, si nos vamos de vacaciones, suele ser a algún lugar que tenga mar o río cerca. Muchas veces voy con mi socio a pescar. Pero sí, si me voy de vacaciones me llevo libros, varios, para poder elegir.

Si tuvieses que definirte, ¿qué elegirías? ¿Escritor? ¿Librero? ¿Editor?

Escritor seguro que no.

¿Todavía no, o nunca?

Es que hay una cosa de decir "soy" esto o lo otro que no me cierra, mejor decir "estoy probando" esto o lo otro. No me imagino no haciendo cosas con libros, pero hay un montón de tiempo en mi vida sin escribir, en el que por ahí hay otras ideas, o estás escribiendo de otro modo, sin saberlo. Para mí escribir es un modo de leer, en un punto, pero también hay algo del conocerse a uno mismo al escribir. Dejar que aparezca algo tuyo que por ahí si no no aparecería, y atravesar cosas. La novela que estoy por publicar ronda el tema de la violación y la pedofilia, y no es que escribís eso como si nada. Hay cosas que te planteás. Y en un momento así, escribir algo así... Digo, en cualquier momento es tremendo, pero es un momento en el que hay una sensibilidad especial al respecto.

También hay una recepción especial en este momento; cierta actitud lectora que parecía fuera de discusión, reaparece. De nuevo se le repreocha, en ocasiones, a un autor, la criminalidad de uno de sus personajes, por ejemplo. ¿Cómo te parás con respecto a eso?

Primero, muchas veces se habla de la literatura y de cómo se la lee, pero en realidad en Argentina y solo en Argentina, lo que se publica, ni siquiera todo lo que se escribe, sólo en narrativa, son más de 300 libros por año. O sea que una persona debería leer en promedio un libro por año para haber leído todo lo que se publicó. Se habla de la literatura argentina como si fuera algo maleable, y nadie conoce la literatura argentina. Es algo vastísimo. Con lo cual hablar de tendencias es complicado. Con respecto a lo otro, está Lolita, si vamos al caso. Y no es que sea un libro de alguien malo.

La pregunta es si importa, esa es la discusión en realidad por la que te pregunto. En el 20° Foro Internacional por el Fomento del Libro y de la Lengua, en Chaco, la española Laura Freixas dijo algo así como que no podían elogiarse libros como Lolita por el mismo motivo por el cual no se podría elogiar la puntualidad de un tren que descargaba a horario en Auschwitz. ¿Estás de acuerdo con esa línea? 

Yo no creo que Chapman haya matado a Lennon por leer a Salinger, no creo que nadie vaya a ser pedófilo por leer Lolita, no creo que Nabokov haya sido pedófilo por escribir o dejar de escribir Lolita, no creo que sea un elogio de un profesor que se escapa con una niña. Creo que plantea algo que hace que surjan preguntas de eso, ¿qué pasa con el deseo de un hombre al que le gusta una niña de 13? No sé si la literatura tiene que se tan "pensemos esto". Planteémoslo, traigamos el tema para pensarlo. Nosotros acá en la librería, en una época, teníamos una biografía de Hitler en vidriera, y pasó una mujer y nos empezó a decir que ese libro no tenía que estar exhibido. Era la biografía más completa de Hitler: "No, pero eso no debería estudiarse", nos dijo. Y eso es como negar la historia. A mí me interesa de Lolita, por ejemplo, y de la literatura en general, que no se presente como algo cerrado, sino que deje algo a completar por el lector.

 

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