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Entrevistas

"Nada me parece real hasta que lo escribo"

María Rosa Lojo

Madre e hija, escritora y artista visual, se embarcaron en un libro álbum para adultos plagado de fantasía.

Por Valeria Tentoni.

El libro de las Siniguales y el único Sinigual, publicado originalmente por Galaxia en gallego hacia 2010, ahora llega a Argentina por Mar Maior. Conjugando la escritura de María Rosa Lojo y las obras visuales de Leonor Beuter, supone, además de una narración plagada de fantasía, el encuentro de la sensibilidad de una madre y una hija.

No es un género fácil, el de libro álbum ilustrado para adultos; casi todos los ejemplos nacionales son orientados al público infantil, y por eso les costó tanto trabajo encontrarle editora. Pero finalmente lo lograron, y aquí conversamos con la autora de su texto, de extensa y mutipremiada trayectoria, también investigadora y autora de un sinfín de libros en poesía, cuento y novela, entre los que se cuentan Árbol de familia, Todos éramos hijos y Finisterre. De estos, sus últimos títulos, también se hablará en esta conversación vía correo electrónico.

 

¿Por qué apostar al libro álbum ilustrado para adultos? ¿Qué ejemplos tenían, qué libros en el género las marcaron?

Nosotras empezamos a trabajar espontáneamente en el diálogo de imágenes y textos, sin modelos y sin proponernos prima facie la publicación. Cuando llegó el momento, la gran apuesta fue de Galaxia, que editó el libro por primera vez, en gallego, y en el año 2010. En la Argentina no encontramos quien quisiera publicar la obra, precisamente porque las editoriales tradicionales la veían como un producto excéntrico, imposible de etiquetar y, por su arte gráfico, cara para producir. En vez de pensar en posibilidades multiplicadas, pensaban en posibilidades reducidas. Les parecía un objeto fuera de mercado: “ni” para niños, “ni” para adultos. Un alien editorial. Sin embargo, Galaxia creyó lo contrario. Estaban intentando imponer el “álbum ilustrado” para todas las edades. Y aceptaron nuestro libro como lo que es. Apareció bajo el rubro de “Libros singulares y fuera de colección”. Nosotras, encantadas, y totalmente representadas. El libro es eso: singular y fuera de colección. Pero creo que no por ese motivo espanta lectores: más bien los reúne y los suma. Aunque, como objeto de arte, se ha movido hasta ahora en circuitos pequeños, la reacción de los adultos y la de los niños ha sido igualmente positiva. Los chicos quedan atrapados con las imágenes y con el plano del relato que llegan a comprender. Los adultos aprecian el arte visual y además captan los guiños y los significados implícitos y múltiples del texto. Creo que el “y”, no el “ni”, es la conjunción más apta para describir su efecto posible. Después de todo, como dijo muy bien Michel Tournier, la literatura “infantil” solo es aquella que también los niños pueden leer…

¿Cómo fue el trabajo con tu hija? ¿Cómo se llevan sus dos sensibilidades, cómo se conjugan?

Desde chiquita, Leonor pintó e imaginó seres y disfrutó de los cuentos que me gustaba contarle. Luego hizo la carrera de Artes Visuales en la UNA y creó sus propios mundos. El trabajo conjunto surgió de una manera natural a partir de esa raíz, de ese sustrato de la infancia. Aunque, desde luego, eso pudo no haberse dado nunca. Los hijos no son nuestros clones, no siempre tienen afinidades con sus padres. En este caso hubo muchas convergencias afortunadas. Es más, mi primera vocación pasó por el dibujo y la pintura, que luego no desarrollé. Sin embargo, tengo una fuerte sensibilidad visual, así como ella tiene un oído poderosamente literario.


¿Cómo trabajaste el texto, teniendo en cuenta que iba a ser ilustrado? ¿Qué función cumplen las ilustraciones?

El proceso fue al revés. Leonor fabricó primero las Siniguales, que son mini esculturas materiales, de alambre, telas, tules. Muñequitas parecidas a los quitapenas de Centroamérica, que ella pensaba regalarme para mi cumpleaños. Pero lejos de resultar dóciles y adaptables se le impusieron como sujetos únicos y originales. Como ella misma dice en un texto que se leyó en la presentación: “Incapaz de reproducir arquetipos conocidos o de realizar una conveniente producción de  múltiples muñequitos para vender en la feria artesanal, me encontré ante una nueva criatura cada vez, con un deseo de ser propio, más allá de mi voluntad.” Así fue como, según Leonor, empezaron a clamar por una historia que también fuese, de algún modo, una cosmogonía. Me encargó ese trabajo. Tardé bastante en pensarlo, hasta que un buen día, lo vi todo de golpe: eran una nueva especie. Seres distintos y casi imperceptibles en el ruido del mundo cotidiano. Se me ocurrió describirlas parodiando el lenguaje científico de los libros de biología y zoología, cruzándolo con elementos míticos y poéticos, inventándoles aventuras en diferentes espacios y tiempos. Hay muchos más relatos y más fotos que los que figuran en el libro. Este tomo es el primer acercamiento y la “definición improbable” de la “especie Sinigual”. Si encontramos lectores, es posible que aparezcan todos los demás tomos de la “saga de las Siniguales”.

Venías de un texto duro y autobiográfico como Todos éramos hijos, ¿cómo fue el salto a este texto tan plagado de fantasía e imaginación? ¿Cuándo se escribió El libro de las Siniguales?

En realidad, este libro es anterior. Está más emparentado con Árbol de familia (2010) que con la última novela. No recuerdo exactamente cuándo empecé a escribirlo. Los primeros archivos pasados en limpio que encuentro en la computadora, son del 2007. Y lo publicamos por primera vez en 2010 y en idioma gallego. Es cierto que se trata de un libro muy imaginativo, que explora otras dimensiones de la realidad. Pero las Siniguales, como lo comprueban los adolescentes de Todos éramos hijos, saben en carne propia que el mundo humano es terrible. Que también la especie humana es depredadora, feroz. Ellas se arreglan, sin embargo, para sobrevivir a la atrocidad. Por eso un texto clave del libro es “La supervivencia de las Siniguales”, donde se habla de su inmenso y auténtico poder: resistir. Mínimas, casi invisibles, aparentemente fragilísimas, se autoregeneran, aun lastimadas y rotas, superan toda clase de exterminios y devastaciones, y en eso radican su magia y su milagro: “regenerándose, creciendo como crece la semilla bajo la tierra del incendio, vueltas a nacer y a coser con las manos quebradas, con los retazos de los cuerpos, con los hilos del pensamiento. Imposibles de borrar, inmortales e inexplicables huellas de una belleza que persiste.”

"Las Siniguales son sensibles a los aportes autóctonos, y adoptan las vestimentas más apropiadas para cada geografía y aun los cambios de moda y de costumbres que los humanos llaman, pomposamente, Historia". La Historia siempre está presente entre tus preocupaciones y, sobre todo,
entre tus disparadores, ¿por qué? ¿Qué es lo que te convoca del pasado y te propulsa hacia delante, hacia la escritura? ¿De dónde surge ese interés?

Es que la Historia es el hábitat constitutivo de los humanos, hechos de tiempo, inexorablemente sujetos a variaciones y metamorfosis. Y sin embargo iguales a sí mismos, dentro de todo, en las carencias y las glorias de su condición. Solemos creernos mejores que nuestros antepasados; nos enorgullecemos de los que consideramos avances tecnológicos y éticos. Pero, ¿es para tanto? Hay bastante ironía en esa frase del libro que acabas de citar. Después de todo, ¿es lo que llamamos “Historia”, con tanto énfasis, mucho más que un proceso de “cambios de moda y de costumbres”? Así como es legítimo que se haya dicho (Adorno), cómo es posible escribir poesía después de Auschwitz, podemos pensar que la idea (o la utopía) de una Historia realmente progresiva también se hizo pedazos en Auschwitz, hito simbólico (y real) de la criminalidad de nuestra especie. La fe en el Hombre Nuevo es más el horizonte de una esperanza religiosa que una realidad factible en este mundo. En el mapa de la Historia vemos realizado lo que podemos ser, para bien y para mal. Parafraseando a Jameson, los “documentos de cultura” son también “documentos de barbarie”. Nos autoconocemos en la Historia, y solo desde ella podemos proyectarnos hacia el futuro, esperando, pese a todo, que este sea mejor.

Entre estos personajes femeninos, las Siniguales, vive un único personaje masculino, el Sinigual, condenado a estar entre ellas en absoluta soledad, en una "condición estrafalaria y desvalida. No puede aparearse con las hembras de su especie, que no se reproducen mediante el sexo sino mediante la ingeniería textil, y que obtienen de sus prolongadas levitaciones un placer inimaginable e infinitamente superior al que el limitado Sinigual podría proporcionarles en una cópula precaria y transitoria": a horas del 8M, y de lo que podría pensarse como un nuevo momento clave en el que se está reflexionando a nivel mundial sobre el feminismo y el género, ¿qué podés decirnos de ese personaje? ¿Cómo lo diseñaste, y por qué aparece?

La respuesta más simple y más sincera, sería que “se me ocurrió”, que fue una revelación creativa y así lo escribí. Puesta, post factum, a analizarlo, hay varias cosas que pueden haber influido. Por lo general, nuestra cultura, que es patriarcal, piensa en un universal humano masculino, que define, desde Aristóteles, el estado de plena y cabal humanidad, y en un “diferente” femenino y subalterno, fallado e incompleto. En esta especie, el ser masculino, aunque no sea un subalterno, es el “diferente”. Las hembras Siniguales, totalmente autónomas, no necesitan de él para reproducirse, ni tampoco para gozar del placer sexual. Esto implica una inversión completa de lo que ha sucedido en la Historia humana, donde los varones han controlado la sexualidad femenina y se han adueñado de su capacidad reproductiva. Aparentemente superfluo, el pobre Sinigual parecería no servir para nada. Pero él es también un obstinado en su voluntad de supervivencia. A falta de Siniguales dispuestas, seduce libélulas con su canto mágico que caracteriza a toda la especie, y de cuando en cuando, una vez cada muerte de obispo, la unión de seres tan distintos (élitros y tul, membranas y alambres) produce una criatura extraordinaria, monstruo deforme para unos, o visión de hermosura inusitada para otros (como los artistas de vanguardia). Y él (o ella, no se especifica el sexo) conoce, muy especialmente, el secreto de la música del universo. En fin, no quiero dar la idea de que esto tiene un “mensaje”, una “tesis”, una “moraleja”; para nada. Sí podemos ver que se trata de una especie donde lo femenino y lo masculino tienen vínculos diferentes de los que entablan en la nuestra. No están unidos por el placer ni por la reproducción, no mantienen relaciones asimétricas de poder. Los dos representan, a su modo, la “Sinigualidad” y crean sus propias y legítimas formas de vida y de belleza.

En este momento estás en Galicia, tierra de tu padre donde también está ubicada la editorial y a su vez es el territorio donde aterriza la historia que se narra en este libro, o en otros tuyos, como Finisterre. ¿Por qué esta tierra fue la elegida?

La presencia de Galicia en mis libros se explica porque es parte constitutiva de mi propia identidad. Como dijo genialmente Roberto Arlt, hay una “soldadura racial” entre el gallego y su paisaje. Papá nunca se desprendió del suyo. Imposible hacerlo, era su propia alma. Como digo en otra novela, Árbol de familia, “el alma vegetal de Antón, el rojo”. El verde de los bosques que nunca dejó del todo y el rojo de la República (cuya derrota lo trajo a esta otra tierra) se cruzaban en sus historias, que volvían en la sobremesa, todos los domingos. La lectura posterior de escritores gallegos, desde Rosalía de Castro hasta Alvaro Cunqueiro, me mostró un horizonte literario de enorme riqueza, donde los mitos, los sueños, lo sobrenatural, lo simbólico, se entrelazaban con la vida cotidiana. Las historias maravillosas, después de todo, son comunes en la segunda patria del Apóstol Santiago, la meca de tantos peregrinos. Y Finisterre, donde aterrizan las pequeñas Siniguales, donde Rosalind, la heroína de mi novela, escribe la historia de su extraña vida, es un centro de energía sagrada. Llegar allí, donde terminaba aparentemente todo lo conocido frente al mar abismal, debió de ser aterrador para los antiguos. Pero asimismo, como todo lo sagrado, es fascinante; es el umbral, o el portal, que comunica lo presente con lo ausente y lo oculto y se abre a otras dimensiones del ser.

¿En qué reside la magia de ese espacio?

La magia de Galicia está en su paisaje de mar, bosques, ríos y brumas, y en la visión cósmica de las culturas que lo interpretaron y lo habitaron, como los celtas, que son el núcleo de su mito identitario, el que (re)construye la generación decimonónica del Rexurdimento (Resurgimiento). No sé si hay otras naciones que tengan, como himno patrio, un poema romántico: Os Pinos (Los Pinos), de Eduardo Pondal, que habla de esos verdes y rumorosos lugares donde vivió Breogán, el héroe mítico gallego por excelencia. Según las sagas irlandesas, este rey celta de Galicia fue el antepasado de los conquistadores de Irlanda, otra zona mágica, si las hay.

¿Y qué podés decirnos de la editorial, cómo fue el encuentro con el sello?

Mar Maior, que imprime en nuestro país y se ha radicado en la Argentina, es, en efecto, un desprendimiento del gran grupo editorial gallego Galaxia. Con este nuevo sello de libros en castellano, Galaxia se propone llevar la “marca Galicia” a más lectores. En su catálogo no solo hay autores nacidos en la Península, que escriben originalmente en gallego, sino algunos como yo, los hijos de la diáspora republicana, o simplemente migratoria, que asumen, cruzándola con otros hilos y otras experiencias, esa herencia cultural.

Publicaste tu primer libro, Visiones, en 1984: ¿Qué creés cambió desde entonces hasta ahora en tu escritura, si algo?

Diría que hice muchas experiencias de escritura, volcadas en libros diversos. Siempre me gustaron los desafíos, las variaciones. Visiones es un libro de poemas en prosa, al que siguieron, con largos intervalos, cuatro libros más de textos breves, microficciones líricas: Forma oculta del mundo (1991), Esperan la mañana verde (1998), Historias del Cielo (2010) y Bosque de ojos (2011). Salieron cuatro libros de cuento, y ocho novelas, ensayos de crítica e investigación literaria, ediciones académicas. Una gran variedad de modalidades que suelen “contaminarse” (para mí, felizmente), cruzando géneros. Eso no cambió, y me parece que tampoco cambió mi búsqueda de la intensidad, en cualquier forma de escritura. La poesía es la madre de todas las intensidades, la afirmación de lo esencial, la negación de lo superfluo. Quiero tender siempre al efecto poético en lo que escribo.

Siempre avanzaste por distintos géneros, y los combinaste con una profunda actividad académica: ¿cómo juegan sobre tu escritorio estas cruzas? ¿Te permiten avanzar sin agotarte de ninguna escritura?

La académica es una vocación y una profesión. La literatura, exclusivamente una vocación, que no está institucionalizada ni produce ingresos regulares. Disfruto, de manera creativa, de las dos prácticas. Y creo que tanto en lo que hago dentro del marco de la investigación, como en los géneros ficcionales, sigo dándole vueltas a los mismos problemas, aunque la forma y los métodos sean distintos. Por otro lado, ni siquiera formalmente los veo como compartimientos estanco. Hay interacciones, hibridaciones, que me parecen muy fecundas, aunque causen cierta irritación en los fanáticos de las taxonomías. Mis libros son difíciles de etiquetar. Pienso en las “brevedades” líricas y narrativas de Bosque de ojos, en Cuerpos resplandecientes (con su deliberada mixtura de ficción y ensayo, que también se da en Historias ocultas en la Recoleta y en Amores insólitos). La reflexión ensayística, la lectura del canon literario argentino a contrapelo están muy presentes en Las libres del Sur. Arbol de familia: ¿es novela o corpus de relatos breves enlazados por el hilo tenue de una narradora que se esconde? Como decíamos antes: El Libro de las Siniguales, ¿es para niños o para adultos? Sus textos, ¿son micrrorelatos o poemas? La pasión de los nómades, ¿pertenece a la ficción histórica o a la maravillosa? ¿Qué es Todos éramos hijos: memoria, ficción, autoficción, novela histórica? Frente a esos dilemas, o falsos dilemas, el “y” es la palabra mágica de apertura.

¿En qué estás trabajando en este momento?

En algo completamente híbrido también: una serie de cuentos encadenados, porque comparten algunos personajes clave cuyas historias se cruzan. También podría ser leído como una novela.

¿Por qué escribir?

¡Cómo no escribir!, diría yo. Nada me parece real hasta que lo escribo. Necesito escribir para comprender la realidad. Y también, para defenderme de ella, para dar la difícil pelea de la vida. Así lo dice Frik, en Todos éramos hijos: “Sus palabras, temía, nunca serían éxitos. Sólo el último (o el único) recurso de una soledad y una pobreza extremas. Con ellas, encerrada en ellas, Frik se defendía del mundo llamado real. Pronto las palabras pasaron a convertirse en una casa relativamente cómoda que ella transportaba a cuestas, como lleva el caracol su cubierta móvil. Bajo el calcio esmaltado y resistente se escondía una pulpa: un ser blando, sensible, vivo y secreto.”

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